UNA SALA DE CINE
 Los cinemas llevan más de diez años en estado de abandono. Están separados del frenético mundo exterior por enormes puertas metálicas que han sido atascadas por feroces candados. No es que la gente haya preferido ir de picnic al parque, porque los parques de la ciudad tienen la hierba áspera, y con seguridad, nadie soportaría el sol por más de 20 minutos. Tampoco se debe a horas extras en el trabajo, o a que los amantes se hayan comenzado a amar en serio. En los últimos años que estuvo funcionando el cinema, todos adquirimos una extraña posición al sentarnos. Yo, por ejemplo, comencé a ver las películas con las piernas abrazadas y con los pies encima del asiento. Algunas veces las cintas llegaban con el sonido desfasado de la imagen, y podía escuchar el dialogo antes que lo gesticularan los labios de los actores. Los innumerables resquicios en las paredes habían sido formados por ratas que atrajeron consigo a numerosos gatos, que al mismo tiempo sedujeron a un público oriental que entornaba los ojos en las piruetas que estos hacían tras la lona donde se estacionaba la luz del proyector. Aunque tener la mirada fija en las escenas era cuestión de cada quien, nadie se atrevía a levantarse del asiento para ir al baño, aun cuando tuviera las entrañas hinchadas y a punto de estallar. El problema estribaba en que los travestís habían adquirido la costumbre de venderse allí, y en consecuencia, si algún incauto enfilaba el retrete, era probable que no regresara, y que terminara vestido como ellos. Varios de los nuestros llegaron arriba, junto al lavamanos débilmente iluminado, y parecen no reconocernos o hacerse los de la vista gorda. En una ocasión decidí salir unos minutos antes que aconteciera el inminente fin de una cinta, y debí escabullirme entre los Chinos para replantear mi actitud. De cierto modo, los travestís fueron disciplinando al público, obligándolos a ver completas inclusive las peores producciones. Sin embargo, el orden impuesto por los travestidos también era falible ante acontecimientos fortuitos, como aquella vez en que uno de los gatos del cinema se enredó en el proyector, provocado por una rata, y salió por la ventanilla envuelto en celuloide que ardía en llamas. La sala quedó en la absoluta penumbra, y todos observaban en su anonimato la silueta esbelta de fuego que brincaba sobre los asientos aullando como un demonio. La otra vez que el público del cinema fue liberado se debió a la llegada de un forastero cuyo nombre, si mal no recuerdo, era Yessid. Tenía la molesta costumbre de despatarrar las piernas fuera del asiento, pues era enorme, y además era el único que iba y venía del baño sorteando a los hombres vestidos como mujer. Quizá debido a su tamaño sobrenatural, ninguno de aquellos se interpuso en su camino, hasta la noche que el Bombo, uno de los pederastas, se atrevió a preguntarle por su origen. Lo más probable es que la mirada seductora de Bombo y sus piernas atiborradas de un grueso pelaje hayan sido el motivo del excéntrico y brutal disgusto de Yessid. Como estaba lejos, entre los asientos de la primera fila, sólo puedo dar testimonio de cómo el tipo grande golpeaba las rodillas de Bombo hasta hacerlo caer de bruces en el suelo. Le sujetó las caderas con las dos manos, y soltando una, se sacó el miembro agresivo y enorme que atravesó el sistema digestivo de Bombo. Aquella noche logramos salir antes que terminara la película porque la cofradía de pintarrajeados no hacía más que caerle encima a Yessid, quien por su parte, parecía invulnerable como una roca. Bombo no volvió en un mes. Algunos dicen que tuvieron que zurcirle el intestino y parte del estomago. Sin embargo, cuando regresó traía consigo un calzoncillo forrado en una malla metálica que nunca le vi desajustar. Lo cierto es que Yessid siguió asistiendo a las funciones, pero terminó por aburrirse de ellas y no volvió nunca más. Entonces todos nos vimos en la obligación de atisbar en silencio las escenas, algunas veces fantásticas, otras veces deplorables. Pero el no funcionamiento actual del cinema no tiene nada que ver con los problemas internos del establecimiento. Ocurrió porque, de súbito, las películas que enviaban dejaron de llegar. Entonces todos fueron perdiendo el interés de quedarse en el cinema, porque el estar encerrados a oscuras nos hacia imaginar películas disímiles que terminaron causando conflictos y dos asesinatos. Los hombres vestidos como mujer se desplazaron a una esquina donde hay un caballo de bronce en cuyo lomo alcanzaban a sentarse cinco personas. Lo último que supe de Bombo es que cayó del lomo del caballo, y que nunca se repuso del golpe, pues luego anduvo como loco entre las calles angostas de la ciudad, arrojándosele a los autos hasta que un conductor furioso decidió estamparle un balazo en la espalda. Los Chinos provocaron una estampida de ratas al acabar con los gatos, y los gatos causaron epidemias en quienes solían ir a los restaurantes de los primeros. Nosotros, en cambio, hemos preferido quedarnos aquí, a la entrada, esperando pacientemente a que el oxido carcoma definitivamente los candados. Hemos notado que en el exterior se repite la misma función a perpetuidad, y creemos que aún entre dos infiernos es posible elegir el mejor.
© Orlando Echeverri Benedetti |