TENSION DINAMICA
L nunca daba consejos porque veía en ellos una intención ajena y sospechosa. Su humor era negro como los dientes de un inglés. La forma de su boca era simétrica y sólida, pero su labio inferior temblaba cuando sonreía más tiempo del necesario. Tenía la mala costumbre de repetirse películas de seguido, y recuerdo haberle hecho el amor por primera vez justamente cuando John Malcovich descubría que la gentuza hacía fila para desplazarlo de su vida glamorosa.
En una mesa, junto a su cama, guardaba el libro más gastado de su modesta biblioteca, El Principito. El borde de las páginas se había ennegrecido por la lectura excesiva, exactamente en esa parte donde el viajero conoce al zorro. Afirmaba haberse descubierto a sí misma en aquél pequeño animal domesticado, pero en nuestro fuero interno sabíamos que yo no desarrollaba el papel complementario.
Su familia se caía a pedazos, en parte, porque su padre descuidaba a su mujer. Frente a las continuas disputas, creí prudente visitarla sólo durante las noches. De repente comenzó a deprimirse más de lo usual, y se produjo entre nosotros un silencio embarazoso que fue anulándome con lentitud. En aquellos días descubrí que el pulso de las palabras puede colorear fuera de la línea; que en algunas ocasiones abrir la boca es tan molesto como orinar fuera del tiesto.
Por la inminencia de un divorcio, su madre optó por comprarle un pasaje para Córdoba, Argentina, donde una tía suya disponía de dinero y espacio para recibirla. Su hermano menor iría a vivir a casa de la abuela, con su madre, y su padre seguiría bailando en ropa interior femenina para los bares del puerto.
Una noche antes de marcharse, L me invitó a su casa. Me recibió en la puerta con una amplia sonrisa. Su labio inferior comenzaba a temblar. La habitación vacía dolía en el vientre con una mezcla de hambre y tristeza. Las paredes ensombrecidas donde antes hubo afiches ahora sólo eran considerables cantidades de concreto cuyo único objetivo consistía en reducir el mundo a un cubo.
Comenzaba a hacer calor y L consideró cordial traer 2 vasos con agua. Mientras ella bebía, yo escrutaba los recovecos del cubo.
Supongo que no vas a hacer un drama de esto.
El agua fluía limpia y ligera por su garganta. Yo también bebí un poco.
No tengo cuatro patas como un zorro dije. Sus mejillas comenzaban a encarnizarse.
Pues yo no viajo de planeta en planeta, huevón.
¿Cuál es tu problema? Vine a despedirme.
Definitivamente a ti todo te vale verga.
El ciclo comenzaba. El silencio había terminado por fastidiarnos. Sólo restaba recurrir a los golpes sucios.
Lo que más me fastidia es esa forma tuya de ver las cosas agregó que te convierte en un estancado. Dijo la palabra con lentitud, con el único de propósito de acentuarla hasta el filo.
Quizá tengas razón.
Por eso no es difícil fijarse en otros tipos cuando se está cerca de ti.
Percibí un fuerte sabor a cobre bajo la lengua y mi rostro fue tornándose frío. Me levanté y puse el vaso vacío sobre un anaquel que no había podido zafar de la pared.
¿Cuántas veces lo sentiste? dije. L desvió la mirada.
No sé. No guardo una lista.
Al menos dime cuántas veces te abriste de patas.
Entonces me miró con odio y embaló el puño cerrado hasta mi rostro, pero falló.
Quizá no te mandé a la mierda porque mis padres me apocaron hasta el embrutecimiento. Sólo puedo asegurarte eso.
Nuestros brazos exponían duras fibras bajo la piel. Era una forma de ejercitar el cuerpo que aniquilaba lentamente el espíritu. Entonces L levantó la persiana y la ventana quedó completamente desnuda. El cableado eléctrico colgaba flojo entre dos postes. Más allá, una silueta se movía lentamente sobre un tejado. Discutimos si aquello era un gato o una rata. Era obvio que se trataba de un felino, pero aun así lo discutimos.
A la mañana siguiente estuve puntual en el aeropuerto. L y su madre esperaban sentadas a una mesa de un pequeño café. Su madre pareció contenta de verme.
¿Cómo te sientes?
Hace calor.
Siempre hace calor dijo. L seguía muda.
Este es el único aeropuerto del mundo donde hace tanto calor.
Deben existir peores. Siempre hay peores.
Una mujer anunció por el altoparlante un llamado para los pasajeros de su vuelo. Entramos a la sala y esperamos. L preguntó si alguna vez la visitaría. Respondí que sí. Argentina tenía su magia. Su madre comenzó a sollozar en silencio. L se alejó de ella y me tomó del brazo en un gesto dulce, casi melifluo.
Qué bueno que puedas sobreponerte a todo esto.
La turba que dejaría el país pululaba en la sala. L buscaba algo atorado en mi garganta como una bola de pelos.
Espero que sigas siendo una puta inmunda en el sur.
Me miró sin sobresaltarse y, soltándome el brazo, continuó.
¿Te sientes más ligero ahora que lo has dicho?

Entonces abrazó a su madre y sujetó las dos maletas. Dejé que me besara en la boca. Tomó posición en una fila que siguió creciendo tras de ella. Empujaba las pesadas maletas, que rodaban sobre diminutas ruedas. Fuera de los enormes cristales había un cielo limpio y profundo. Sería sin duda un viaje sin peligro. Echaría una siesta en el boeing o leería, por enésima vez, entre líneas, cómo el zorro salta sobre ese niño caprichoso para destrozarle el cuello.
© Orlando Echeverri Benedetti |