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Las obras publicadas en Los Noveles son propiedad intelectual de sus autores.
Revista de literatura Los Noveles © 2001-2006
ISSN 1547-8114

 

ESCRIBIR PARA EL CAMION DE LA BASURA

Detestabas el colegio. Habías escuchado miles de veces que una de las épocas que se tallaría en tu memoria sería precisamente aquella. Aunque resultó inevitablemente cierto, aquél recuerdo desabrido nunca te generó nostalgia sino escalofrío y asco.

Cuando el bus te dejaba frente a casa, entrabas a la habitación sudando, molido por el sol de la tarde, y te acostabas con el estomago vacío en las baldosas heladas bajo el mismo cielo raso. Encendías una casetera y ponías a sonar canciones que pescabas de la radio, y que automáticamente te sumían en una nueva atmósfera hecha a la medida.

Tu madre estremecía la puerta con sus golpes, llevando en una mano el plato humeante del almuerzo, desconociendo por siempre que tu hambre no se calmaba con un puñado de carne.

Las primeras historias que construiste no fueron escritas sino mentales. En ellas podías encontrar las palabras adecuadas para acercarte a la mujer que te gustara, o podías ir con ella a un lugar donde cada elemento reposaba en su posición. No había idiotas tratando de joderte ni tipos que te superaran en encanto, capaces de "romperte las piernas" y dejarte en ridículo.

Al bajar las escaleras y cruzar la calle, todo era diferente. Siempre habría algún rostro revelando tus propias carencias, un carro veloz que al pasar reflejaba en los cristales tu silueta delgada y desaliñada, y en el peor de los casos, ojos sensuales que, mirándote con indiferencia, despertaban en ti una tristeza incontenible.

Entonces fue cuando descubriste que las historias estaban hechas para lesionar y no para sanar heridas abiertas. Ver una película donde se desarrollaba un mundo atiborrado de situaciones imposibles, o leer una historia magnifica que te arrancaba del suelo para mostrarte una dimensión que tus dedos no alcanzaban, tenía una secreta mala intención que se revelaba exactamente en el "The End" o la última línea. Se trataba entonces de un implacable tiquete de ida y vuelta, un viaje encantador del que nadie sensato querría regresar.

Quedabas entre dos mundos: uno aleteando al fondo de tu cabeza y otro que insistía en demostrarte la falsedad del anterior. Se trataba, y lo sabías bien, de una situación desalentadora, infame, como estar en un sucio burdel lleno de putas enfermas mientras un afiche en la pared, como una ventana, te mostraba los culos de dos chicas Águila bailando solas en una playa imposible de nombrar.

Construir una historia no era más que emplazar una locomotora que siempre terminaba abandonándote en mitad del camino; pero el instante contaba, como el efímero y dulce efecto de una droga, y debías intentarlo reiteradamente mientras el desgaste iba volviéndote polvo en medio de la nada.

Siempre existiría esa imagen incapturable que te rechazaba, esa imagen que te devolvía de una patada al cubículo gris de tu vida, una y otra y otra vez. Y la única trampa estaba en hacerse un charco y atisbarlo pretendiendo el mar, porque de lo contrario, tocaría enfundar las manos en los bolsillos y avanzar por un camino resquebrajado que, sin haberlo elegido, te tocaba deglutir palmo a palmo como la única y última porción de comida para continuar andando.

Para no montar dos veces en el mismo animal salvaje, escribiste cada color de ojos, cada vértice del cielo, cada montaña insuperable. Escribiste cada noche antes de dormir, y en cada mañana despertaste viendo el camión de la basura masticando tus caballos.

© Orlando Echeverri Benedetti

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Orlando Echeverri Benedetti | Cartagena, 1980 | Estudió Filosofía en la Universidad de Cartagena. Es autor de la novela Rayas blancas de la carretera  y del libro de cuentos La ciudad de hierro, ambos inéditos. Su obra ha sido publicada en revistas como Epicentro y Los Noveles. Reside en la ciudad de Cartagena, Colombia. Blog de Orlando Echeverri Benedetti: Crónicas marcianas