NOTAS ESCRITAS EN MITAD DE UNA FIESTA
Otra fiesta
A veces parece
que estamos en el centro de la fiesta.
Sin embargo
en el centro de la fiesta no hay nadie.
En el centro de la fiesta está el vacío.
Pero en el centro del vacío hay otra fiesta.
Roberto Juarroz
Preludio.
La primera idea que forjé de la entrevista a un escritor la recibí a los dieciséis años y de un canal español de televisión llamado "Nostalgia". De noche, en el hotel de un pueblo donde los únicos pasatiempos eran el billar y las putas de infernal calaña, vi a Cortázar en blanco y negro sentado frente a una mesa donde un hombre calvo le soltaba graciosas y mordaces preguntas que él respondía tras beber del vaso de whisky que le llenaba un enano periódicamente. Recuerdo claramente que durante la tertulia, Cortázar fumó sin detenerse. Además, el licor no parecía embriagarlo, y me mantenía intrigado lo que haría cuando finalizara el programa: quizás se apagarían las luces del estudio y se marcharía al estacionamiento; encendería su Renault e iría a su departamento para escuchar en un tocadiscos el saxo de John Coltrane. Cuando apagué el televisor, avancé hasta la ventana atisbando la calle yerma, y antes de bajar la persiana tuve por primera vez la certeza de que era absolutamente infeliz en el lugar donde me encontraba.
Aquella imagen de la entrevista fue conmigo a múltiples eventos y galerías donde contrastó con frías exposiciones de arte, vanidosas presentaciones de libros, y demás parrafadas vacías que culminaban, con suerte, en cócteles o pasabocas desabridos. La acartonada forma como se me manifestó el ambiente literario (que no pertenecía precisamente al de los libros) me hizo dudar de su transparencia, pero robusteció mi intención de consolidarme como lo que siempre consideré debía ser un escritor: al menos uno autentico.
Primero.
Del Hay Festival obtuve dos cosas: dinero y libros. El dinero me lo agencié vendiendo boletas de conferencias que poco me interesaban, y los libros los obtuve con el dinero que dejaban éstas. Por los días del festival, las librerías ofrecían dos libros por el precio de uno, encuentros literarios nocturnos, fiestas privadas en hoteles cinco estrellas, y si se vagaba por las calles indicadas, podía uno encontrarse con alguno de los escritores invitados al evento. En una ocasión en que caminaba por la catedral, encontré a Hanif Kurieishi deambulando con las manos en la espalda, junto a una mujer rubia y un tipo joven con grandes gafas gruesas. Nunca supe a ciencia cierta si se trataba de su esposa y su hijo. En todo caso, avanzaba por la catedral lentamente mirando hacia el suelo, protegiéndose con la mano de las intensas luces que revelaban los inveterados muros del templo. Aunque parecía senil debido a su espalda encorvada, recordé al pequeño Hanif que delinea su libro Soñar y contar, ridiculizado en clase por profesores y alumnos xenófobos que le hablaban con acento indio, o que le mostraban fotografías de la India en la que aparecían campesinos acuclillados en el barro o montados en camellos y vestidos con trajes ataviados. El Hanif que andaba con un punk (al que apodó "Bog Brush") con botas metálicas y que se aisló en su dormitorio para escuchar Pink Floyd, The Beatles y John Peel Show, cruzó desvencijado junto a mí sin que yo encontrara las palabras adecuadas para detenerlo.
Fue una pena dejarlo ir, pero al fin y al cabo mi inglés estaba desarticulado por la falta de práctica, y en efecto, sabía que una conversación con él no duraría ni conduciría a nada.
Después de las primeras conferencias que se dieron en el Hay Festival, supe que existía una intención positiva, aunque ineluctablemente al final de la noche, seguía arruinado, con un continuo trago de saliva amarga bajando al caldo de mi estomago, y repitiendo entre dientes aquella frase de Hunter S. Thompson en el Diario del Ron, y que si mal no recuerdo dice que quienes trabajan con las palabras, habitualmente dejan de creer en ellas.
Segundo.
Vendí más boletas. A mis amigos parecía impórtales un carajo entrar o no. Creo que preferían vender las boletas. Yo también estuve tentado pues la ubicación a la que correspondían nuestras entradas quedaba en el cuarto piso, donde la visibilidad era vaga, complicada y difusa. En consecuencia, resultaba difícil no darse por vencido y marcharse de una buena vez. Aún así comprobé que éramos un grupo unido en medio de la disyunción. Nos desenvolvíamos por caminos distantes, que en inexpugnables circunstancias se encontraban con sorpresa. Existía aprecio, por su puesto, pero el lenguaje de nuestros planes parecía incompatible.
De todas formas asistí puntual a la conferencia del filosofo español Fernando Savater, que fue entrevistado por el director de la revista Semana, Alejandro Santos. Savater apareció parco en escena, con una camisa de cuadros, sus habituales gafas de montura púrpura y un pantalón de lino (lo supe por una fotografía que saló días después en el diario). Las preguntas que hizo Santos parecían de antaño. Una de ellas decía: ¿Cuál es el papel de los intelectuales en la actualidad? De inmediato me pregunté: ¿Qué intelectuales son tomados en serio o divulgados masivamente en la actualidad? Sin duda, la época en que los medios de comunicación resaltaban la actualidad cultural que se desarrollaba en el mundo quedó atrás.
Savater respondió, por su parte, que entendía la intelectualidad de modo diferente, pues consideraba que al concebir "al otro" como intelectual en un dialogo, se permitía escrutar sus valores espirituales por encima de sus valores materiales.
En la editorial de Arcadia, de la revista Semana, que se repartió gratuitamente en las instalaciones del Hay Festival, se expone una de los aspectos más ciertos que se ha mencionado con respecto a los eventos culturales. Juan David Correa, autor del artículo, espeta la pregunta ¿Por qué de pronto tanto interés por la cultura? La razón es sencilla: una de los motivos claves que permite tanta acogida del Hay Festival, se debe sin duda a que fue intensamente promocionada por medios masivos e influyentes. Más adelante, Correa afirma que esto revela que Colombia no sólo quiere divertirse con realities, aspecto que demuestra la piedra angular que permite la revalorización de arte y la cultura.
Tercero.
Oscar Collazos se sentó tras la mesa, junto a Enrique Vila-Matas en las instalaciones de La Casa España. La entrevista fue difícil, y Collazos insistía en preguntarle al escritor si consideraba estar blindado por la invención de sus textos. Vila-Matas quizá no permitió desarrollar el tema pues respondía con evasivas, pero es fácil deducir a lo que Collazos quería llegar leyendo Recuerdos Inventados, donde el autor se resguarda ingeniándose reminiscencias robadas. Un fragmento del texto basta para comprender: "Como nada memorable me había sucedido en la vida, yo antes era un hombre sin apenas biografía. Hasta que opté por inventarme una. Me refugié en el universo de varios escritores y forjé, con recuerdos de personas que veía relacionadas con sus libros o imaginaciones, una memoria personal y una nueva identidad. Consideré como propios los recuerdos de otros, y así es como hoy en día puedo presumir de haber tenido vida. Después de todo, ¿no es lo que hace todo el mundo? Mi vida no es más que una biografía como la de todos, construida a base de recuerdos inventados".
En la última conferencia algunos los escritores invitados pasaron sucesivamente al frente y mencionaron los libros que consideraban fundamentales en su trayectoria profesional. Laura Restrepo, aclamada por su última novela Delirio , enumeró por el contrario, una lista de los peores libros que habían llegado a sus manos, y me sorprendió francamente escuchar entre ellos al Werther, de Goethe. Además, los argumentos de los que se valió me parecieron incontundentes y superficiales, y su intención cómica me resultó fofa y sin gracia. Restrepo argüía que, como Werther (nombre del personaje central) trata de un joven que se enamora de una mujer casada, y a la que nunca llega a revelarle sus sentimientos (motivo por el cual se da un tiro), la obra le parece mala pues la considera innecesariamente truculenta.
Además de ser un argumento sensiblero, creo que Werther es una de las mejores obras con las que me he encontrado. Sobre todo porque es difícil no identificar la adversidad del personaje con alguna circunstancia personal: De hecho, creo que todos, alguna vez, nos hemos tomado en serio a una persona a la que, por razones particulares, jamás llegamos a confiar nuestros sentimientos más profundos. Por otra parte, hay que recordar que esta obra de Goethe desdibuja la frialdad de la ciencia y reevalúa los valores de la existencia, exaltando (hablamos de pleno romanticismo) la pasión y el sentimiento en su máxima intensidad.
En la noche, cansado y embriagado, conocí por suerte al poeta Mauricio Contreras. Me mostró su libro titulado La herida intacta y conversamos sobre el primer poema. Alguien dijo con soberbia (o con celos) que lo adulé, pero a decir verdad sólo reconocí que me gustaron algunos de los poemas. Días después volví a comunicarme con él en su hotel y me obsequió un libro. Autorizó que seleccionara para el periódico El Universal, los poemas que mejor me vinieran.
La herida intacta
(Ganadora del premio de poesía ciudad de Bogotá 2005)
Mauricio Contreras Hernández
(VI)
Hoy amanecí degollado
Un tajo limpio
Una irónica sonrisa de oreja a oreja adornaba mi garganta
Era de ver mi lengua colgando como corbata
Y las de mis vecinos babeando sobre la alfombra
Queriendo meterse en mi cuarto
La empleada del servicio recoge sábanas y cientos de colillas
De cigarros
Mientras me aconseja comportarme como un buen muerto
Y no dar esos espectáculos
Mi ocasional amante chilla que todo no es más que un pretexto
Para no pagarle
Y mi madre
Ya la escucho
Reprochando la desfachatez de andar por ahí sin tan siquiera
Una bufanda
Claro que si tuviera una bufanda me colgaría de la viga
Más alta
Y escribiría un poema titulado el ahorcado del café Bonaparte
Pero ni esto es Paris
Ni el palo está para cucharas
Lo único cierto es que hoy
En el cuarto numero doce de las residencias Luis XV
Amanecí degollado
Y no logro despertarme
(XIII)
Hace pocos días
Las ramas de los ciruelos se doblaron bajo el peso de la luz de este
Verano
Mi abuelo yace tirado en mitad de la sala
Y odio a mi tía que pretende arrancarme lágrimas
A fuerza de asustar con el infierno mis nueve años.
La muerte
Contundente como el peso de la luz de este verano
Es mitigada en las cocinas
Con el aroma de la ruda
El cidrón el toronjil la albahaca
(XIV)
La olla de presión atragantada de frijoles
El llanto de los niños atragantados de hambre
La madre atragantada de años
El televisor atragantado de muertos de anoche y otros tantos
El incesante goteo cayendo al fondo del alma
El poema
Una pausa
Para conjurar los ruidos de la casa.
© Orlando Echeverri Benedetti |