CON CAPOTE EN ULTRAMAR
Tarde. Cuando las largas tiras de luces navideñas van extinguiéndose en los balcones y los pinos plásticos adornados de bolas fulgurantes comienzan a ser desmontados en suburbios y centros comerciales, el eco electrónico de Ultramar despunta en enero desde las playas de Blas Del Teso. Para los incautos, me tomo el trabajo de explicar que Ultramar es una fiesta rave que se realiza anualmente en Cartagena, Colombia, que dura cuatro días y cuyas boletas en promoción comienzan a agotarse entre los meses de agosto y octubre. Las boletas pueden conseguirse en Internet a un precio módico, pero comprarlas directamente en el evento eleva su precio por las nubes. Aunque siempre he sabido de Ultramar, nunca he tenido ni la disposición ni la audacia de agenciarme las boletas, y la fuerte suma de dinero que hay que cancelar en la entrada para una sola noche, esquilma la posibilidad de comprar algo más adentro.
Es cuatro de enero y le toca el turno al DJ Paul van Dyke. Me embarco en un bus que se dirige al centro de la ciudad, las calles están atiborradas de turistas, el sol calienta con fuerza en un cielo despejado y azul. Al desabordar en el Muelle de los Pegasos, avanzo por la avenida Venezuela sorteando las ventas callejeras de libros y preguntando por títulos y autores al azar que pueden hallarse fácilmente a precios irrisorios. Encuentro varios títulos de Andrés Caicedo, de quien he leído todas las obras pero del que no poseo un solo libro (me los han prestado todos), y algunas obras piratas de Feyerabend (el epistemólogo), Fernando Vallejo (qué pereza), Dos Pasos, Onetti, el infalible García Marquez y hasta del mismo Raymond Carver. Me decido por Música para Camaleones, de Truman Capote, porque la edición es lujosa y las páginas carecen de maltrato. Pago la suma al negro bacán que me lo deja más barato que un paquete de Lucky Strike Silver y me voy satisfecho al hotel donde se hospeda mi primo Alirio. Atravieso la recepción, subo por el ascensor, toco a la puerta y después de unos segundos, mi primo me abre frotándose los ojos. Al ingresar, mira el bulto en mi mano y dice:
- ¿De quién es el libro?
- De Walt Disney -digo y le muestro la portada.
La mira con falso entusiasmo y entramos a su habitación. Sobre el televisor hay seis entradas a Ultramar. Alirio se tira a la cama y las sábanas lo enrollan como la lengua pastosa de una ballena. Vive en París, estudia fotografía y está en Cartagena exclusivamente para la rumba de enero. Se asoma por el borde de la sabana beige y me pregunta qué haré hoy. Le respondo que no tengo planes consolidados. Mira de reojo las boletas sobre el televisor encendido donde Popeye flirtea con la puta desabrida de Olivia.
- ¿Al fin qué, te vas conmigo a Ultramar?
Noche.
Alirio saca el Mazda a las diez de la noche. Recogemos en el Hotel Santa Clara a dos de sus amigas bogotanas que lo conocen desde el colegio. Arrancamos hacia Blas del Teso y en el transcurso por la avenida Santander una de las chicas me dice, para romper el hielo, que se llama Fiona, y pregunta por el libro que llevo en el regazo. Mientras le cuento de Capote, la otra chica se muestra preocupada porque no encuentra las "pepas" que tan meticulosamente guardó en su cartera. Al llegar a Ultramar aparcamos el carro en el estacionamiento público y desabordamos para hacer la fila. Un tipo negro y flaco emerge de la penumbra y nos dice que cuidará el carro. Mientras avanzamos por la arena crujiente, pienso que para algunos el mundo se ofrece con un puñado de angustias, mientras que para otros solo hay fiestas y drogas y sexo y Paul van Dyke. Siento la vitalidad de estar en el lado correcto, aunque sé que nada dura para siempre y que la trivialidad inexorable de mi vida puede arremeterme en cualquier instante.
El retumbar salvaje y estridente de la música y la estela desfasada de las luces son perceptibles desde la cola de la fila. Las filas de las discotecas suelen darme vértigo: la de Ultramar duplica la intensidad, el estomago se me contrae. El vértigo es bueno porque me hace sentir con los pies bien pegados al asfalto; no obstante, esta vez me despego y floto un poco para escrutar las mujeres de los "traquetos", que llegan contoneándose con sus diminutos atuendos, sus enormes tetas sicalípticas, sus rostros de Barbie línea prostituta de Beverly Hills y sus labios floreados e inyectados de colágeno invitando, junto al brillo de sus ojos, a la osadía de zafársela a los matones. La idea de que Truman Capote se desgarrara el tabique con cocaína en la legendaria discoteca Studio 54 en una mesa con Jackie Onassis, Halston, Liza Minelli y Bianca Jagger, me llena de coraje e impaciencia frente a la larga fila menguante donde las personas ingresan sobre un ritmo lánguido y exasperarte. Alirio le entrega las dos boletas restantes a dos amigos suyos que acaban de llegar.
Hay un aire de rutina y resignación en los porteros. Estos se acuclillan e incorporan mecánicamente como resortes para efectuar la requisa y controlar el ingreso de armas y estupefacientes. El furor enérgico de la música no hace mella en ellos, y puede leerse el cansancio en la febril curvatura de sus espaldas. La fila avanza lentamente. Hay tiempo para charlar, bromear, buscar conocidos entre la multitud y darle rápidos tragos a la botella de Medellín que toca terminar antes de ingresar. Me entero que la otra chica se llama Claudia y le pregunto a qué se dedica. Me dice que acaba de terminar Comunicación Social en Los Andes. Es una pregunta tonta que sirve de protocolo y que no conduce a grandes temas, pero acá no estamos para dialécticas ni teorías críticas. Claudia es simpática y poco locuaz, tiene el cabello largo, negro azabache y lacio, y dos ojos verdiazules que responden con más vivacidad que su boca. Fiona se envuelve en nuestra escueta conversación e informa que el otro mes se va para el apartamento de Alirio en París.
- Se me encaramó esta confianzuda -bromea Alirio. Fiona le pega graciosamente en el hombro.
A los pocos minutos llega el novio de Claudia. La besa, le dice que le costó trabajo llegar y vuelve a besarla. Me presentan al tipo, que me saluda exacerbado y pronto llega la botella de la que todos bebemos como dipsomaniacos desesperados. Cuando llegamos a la entrada, el novio de Claudia arroja lejos la botella y nos abrimos de piernas y levantamos los brazos para la requisa. El portero me pide el libro y lo revisa una y otra vez, lo estudia palmo a palmo intentando hallar la caleta inexistente. Finalmente me lo entrega y todos entramos.
- Y para qué carajos te trajiste ese libro -dice Alirio.
Adentro la cosa está que arde. Alirio, sus amigas y el novio de Claudia comienzan a saltar en la arena. Yo avanzo impávido en medio de la multitud y guardo el libro de Capote entre mi espalda y el jean. El mar descansa inmóvil y el viento arrastra inocuos nubarrones de arena. Nos agrupamos y bailamos inmersos en la música bestial. Tengo precisamente aquella palabra pegada en la mente como una etiqueta: Bestial. No hay mejor definición para el ritmo y el efecto que éste causa. El rave contiene una fuerza oscura que escudriña las entrañas. Concluyo que el éxtasis no cumple la trivial función de inyectar más energía para aguantar la rumba, sino que permite involucrarse entre las disonantes notas con tal hondura, que uno termina sintiendo que es instrumento de la música misma. Pensando en esto, Claudia me ofrece una pepa y la engullo sin pensarlo dos veces.
- Ésta se demora un poquito para explotar -grita.
- ¿Como cuánto?
- Como media hora…, o quizá más.
Madrugada.
Los traquetos que vimos antes en la fila se sitúan a nuestro lado. Uno de ellos, gordo y altivo, se tambalea como un pavo borracho mientras su harem baila y sacude el pelo desteñido entre los remolinos ultramarinos. La playa se llena rápidamente. No se puede precisar una hora en que dejen de ingresar más personas. Al limite de la playa, donde se levantó un cercado, hay gente dispersa sentada o acostada de bruces en la arena, descansando, lamentándose o ajustando asuntos que no me conciernen. Minutos después la pepa azul que ingerí comienza a irrigar fuego a mi cerebro. No hay pesquisa por lo que ocurre con Alirio y los demás, no importa que el traqueto de al lado me mire maluco porque la pepa estalló y la onda expansiva me sacude las manos. La rara sensación de que todos estamos aquí sujetos por una tacita camaradería se agolpa en el poco entendimiento que me queda. Aunque todos estén atomizados, nos desenvolvemos en este lugar por la misma razón. Tenemos una causa en común, un contrato, un mutuo acuerdo, nos hemos reunido como suelen hacerlo las sectas, las pandillas y las logias. Las pepas cambian el color de las emociones, las sensaciones, el ímpetu de la música, de esta música para camaleones. Fiona se sitúa frente a mí con el rostro crispado y sonriente.
- ¡Está buena! -grita.
Asiento despectivamente. Los altibajos de la melodía y los fuertes estallidos graves se calan por la arena como una serpiente y estallan bajo mis pies.
- ¿Dónde hay un baño? -le grito
- ¿¿Qué??
- ¡Que dónde carajo están los baños!
- No sé.
Vago por la playa intentando hallar los baños. La idea de mear frente todo el mundo me parece grotesca y errar sin rumbo me brinda una perspectiva de lo que ocurre en cada rincón. Dos chicas con grandes gafas para el sol simulan caminar en la arena y miran al cielo crispando la boca como una trompeta. Hay sexo en cada átomo, rincones donde parejas o grupos de parejas se palpan los sitios oscuros del cuerpo. Decido mear en el malecón. Me paro, tambaleante, y bajo la cremallera. El hilo amarillo se desprende y siento un alivio infinito.
- Eh, chico -dice alguien detrás de mí.
Me doy vuelta para ver quién es. El tipo es de baja estatura. Lleva el cabello de medio lado y dos largos mechones penden en su frente; su rostro es abyecto y repugnante.
- Te la chupo gratis -vuelve a decir.
Lo ignoro y sigo meando. El tipo se acerca más intentando verme la verga.
- Que te la chupo gratis, Bro.
Cuando termino, la guardo, me subo la cremallera y digo:
- Son trescientos mil pesos, viejo.
El tipo se marcha dando traspiés. Caminar sobre las dunas no es fácil y estoy desorientado. Me hago pantalla con la mano para evitar las luces que destellan los reflectores del escenario. El Dj está embutido entre sus aparatos y discos. Se aleja parcialmente de su puesto y bebe de un vaso que le ofrece un ayudante. La gente salta y empuña la mano. Desde el sitio del Dj debe ser alucinante. Intento encontrar a los míos entre la multitud. Resignado y aún vivo, sigo nuevamente el ritmo. Minutos después Alirio me encuentra y me conduce donde está el resto. La música cesa y ahora sólo suenan las teclas unísonas de un sintetizador, el público se calma, el Dj dice algo y la ovación se confunde con el murmullo del oleaje. Claudia y su novio me ofrecen de una botella de whisky. Bebo lentamente y la devuelvo. Su novio esta embriagado y no pude con su cuerpo, trata de dárselas de duro conmigo hablándome fuerte. Le suelto una risotada y trato de calmarlo. Claudia también lo hace. Alirio le dice a Claudia que tiene perico del bueno para despertarlo, entonces el sonido bestial estalla con más fuerza y el mundo entero cae presa del paroxismo.
Mañana.
La rumba termina intempestivamente. Fiona se rompió el tobillo y no aguanta el dolor, así que toca irse de inmediato. Avanzamos obtusos, con el rostro desencajado por la luz del sol y nos detenemos para ver lo que parecen ser cangrejos saliendo de hoyos en la arena. Son rojos, y sus tenazas siempre alertas en el aire parecen medir la dirección del viento, donde aún subsisten las vibraciones. Lejos, en la raya del horizonte, hay buques oxidados y tristes. Me palpo la espalda y descubro que el libro de Truman Capote quedó enterrado en alguna parte bajo la arena. El mundo vuelve a ser monocromático.
© Orlando Echeverri Benedetti |