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Víctor
Montoya
(Bolivia, 1958) Escritor,
periodista y pedagogo. Es colaborador de varias publicaciones
en América y Europa y forma parte del staff de LOS
NOVELES. Ha publicado: Días
y noches de angustia (Premio Nacional de
Cuento, UTO, 1984), Cuentos
violentos, El
laberinto del pecado,
El eco de la conciencia,
Antología del cuento latinoamericano en Suecia,
Palabra encendida,
El niño en el cuento
boliviano, Cuentos
de la mina, Entre
tumbas y pesadillas y Fugas
y socavones. Tiene cuentos en diversas antologías
y es redactor responsable de la edición digital de
los Narradores Latinoamericanos
en Suecia: Sitio web: Víctor
Montoya |
Los
vecinos
Desde el día
en que me mudé a este edificio moderno, de tres pisos y
nueve apartamentos, no he dejado de observar a cuatro de mis vecinos
más cercanos, cuyos pasos sigo desde la ventana de mi cuarto.
Los conozco a todos, pero no hablo con ninguno.
I
La
vecina del lado izquierdo es una anciana que vive con una gata
de pelo largo y sedoso. Usa vestidos oscuros y un sombrero bombín
parecido al de las mujeres de mi pueblo. Tiene los cabellos áureos
recogidos en un moño y unos lentes gruesos como el culo
de la botella. Aunque carga el peso de los años, apoyada
sobre el puño de un bastón, conserva la belleza
de su juventud y la inocente sonrisa de su infancia.
Siempre
la veo sola, sin hijos ni marido. Nadie toca el timbre de su puerta,
salvo la muchacha que le ayuda en los menesteres del aseo, la
compra y la comida.
Cuando
sale a la calle, sale sola, y cuando vuelve de la calle, vuelve
sola. Es la soledad acompañada por una gata de angora.
La
gata salta de balcón en balcón y, al menor descuido,
se mete por la ventana entreabierta de mi cuarto, decidida a marcar
su territorio debajo de la cama, donde deja un olor insoportable
que no me deja conciliar el sueño.
La
gata, a diferencia de su dueña, es vital y juguetona, por
eso pasa medio tiempo en la calle, agazapada al pie de un árbol,
en cuyas ramas intenta atrapar a los pájaros, repartiendo
zarpazos a diestra y siniestra.
La
anciana sale al balcón, se apoya en la barandilla metálica
y la llama por su nombre. Entonces la gata baja por el tronco
como una ardilla y se mete en la habitación, atravesando
como una jabalina por entre las piernas de la anciana, quien se
vuelve sobre sus sandalias y cierra la puerta con el bastón.
Esta
escena se repite día a día, en tanto yo me digo:
Más vale ser un hombre libre que una gata de angora con
dueña
II
El
vecino del lado derecho es un hombre de ojos claros, pelo plateado
y bigotes levantados al estilo Dalí. No sale de la corbata
ni del abrigo, haga frío o haga calor. No tiene hijos ni
esposa, salvo un perro de color marrón, orejas largas y
cola de labrador.
El
hombre conversa con el animal como un padre con su hijo. Cuando
le suelta el lazo de la collera, el perro hace cabriolas y corre
como un conejo acosado por otro perro. Es demasiado inquieto.
Husmea, brinca y se desfoga, hasta que se detiene debajo de un
árbol. Levanta la pata contra el tronco y orina mirando
la mirada de su amo, quien enciende un cigarrillo a la misma hora
y en el mismo lugar.
El
perro, que luce la piel lisa y fina como el satén, se le
acerca batiendo el rabo. El hombre se inclina, le acaricia el
cogote y le ofrece un terrón de azúcar. Unas veces
desaparecen en dirección al bosque; otras, en dirección
a la puerta de entrada, donde el perro ladra al vacío y
el hombre apaga la colilla del cigarrillo.
Yo,
escondido como un cangrejo ermitaño, los veo pasar por
delante de mi ventana, mientras mis suspiros inundan el cuarto
y el pensamiento me grita: ¡No hay mejor remedio contra
la soledad que la compañía de un perro!
III
En
el apartamento de abajo vive un muchacho que tiene aspecto de
bohemio y un aro de oro en la oreja. Viste pantalones de cuero
negro, botines de tejano y un chaleco ajustado sobre un jersey
sin cuello. Tiene los brazos tatuados de serpientes y el pelo
atusado al estilo del último mohicano.
De
lunes a viernes, a eso del mediodía, lo veo cruzar por
la calle, cargando el estuche de una guitarra eléctrica.
Los fines de semana, a poco de caer la noche, lo veo llegar acompañado
de una muchacha de blue jeans ajustados y blusas vaporosas.
Cuando
se juntan comienza el infierno de la música rock, con intervalos
de un amor desenfrenado, ya que la muchacha, en el crescendo del
orgasmo, grita como las mujeres entregadas a una pasión
sadomasoquista. A ratos los imagino desnudos y tendidos sobre
la cama; a él bufando como animal salvaje y a ella devorándolo
con las bocas húmedas de su cuerpo.
Por
un tiempo vuelve la calma, seguida por risas y palabras. Después
vuelve la música, cuyas vibraciones sacuden las paredes
de mi cuarto cual el lomo de un caballo al galope. Si la bulla
se hace insoportable, no me queda otro remedio que pedirles silencio.
Pero ellos "se hacen los suecos". Se ríen de
mí y del mundo. Viven su vida a lo locos y a lo locos hacen
el amor, moviendo el cuerpo al compás de su música.
IV
En
el apartamento de arriba vive una mujer morena, capaz de voltear
a cualquiera con el imán de su belleza. La observo desde
el mirador de la puerta, por donde cruza meneando las caderas
con la cadencia de las bailarinas de salsa; tiene los ojos grandes,
la mirada misteriosa, los labios carnosos y la piel de color laurel.
Es de Etiopía o Eritrea. No es negra ni mulata, pero tiene
los senos abultados y las nalgas retrepadas. Sus rodillas dividen
sus piernas en dos partes iguales, el contorno de sus muslos es
el doble que el contorno de sus brazos a la altura del bíceps,
y el contorno de sus pantorrillas, exactamente igual que el contorno
de su cuello. Camina cruzando los pies como las modelos de pasarela
y viste prendas de colores vivos y estampas estridentes.
La
observo cada vez que pasa frente a mi ventana, por eso sé
cómo es y cómo se viste durante las cuatro estaciones
del año: en primavera se parece a una flor abierta en plenitud;
en verano se viste con blusas escotadas, muy pegadas al torso,
dejando entrever los frutos maduros de su pecho; en otoño
usa trajes combinados con el color variopinto de la naturaleza;
en invierno se abriga de pies a cabeza, como la mariposa que retorna
a su capullo después de haber revoloteado entre las rosas.
El
día en que nos encontramos en la lavandería, cara
a cara, no me dirigió la palabra ni la mirada. Giró
sobre sí misma y aligeró el paso hacia la puerta.
La seguí con la mirada, hasta que desapareció arreando
el aire con el contoneo de sus caderas.
A veces
sueño con ella, y la siento cerca, muy cerca. Ella me recorre
con la oscuridad de su cuerpo y me recuerda: "Soy la vecina
que vive en el apartamento de arriba". Despierto desesperado,
la busco en la cama y no la encuentro. Entonces me digo: "Mañana,
mañana volveré a contemplar el fulgor de su belleza".
©
Víctor Montoya
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