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Elio
Vélez Marquina
(Perú, 1979) Cursó
estudios de
Literatura Hispánica de la Pontificia Universidad
Católica del Perú (PUCP).
Ha sido galardonado en diversos certámenes como el
Concurso Binacional de Poesía Argentina-Perú
y el Primer Premio Bienal de Cuento y Poesía de la
PUCP. Es colaborador del Centro de Estudios Orientales de
la PUCP, miembro de las revistas de literatura Ajos
y Zafiros y LOS
NOVELES, y asiduo concurrente del taller de poesía
dirigido por Marco Martos e Hildebrando Pérez. Su
obra, aún inédita, abarca por el momento Sansón
ebanista, Hacia
Claudia, Inventando
Santiago y En
el bosque, de próxima publicación. |
Mediodía
siendo topo
supe del hambre
y de los afeites que el bosque
en sus pliegues reboza.
-mas aferro
mi bulto al túnel
porque el Sol clava soledades
a mi primera sombra-
soy de la
obscura retahíla
que bajo tu carro silencia,
plaga, cosecha, jarba
aquellas letanías
sobre tu luz y nuestra voz.
De
En el bosque
I
Y
no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.
Francisco de Quevedo
azul es toda
sombra desde el eclipse de tus palabras,
penetrando esta pulpa de agonía que fuga del templo.
¿quién tu madre en el bosque para invocar el terrible
fuego
del hartazgo con que trasquilas el vellón de tus abismos?
¿dónde, sobre las huellas de tus penates descoloridos,
imitarás la danza del incienso, sus rumores llenos
(o más rellenos) de una crema que promete largo sueño?
el sol; dónde
celeste y dónde abertura, dónde tus labios
sin pronunciar la obscuridad mediana de aquellas fronteras.
así tu reflejo en amapola: siete esquirlas rasgando
el cuero desgastado de tu templanza, tu tierno afán.
desde entonces ya en tu sangre el insomnio cortejando tantas
glándulas como deseos, como raíces y los miedos
que escupiendo al cielo proferiste seguro del eclipse
tan pariente de los buitres. azul es toda sombra terca
para la sed de brasa, de piedra dilatada en la pepa,
para tu silencio plantígrado que llama la plegaria.
Extracto
de Sansón ebanista
XVII
yo disfruto
con aromas nuevos la flor de tu partida,
sabiendo que flores rojas nunca crecerán sus raíces
en el reflejo de tu adiós. soledad tus lentas caricias
que se apagan en la nieve nunca iluminada del cedro.
y tu sueño, Sansón, qué de pesos sus cristales
opacos,
incubando en nuestra querella el tumor de la paz que siembra
roble caoba pino acaso arena para tus orillas
de mar que tarda en el ardor musitante de los finales.
poco nos dices en tus cartas sin fecha: diciembre del
uno, queridos, ya no vengan a sufrir mi noche porque
duermo y duermo sobre mar y los pienso y los vivo en la quieta
mañana... soy ustedes este mes y en este claustro denso,
soy ya pupila y voz. nos dices que hay frutos de blanca pulpa,
y que las aves son excusas dispersas que te conmueven,
dices algo sobre senderos que son reencuentros, Sansón,
tu aliento como bosque y despedida; nuestras siete rosas
en diez gotas que resbalan de la mejilla en las tinieblas.
Extracto
de Sansón ebanista
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de diciembre
¿inicia tu silencio la sonrisa
o es la arena quien silba los presagios
de una voz que en tu cuerpo permanece
cristalina, sin fuego mas con aire?
cómo
saber tu peso; si es de espuma
o de granizo. cómo cogerte ahora
que de lluvia pareces por los ecos
claros. cómo llamarte Claudia siempre,
con una piel precisa que contenga
los sublimes vapores interiores,
silentes, ya centrales y celestes
que de tu nombre son acaso sombras.
cómo
decir con letras tus cabellos.
cómo tu voz, tan cerca de mis labios.
Extracto
de Hacia Claudia
I
¿ignora
la perdiz si pesa el polvo
aún más que su silencio sobre el rastro?
ella sabe que el Sol bañará toda
su carne... y su sombra sabe ya
de los colmillos gruesos, impacientes
que el perdiguero muestra tras la zarza.
su sangre
bañará la tierra roja,
endulzará la lengua del verdugo,
tibiamente dará salud al niño
que reposa su sangre entre frazadas.
hay cantos
y ël humo sí transporta
el sudor de otras carnes para fiesta.
sano, ël niño ríe y reposa,
y luego reconoce a un perdiguero
que lo aterra, que indica otra muerte
y que el niño acepta como suya.
De
Inventando Santiago
©
Elio Vélez Marquina
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