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Ángela
Vallvey
(España, 1964) Licenciada
en Historia Contemporánea por la Universidad de Granada.
Cursó también estudios de Filosofía
y Antropología. El reconocimiento literario le llegó
con obras como Kippel y la mirada
electrónica, Donde
todos somos John Wayne, o Vida
sentimental de Bugs Bunny. Asimismo es autora
de los poemarios Capitanes de
tiniebla, El
tamaño del universo (Premio Jaén
de poesía 1998), y Extraños
en el paraíso. Su novela A
la caza del último hombre salvaje
ha sido traducida a doce idiomas y ya se prepara la versión
cinematográfica. También es autora de Vías
de extinción y Los
estados carenciales (Premio Nadal de novela
2002). |
Medición
de la tierra en el año 385 A.D.C.
Fue uno de
esos días de verano
en que el Sol parece prepararnos para hacerle frente
a algún profundo error, y yo, Eudoxo, a aquellas horas
de un sofocante miércoles cualquiera, abandoné por
fin
el barco que me había traído desde mi ciudad
natal de Cnido, en el Asia Menor.
Dejé
muy cerca de los muelles mi exiguo equipaje,
en humilde posada,
y caminé durante horas
por el sendero polvoriento que conduce
a la Academia de Platón,
en los suburbios del Norte de Atenas,
bello lugar en medio de un bosque sagrado
de olivos, cerca de Colona, el santuario
del ciego Edipo, en el que las hojas
de los álamos blancos, plateadas
se vuelven bajo el viento,
donde los ruiseñores cantan noche y día,
también ellos: "que sólo los geómetras
entren aquí".
-----Fue
inmenso mi deleite
ante la elegancia de las formas que contemplé.
La Geometría, que para los egipcios
fuera una ciencia práctica, en manos de Platón
había pasado a ser la única Teología posible.
Las formas geométricas abstractas son el universo,
decía él; y los objetos físicos sus sombras
imperfectas.
-----------------------------------------Recuerdo,
oh, sí, a Platón,
igual que si esta tarde de verano fuera de nuevo aquélla.
Sus anchos hombros de luchador en los Juegos de Istmo,
su inteligencia osada de rico aristócrata,
la arrogancia salvadora del descendiente de Solón,
la fiera ternura del tigre cultivado
erigido en el único guardián de la ciudad.
Y su sonrisa indulgente cuando le ofrecí,
con modestia, las bases de la Geometría
Euclidiana y el Rectángulo de Oro,
la más elegante proporción
que él nunca hubiese comprendido.
Sí,
su sonrisa al advertir
mi pasión por los hechos
físicos, cuando por un instante
acaso descubrió que la belleza
abstracta y pura que él amaba tanto
empezaba su lenta retirada
ante la áspera insistencia
de mis predilecciones:
del mundo material.
Risa viril que proclamaba
su amor por las estrellas
y acto seguido se negaba
a contemplarlas en el cielo abierto.
Aquella risa y mi llegada a la Academia
una tórrida tarde de verano, el día
en que empezaba a derrumbarse
para siempre el imperio de Platón.
Leyenda
áurea
He soñado
con una costa salvaje,
una bahía desde la que mirar al mar.
Corrientes de aire se filtraban
y eran cristal entre mis huesos.
El silencio, agazapado igual que un pájaro
que le teme a la muerte,
o que siente angustia en la ciudad,
aleteaba en mí. Extraño azafrán sin luz
en lo más hondo del recuerdo.
Yo tenía
el cielo en propiedad,
y era un andamio de hierba verde el agua.
La vida es sólo un sueño del que nacen
otros sueños; y quizás de algún modo,
en otro tiempo, tal vez en otra parte,
no ha de ser tan inútil su fuerza como temo.
¡Oídme,
insectos de la noche!,
no deseo vivir como vosotros,
sin abandonarme nunca al sol furtivo de poniente
en invierno. Escuchadme, tengo en los bolsillos
los restos mutilados de la madrugada.
Pero no temáis
nunca,
esta provisión de plantas,
de rocas, de palabras y de cosmos
es sólo mi manera de afrontar lo posible,
de reavivar las últimas
----brasas.
©
Ángela Vallvey
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