Salvador Luis (Perú, 1978) Cursó estudios de dirección de cine y literatura en la Universidad de Miami. En 1996, su relato El Bodrio obtuvo el primer premio en los Primeros Juegos Florales de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas. Ha sido editor de Miambiance y es fundador y director de la revista electrónica de literatura LOS NOVELES. Ha publicado: Miscelánea o el libro geminiano y el catálogo de rock Rock duro y metal pesado. También es autor de guiones cinematográficos. Sitio web: www.salvadorluis.net

Bólido


-¿A qué te dedicas ahora? -le preguntan a Luder.
-Estoy inventando una nueva lengua.
-¿Puedes darnos algunos ejemplos?
- Sí: dolor, soñar, libre, amistad...
-¡Pero esas palabras ya existen!
-Claro, pero ustedes ignoran su significado.

Julio Ramón Ribeyro


INTRO

A la hora estipulada, El Tartamudo llegó al Café Pizzicatto para iniciar la labor que le había encomendado el Alto Mando Celeste: "Escucha con atención. En la Ciudad X te encontrarás con La Mujer que Vende Flores, el encuentro será en un café con nombre de gato. Recuerda bien ese detalle, con nombre de gato, no con nombre de canario ni de iguana. La Mujer que Vende Flores te ofrecerá un ramillete de rosas, pero le preguntarás por el precio de los tulipanes. Cuando La Mujer que Vende Flores te diga que no tiene tulipanes, tú, como quien no sabe nada, le pedirás un par de girasoles de plástico. ¿Entendiste? Girasoles de plástico. Se los comprarás y luego te pondrás de pie. Con mucho sigilo caminarás hacia el norte por diez minutos hasta hallar un parque japonés. Deberás alimentar a los peces del estanque y esperar quietamente a que un dálmata se orine en tus zapatos. No espantes al animal, pues él te dará más instrucciones."

El Tartamudo le pidió un capuchino al camarero y prosiguió repasando sus órdenes primarias. Por alguna razón confundía la parte del gato con la del dálmata.

 

UNA CONFESIÓN (I)


I haven't fucked much with the past,
but I've fucked plenty with the future.

Patti Smith


(3:43 p.m.)

Después del lloro de Paige Donovan, Heather Troy imaginó el cuerpo sudoroso de su marido, Douglas Troy, y el cuerpo sudoroso de Paige Donovan, su hasta entonces mejor amiga:

---------- ambos cúmulos de materia practicaban infinidad de maniobras de alto riesgo: maniobraban sobre la mesa de la cocina de Heather Troy, en la lavandería, en el cuarto de la sirvienta, entre las matas del jardín. Por fin la cabeza de Heather Troy comenzó a girar sobre su eje cuando las maniobras también lograron su cama matrimonial.

- ¿Sabrás perdonarme, amiga?

- ¿Ah?

- ¿Sabrás perdonarme?

- Permíteme un momento, Paige. De pronto me dio sed. Permíteme.

 

(3:48 p.m.)

Heather Troy respiró hondo y se dirigió a la cocina. Deseaba una botella de agua de manantial. Ella siempre compraba botellas de agua de manantial, las compraba en cajas, porque en los anuncios las botellas de agua de manantial nacían de los deshielos, de aquellos nevados inviolables donde nadie dibujaba angelitos mundanos ni practicaba deportes de invierno. A Heather Troy ese le parecía un nacimiento mágico, sui generis, y por eso compraba botellas de agua de manantial para guardarlas unas en el repostero y otras en la congeladora.

 

(3:55 p.m.)

Cuando por fin terminó de beber el contenido de dos botellas de agua de manantial, Heather Troy se sintió refrescada. Percibía un fluido limpio avanzando dentro de su organismo, un fluido virginal, así como era el fluido de los deshielos.

 

(3:57 p.m.)

De pronto, Heather Troy palpó su vientre. Pobre mi chiquito, pensaba. Paige te quitó el padre. Pero todavía me tienes a mí, chiquito. Todavía estoy a tu lado.

 

(3:59 p.m.)

Heather Troy abrió la gaveta donde almacenaba los utensilios de cocina y escogió la herramienta designada para ella. Luego caminó con calma y sin pena:

----------------su fina figura se perdió al dejar atrás un pasadizo.

 

UNA CONFESIÓN (II)

(6:25 p.m.)

Al llegar a casa, Douglas Troy halló la cabeza de Paige Donovan en el recibidor. No pudo dejar de preguntarse qué había ocurrido en su ausencia cuando advirtió que le faltaban las orejas y la lengua.

(6:27 p.m.)

En estado de conmoción, Douglas Troy siguió el reguero de sangre e intestinos hasta el segundo piso, allí topó con Heather Troy, su hasta entonces esposa engañada.

- Pero... ¿Qué demonios hiciste, Heather?

 

(6:28 p.m.)

Heather Troy bramó como una felina. El instrumento afilado que operaba hizo daños en diversos puntos vitales de Douglas Troy. Ambos se despidieron del mundo como perfectos enemigos. En medio del ajuste de cuentas resbalaron y rodaron lerdamente por las escaleras:

---------- cuarenta y siete peldaños más abajo todas sus diferencias quedaron solventadas.

 

INFANTICIDIO

"Lo bueno de ser hombre" –comentaba Osvaldo mientras vestía sus manos con los guantes de box– "es que se nos está prohibido llorar. Por eso yo gozo con tu estoicismo, hijo mío."

 

DÍA D


Am I demon?
Need to know

Glenn Danzig

 

Desde que el agente de viajes le entregó el sobre blanco, D no pudo conciliar el sueño. Las ansias por salir de casa en las primeras vacaciones de su historia no le permitían dormir.

Esa noche, D sudó en demasía, tuvo mucha sed y bajó innumerables veces a la primera planta en busca de algo para beber. También rebalsó el contenido del retrete en otras tantas oportunidades. Y soñó:

--------en la pesadilla, D se encontraba participando en una competencia muy peculiar, montaba una ola de unos treinta o cuarenta metros de altura y cargaba un enorme mapamundi de oro macizo sobre su espalda. A su lado corrían otros tablistas, también soportando el mundo, pero a medida que la competencia maduraba el resto de participantes perdía el equilibrio y caía al mar. En determinado momento, solamente quedaron de pie D y un concursante enmascarado. Este último, que al parecer era el consentido de la afición, intentó vanamente tumbar a D con ayuda de su formidable mapamundi. Pero luego, en un acto que dejó perplejos a todos los presentes, el concursante enmascarado se echó a reír lanzándose al agua.

D llegó a la orilla como indiscutible triunfador. Sus simpatizantes flameaban con orgullo decenas de banderas con mensajes alentadores: ¡Arriba D! ¡D el invicto! ¡D campeón del mundo! Una hermosa mulata le acercó un collar de flores y un daiquiri de fresa. D se dejó conducir por su anfitriona hasta un cobertizo de palma y allí nuevas mulatas lo recibieron portando majestuosos abanicos de plumas muy vivas. D era feliz. Sin embargo, no transcurrió mucho rato cuando de pronto se desató una tormenta que espantó a todos los simpatizantes. D, entretenido con su daiquiri, fue el último en reaccionar; entre tanto la tormenta seguía su curso: derribando palmeras, arrojando rayos, sumergiendo progresivamente toda la isla.

D nadó por su vida, intentó asirse de una roca y lo logró, pero de súbito oyó una voz familiar, era una voz que se asemejaba mucho a la suya. D escuchó que la voz clamaba por auxilio: "¡No tengo branquias! ¡Ven por mí, D! ¡Me ahogo!" D temía que algo malo le sucediera a esa voz familiar, sin embargo, sabía que si dejaba de aferrarse al peñasco, nunca más volvería a toparse con él, así que hizo caso omiso. Ignoró los ruegos. Cerró los ojos para no atender a su desgracia. Y como por arte de magia la tormenta cesó. Nuevamente D se encontraba en el cobertizo de palma, recibiendo el fresco que le brindaban las plumas, pero a diferencia de antes no eran las mulatas quienes le servían sino un revivido concursante enmascarado. Y él le susurraba al oído: "Todo lo que poseo puede ser tuyo, D. ¿Lo tomas o lo dejas?"

 

LA FUGA


- Quiero irme de aquí – dijo ella, y exhaló el humo a través de la ventana – . Ya me cansé de este sitio.

- Todavía no he acabado – advirtió él, mientras cruzaba los brazos y se acomodaba en la red que le servía de hamaca – . Unos días más no te van a perjudicar.

- Puedes terminar allá, como lo has hecho siempre.

Él se llevó las manos a la cabeza y por fin abrió los ojos.

- ¿Qué es ese olor? ¿Estás fumando otra vez? Pensé que habías decidido dejarlo. Antes de venir dijiste que ya no valía la pena.

- Pues, cambié de opinión. Ahora sí la vale.
- Apaga eso, por favor.

- Solo si me prometes que mañana mismo nos vamos.

- No creo que eso sea posible. Primero debo terminar con todo esto.

- Entonces vete al diablo.

Él quiso reír.

- ¿Sabes? Lo único que me gusta de tu vicio es la sinceridad en la que te envuelve.

- Eres un imbécil.

- ¿Ves? Eso es a lo que me refiero. Cuando estás en ese estado, no te guardas nada.

- Te odio con toda mi alma, ¿sabes?

- Y yo en cambio te amo más que a mí mismo.

- ¡Basta de juegos! – exclamó ella.

- Siempre te amaré.

- ¡Ya no aguanto más! ¿No entiendes?

…desearía extirparse la cabeza y lanzarla muy lejos, al mismísimo infierno, al centro de la tierra, donde no se la oiga jamás…

- ¿Por qué te quieres ir? – inquirió él, observándola celosamente.

- Ya te lo dije. Estoy harta de la ensenada.

- Mientes. Tú quieres regresar porque piensas que en la ciudad nadie te hará daño.

Ella sonrío.

- Tal vez – dijo, y desprendió otra bocanada.

- ¿No te parece un poco ingenuo de tu parte? –manifestó él levantándose de la hamaca–. Aunque viajemos al fin del mundo, siempre resultará lo mismo.

- Yo no estoy tan segura de eso -afirmó ella, haciendo su cabello para un lado, exhalando el humo-. Allá tú eras distinto.

- Siempre he sido la misma persona. No te engañes.

- ¿Y entonces por qué recién cuando llegamos aquí comenzaste a portarte de esa manera?

- Porque era en este lugar donde debía ocurrir -acercándose y poniéndose de rodillas a su lado-. No es obra de la ensenada, sino del destino.

 

ANAÍS

 

Cuando la encontraron a la vera de la senda, Anaís todavía no sabía controlarse: su aspecto vagaba entre una gaviota y una cría de yac. De todas formas, Romina y Pelayo la subieron a la camioneta porque era un animal muy peculiar. Por otra parte, granizaba y se le veía padecer.

Los primeros años no fueron muy agobiantes. De cuando en cuando Anaís cazaba aquellas aves que el espantapájaros no podía ahuyentar. También cuidaba del ganado. Su mejor amigo era un pastor alemán llamado Jaime. A veces comían del mismo plato, y si Romina los veía, se acordaba de un santo de color modesto que hermanaba perros, gatos y pericotes. Precisamente por esa razón nunca pensaron regalarla ni venderla, aun con los arañazos en los muebles y el tufillo que despedía cuando aparecía en forma de hurón, su presencia siempre les supuso un pronto milagro.

Esa obra divina jamás llegó. Por el contrario, diez años después del rescate de Anaís, Romina y Pelayo desaparecieron cuando regresaban de una feria agropecuaria. La policía nunca supo dónde fueron a parar y cerró el caso sin efectuar mayores indagaciones. Un campesino declaró haber visto cientos de lámparas en el cielo y una camioneta siendo succionada por un cuerpo metálico triangular. Su manifiesto, no obstante, fue tomado a la ligera. El comisario señaló que sólo se trataba de un indígena entusiasta de la chicha de jora.

 

RECUERDOS


Un día sin ti es un día inútil y cansado,
un día imbécil,
un día largo y tan largo
que sólo permite recordarte,
escribirte esto que no tiene mucho sentido

Que me repite y se repite

Rocío Silva Santisteban

 

A la par que avanzaba, Leo susurraba el conteo. Al número cuatro le seguía el cinco, y el seis, luego el siete. No terminaba hasta situarse al lado del helecho. A ese espacio apretado, solo un poco antes de pasar al balcón, le correspondía el número ocho. Para Leo esa cifra marcaba el infinito. Él siempre se imaginaba un ocho boca abajo, un símbolo que aludía a lo sempiterno. Leo contaba ocho pasos por siempre, todas las mañanas, antes de salir a trabajar.

A la par que avanzaba, Leo susurraba el conteo. Al número cuatro…

 

EN EL 900 (I)

 

Victoria 5 alzaba la pancarta con ímpetu: EN EL 900 TODO SERÁ DIFERENTE. Los clientes de la tienda de abastos no parecían inmutarse. Para ellos solo se trataba de una loca más: otra estúpida. ¿Cuántas como ella habían visto antes? Ellos sabían que la fiebre no era compasiva con nadie, ni siquiera con los androides hermosos.

Cuando sus brazos se cansaron, Victoria 5 soltó la pancarta. Era hora de gritar: EN EL 900 TODO SERÁ DIFERENTE. Un bebé se sobrecogió y empezó a llorar. La madre, incapaz de callarlo, tomó represalias enseguida y se desquitó de la muchacha con dos topetazos. En aquel instante empezó a delinearse una figura circular alrededor de Victoria 5, tenía múltiples brazos, uñas: era un círculo aterrador. La última persona en castigarla fue una anciana con cuello ortopédico.

 

EN EL 900 (II)

La lengua de un perro sarnoso le humedeció las mejillas. Victoria 5 no recordaba cómo ni cuándo había llegado a ese lugar. No reconocía el puente metálico que se erguía sobre su cabeza. No reconocía a los vagabundos que yacían a su lado. Pero se sentía ultrajada. Podía paladear el semen aún fresco en su cavidad bucal. No era la primera vez que se sentía ultrajada ni la primera vez que un perro le lamía el rostro.

 

INTERLUDIO

Charles Chaplin es un inmigrante. Viaja en un barco lleno de inmigrantes. Su destino es La Libertad. En el barco conoce a una joven y a la madre de ésta. Ambas son pobres. Charles Chaplin también es pobre. A Chaplin no le gusta la pobreza de las dos mujeres y juega cartas para ayudarles. Gana dinero. Luego Chaplin va en busca de las mujeres y se los ofrece. Las mujeres no aceptan el gesto. Charles Chaplin entiende pero aun así esconde un poco de dinero en la bolsa de la joven. Otros inmigrantes se dan cuenta. Piensan que Chaplin es un ladrón…

 

LIGHTNING BOLT

…donde todo el mundo miraba fijamente hacia delante,
exclusivamente hacia delante.

Julio Cortázar

 

Antes de partir, Baby entró en trance: sentía que retornaba, volvía a la casa de sus abuelos, a su cuna. Su madre le cambiaba los pañales nuevamente, lavaba sus nalgas, las perfumaba. Baby percibía los granitos de talco nevando sobre su piel de bebé. (Él odiaba la actitud de su madre. Él detestaba ese polvo blanco y el moisés donde estaba aprisionado. Se retorcía como gusano mientras le untaban aceites, cuando escuchaba un horroroso cuchi, cuchi, Baby, cuchi, cuchi...)

Y ahora viene la abuela: vieja de mierda. ¿Por qué no te resbalas y te mueres de una vez? – piensa Baby. ¿Hasta cuándo voy a tener que soportar tus uñas largas y esa voz aguardentosa? ¿Hasta cuándo tus bigotes? Depílate el bozo, vieja de mierda – dice Baby para sí mismo, luego lo grita con toda su alma. Sus contrincantes no se han dado cuenta. Los puntos flacos -susurra Baby – . No hay que mostrar los puntos flacos.

Mamá, ¿no es Baby bonito? ¿No es Baby el bebé más lindo de todo el mundo? – y su voz se repite como un eco. La abuela toma a Baby del cogote, lo carga como las leonas: Mi nieto. Tan precioso. Venga para acá. Tan precioso mi Baby… Oye, hija, pero este chiquito está mojado. Hay que cambiar otra vez a Baby. Este chico está mojado.

¡No, carajo! ¡Déjenme!

Ya, papacito. No llole, mi Baby. No llole. Déjese cambiar. Ya. Ya. Déjese cambiar o le doy un coscorrón.

¡Vieja malparida! ¡Un día de estos te voy a agarrar por la espalda!

¡Hija, llama a tu padre! ¡Dile que traiga su cinturón! ¡A este chiquito lo domesticamos en el acto! ¡Baby! ¡Baby! ¡Baby!

¡No! – vuelve a gritar – . ¡Yo no me llamo Baby! ¡Mi nombre es Lightning Bolt Jr.! ¡Mi nombre es Lightning Bolt! Afuera alguien hace una señal. Se marca la partida.

¿Y ahora qué le pasa a este mocoso del demonio? – dice el abuelo.
No se deja cambiar – dice la abuela.
No se deja cambiar – dice la madre de Baby.
¿No se deja cambiar? Vamos a ver ahora. Ahora vamos a ver. ¡Babyyyyyyyyyyyy!

Baby aprieta el acelerador: es el primero en arrancar.

¿Te vas a portar como tu padre otra vez, Baby? ¿Ah?
¡Lightning Bolt Jr.!

¡Tu padre era un imprudente! ¡Tu padre nunca quiso entender y por eso se mató! ¡Pero tú sí vas a entender! ¡Yo te haré entender! ¡No habrá otro Lightning Bolt en esta familia! ¡Sobre mi cadáver, Baby! ¡Sobre mi...!

El auto de Rick Di Venanzo intenta hacerse de su posición. Se inicia el juego de carrocerías. Baby no se deja intimidar y responde al acoso. Rick Di Venanzo pierde el control y se estrella contra uno de los muros de seguridad. Baby observa la escena a través del espejo retrovisor: una colisión en cadena, tres autos arden, siete vueltas más.

¡Pues yo sí seré un Lightning Bolt! ¡Ni tú ni nadie, anciano! ¡Ni tú ni nadie!
¡Atrevido! –alzando el cinturón–. ¡Toma por insolente! ¡Toma por desvergonzado!
¡Yo seré igual que mi padre! ¡Voy a correr en los circuitos más peligrosos! ¡No importa que me pegues!

Ahora es el turno de Nash, el tres veces campeón. Ya es solo un viejo – piensa Baby – . Igual que el abuelo. No podrá rebasarme. No se lo permitiré.

¡Muchachito del cuerno! – respirando con agitación – . ¡Me vas a matar de un disgusto! ¡Uno de estos días…! – y cae al suelo, duramente.
¡Marido!
¡Papá!
¡Así te quería ver, anciano! ¡Eso es lo que te merecías!

Nash es inteligente. Es un piloto con experiencia, conoce cada palmo del circuito. Sabe cuándo apretar los pedales, cuándo desacelerar. Sabe que la imprudencia no es buena aliada y que Baby es solo un niño de teta.

¡Baby, vuelve acá! – dice su madre.
¡No me llames Baby! ¡Baby ya no existe! ¡Soy Lightning Bolt Jr.!

Pero Nash también está cansado. Ha corrido por mucho tiempo. Ya no tiene hambre. Quizá sea tiempo de dejar de correr – piensa Nash, mientras trama uno de sus famosos movimientos temerarios – . Quizá sea tiempo de crear otro monstruo.

Si sales por esa puerta, más vale que nunca regreses – dice su abuela.

Baby sabe que solo es cuestión de segundos. No podrá forzar más el motor. Nash le pisa los talones. Es un viejo zorro este Nash – piensa Baby – . Viejo zorro.

Pierde cuidado. Jamás regresaré.

Quizá sea tiempo de crear otro monstruo… Nash pisa el acelerador, gira el timón velozmente. Ahora avanza en dirección contraria. Solo contra el mundo. Esquiva un auto. Otro. Ríe profusamente. ¡Lightning Bolt Jr., disfrútalo mientras dure!

Jamás volveré la vista, anciana.

De pronto, Baby escucha una gran explosión, ve una banderola. Antes de que cruce la meta, el público enmudece:

Mi vida es la vida del bólido.

Y luego los altoparlantes exclaman su nombre, una y otra vez, como siempre lo soñó: ¡Lightning Bolt! ¡Lightning Bolt!

Y él sabe que ha ganado la carrera,
que ya no habrá marcha atrás.

 

De Miscelánea o el libro geminiano

© Salvador Luis

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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