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Rocío
Silva Santisteban
(Perú, 1963) Periodista.
Estudió Derecho y Ciencias Políticas, diplomada
en Estudios de Género y Magíster en Literatura
Peruana. Ha ganado el Premio Copé de Plata en 1986
y el Concurso Nacional de Guiones 1995. Además de
la docencia universitaria tiene una reconocida trayectoria
periodística en la prensa escrita (El Comercio, QueHacer,
Somos, XYZ). Su obra publicada abarca los poemarios Asuntos
Circunstanciales, Ese
oficio no me gusta, Mariposa
Negra, Condenado
Amor y el libro de cuentos Me
perturbas. También ha editado El
combate de los ángeles. Actualmente
realiza un Doctorado en Literatura Hispanoamericana en la
Universidad de Boston. |
Si
te dedicaras verdaderamente a la literatura
A través
del pasillo oscuro del edificio me llegó el sonido de su
tos. Era un sonido ronco que terminaba en un gallo y un ahogo
aplastado en pleno pecho. Me apresuré por las escaleras
y abrí la puerta lo más rápido que pude mientras
sacaba el frasco del jarabe de mi cartera.
- Aquí
estoy, papito...
Él
no me miró sino que intentó taparse la boca con
la parte más sucia de la sábana y así acallar
la vergüenza del sonido.
-¿De
dónde sacaste para comprarme esto?
-Por ahí...
-¿Entonces? ¡No has estado haciendo lo que te dije!
-Caramba, papá... cómo le iba a dejar acá
todo tirado mientras me iba a copiar todas esas hojas a la biblioteca.
¡Y para qué me va servir copiar y copiar todas esas
páginas que ni entiendo!
Lo
ayudé a incorporarse, destapé el frasco pero él
de un solo manazo lo tiró al suelo.
-¡Pero,
papá! Por qué se pone así, carambas...
-Porque si te dedicarás verdaderamente a la literatura,
ya hubiéramos salido de esta mierda, si realmente tuvieras
confianza en lo que te estoy diciendo, ya habríamos dejado
este hueco mugroso y quizás hasta me hubiera podido ver
un doctor y sacarme esta flema que ya me atora el hueso del pecho,
porque si verdaderamente me quisieras, no tendría que suplicarte
que escribas, que escribas cualquier cosa, que copies las páginas
de los libros de niños y de viejos y las revistas de los
años 20 y los periódicos de los años 50,
que plagies a los cuentistas de Variedades y que memorices
todos los versos de las revistas de señoras... -y un acceso
de tos le desinfló el discurso. Mientras lo contenía
con mis dos manos apretadas, él seguía sacudiendo
su cuerpo como si éste se fuera por un agujero a volar
de escapada.
-Si
te dedicaras verdaderamente a la literatura...
-Pues si fuera así, no tendríamos ni siquiera este
cuartucho pa'que no nos mate el frío...
-¿Estás puteando de nuevo?
-Caramba, papito. ¿Por qué me trata de esa manera?
-Contéstame.
-¿Por qué me tiene que atormentar con preguntas
cuando debería conformarse con su remedio que le traigo
y con este pan que me han fiado?
Intenté
enseñarle el pan pero mi papá cerró los ojos,
los apretó fuerte, bien fuerte, para no poder mirar nada,
y yo insistí restregándole en la cara el pan para
que aunque sea lo huela. Pero mi papito es bien terco.
-Me
da asco.
-Papá, no me diga eso.
-Me da asco, ¡cómo hueles a puta! Hueles a leche
de hombre, carajo. Aléjate de mí que no sé
qué falta he cometido para que Dios me castigue de esta
manera metiéndome una hija que no quiere hacer lo que su
padre le pide.
-Pero de dónde la literatura nos va a dar para comer, menos
para pagar el cuarto, menos para las medicinas. Papá, estás
loco
-Si te dedicaras verdaderamente a la literatura...
-Ya estoy harta de su cantaleta de viejo chocho. ¡Con las
justas sé escribir mi nombre y usted me está pidiendo
imposibles como si fuera una mujer instruida y yo que ni terminé
mi quinto de media!
-Nunca me haces caso.
Mi
papá se estiró en la cama y cubrió su cuerpo
con las hilachas de una frazada ploma. Luego escupió sobre
el suelo.
Vi
el escupitajo, era marrón, oscuro, cargado de pus, lleno
de muerte. Prendí la vela porque oscurecía y el
cuarto se estaba llenando de una cosa negra que ya no soportaba
por más tiempo. Olí el ambiente y verdaderamente
dentro de mi cuerpo se había metido ese olor de mierda
que me avergonzaba tanto, lo tenía bien adentro, metido
en las uñas y en lo más profundo de mi pelo, ese
olor de la infamia, de la mentira, de la vergüenza.
Junto
a la vela encontré el viejo cuaderno que utilizaba para
copiar las tareas que me mandaba mi papá: trozos de novelas
viejas y tontas, avisos buscando perros perdidos, fragmentos de
canciones y boleros, unas cuantas palabras que me gustaban y repetía
hasta que se me acababa la tinta del lapicero. Me gustaba escribir
esas palabras. Eran bonitas, sonaban tan bien. Palabras como azul,
noctámbulo, cuclillas, atormentada, suerte.
De
Reina del manicomio (libro
inédito)
©
Rocío Silva Santisteban
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