Roxana Heise (Chile, 1964) Enfermera de profesión. Ha incursionado en la poesía, el cuento y la novela. Sus textos han sido presentados en las revistas Escribir y Publicar de Editorial Salvat, Repertorio Latinoamericano, Revista Ades, Almiar, Revista Libre Internacional, entre otras. Su novela Frenético sosiego fue publicada recientemente en Internet por Cyberletras.com. En 2001 obtuvo mención de honor en el Concurso de Cuentos Breves Alfred Hitchcock. También forma parte de la antología de nuevos cuentistas hispanos Los magos del cuento. Su libro Imágenes prosaicas será prontamente editado por Ediciones El Salvaje Refinado.

Sinfonía

 

Él es un tipo poco común: sentado en el Luis XV de su preferencia, frota sus manos con energía para sentir el calor de un cuerpo que sintió morir hace mucho tiempo. Desde la cima de una torre medieval su alma gime en el purgatorio de alguna muerte que no fue la propia. A cambio, Dios le concedió tantos años como pecados hay en su vida. Y aunque tiene la loca idea de estar muerto, lo cierto es que su nombre y apellido le han traído fama y reputación. Fuera de eso, millones de libras esterlinas que lo hacen vanagloriarse como el más poderoso de los mortales. Al demonio con aquello de la caridad. Algún motivo ha de existir para la injusticia social, y él, en su lucidez, comprende que no es quién para combatirla. Un séquito de sirvientes corre presuroso al notar que un gruñido extraño sale de su boca; es su necesidad de estar solo la que rebasa su amor propio. Algún día fue piadoso- repiten a hurtadillas en la cocina, mientras una muchacha que suda a orillas del fogón, prepara las delicias para el señor de la casa.

Ya no tiene mujer que lo amordace, como acostumbra decir. La madre de sus hijos falleció hace doce años, después de una lenta agonía que la fue transformando hasta desfigurarla, al punto que evitaba saludarla y, más aún, acudir a sus habitaciones a fin de brindarle apoyo. La muerte se la está llevando- solía repetir- a vista y paciencia de sus hijos, quienes tras el predecible acontecimiento se marcharon lejos. Y helo aquí; con sus fieles vasallos, disfrutando de la vida como si esta fuera un juego.

A ratos, mira displicentemente el retrato de su esposa que se erige sobre la chimenea. Era bella- piensa- antes de lo ocurrido. Cuando la vida la fue consumiendo, el amor que le profesaba se apagó como una llama extinta.

Ahora teme que una extraña enfermedad también lo arrebate. Piensa que su salud es el milagro incongruente de una vida que parece no satisfacerse jamás. Todo se lo lleva- dice a la joven que trae su manto a fin de abrigarle los pies, últimamente violáceos de frío.

Desea vivir, olvidar que tuvo un pasado y que un brote de herederos algún día exigirá lo suyo. Todo es un gran accidente- piensa- y lee aquel libro de Shakespeare que tanto le gusta. Porque en el fondo de su corazón él es un místico y cree que la filosofía ha sido su karma. Una filosofía extraña que no conoció Platón, pero que otros conocerán a través de los siglos.

Coge un vaso de plata y lame su contenido hasta degustarlo. No vaya a ser que lo envenenen alguna vez, sólo por maldad. No se fía de nadie, tampoco de sí mismo. Por eso ha dejado de verse en los espejos, pues podría suceder, que algo de sí lo traicionara. Estará viejo tal vez, o melodramático. Pero un viejo rico es algo más que un viejo- murmura en voz baja- mientras una sonata comienza a envolver su oído. No desea escucharla. El músico que la toca es un tipo extraño y no merece su atención. Mire que caminar por doquier, respirando el aroma a cardenales como si fuera una droga. Menos aún, abrazarse de los árboles para sentir su sabia invadiéndolo. ¡Qué tonterías! El músico arruinado que vive en el palacio por voluntad de su difunta esposa es sólo un monigote detestable que cree necesario para el alma, algunas veces. Y aunque el piano no sabe de historias retorcidas y confusas como la suya, en donde tantas personas pasaron, como rodando el polvillo inerte de las alfombras o abanicando un sueño que aún se escapa, aquella melodía parece inmortal. Es como el romance que vivió en el pasado cuando la noche se dejaba caer y lo envolvía en una especie de nube de éxtasis, que recorría su cuerpo hasta hacerlo acudir al mismo sitio a la hora señalada. Era una gran aventura caminar por el poblado. Sabía que nadie lo descubriría con semejante disfraz, que llegaría airoso a la cima de la torre. Ni un alma se oía rondar en sus noches gastadas de desenfreno. Todo parecía detenerse en el preciso instante en que ambos fundían sus pensamientos para reunirse en alguno de los miles de pasadizos, sin que mediara aviso alguno. Estaban entrelazados en una especie de lasciva sublime y delicada, como un fantasma corpóreo y verdadero. Ella era su estado de gracia, su droga de juventud, que ahora extraña con gran melancolía y desea evitar cualquier recuerdo que lo encadene otra vez a esa piel. Pero el músico está allí, a sólo metros de distancia, haciéndolo penar. Lo fisgonea de lejos, mientras repara en su silueta pálida y abominable. ¿Habrá amado este infeliz?- se pregunta. A veces piensa que la música es la única amada del maldito. Una nota indiscreta parece rozar la escasa sensibilidad que le va quedando, al punto de sentir algo de compasión por aquella muchacha del pasado. Allí, desde el vestíbulo del tiempo, siente su cabello largo entre sus dedos ardientes y pulsátiles. Estaba vivo entonces y un espasmo intenso recorre sus entrañas. Y no es que haya muerto en verdad. Pero ahora es otro hombre: un hombre partido en dos, como una especie de leyenda extraña; un campeón de la ironía y el desconsuelo, convertido en chiste maquiavélico.

Cuando enviudó, sintió cierto alivio de poder dedicarse por entero a la muchacha desconocida, poseerla sin recato y mostrarla al mundo como un trofeo de reyes. Comenzaba a molestarle la idea de amarla, entretanto su esposa agonizaba en el lecho. Más aún, vestirse de fraile y usar una cruz de platino en su pecho, mientras le hablaba de amor a Dios y amor profano en medio de un místico discurso de estoicismo. Pero no se arrepiente de nada. De haber sido honesto, no hubiese disfrutado de una pálida doncella a la luz de un campanario. Sonríe al recordar sus palabras y siente que fue gran hidalguía la suya, aunque lamenta no haber conocido jamás la verdadera identidad de la joven. Cuando quiso saber su nombre, ya era demasiado tarde. Que su esposa muriera no le importó demasiado. Pero ella, la jovencita turgente de sus mejores noches no podía abandonarlo, especialmente, después de la partida voluntariosa y egoísta de sus hijos. Él esperaba seguir disfrutando de las noches vírgenes, como saboreando un pecado capital. Coge la pipa de la bandeja de plata que lleva la mucama y vuelve a sumergirse en los recuerdos: La última noche se propuso revelarle su identidad, pedirla en matrimonio, ahora que la viudez no afectaría su santa reputación. Estaba feliz: subió corriendo tantas escaleras, sin que el cansancio lograra encubrir la sonrisa oculta bajo la capucha oscura. Cuando llegó finalmente al campanario, sólo encontró una horrible anciana rodeada de candelabros. Era la madre de la joven, quien llevaba vestido de luto por el reciente fallecimiento de su hija. Fue a las pocas horas de dar a luz una pequeña niña. Cogió su rostro de fraile embustero entre las manos y quedó pensativo: allí comprendió las evasivas de los últimos meses y el supuesto viaje que jamás realizó. Ella había callado, so pretexto de no perjudicar su sagrada vocación cristiana. Confundido con la noticia, se marchó sin hacer ruido, cabeza gacha, envuelto en penumbras al igual que su alma.

No quería cargar nuevamente con el lastre de la paternidad y dejó a la vieja hablando y gimiendo, en medio del nicho gris que repetía el eco de su voz como una penitencia. Fue la primera vez que sintió dolor, que por cierto, duró lo que una vela en consumirse. Ahora sólo queda el sabor agridulce de una historia lejana, que tiene en su esencia algo de veneno.

Levanta el brazo, pide con un gesto que el músico se vaya. Este no obedece. Amenaza con su despido si este sigue tocando. Las mucamas comienzan a correr nerviosamente, temen que el gran señor pierda la compostura. El piano no conoce el silencio. El pequeño músico está allí, recordándole que existe en nombre de Mozart. ¡Basta ya!- clama con energía. El hombrecillo débil y sumiso no cesa de tocar su melodía como si hubiese volado a cualquier parte.

Esta viejo, pero tiene poder y lo sabe. Si aquel maldito no obedece sus órdenes, tendrá que tocar piano en el infierno, con un montón de ánimas danzando a su alrededor. Espera: esta vez el mayordomo actuará a nombre suyo, pues ya no soporta el desasosiego del la mayor y le parece ver su imagen de fraile bajando las escalinatas, con toda la frustración de haberla perdido para siempre.

Y aunque ella viva penando por los rincones de la mansión envuelta en el traje de novia que jamás usó, es sólo un cuerpo etéreo, como la música. Cada vez que sus manos viriles intentan alcanzarla, esta se desvanece como fútil neblina. En vano, se ha esforzado por olvidarla, evitando pasar cerca de la torre en donde todo ocurrió. Ella es ahora quien se niega a abandonarlo.

Toma otro sorbo de vino y mira desafiante al músico, sin que este se percate.

Había pasado un mes de lo ocurrido, cuando dejaron a la criatura en las puertas de su casa. Una de las criadas lo llamó pidiendo auxilio. Él ordenó que la llevaran a la sección de caridad del convento más próximo. Pero aquel pianista puso a la niña sobre su cama, justo cuando él se preparaba para dormir. Hinchado de indignación, cuando estaba a punto de arrojarla al suelo de un manotazo, la miró de cerca y descubrió que sus ojos eran los ojos de aquella. Pero había algo más; la fuerza que emanaba de ella no era la de su madre, sino la de él. Tenía en la mirada el poder de una reina y un extraño destello verdeagua quedó para siempre en su retina. Jamás pudo desprenderse de la criatura.

Amadea lleva diez años viviendo a su lado, y aunque evita salir de sus aposentos y encontrarse con su padre, en ausencia de este, ella tiene el poder. Contempla sus manos envejecidas y siente frustración por lo inevitable. Sabe que fue una gran debilidad encargarse de la niña, pero ya es tarde para arrepentirse.

El músico sigue abstraído en su pieza de piano. El mayordomo implora inútilmente que obedezca las órdenes del señor. Está bien- piensa- si desea órdenes más directas, órdenes tendrá. Apenas tiene fuerzas para pararse del asiento. Sin embargo, la ira lo vuelve poderoso. Se incorpora en todo su porte. Una vez que alcanza el bastón con cabeza de león, da unos pasos largos, como si el cansancio desapareciera por arte de magia y toma colocación frente al hombrecillo, que parece poseído por un extraño milagro. Un bufido sale de su boca como fuego draconiano. El hombrecillo lee su odio en medio de la partitura y deja de tocar. Se incorpora lentamente, como si recién hubiese comprendido la magnitud de su desacato. Luego camina hacia atrás, sin percatarse de la proximidad de los ventanales. El señor tiene poder- repite una criada, tapándose los ojos. Esta vez no habrá sinfonía- dice nuestro héroe sin mover un músculo del rostro. Sólo la fuerza de su mirada empuja al escuálido hombre hacia la barandilla que lo separa del abismo. La puerta de vidrio estalla en mil pedazos, alguien cae al vacío desde el tercer piso.

Ante la expectación dolorosa de los criados y la risa diabólica del asesino inocente, la joven Amadea sale de sus aposentos para subir prontamente al salón, en donde ve a su padre con la mano apoyada en el bastón y una sonrisa extraña que parece no consternarla. El cuerpo inerte del pianista yace allá abajo, entre las púas sangrientas de los rosales.

Respira satisfecho. Había esperado por años el momento de vengar la infidelidad de su esposa. Contempla la imagen funesta del miserable que tuvo la osadía de agraviarlo en su propia casa. Al infierno con ellos- musita en voz baja- mientras se retrotrae en su sillón para retomar su libro de Shakespeare. Amadea lo mira de reojo sin pronunciar palabra. Camina hacia el púlpito detestado por su padre. Se sienta frente al piano y coge la partitura. La pieza de Mozart será concluida.

 

© Roxana Heise

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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