Rosa Elvira Peláez (Cuba, 1956) Licenciada en Periodismo por la Universidad de La Habana. Actualmente es corresponsal de Radio Habana Cuba en Buenos Aires y colaboradora habitual de la revista de creación literaria Nitecuento, de LOS NOVELES y de la Tertulia en Mizar. Tiene varios cuentos y relatos publicados en libros, revistas y suplementos literarios de América y Europa. Además es autora de Entre fuegos y otros cuentos (Premio del IV Concurso Manuel Llano, 2000, convocado por el gobierno de Cantabria), Ciclones (Premio Kutxa-Ciudad de San Sebastián), Cuentos y azares, Con poco, suficiente, entre otros. Sitio web: Wemilere de las letras

La cita y otros minicuentos

 

La cita

Usted tiene teléfono. Y, por supuesto, conoce el número de su casa. Usted está pasando una noche muy aburrida, vacía. Más que aburrida y vacía, mal parida: usted esperaba la llamada de alguien especial que, indiscutiblemente, se olvidó que debía llamar, lo cual indica lisa y llanamente que no tiene el menor interés en usted. Insistentemente, ha estado esperando largo tiempo que ese alguien acepte una cita en su casa -la de usted-, y para aceptar la cita tiene que hacer la llamada. Por eso ha esperado con esperanza que el teléfono suene. Si suena significaría que alguien aceptó la cita y va a venir. Sólo de pensar que, al fin, esto sea así, usted se siente mejor. Una nueva vida podría comenzar. Esto piensa usted, y cierra los ojos: sueña.

Pero el teléfono persiste en una mudez insoportable: el disgusto y el aburrimiento hacen estragos. Usted se siente mal y deja que sus dedos jugueteen con las teclas del teléfono. De pronto, se deja llevar y marca un número. Un número que conoce bien: el de su casa. Usted sonríe por el infantilismo. Está escuchando timbre y piensa que marcó mal. Pero cuando va a colgar una voz le responde: una voz que le recuerda a la suya propia. Usted, lógicamente, quiere saber. Y pregunta. Esa voz dice vivir donde usted vive, dice llamarse como usted se llama, tiene el mismo número de documento de identidad y de cuenta bancaria, sabe todas las contraseñas que hay que saber y dice que no bromea. Con cierta sombra de reproche, dice que pensaba que usted no iba a llamar. Agradece la llamada -la de usted- con un tono tierno, y le asegura que la noche será distinta.

Definitivamente.

 

Compañía

La hormiga se cruza en mi camino continuamente. Estoy obsesionándome con ella; la analicé con una lupa -sin hacerle ningún daño, por supuesto- sólo para corroborar que siempre me ronda la misma hormiga. No me llama la atención este hecho como que sea una única hormiga -siempre leí, supe y vi que viven en grupos-, lo cual me llevó a preguntarme si ella entenderá lo que es la soledad. Tal vez le perturba el tema y, por esta razón, ha decidido acompañarme.

 

Cuestión de sueños

Soñé conmigo mismo toda mi vida, hasta que me enamoré de ella y dejé de soñar. Ella se pregunta qué se hizo del hombre de sus sueños.

 

Jugando con fuego

El hombre que tiraba los cuchillos se enamoró a primera vista cuando vio a la joven que en esa función sustituía -por única vez- a la dama que durante los últimos veinticinco años lo había acompañado en su impecable espectáculo. Era muy bella y el hombre recordó que hacía mucho tiempo no se fijaba en el cuerpo de la mujer a la que ataba a la rueda cuatro noches por semana en función doble.

La sustituta lo miraba con ojos de noche intensa. Una noche ardiendo de deseos. Su silueta resaltaba sobre el fondo de la rueda del azar llena de estrellas plateadas que giraba enloquecidamente regando en el auditorio exclamaciones entre admirativas y aterrorizadas. Cada lanzamiento echaba más leña a los ojos de fuego de la sustituta y el lanzador de cuchillos se quemaba: una muchacha como aquella no se fijaría en un viejo como él. ¿O sería posible? Ahora estaba, ¿y mañana? No dejaba de pensarlo mientras se sentía atravesado por la mirada. Esa función fue la más larga de su vida. Fue la más extraordinaria pero su corazón no pudo soportar tanto amor y tanta duda. Sintiendo el corazón cada vez más sordo, con dificultad llegó al último lanzamiento, y cayó. Entre nieblas vio la roja firma del destino en aquel pecho que nunca podría acariciar. Ella murió en el acto y él demoró unos minutos en alcanzarla, atormentado por la idea de cómo iba a pedirle perdón.

 

La danza de los locos


"Dime tú, loca, por qué te ves tan leve y alegre". Eso le dije. Y la loca me abrazó y me hizo enloquecer.

Ahora me divierto cuando me preguntan por qué me veo tan leve y alegre. Junto a mí, una larga fila de locos abrazados por mi alegría: danzan su levedad.

 

El techo

Estoy mirando el techo. Otra vez. Siempre me repito que debo mirar al techo. Se ha vuelto el eje de mi existencia. A veces me confundo cuando, como ahora, dedico mucho tiempo a mirar el techo: como si allá arriba estuviera toda mi vida representada. Si cierro los ojos me invade un mareo, quedo cercada por las zozobras. Creo que, cada vez con más asiduidad, me mantengo despierta. Despierta y con la vista clavada en el techo. Buscando confianza. Pero cuando, como ahora, me confundo, tiemblo. Como si temiera darme cuenta que estoy mirando lo que yo creo ser. Pero fui. El tiempo puede distraerse. Mirando desde el techo tengo miedo de verme, y no encontrarme.

 

El hilo y yo

El hilo que me ha estado envolviendo comienza a cansarse de su tarea. He venido observando su decaimiento. Le he propuesto vacaciones pagas. El hilo me ha mirado con sorna: no me cree. Su desconfianza hacía mí lo ha llevado a actuar de esa forma tan rara. Reconozco que, a veces, molesta. Lo mortifico, y cambia de color. Pero me envuelve. No abandona su manía y, a veces, hasta me aprieta. Cuando me aprieta le recrimino su actitud, y vuelve a cambiar de color. No se ha percatado de que, a veces, muchas veces, se ha quedado dormido. No obstante, no he escapado. Lo he dejado descansar; después, lo he despertado, y ha cambiado de color. En esos casos, quiere disimular pero no puede.

Perdí la cuenta del tiempo. También el hilo debe haber perdido la cuenta en el ejercicio de su tarea. Su tarea es envolverme. Me digo que él a lo suyo y yo a lo mío. El hilo se cree muy importante en lo suyo. Me divierte. Pero sé que mi tarea es dejarlo creer que lo está haciendo muy bien.

 

Demorado para el trabajo

Había tenido un sueño pésimo, apenas si pudo descansar. Salió apurado de la casa -el despertador se había quedado dormido, y pensó que era hora de cambiarlo-, y al bajar las escaleras se encontró con el ahorcado. Algo ambiguo decir esto, para ser exactos, porque el ahorcado hablaba. Desde su incómoda posición, así colgado de la lámpara del vestíbulo, el ahorcado lo saludó con una voz deformada por la presión de la cuerda en la laringe, y le pidió un vaso de agua. Le resultaba conocido el sujeto. ¿Dónde se habían encontrado?

El hombre, que estaba tan apurado, pensó que era cierto: desde que se había levantado tenía mucha sed. Pero llegaría tarde al trabajo. El maldito trabajo que odiaba. Esto también lo pensó, y fue pensar esto lo que terminó decidiéndolo: hizo un último movimiento, y se ahorcó.

 

La primera decisión

Unos días se llamaba Juan, y otros Manuel, y otros Fernando; cualquier nombre le servía. Nunca había decidido nada y todos le decían que alguna vez tendría que decidir algo; mientras, iba por esos caminos del mundo, buscando no sabía qué. Unos días estaba alegre, otros muy triste, y otros enojado: cualquier estado de ánimo le convenía. Unos días soñaba lindo, otros tenía pesadillas, y otros dormía en el olvido: cualquier cosa encajaba en sus noches. Solía tomar cualquier camino, pero un día, pensando que algo le faltaba, quiso elegir el que seguía en ese momento: se sintió especial, y le gustó sentirse así. Hasta que el camino terminó abruptamente. Como había decidido seguir, Juan o Manuel o Fernando, alegre o triste o enojado, en sueños o en pesadilla o durmiendo simplemente en el olvido, terminó enfermando de desorientación y desconsuelo.

Todavía sigue internado en el Pabellón de Casos Perdidos. No sabe que decidió volverse loco.

 

Afinidades

Cuestión de afinidades, dijo cuando decidió actuar como lo hizo. No recuerdo ninguna circunstancia que nos uniera en el camino. Ninguna, excepto ésta. Es más: juro que nunca lo había visto. Cuestión de afinidades, repitió con una voz metálica, indiferente. No pude evitarlo, me ericé, y preferí callar, intuyendo que mis palabras resbalarían por su fría piel.

Él trazó el patrón perfecto para sacarme del camino sin que ningún temblor suyo me dejara margen de escape. Y muero sin entender las razones de este excéntrico cuchillo de caza ignoto.

 

La sombra

La sombra de mi vida apenas alcanza la línea del horizonte que aparece en el dibujo aquel coloreado en la infancia. Dudo del niño que dibujó aquella línea del horizonte que tal vez nunca iba a pertenecerme. Pero el dibujo lleva mi ingenua firma, y yo cargo con una sombra que llora. Que llora y sueña, y mira atrás, queriendo llegar al horizonte.

El niño me mira, y dice adiós. Nítidamente dibujado por mi vida.

 

Un día cualquiera

No recuerdo qué día es. Sólo compruebo que es un día soleado, y parece que también apacible. No siento ninguno de los ruidos habituales en la calle. ¿Será domingo?

Hoy me levanté más temprano que de costumbre, al punto que me queda en una zona incierta precisar la hora en que me fui a la cama. Tal vez ni siquiera me acosté. Dispuesto a seguir mi ritmo habitual, preparé mi desayuno como siempre. Lo consumí con lentitud, pero reconozco que quizá con más lentitud que la acostumbrada. Acaso, supongo, no saber qué día es distorsiona mi percepción del tiempo. El cucú de la sala se niega a moverse y el reloj despertador simula estar de vacaciones, porque la batería se la cambié hace apenas una semana. Si mal no recuerdo.

Lo curioso es que el calendario de la cocina no está en su sitio; tampoco el de la mesa de trabajo. Los canales de televisión parecen estar de acuerdo en omitir cualquier dato de fecha y hora, lo mismo pasa con las emisoras radiales. Estuve durante un rato esperando detectar la fecha en algún momento o, al menos, la hora. Pero mi paciencia tiene un límite: todas las noticias me resultan hartamente conocidas y me cansa adivinar fácilmente la música que trasmiten.

Pero lo más curioso sucedió hace un instante cuando entré al baño: el espejo no me refleja. Yo lo veo como siempre. Conste: no es un problema de la vista. Sin hacerme más líos, he decidido que hay que cambiar el espejo, comprar una batería para el despertador, llevar el cucú al taller, conseguir otro calendario y, de paso, averiguar la fecha. Pero hay un detalle: no encuentro la puerta para salir de mi casa y hasta tengo el pálpito que comienza a serme desconocida esta casa.

Presiento que será un día agotador; sólo espero no acordarme que debo ir a la oficina. Eso complicaría todo, obviamente.

 

De la serie Suspiros que cuentan / La danza de los locos y otras historias en la yema de los dedos

© Rosa Elvira Peláez

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Las obras publicadas en LOS NOVELES son propiedad intelectual de sus autores (C) 2002 LOS NOVELES Todos los derechos reservados.