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Patricia
Suárez (Argentina, 1969)
Ha incursionado en todos
los géneros y publicado la novela Aparte
del Principio de la Realidad. En 1997, empezó
a publicar literatura infantil y su cuento Historia
de Pollito Belleza le valió uno de
los premios en el Concurso Juan Rulfo que entrega Radio
Francia Internacional. Su novela inédita, Flor
de lino, fue finalista del XL Premio Casa
de las Américas. También es autora de Rata
Paseandera, La
Italiana, Completamente
solo, Fluido
Manchester, La
flor incandescente y de obras teatrales como
Valhala y La
Varsovia. Actualmente coordina talleres de
literatura y de dramaturgia en su país. Página
web en LOS NOVELES: Patricia
Suárez |
Escenas
de la vida de los niños
(Kinderscenen)
Escribe Bernard Eisenschitz: "los primeros
meses de 1930 vieron desarrollarse una psicosis de masas alrededor
de los asesinatos en serie cometidos en Düsseldorf por un
asesino en serie".
¿Vas hacia el lado del bosque? Es extraño: a la
mañana temprano no parecías tan seguro y ahora...
No veo qué cosa te atrae de allí, aparte de lo que
atrae a todo el mundo: el amor, por supuesto: la gente es lo suficientemente
asquerosa como para ir al bosque Graffenberg en busca de amor.
Y el aire, ah, ese aire tan especial que entre el follaje parece
que huele a sangre. Oh, Maxim, vamos; no hay necesidad de fingir.
¿Llevas todo? ¿Pañuelo? ¿Llevas pañuelo?
Siempre acabas emocionándote y luego no tienes dónde...
"¡Adiós, señor Korbes!" Aquella
gallinita... ¿quién es aquella? ¿La quesera?
¿Ida Reuter se llamaba? No, no la saludes; no le hace falta.
Te llama "señor Korbes" la muy arpía;
seguramente lo hace por burlarse: ¿no se da cuenta acaso
de que no tienes más de veintidós años? Te
llama "señor" como podría gritar "lacayo";
prepara los quesos con mucho suero y están agrios, así
dicen los vecinos, lo que es tú: ¿cuánto
hace que no pruebas el queso? ¿Y por qué saluda
la tacaña? Te habrá visto guapo, ¿no estás
en edad, como dicen las viejas, de merecer...? Es para enfurecerse,
en verdad; podrías llevarla al bosque pero ni siquiera
vale la pena: está demasiado gorda: la carne le cuelga
fofa a los lados del corset. Igual acabarás casado con
una prostituta, ¿no te lo vaticinó así la
madre? Ah, la madre. Buena gallinita esa también; luego
inventó que la cosa no le gustaba y hasta quizá
fuera cierto, ¿pero era necesario traer catorce pollos
al mundo? Oh, vamos, Maxim, no te ensañes con la madre.
No, si no es ensañamiento. Oh, vamos, no repliques; tus
réplicas no hacen sino rezumar la herida. (Estás
diez grados bajo el nivel de la muerte.) ¿Y si fueras al
castillo Jägerhof? ¡Con lo bonito que es! Hay personas
que se pasan el día entero mirándolo. Claro: te
pesan las vituallas; esta bolsa no es del todo buena para los
largos paseos; ¿te fijaste sino se transparenta su interior?
Ah, siempre el mismo cabeza de chorlito. El mismo inútil.
A ver. No, no se transparenta. Oh, aquel: ¿no es el gitanito
de...? Qué piernas tan finas, qué tranco más
elegante. Ni te ha mirado; gitano orgulloso. ¿Sabrá
leer la suerte en las líneas de las manos? ¿Es que
tienes líneas aun debajo de los callos? Ya debe saber robar;
ya debe saber tocar el violín. Los gitanos son buenos con
los perros; siempre les tiran algún hueso. Déjalo
ir, Maxim, él no va a acompañarte al bosque de Graffenberg;
tendrás que esforzarte un poco más para hallar la
compañía justa... a tu sensibilidad. ¿Qué
es este olor? Toda esta ciudad huele a caca de burro; Düsseldorf
apesta. ¿Qué es peor? ¿El río Düssel
o el Rhin? El Düssel te trae recuerdos incómodos,
y en los muelles del Rhin una vez encontraron muerta a una corista,
degollada: ¿la recuerdas? No, claro que no, Maxim, claro
que no tuviste nada que ver. Pero te acercaste a mirar, y ella
tenía esa gargantilla de rubí que la volvía
tan hermosa, casi lo único bello en esos setenta kilos
de carne de caballo. ¡Oh, no!: aquel, el imbécil
de Peter; si hiciera hervir su cabeza como un nabo, puede que
sirviera para algo. ¿No habrá dónde ocultarse?
Demasiado tarde. "¡Maxim! ¡Maxim! ¿Adónde
vas?" Cuidado. "A la Iglesia de San Lamber." "Ah,
¿sí? ¿A qué?" "A rezar."
"¿Tú, a rezar?" "Bueno, ¿qué
hay?" "¿Puedo acompañarte? ¿Puedo
acompañarte? ¿Puedo acompañarte?" Qué
castigo. "Bueno; un tramo." "Sí; un tramo
nada más; un tramo, sólo un tramo." Ahora a
desviarse por esta esquina, qué lástima perder así
el tiempo. "El señor Silbermann dijo en la taberna
que esta semana recogieron ustedes muchos perros abandonados."
"Ah, sí. Somos la Perrera, ¿no?" "La
gente no tiene con qué alimentarlos y luego los abandona."
"El gobierno paga al señor Silbermann para que..."
"Al señor Silbermann se le ocurrió que podían
pedir un subsidio al Duque." "¿Un qué?"
"Subsidio. Dinero. Para alimentar a los perros abandonados.
¿Qué crees, Maxim?" "Nada." "¿Estuviste
en el gimnasio de Willi ayer?" "No." "Brühl
y Levinson se enfrentarán el domingo; doce rounds."
"Qué bien." Ese Levinson todo enclenque como
está se cree un héroe de novela. "¿Quién
crees que ganará la pelea? ¿Apostarías por
Levinson? Sí, ¿verdad?" ¡Sablista! "No
tengo un solo pfenning para apostarle a nadie." "Levinson
se desmayó tres veces en el último entrenamiento.
Boxeaba con su propia sombra... Cayó. No había probado
bocado en las últimas veinticuatro horas dijo, y... ¿tiene
veinticuatro horas el día o es que tiene más?"
"No sé." "Por como le crujía el estómago
parecía que muchas más. Le dijeron que debe comer
seis huevos diarios para estar fuerte y..." "¿¿Seis
huevos??" Ojalá reventara. "Sale esta noche con
los muchachos a robar gallinas ponedoras. ¿Quieres venir?"
"¿Te crees que no tengo nada que hacer, Peter?"
"Oh, yo pensé..." "Pues pensaste mal."
"Hay una gallina azul pasando tu calle... en la Mettmannerstrasse."
"La Mettmannerstrasse es mi calle. Oye, no se te ocurrirá
robarle una gallina a madre." ¡Ladrones! "No,
no, Maxim, no, claro que no, no, no. El número 71 está
marcado como intocable por los muchachos y el 46 porque allí..."
"Júralo." "Lo juro, lo juro, porque los
diablos bailen en mi funeral, no tocaremos tu casa." ¿Que
los diablos no hagan qué? "Más te vale".
¿Por qué no se marcha? "¿Mataste muchos
perros esta semana?" "¿Qué?" "Dijo
el señor Silbermann que no lo haces como debieras, con
un hachazo arriba de la cruz sino que los degüellas..."
"Allí está la iglesia. Se me hace tarde, Peter.
¿Entras a rezar?" "No." "Bueno, adiós."
Arde en el infierno, Peter. Oh, vamos, Maxim; sube, sube, dos,
tres, cinco, quince escalones. "¡Maxim, Maxim!"
Desgraciado, ¿ahora qué? "¿Por qué
cosas rezas?" Eso: hazle una seña obscena; dile "Por
los perros". Se ríe; a ese Peter habría que
matarlo de un tajo. Oh, qué fría está la
iglesia, cala los huesos, márchate, márchate ya.
¿Qué sabe él de los perros vagabundos para
hacerte cuestiones? ¿Qué sabe él de la muerte?
El viejo Silbermann podrá matarlos de un hachazo detrás
del cuello; el viejo Silbermann come dos veces al día platos
calientes, jamón, salchichas polacas, bebe cerveza. Los
animales caen muertos a la primera embestida; ni siquiera se han
enterado que les sobrevino el fin; algunos incluso mueven todavía
el rabo durante unos segundos más. En cambio, tú.
¿Qué tienes en la barriga la mayoría de las
veces? Pan negro, sopa de agua, ¿con qué fuerza
blandirías el hacha...? El señor Silbermann es un
ogro, pero tú, pobre Pulgarcito: ¿cuántas
veces deberías golpear al pobre perro hasta que...? Y luego
la angustia, la angustia que te destrozaría: ¡ese
perro no merecía morir! ¡Ninguno, ningún perro
se merece morir! El cuchillo, en cambio, es sólo un instante.
Le rascas la garganta y el perro te lame las manos, juguetón,
luego cortas, mana la sangre, es el final. Es el único
consejo bueno que el padre te dio estando sobrio, al fin y al
cabo: el pulgar sobre la hoja y herir siempre hacia arriba -¡herir
hasta las estrellas!-. Entonces viene un infeliz, como este de
Peter y te amarga el día en menos de una hora echándote
en cara que no sabes cómo matar suavemente un perro. Malhaya.
¿Llevas el cuchillo? ¿No lo habrás olvidado,
verdad? Era el padre quien decía que el cuchillo después
de todo es más fiel que un amigo. En algún punto
tenía buenas ideas el viejo cerdo... ¡pero había
acaso necesidad de darte esas golpizas cuando andaba borracho;
de hacerle pollos a la propia hija! Allá él; que
se pudra en la cárcel. A deshacer el camino; te alejaste
demasiado del bosque; podrías andar en puntas de pie para
no gastar tanto la suela de los zapatos, pero de ese modo ninguna
niña se te acercaría: sospecharían que eres
un mugriento. "¿Una limosnita?" Ah, y mira quién
mendiga: si ésa es Klara la callejera. ¿Era Klara
el nombre de esta gallina desconsolada? Aquí todas las
niñas se llaman Klara o Lotta, como si alguna de esas miserables
pudieran heredar algún talento de la Schumann o de la de
Goethe, mediante la magia de los nombres. (Aquella niña,
la primera, en la playa del Düssel, ¿no se llamaba
también Klara? En el periódico decían que
se llamaba... ¿Kristina era? ¿O Klara?) Ah, vamos.
No la mires siquiera. ¿Cuántos años tiene
ya? ¿Diecisiete? Cuando pasan los catorce se echan a perder;
es cosa sabida. ¿No había entrado de sirvienta en
la casa de un noble? ¿Y qué pasó? ¡La
madre te lo contó, Maxim!, ¿cómo es posible
que no prestes nunca atención a nada de lo que ella dice?
Ah, los aristócratas son una porquería; ¿recuerdas
aquel canichito tan semejante a un cordero, que encontraste detrás
de los jardines dedicados a Schumann? ¡Qué bonito
era; con su collar de cuero y aquellas piedras verdes que el codicioso
del señor Silbermann insistía en que eran esmeraldas!
¿No te pondrás a llorar ahora por el perrito, Maxim?
Ah, si es lo único que faltaba. Te mira aquella niña;
derramando lágrimas así la asustarás. Ahí
tienes: se fue corriendo. ¡Hiciste todo lo humanamente posible!
¿No lo ocultaste en un canasto en casa de la señora
Scheer, la lavandera, dos o tres días? Cierto que ella
te echó el perro a la calle porque robaste las tijeras
de su marido el sastre, pero podría haber tenido un poco
de piedad, sabía que al animal acabarían sacrificándolo
y... (¿Fueron aquellas las tijeras que usaste en la ribera
del Düssel?) Fue todo culpa del señor Silberman, a
él se le metió en la cabeza que la Perrera debía
cumplir con lo estipulado por el reglamento del municipio y que
si no venía el dueño a reclamarlo debían
sacrificarlo en un lapso de dos semanas. ¡Los dueños!
¡Los dueños! ¡Venir a una Perrera los nobles!
¡Antes la lluvia caerá de abajo para arriba que pasar
necesidades un noble por un cuzco pulguiento! Estúpido
señor Silbermann. Por eso Lena la tabernera decía
que los pobres como ellos, como los Korbes y todos los de la calle
Mettmannerstrasse debían hacerse anarquistas; ah, Lena
gallinita clueca, no cabe la menor duda de que está loca:
si odias el mundo, según ella, debes hacerlo saltar en
pedazos. Pues no. Precisamente es cuando uno lo odia que hay que
dejar que continúe: si la mejor y más constante
ocupación de los hombres es hacerse pedazos entre ellos.
¡Ah, Lena la sabia! La única que casi no parece una
mujer; fue ella la que te prestó el "Werther";
todo el mundo tiene aquí el "Werther" o cualquier
otro libro de Goethe; para eso vives en Düsseldorf. ¿Qué
hizo Goethe en Düsseldorf? ¿Estudió? ¿Fue
a la universidad? Seguro que en aquel entonces la ciudad ya largaba
este maldito olor a caca de burro y a otra cosa, a esa sustancia
espesa que se calienta en el borde de las heridas... ¿Y
qué? ¿Cuántas páginas habrás
leído? ¿Doce, veinte? La lectura provoca dolor de
cabeza; es por eso que los perros no aprenden a leer. Tanto esfuerzo
para llegar a la conclusión de que Werther es un estúpido,
un suicida idiota, un fanfarrón que se puso de moda...
hasta el padre cuenta que se vistió con chaqueta azul y
pantalón amarillo el día apresurado de la boda con
la madre, porque ella ya estaba preñada de ti; luego resultó
mentira, como todo con lo que el viejo se llena la boca: te miente,
Maxim, te miente: no hubo boda jamás y el niño de
la preñez -era una niña- nació muerto, frío,
completamente quieto, sin nombre: lo habrán tirado por
allá atrás, entre los basurales. (Estás diez,
veinte grados bajo el nivel de la muerte.) Ah, la Lena esa dice
que es sabia, pero si la condenaran a pasar un día entero
encerrada en una biblioteca, al cabo la encontrarían muerta.
(Estás veinte grados bajo el nivel de la muerte.) Un canichito
tan lindo, tan inteligente: le decías "pata"
y él daba la pata; le decías "muerto"
y él se echaba panza arriba y se quedaba quieto, tan quieto...
Ya se respira el aire de los bosques; no falta mucho. ¿No
olvidaste los dulces? Ah. ¿Qué traes? ¿Bastones
de caramelo? ¿Se los quitaste al pequeño sobrinito?
Pobre bastardo, mejor que vaya llorando así va entrenándose
en lo que es el mundo. Tal vez cuando llegue el momento le hagas
un favor a él también. Dulce Fritzi, ¿qué
parentesco tiene contigo en realidad, Maxim? ¿Es sobrino,
es hermano por la parte del padre? Quizá hubiera sido mejor
que visitaras el cementerio, las tumbas de Robert Schumann y Klara
o..., ya sabes dónde están. El padre una vez quiso
tocar el concierto de "La vida de los niños"
o como se llame, con la acordeona y sonó a lata mojada
y a herrumbre; qué infamia; debiste cortarle los dedos
con la hachuela, por respeto a la música. ¡Allí!
Despacio, despacio. Lindo vestido, y ¡qué trenzas
más largas! Síguela, no la espantes. ¿Llevas,
por casualidad, una muñeca de trapo? Oh. ¡Pero si
no costaba nada traer ese espantajo, Maxim! ¿Quién
iba a pensar que eras un maricón sólo por traer
la muñequita...? Te mereces que la niña se dé
vuelta y se marche; sí, por imbécil. Oh. Viene para
aquí esa pollita. Mira: tiene las medias raídas.
Pobrecita, parece un perrito mojado perdido en las lindes del
bosque. Salúdala; bien, tranquilo. Tranquilo; qué
graciosa es. El caramelo; dáselo, ahora. Los padres no
la advirtieron que no acepte dulces a un extraño. Está
niña podría llegar a ser una mujer preciosa; deslumbraría
a todos en el salón de baile del Duque. Oh. No tiene todavía
los dientes delanteros. ¿Cuántos...? Ocho. Elsie.
Elsie, ¿no es maravilloso? (El nombre de la primera niña
era Klara, sí. Lo recordaste al fin. La policía
dijo que se llamaba Klara y tenía un apellido que sonaba
como Kühn, un golpe seco.) "¿Aquello?" Dile,
Maxim, explícate. "Es una lechuza." No sabe,
pobre niña, cómo se deletrea lechuza. "¿No
te envían a la escuela?" No, no la envían,
no tienen dinero; ah, el dinero, siempre el problema del dinero;
"son las jóvenes lechuzas en la frontera del bosque."
Qué chistosa es: "No sirven para nada, están
ahí simplemente". Tiéndele la mano; ahora,
entren en el bosque: el novio y la novia entran a la nave de la
iglesia y más allá el cura párroco... Ríe.
Le gusta reír. No deben hacerle chistes seguido, pollita,
la tienen olvidada. ¿Tiene novio?; ah, vamos, pregúntale,
hazle alguna chanza. No tiene; nunca llegará a deslumbrar
a nadie en un baile; nunca llegará a mujer. (¿Acaso
puedes remediarlo? ¿No tienes esta maldición dentro
tuyo? ¿El fuego? ¿La voz? ¿El dolor?... ¿Sabe
alguien lo que sientes, Maxim...?) Allí, ese es el sitio;
es un haya preciosa. Ahora, cuéntale la historia del zapatero
que entra en una fonda y se apuesta los ahorros de toda la vida
a que su perro es capaz de hablar y nadie le cree, nadie, nadie,
y entonces el perro no llega ni a abrir la boca y cuando luego
el zapatero le pregunta por qué se calló, el perro
dice que porque no se le había ocurrido nada que decir.
Así; que se suelte el cabello: oh, oh, qué suave,
si hasta parece que duele de hermosura; se asemeja un poco al
caniche la niña ésta. Buena pollita. (Estás
veinte, treinta grados bajo el nivel de la muerte; vas irremisiblemente
hundiéndote.) ¿Todas las cosas que trajiste están
en la bolsa, verdad? Oh, vamos, ahora sí, Maxim; te llegó
el momento de comenzar a sacarlas.
©
Patricia Suárez
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