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Héctor
Lisonje [pseudónimo]
(España, 1981)
Cursa tercero de derecho en la Universidad
de Granada y se dio al vicio de escribir hace apenas dos
años. Su obra, escasa aún, responde principalmente
al género del cuento, al margen de algún poema
que jamás rebasará los límites del
cajón. Entre los publicados en diversas revistas
y rincones literarios de Internet, se pueden contar los
siguientes títulos: No
está, Subir
escaleras, Alfiler
de luna, Ausencia
soleada, El 38,
Dos transformaciones
y Sabes. Actualmente
está a la espera de confirmación respecto
de su primera publicación en papel. |
La
maldición del reloj
Sus manos silenciosas colocaron la última pieza. El engranaje,
completo y operativo, le insufló una sensación de
triunfo, aunque una cierta pena, o insatisfacción, ensombrecían
el momento. El tiempo, o su reflejo, podían al fin fluir.
Luego ajustó el cristal y cerró la tapa, presionándola
suavemente. Sin soltarlo, con el mecanismo recién implantado
latiendo sobre su palma, el anticuario llamó a su ayudante.
Un muchacho joven, con un mandil desigualmente colgado y apenas
veinte años en el cuerpo y diez en la cara, se presentó
ante él:
- ¿Dígame,
señor?
- Westwood, anúnciele al señor Palmer que su reloj
ya está reparado y que puede entrar a recogerlo.
El
muchacho salió rápidamente, y cuando entró
de nuevo, lo hizo acompañado de un hombre alto, de envergadura
salvaje; matices grises agrietaban el iris en sus minúsculos
ojos, y se movía con no poca dificultad. Su aspecto era
de un trazo opaco y cansado, como salido de una tempestad mal
afrontada. Llevaba un traje de pana verde y unos zapatos de goma,
robustos para la lluvia. También tenía un paraguas
que sostenía con ambas manos a la altura del vientre y
dos grandes anillos dorados en los dos dedos anulares.
- Señor
Palmer -dijo el anticuario exhibiendo el reloj de forma triunfal
- aquí lo tiene, sano y salvo. La evolución del
tiempo sobre él es ahora de una suavidad sublime y, para
mayor seguridad, he efectuado las operaciones de mantenimiento
necesarias para que no vuelva a detenerse en mucho tiempo. Este
reloj le enterrará a usted y a otras veinticinco generaciones
- añadió el viejo anticuario riendo con su tos añeja.
Le prometo que le tengo envidia...
El
señor Palmer palideció, se echó un poco hacia
atrás, retrocediendo con la gruesa tracción de un
camión sobre la moqueta. En su rostro se había dibujado
el espanto, y sus manos parecieron invalidadas por el horror.
El paraguas cayó al suelo como una paloma abatida, casi
sin hacer ruido. Lo único que resonaba era la lluvia, el
lejano rumor de su trote por el empedrado de las calles.
- Señor
Palmer, ¿se encuentra bien? -dijo el muchacho, que de inmediato
le agarró del brazo.
El
anticuario, sin moverse de su lugar frente a la mesa de trabajo
repleta de artilugios y piezas metálicas de toda índole,
preguntó:
- ¿Qué
le sucede? ¿Acaso cree que no he sabido arreglarlo a su
satisfacción?. Si es así, si en tan mala estima
tiene usted a mis habilidades, compruébelo usted mismo
- e hizo, con la suficiencia que le caracterizaba, una señal
a Westwood para que se lo acercara. Pero cuando el muchacho iba
a entregárselo, el señor Palmer retrocedió
de nuevo, espantado, subiendo incluso un par de las escaleras
que conducían hacia la planta superior.
- No me dé eso. Quédeselo. No le dije que lo arreglara,
sólo se lo di para que lo tasara, pero usted dio por supuesto
que quería repararlo. Sólo quería venderlo,
pero así, en ese estado de perfecto funcionamiento y a
menos que usted acepte lo inaceptable, no podré dejar de
llevármelo de nuevo. No le culpo a usted sino a su ayudante,
debí aclararle expresa y personalmente cuál era
mi intención. En verdad es un reloj espléndido.
No obstante, su gran defecto (o cualidad) es la más atroz
de las fuerzas que me torturan. Ese reloj computa el tiempo de
la enfermedad que padece mi buena esposa, Emma. Su actividad implica
el avance del mal, imparable navegador de su cuerpo y de su salud
ya muy mermada. Es una extraña enfermedad psíquica,
que afecta a la par al sistema nervioso y acaba provocando una
parálisis general.
-No ha de preocuparse, señor Palmer, pues bien puedo asegurarle
que está usted exagerando la magnitud del problema. La
solución es sencilla: igual que lo he hecho andar, lo puedo
hacer parar.
-Eso cree usted, ignorante anticuario - dijo con voz poderosa,
modulando un inesperado tono acusador. Muchos han sido los esfuerzos
que, durante varios años, he tenido que realizar hasta
lograr detener su curso. Día y noche, indefectiblemente,
maldecía en mi interior el movimiento de las manillas,
esperando la llegada del tan ansiado momento en que mis ojos asistieran
a su paralización. Eso ocurrió esta mañana,
esta misma mañana, y decidido a no volver a verlo y a olvidar
esa pesadilla, lo he traído hasta su comercio, se lo he
entregado a su ayudante diciéndole antes que se lo llevara
a usted para tasarlo, y, en lugar de eso, me lo encuentro activado.
-¿Es cierto eso, Westwood?, preguntó el anticuario
volviéndose hacia su subordinado.
El
muchacho vaciló. Luego hizo un gesto de fastidio y reconoció
haber tergiversado las instrucciones, pero qué no sabía
por qué lo había hecho. Tras unos segundos de silencio,
el señor Palmer se aproximó hacia él y desde
muy cerca comenzó a gritarle:
-¡Que
no sabes por qué lo has hecho! ¡Quieres decir que
no sabes por qué has condenado a mi esposa a una muerte
segura y a un indecible padecer!
Aunque
no había querido abandonar su puesto, el anticuario saltó
de la silla e interrumpió la reprimenda, interponiéndose
entre el señor Palmer, que había llegado a coger
a Westwood por la solapa, y el muchacho, que temblequeaba mirando
al suelo.
-Mi
buen señor. Bien sea cierto que no era su pretensión
el rehabilitar al uso este reloj. También me parece de
recibo el que se lamente de lo que este chico, sin duda en un
acto de inconsciencia juvenil, ha provocado en contra de su voluntad.
Pero lo que no creo aceptable es que se ampare usted en semejantes
argumentos. Permítame dudar sobre la veracidad de las cualidades
mágicas que atribuye al reloj, y de la relación
que su funcionamiento guarda con la enfermedad de su esposa. No
seré yo el que le llame mentiroso, pues en rigor no tiene
usted razón para mentir. Aún así, preferiría
que no se dirigiera de ese modo tan hostil hacia mi ayudante,
y mucho menos que le acuse de causar mal alguno a su señora.
No sé quien le habrá contado esa historia, pero
sí sé, con certeza, quien no debe sufrir sus resultados.
El
señor Palmer esperó a que el anticuario, hombre
pequeño, inestable y antiguo como uno de sus muchos objetos,
terminara de hablar. Su piel, apergaminada, parecía ser
producto de un restañamiento continuo, ya que estaba compuesta
como a retales de distintas texturas y tonalidades. El señor
Palmer había tomado cierta distancia, incluso había
alojado sus manos en los bolsillos y miraba despreciativamente
a ambos, como en la fase de ideación de un desafío
o de una amenaza, o quizá tan sólo afianzándose
en una antigua resignación. El cuarto, monopolizado por
las sombras, se angulaba en maderas oscuras y distribuía
sus objetos en anaqueles múltiples, sobre los que, junto
al polvo, se podían observar diversas cajas decorativas,
lámparas, originalísimos péndulos... Los
estantes se alzaban interminables hacia el techo inescrutable.
Un vaho denso, un recorte de añoso espesor, dilataba y
estrechaba sus juntas y bordes, así como confería
un extraño aliento a los objetos que en ellos se exponían.
El olor también poseía un sabor rancio entre rachas
alternas de una aire más puro. El Señor Palmer,
percibiendo aquel ambiente con particular sensibilidad, no separó
su mirada del anticuario. De cuando en cuando miraba al chico,
que se mostraba arrepentido en la contrición de su rostro
y en lo escaso de su movimiento.
-Verdad o no, poseedor de su confianza o sin credibilidad alguna,
mi objetivo es vender ese reloj. Del mismo modo que ocurría
con el diablo de la botella, la venta del reloj supone, junto
con la transferencia de la propiedad, el traspaso automático
de sus aciagos efectos.
- ¿Pretende
usted que sea yo quien lo adquiera?. - preguntó el anticuario
- Sí - contestó el señor Palmer sin dejar
margen a la duda.
- De acuerdo, lo haré, pues no creo en maldiciones ni demás
fantasías. Es mi camino el que se abre entre la rectitud
intelectual y el conocimiento, y lo que no me dan a saber los
libros, me lo aporta mi sentido común, que en tal labor
está bien adiestrado y es sumamente certero en sus juicios.
Dé el reloj por vendido, considéreme ya su nuevo
dueño, heredero de toda esa desgracia que usted predica
de su mecánica y siéntase liberado de su influjo,
que ya sólo sobre mí y mis bienes pesará.
Pero antes quiero que me aclare un punto que percibo oscuro en
todo esto: si su intención primera era vendérmelo,
¿por qué no bajó usted mismo, ya que tan
importante era el asunto, en lugar de enviar al chico? Y aún
así ¿por qué no vendió usted el reloj
antes de que estuviera parado?
- En primer lugar, manifestarle mi más sentido agradecimiento
-expresó el señor Palmer mientras se abalanzaba
a estrechar la mano del anticuario. Su noble gesto, cargado de
un admirable sentido de la responsabilidad, es fuente de un enorme
alivio. En cuanto a lo de sus dudas, le contaré: ese reloj
lo compré en un bazar de Armenia, hará año
y medio. Sobre una sábana tendida en el suelo, en plena
calle y entre un montón apilado de joyas de formas mates
y oxidadas, lo vi brillar y al momento me sedujo su forma, su
cubierta, la sencilla inscripción de fábrica. Su
precio, escandaloso por lo exiguo, fue un argumento más
en pos de su adquisición. Una semana después, cuando
los asuntos que me retenían en Armenia estuvieron resueltos,
regresé con él a casa, Emma lo aprobó y lo
comencé a usar sin mayor impedimento. Al cabo de un año,
unas fiebres atípicas, que con ninguna descripción
de fiebre anteriormente registrada coincidían, afectaron
a Emma, que no encontraba descanso ni en el día ni en la
noche. Como una tea ardía, y su sudor, condensado, era
el vapor terrible que presagiaba mis lágrimas. Sentía
que iba a morir. Los médicos no ofrecían soluciones,
y sus dictámenes se perdían en un desconcierto de
síntomas y de nombres, y en la tentación continua
de llevarla al laboratorio y experimentar con ella un posible
(imposible) remedio. Todos aquellos doctores de frentes sin cabello
y anteojos apretados, fracasaron ante aquella dolencia como uno
sólo. Más indignamente, algún hechicero trató
de hacer, de mi desesperación, fuente última de
su alimento y hasta de sus lujos. Sabiéndola perdida, me
entregué a una búsqueda indeterminada a través
de libros y manuales. Mi objetivo (luego lo supe) consistía
en encontrar un soporte, siquiera mágico, para explicar
aquella fiebre que no hallaba cura en la ciencia de las médicos.
En uno de esos libros, tras algunos días de insomnio, creí
desvelar un precepto que encajaba en el decurso del problema.
El volumen, que trataba de diversas leyendas, había sido
extraordinariamente vago en sus planteamientos hasta ese punto,
en que encontré lo que buscaba. Le puedo referir el texto
al pie de la letra, pues de tanto deshojar su significado y de
tanto placer que me causó su hallazgo, lo aprendí
de memoria. El tenor del comentario rezaba:" Condenado por
herejía que jamás había practicado, hace
tres cuartos de siglo un hombre fue reducido a la infortuna de
las rejas. Para que más sufriera, antes de encerrarle para
siempre, fue muerta su familia y liquidadas sus posesiones entre
los oligarcas de la región. Entre un clamor del pueblo
que lo insultaba camino del presidio, un anciano, surgido de entre
la muchedumbre, le colgó del cuello un reloj, cierto reloj
que el preso maldijo con su mirada desde ese mismo día
en que ingresó en la celda hasta aquel en que perdió
el juicio, durante un periodo de quince lunas. Cotejando el tiempo
de su dolor, insertó en el movimiento de sus agujas la
infamia, el oprobio, el ultraje, la miseria, en suma, la tragedia
personal que lo definía. Para siempre quedó impregnada
su esfera por la violencia de sus anhelos, de modo que su magnetismo
infiere grandes males al ser más amado del que, habiéndolo
comprado por precio cierto, lo posea". En otro apartado,
aseguraba con sentenciosa alarma: "aquel que lo compró,
consintió que los ojos del mítico preso se instalaran
en su hogar, auspiciando el peor futuro al más preciado
de los tesoros que en su dominio moren. El propietario quedará
siempre a salvo para padecer, hasta la locura, las terribles secuelas
de su imprudencia. "
Y al
borde de la locura me he hallado -añadió el señor
Palmer, que, visiblemente emocionado, había dado cuenta
de la leyenda. Al momento, prosiguió su explicación:
después de eso, dejaría de consultar a doctores,
conocedor del enigma y, por tanto, de la posible solución.
Tenía que vender el reloj. Fui a ver a Emma, que se debatía
nerviosa en el vértigo de una cama que se le había
quedado pequeña a las desmesuradas dimensiones de su agitación.
Le prometí una pronta recuperación. Al cabo de unos
días, en otro libro a que mis ansías de conocimiento
y una cierta suerte en la búsqueda me habían llevado,
descubrí un nuevo punto. Junto con el resto de la historia
que ya sabía, relataban que, su detención, sin destrucción
ni menoscabo, suponía el final de la tragedia a que hubiera
dado lugar. "Un reloj, que no es más que la reiteración
de una escala establecida, puede repetir también, siquiera
modificados por las circunstancias concurrentes, sucesos incardinados
en el tiempo que todo espacio contiene", pude leer como vistoso
corolario de ese capítulo. Lleno de felicidad, corrí
a detenerlo. Pero, en oposición a mis optimistas previsiones,
el reloj y su mecanismo resistían, uno tras otro, a mis
intentos de hacerlo parar. Sinceramente, no sé por qué
no me propuse venderlo antes de haberlo visto parar, supongo que
lo que quería era vencer a la enfermedad por mis propios
medios, sin reconducir, cobardemente, el mal a un tercero. Por
esa razón, me dediqué a intentar derrotar su mecanismo
en lugar de acceder a, liberándome yo de la maldición,
infligir el daño a otro que, de buena voluntad y sin conocimiento
de los hechos, comprara el reloj. Así, a los tres meses
de intensos trabajos, que me desviaron incluso de mis negocios
y actividad profesional, esta mañana cesó su movimiento
y, viéndolo muerto sobre mi mano, fui hasta la habitación
de mi esposa para preguntarle cómo se sentía. Su
reacción, a pesar de la alegría, no pudo por menos
que helarme la sangre: "me siento como si nunca hubiera sufrido",
me dijo con una sonrisa abierta a la vida.
El
anticuario se dirigió hacia el reloj, que había
quedado sobre la mesa de trabajo. Lo tocó, lo observó
haciéndolo girar. En efecto, el brillo de su chapado era
tan magnífico que ni la ruinosa luz que habitaba la pieza
podía mitigarlo. Conteniendo la risa (quizá la risa
forzada de quien, no queriendo creer, ha experimentado un inicio
de persuasión), le preguntó por el precio.
- ¡Oh,
el que desee!- exclamó. Usted mismo puede ponerlo.
- Un céntimo - soltó el anticuario, en el que había
aflorado, tras la tensión dramática del relato,
el inevitable espíritu mercantilista del comerciante.
- Aceptado - dijo satisfecho el señor Palmer.
El señor Palmer, en cuanto el céntimo se aposentó
en su mano y el reloj definitivamente quedó en la del anticuario,
ascendió las escaleras apresurado y salió: el sonido
de las campanillas de la puerta, intenso y hasta estridente, confirmó
al extremo su precipitación. Westwood y el anticuario permanecían
en el sótano. Este último, sentado a la mesa de
trabajo, examinaba el reloj a la luz de la lámpara, volteándolo,
escudriñándolo, quizá, ahora que era parte
de su patrimonio, tasándolo como aquel hombre habría
querido en un principio.
En
un momento determinado, el anticuario se bajó las gafas,
se respaldó cómodamente en la silla y, alzando hacia
Westwood la cabeza algo aturdida y los ojos enrojecidos, preguntó:
- ¿Cómo
lo has sabido, Westwood?¿Cómo has sabido que este
reloj me interesaba desde hacía mucho tiempo, casi desde
que tengo memoria de anticuario y he sabido de su existencia por
catálogos de lo utópico? Porque, ¿cómo
de otra forma, sino teniendo conocimiento de ello, manipulas y
alteras las claras instrucciones del Señor Palmer?
Un
silencio como almohadilla protectora (y delimitadora) entre la
pregunta y la respuesta, apenas una mosca recorriendo dos veces
uno de los muchos cuartos que tienen fundados en el aire los insectos
de esta especie, y Westwood, como dotado de un impulso y un empaque
nuevo, habló sobre el insistente rumor de la lluvia, que
arreciaba:
-Aunque
no sea habitual en mi el tono directo, su ceguera, no sé
si pretendida, si natural, o quizá un cierto cinismo de
su parte, hacen tal estilo imprescindible, pues usted viene a
pedir explicaciones creyendo ejercer una astucia, y yo, que en
nada me tengo por ser soberbio pues nada en este mundo me falta
ni me ha de faltar, vengo presto y humilde a dárselas.
Yo, desde siempre pendiente de conocer y satisfacer sus deseos,
soy el causante único de los agrios avatares que el señor
Palmer ha referido: yo, individuo de costumbres convulsas, usurpé
a la paz el estable depósito de su alma, haciéndola
intransitable al paso de las horas buenas; yo vegeté activo
las estancias de su hogar desbaratando la salud de su esposa,
en cuyo cuerpo hice errar el fuego y el dolor. Yo, mucho antes,
hice encarcelar a aquel hombre inocente, difamando su herejía
ante las autoridades intolerantes instauradas también por
obra mía; yo trasladé el reloj a Armenia, después
de pasar de mano en mano durante años, fruto de infinitos
e indiscernibles comercios; yo envié al señor Palmer
a Armenia a encontrar el reloj, creyendo ir a realizar gestiones;
yo redacté con esmero aquellos libros y los puse ante él,
dirigiendo las rutas de su búsqueda para que creyera cierta
la leyenda; yo, sin escatimar un segundo a mi labor, le hice caminar,
en ficticia libertad, en busca de esos libros como por medio de
carriles de paredes altísimas; yo lo atraje hasta aquí,
yo equivoqué sus instrucciones, yo, en fin, soy culpable
y artífice último de su desgracia. Gracias a mí,
usted, oh potentado amo y yugo, ha obtenido el reloj, ese precioso
reloj armenio que tanto ansiaba desde su negligente e inconfesada
ambición. Sépase poseedor, por medios no legales
pero legítimos, de un bien que no le habría pertenecido
sin mi mediación, pero sépase, también, a
salvo de indeseables acciones jurídicas. Ese hombre, lejos
de plantear un litigio, le tributará un eterno agradecimiento
que ni los muchos años ni las muchas muertes podrán
borrar. Anciano explotador, es usted hombre afortunado por tenerme
a su servicio, más, lo quiera o no su impotente voluntad,
cierto día marcharé y, llevándome conmigo
el origen de su dicha, el curso, en esta rueda infatigable, devendrá
en su contra. Pero hasta ese entonces, felicítese de mis
artimañas, jáctese del reloj como si hubiera de
ser imperecedera nuestra relación, búsquele peana
de plata y osténtelo, brillante, en nuestro escaparate;
haga de él la más alta y admirada cumbre de su orgullo
y adórelo como se adora la vida escasa. Pero recuerde:
no hay favor que dure años que en años de favores
no se pague, así que usted algún día será
objeto de mi dominación, y allí donde estemos, para
usted y para nadie más, serán la fiebre, el oprobio,
la desesperación y las cárceles.
El
anticuario reposó unos instantes, se abrió dos botones
de la camisa y se acodó en la mesa, dejando a un lado el
reloj:
-En
verdad, Westwood, me asombras, y, en este punto, no sé
si es tu poder o tu locura lo que me abruma. ¿Cuándo
podré llegar a conocerte en profundidad?.
Nunca
-respondió sin énfasis el muchacho.
Acto
seguido, marchó escaleras arriba, pues había oído
cómo la campanilla de la puerta anunciaba la entrada de
un nuevo cliente, un nuevo ser que llegaba al final de un largo
camino.
©
Héctor Lisonje
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