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David
González
(España, 1964) Poeta
y narrador nacido en Gijón. Colabora en las revistas
de literatura Lunula, Caminar Conociendo, La hamaca de lona
y en algunos fanzines. Dirige la colección de poesía
Zigurat que edita El Ateneo Obrero de Gijón. Tiene
publicados, entre otros, los siguientes poemarios: El
demonio te coma las orejas, Ley
de Vida, Sparrings,
Con los pies en el suelo,
Sembrando hogueras.
En Internet ha publicado Los
Mundos Marginados (Biblioteca Babab). Su
obra ha sido traducida al alemán y está incluida
en varias antologías. Sitio web: David
González |
La
misión
dos niños
duermen en sus mortajas:
los médicos
no supieron ser padres
las enfermeras no supieron ser madres
solamente
el loco
que rebaña las escudillas de otros
que recoge migajas de pan
permanece junto a ellos
terminé
la carne
cogí lápiz y papel
y me fui a mi cuarto
a compartir
el pan con el demente
a despertar
a los niños
El
prestidigitador
Era del tiempo
de mis abuelos.
El general, el prestidigitador.
Tenía artritis.
En las manos.
Y le dolían.
Le dolían como un hijo a una madre.
Las manos.
Porque las tenía llenas de cadáveres.
El general, el prestidigitador.
Y ya no podía hacerlos
desaparecer.
La
otra vuelta del hijo pródigo
en la mesa
familiar,
yo me sentaba
enfrente de mi padre.
mi padre lo hacía de espaldas a la ventana.
mi hermana, de espaldas a la cocina de carbón.
mi abuela mercedes a su lado.
mi madre no se sentaba.
mamá córtame más pan.
mamá échame otro poco.
berta tráeme otro vaso de agua.
mama, ya terminé, ¿qué hay de postre?
ya recojo yo los platos, madre, no se levante.
mamá, pélame tú la naranja, anda.
berta, ¿hay café hecho?
¡LA LECHE! ¡QUE SE ESTÁ CAYENDO!
he regresado
a mi casa.
plaza de la
soledad número once quinto derecha.
pero en el portal no estaba mi bicicleta
y mientras subía por las escaleras
iba pensando en la vez que las bajé
en compañía de dos policías vestidos de paisano.
¿vas a obligarnos a tener que ponerte las esposas?
subía por las escaleras
y me dio por pensar en mi madre.
ya no bajaría corriendo a encontrarse conmigo,
sus gritos adelantándose a sus brazos abiertos.
cuando entré
en el que había sido mi cuarto
eché en falta las tres camas plegables en que dormíamos
mi hermana de ocho años,
mi abuela de ochenta y cinco y yo de diecisiete.
eché en falta las risas cómplices de los tres, por
las noches,
después de apagar la luz,
cuando güelita recitaba coplas de esas que ella sabía,
o cuando nos contaba anécdotas de cuando
nuestros padres eran niños.
eché a faltar, incluso, el vozarrón de mi padre:
¡SI VUELVO A OÍR OTRA RISA MÁS ME LEVANTO
Y VOY AHÍ!
miré
por la ventana,
al puerto deportivo:
en la dársena interior y en el antepuerto
en lugar de kayaks, juncos, lanchas y otras embarcaciones de pesca,
había ahora piragüas, yates, veleros y otras embarcaciones
de recreo.
donde estaba la antigua rula, había un restaurante de moda.
donde estaban los astilleros, dos playas artificiales.
solo la luz
del faro permanecía encendida.
he regresado
a casa.
mis padres
no estaban aquí para recibirme, se habían ido.
mi hermana también (se casó).
pronto hará tres años de la muerte de mi abuela.
la cocina ya no se empapiza con el carbón.
he regresado
a casa, pero en la mesa familiar,
mi mujer se
sienta en la banqueta de mi madre,
y yo sigo ocupando
el lugar del
hijo,
frente
a padre.
Biografía
de una casa
al principio,
la casa era un hogar.
no había
paredes.
después,
con los años,
empezaron a levantarse
los primeros tabiques.
el hogar se
transformó en una pensión.
el hospedaje
incluía
derecho a cocina,
lavado de ropa
y cuarto de aseo compartido.
se sostuvo
así durante un tiempo.
luego, la
pensión se convirtió
en un cuarto individual
con baño
y televisor.
finalmente,
se alquiló la habitación
a otro huésped.
la casa volvió
a ser un hogar.
no había
paredes
©
David González
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