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José
B. Adolph
(Alemania, 1933) Escritor
y dramaturgo peruano nacido en Stuttgart. Residente en el
Perú desde 1938. Ciudadano peruano desde 1974. Periodista
colegiado. Ha publicado los libros de cuentos: El
retorno de Aladino, Hasta
que la muerte, Invisible
para las fieras, Cuentos
del relojero abominable, Mañana
fuimos felices, La
batalla del café, Un
dulce horror, Diario
del sótano. Las novelas: La
ronda de los generales, Mañana,
las ratas, Dora,
Trilogía novelística
en un volumen y La
Verdad sobre Dios y JBA. Su obra ha sido
traducida al inglés, alemán, sueco, flamenco,
francés, polaco, húngaro e italiano y aparece
en diversas antologías. |
Ambos
esperaban
Ambos esperaban. Se
habían sentado, cuando aún era oscura madrugada,
en el sofá dirigido hacia la ancha puerta-ventana.
Se
sentían protegidos. No lo estaban, y lo sabían.
Pero pensaban
que podrían verlo o escucharlo antes y eso era percibido
como una pequeña victoria.
Ni
él ni ella recordaban con exactitud cuándo habían
sentido, más que sabido, que algo se aproximaba.
Primero
había sido una intuición que se fue convirtiendo
en sospecha. Al paso de los días o semanas, esta sospecha
se había transformado en certeza, quizás en obsesión.
Por
alguna razón o sinrazón como "hoy vendrá"
se dirigieron en esta madrugada desde su insomnio compartido al
gran sofá que era gris durante el día y que desaparecía
en la negrura de la madrugada. Les habría parecido una
blasfemia o un escarnio encender luces.
Recordaban
un pasado de haberse amado y odiado en violenta alternancia. Eso
era importante aún, pero se ahogaba en la angustia que
había estado creciendo durante los últimos tiempos.
Una sombra, eso es lo que crecía en su lugar y si todavía
hablasen más allá de lo indispensable hubieran añadido
irresponsablemente "en el horizonte". Por eso estaban
sentados en el gran sofá mirando en esa dirección,
esperando. Algo en ellos aún creía que venía
de algún dónde diferente; ¿y acaso lo que
viene de otro dónde no aparece primero en el horizonte?
Pero
quizás no se aproximaba desde otro dónde sino desde
otro cuándo. Ni siquiera osaban reflexionar sobre el qué.
El
silencio pesaba. Lo sentían como un silencio universal,
aunque quizás sólo fuera que les había asaltado
una sordera universal. Les bastaba con la idea, quizás
errónea, de que, al llegar, traería un sonido propio
que llenaría todas las oquedades, todos los silencios.
Y luces: traería luces nuevas, pero esto probablemente
no era sino otra esperanza nacida del terror.
¿Olores?
Habían reprimido su recuerdo. ¿Tacto? Desde que
dejaron de tocarse, nada podía tocarse.
Lo
que apareció en el horizonte fueron, sí, luces.
¿Sintieron alivio o decepción al descubrir que era
el habitual anuncio del sol? Ambos, hay que suponer. Alivio porque
decía "un día más". Decepción
porque decía "un día más".
Pero
con ese sol frío y sin emociones resurgió la callada
pregunta "¿qué?". Ni siquiera "¿por
qué?" y menos aún "¿para qué?".
Ese tipo de inquietudes había muerto hacía tiempo.
Su única certeza restante era que ya estaba muy cerca.
Y que era muy grande. Definitivamente grande. Dicen que uno se
acostumbra a todo. Naturalmente eso no es verdad.
De pronto, ella dice o pregunta:
-Café.
Se levanta, sale y él escucha (roto el silencio sólo
para eso) ruiditos de cocina.
Al cabo, olores: sobre una bandeja, dos tazones humeantes. Él
coge uno, casi se quema la mano (¡sensaciones!) e intenta
sorber un traguito. ¡Lo logra!
Voltea a mirarla, porque no había dejado de otear el horizonte.
Esa mirada pregunta si no todo está perdido.
Ella
sonríe tristemente. Niega con la cabeza. En realidad, también
él sabe que su pregunta era absurda porque el peso de lo
que viene puede ser engañado por momentos pero nada más.
El peso y el tamaño y su ausencia de color.
Entretanto
el sol ha aparecido a espaldas del edificio e ilumina los techos
sucios, las desesperadas gaviotas y, hacia el oeste, el mar demasiado
brillante. Como es lógico, hoy todo resulta excesivo.
Hasta la breve, informal esperanza despertada por el café.
Algunas
veces especulaban, al principio de lo que sin mayor vergüenza
llamaron "el proceso". Después de todo, entonces
sólo era una sensación sorprendente más que
ominosa y parecía dejarse analizar. En resumen: una sensación
-sorprendente cada vez más ominosa-. El fin del mundo ¿es
una suma de fines del mundo?
-Claro que sí -aseguró él.
-¿No un suceso único, universal, igual para todos?
Él había estallado en carcajadas.
-La última derrota de la democracia.
Pero no sabían. Nunca se ofreció detalles. Dejaron
de pedirlos. Después de todo, ¿qué importaba?
El fin de uno siempre es el fin de todos.
-Ególatra -murmuró ella, sonriendo. Y también:
-No piensas en ellos. En los otros. En las futuras generaciones.
En el ecosistema.
-A la mierda con los equilibrios. El ecosistema sólo sirvió
para facilitar que todos asesinen y devoren para vivir. ¡Qué
linda que era la naturaleza! ¡Qué bondad la de la
creación divina y/o evolutiva! ¡Manga de cabrones,
el ecosistema y sus subproductos! Dios inventó el capitalismo
natural.
Todas
esas conversaciones fueron muy amenas y produjeron no pocas risas.
Pero
ahora, en esta mañana a pleno sol, ya no había tiempo
o ganas para divertirse, reflexionar o sufrir. Llorar parecía
mezquino. Hay cosas tan definitivas que parecen ordenarse más
allá -o más acá- de algo tan personal como
el llanto. Las pérdidas habituales, pensaban, esas que
te pueden hacer llorar, siempre dejan un resto intocado, grande
o pequeño, del universo.
-Esa es la injusticia que te autoriza a llorar -dijo entonces
ella. -Pero cuando se aproxima algo como esto...
Él se limitó a asentir sin palabras. Las palabras
eran cada vez más ridículas. Todas. También
ella terminó por comprenderlo y había callado hasta
que dijo/preguntó: "Café".
¡Y
esa sola palabra trajo consigo las sensaciones, el tacto, el olfato
y casi todo lo demás! Era increíble, como suele
serlo la verdad.
Ah,
y qué lentos eran en esta mañana los procesos mentales
de ambos. Y eso lo sentían como una preparación
para lo que estaba por llegar. Como cuando, a punto de morir un
ser humano, su mente angustiada y desesperada por la proximidad
del fin comienza a inventar túneles con una luz al final
o visiones de cualquier tipo de segunda o centésima vida.
La falta de resignación nunca es elegante. La resignación
tampoco.
El reflejo del sol en el mar hería.
Ella habló por última vez:
-Viene.
Y él respondió, también por última
vez:
-Sí, hay demasiada luz.
Y se
inmovilizaron, cada vez más enceguecidos por ese hermoso
brillo azul, hasta que los envolvió la oscuridad.
Pero
sus ojos seguían, fijos e inútiles, dirigidos hacia
el ahora invisible horizonte. Y era mejor así: era mejor
no ver lo que se acercaba.
De
Los Fines del Mundo
(en imprenta), Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica
del Perú
©
José B. Adolph
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