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Las obras publicadas en Los Noveles son propiedad intelectual de sus autores.
Revista de literatura Los Noveles © 2001-2006
ISSN 1547-8114

 

TOMMASO MULE, UN ECONOMISTA DELIRANTE

Cuando era chico, aprendí una de esas máximas sobre el arte de contar historias que, como tantos otros lugares comunes de la “cocina literaria”, aparece aquí y allá cada cierto tiempo y con variada suerte: algunos escritores la aceptan, la incorporan a su baúl de creencias literarias y le rinden pleitesía; otros la rechazan, la incorporan a su baúl de sentencias prescindibles y sonríen un poco cada vez que los primeros la mencionan con respeto. Me refiero a la irritante “economía del lenguaje”, famoso mandamiento para la escritura de cuentos que trae a la mente otros conceptos preocupantes como la “brevedad”, la “condensación”, la “depuración”, y no menciono otros más en nombre de esa misma “economía” de la cual soy, aunque forzado, súbdito. El prestigio de tales ideas puede medirse por el número y la calidad de los grandes escritores latinoamericanos que las han recogido: en su Decálogo del perfecto cuentista, Horacio Quiroga afirma que “un cuento es una novela sin ripios”; en su propio y no menos difundido recetario de consejos, Julio Ramón Ribeyro recomienda que “en el cuento no deben haber tiempos muertos ni sobrar nada”, porque “cada palabra es absolutamente imprescindible”. El mismo Cortázar condensó estas reflexiones en su célebre imagen del “knock-out”. Incluso Borges, escribiendo sobre La invención de Morel, sugirió que la novela era “un objeto artificial que no sufre ninguna parte injustificada”. Y por último, Ricardo Piglia los cifró a todos ellos en su tesis sobre las dos historias simultáneas que siempre relata cada cuento.

Pues bien, la verdad es que atender a tantas normas y recetas juntas es una tarea asfixiante. La brevedad es también requisito del relato policial clásico, otro género muy codificado que puede incluso generar claustrofobia a quienes intenten practicarlo. El detalle es que la historia debe conducir necesaria, inexorablemente a un solo desenlace: la solución del enigma. Las claves centrales de este género, que ha dado excelentes frutos en nuestra tradición (y en este punto es preciso volver a Borges), aparecen claramente delineadas en una novela policial que no es nada clásica, pero sí muy pedagógica. En City of Glass de Paul Auster, leemos que “la buena novela policial no tiene desperdicio, no hay ninguna frase, ninguna palabra que no sea significativa”. Hasta aquí, no se ha dicho nada nuevo, pero si seguimos leyendo encontraremos una interesante formulación: “Todo se convierte en esencia; el centro del libro se desplaza con cada suceso que lo impulsa hacia delante. El centro, por tanto, está en todas partes, y no se puede trazar ninguna circunferencia hasta que el libro ha terminado”. Con estos preceptos flotando aún en la cabeza, me lancé a leer Tommaso y el fotógrafo ciego de Gesualdo Bufalino, una de las novelas policiales (o falsamente policiales) más desopilantes que he leído en mucho tiempo.

Para quienes conozcan la novela resultará más que obvio que Tommaso Mulé, el protagonista, no solo es un mal detective: es desastroso. Si, como dice Auster, “el detective es quien mira, quien escucha, quien se mueve por ese embrollo de objetos y sucesos en busca del pensamiento, la idea que una todo y le dé sentido”, Tommaso prefiere más bien mantenerse al margen de la vida y recluirse en el sótano de un edificio arruinado para escribir un diario narcisista que supera, con creces, las tendencias naturales del género. La sociedad de los hombres le tiene sin cuidado. Cómico hombre del subsuelo, alejado de todo y de todos, se limita a observar la calle a través de una ventanita, por la que ve “desfilar ejércitos de pantalones, de faldas, de jeanes, cochecitos de niños, perros llevados con correas, extremidades de sombrillas y paraguas”. Pero lo más importante acerca de él es que en sus horas de ocio, que son prácticamente todas, es capaz de desplegar una prosa magnífica, ciertamente anticuada y por momentos petulante, pero excepcional de todos modos: densa, sinuosa, como un gran río de joyas líquidas que avanza en espiral, eludiendo las líneas rectas, deteniéndose en proezas líricas y alimentándose de la divagación intrascendente, de la falsa reflexión filosófica que vale, apenas, por la belleza de la forma. A fin de cuentas, es la prosa de un anacoreta, el instrumento verbal de un ciego voluntario que poco o nada puede decirnos sobre la historia, la ciudad o la sociedad. Precisamente, en el metaliterario “Epiprólogo” final, un amigo lector le pregunta airadamente: “¿Y además la historia, la ciudad, la sociedad, dónde están? No basta el cómo, no se entiende en absoluto el dónde, el cuándo, el porqué...”. La respuesta de Tommaso es cínica y divertida. Refiriéndose al episodio final, el derrumbe del edificio que le servía de hogar al solitario detective, le dice al amigo: “En esa desventura, quien quisiera buscar involuntarias profundidades, sospecha algo más que una construcción ilegal, ve el derrumbe y la ruina del siglo, del milenio”. Se percibe la comicidad grotesca de Fellini en esta novela de Gesualdo Bufalino, pero, sobre todo, hay una burla liberadora de los códigos del relato policial, y especialmente de su temida “economía de lenguaje”.

El fotógrafo ciego del título se llama Tiresias (claro) y es el único amigo de Tommaso. Juntos van al cine, y mientras Tir (apodado así por cariño) habla sin parar, Tommaso narra para él las imágenes de la pantalla. En una de esas salidas, Tir le cuenta de un extraño trabajo fotográfico que no se anima a aceptar: “Pagan bien – dice Tir dulcemente -, si no lo hago yo encuentran a otro. No corro riesgos. Ojos que no ven, corazón que no siente. De cualquier cosa que suceda el único testigo es mi disparador de flash, una vez terminado el trabajo les entrego el rollo”. ¿De qué naturaleza es la turbia escena que deberá fotografiar? Finalmente, Tir termina siendo asesinado por un tipo en una Kawasaki roja, el rollo en cuestión se pierde, entran a tallar conspicuos mafiosos italianos y periodistas de crónica roja, y, en medio de este nuevo escenario súbitamente instaurado, es Tommaso quien se ve obligado a asumir el rol detectivesco, a pesar de su manifiesta incompetencia. De diario íntimo, la novela se transforma en franca novela policial, pero el cambio de género no afecta la conocida prosa sensual de Tommaso, que en vez de cobrar la necesaria “agilidad”, en lugar de concentrarse únicamente en los hechos significativos de la trama, desdeña cualquier forma de seriedad y continúa, alada y conmovedora, en su majestuoso tránsito de pequeñas joyas líquidas sin ninguna importancia histórica, social.

Este desequilibrio cómico se expresa claramente en el siguiente párrafo, perfectamente delicioso y prescindible para llegar al desenlace, que quisiera citar. Contextualicemos: Tommaso se está dirigiendo a la habitación de Matilde, la hermana de Tir (que ya está muerto), para interrogarla. Como se comprende, las declaraciones de Matilde podrían ser vitales para solucionar el caso. “Pero en el instante de levantar el puño para golpear a su puerta (el timbre no funciona, el black-out de siempre o quién sabe qué), me sorprende un rayo de sol desde el ventanal del fondo, que me invade de pies a cabeza.

Me detengo para saborearlo con pureza de corazón. Siempre me he fijado en esta cálida mano astral que atraviesa innumerables precipicios de aire hasta llegar a mi piel y acariciarla con familiar intimidad. Esta es la impresión que me da el sol: que viaja solo para mí, sin preocuparse de la bolita leprosa que baila a su alrededor, atraída por un inexplicable imán. Me maravilla incluso que ella no se rebele hasta romper los lazos de la gravedad para irse a la deriva a través del océano del universo, más allá de la muralla desmesurada de los últimos quásares... Mientras esto no suceda, me contento con el goce de mis miembros, ora por un lado, ora por el otro, entre el esplendoroso polvo; con observar como un muchacho la magia de un caleidoscopio, el girar vertiginoso de las briznas que me llueven en los ojos y que no cesa, al cerrarlos, de hervir bajo mis párpados, con el color de mi propia sangre...”.

 

Son 206 palabras de ironía pura, que seguramente no serán consideradas “gratuitas”.

© Luis Hernán Castañeda

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Luis Hernán Castañeda | Perú, 1982 | Estudió Literatura Hispánica en la Universidad Católica. Ha publicado la plaqueta Regreso a Ítaca, Casa de Islandia, novela-revelación 2004 según Vano Oficio, programa de televisión conducido por el escritor Iván Thays, y en 2005 la novela Hotel Europa. Es subdirector de la edición peruana de la revista La mujer de mi vida. Su obra ha sido incluida en Selección Peruana, por editorial Estruendomudo. Blog de Luis Hernán Castañeda: www.luishernancastaneda.invazores.org