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Revista de literatura Los Noveles © 2001-2006
ISSN 1547-8114

 

LUIS LOAYZA, JOVEN TALENTO MOSCOVITA

Nota aparecida en la sección cultural de un diario limeño el 2 de julio de 2005.

 

El crítico es un detective.

Ricardo Piglia

 

Columnista invitado: Ulises Renzi (Lima, 1938). Crítico literario desde los quince años de edad.

 

Luis Loayza (Lima, 1929) es uno de los mejores escritores desconocidos que ha dado el Perú. Todavía lo recuerdo cuando era muchacho y ambos recorríamos, junto a las mentes más brillantes de nuestra generación, los angostos pasillos de la casona de Riva Agüero. Era un jovencito tímido, pero mordaz cuando entraba en confianza y decididamente enemigo de la fama literaria. Como ocurre con muchos peruanos ilustres a los que nadie ha leído, los libros de Loayza –que son pocos, y siempre tan breves como excelentes– permanecen olvidados en bibliotecas limeñas y casi no se venden en las librerías. El mismo Loayza vive recluido en Ginebra, donde trabaja como traductor para un organismo internacional, y está tan lejos de su país como del mundo literario al que reticentemente se acomoda a pertenecer. Cada publicación suya es un acontecimiento, como una estrella repentina que aparece en el cielo una vez cada diez años, discretamente luminosa [1]. Yo solía pensar que la idea de vender un libro de Loayza era tan sacrílega como la de comprarlo, porque las verdaderas joyas literarias –lo sublime encarnado- y los códigos de barras– lo horrible en blanco y negro- no se llevan bien. Increíblemente, me he dado con la sorpresa de que dos de sus libros están a la venta en Amazon.com:

1. Antología by Luis Loayza ( Paperback - June 1997) Books: See all 3 items ( Rate this item ) Buy new : $16.95 Special Order.

2. El sol de Lima (Colección Tierra firme) by Luis Loayza Books: See all 3 items ( Rate this item ) Used & new from $46.95 Usually ships within 1-2 business days.

Be the first person to review this item”: así dice, tristemente, bajo cada uno de estos títulos, milagros cotidianos que merecerían mejor suerte. Me viene a la mente una frase trillada (“nadie es profeta en su tierra”), pero de inmediato recuerdo a Anton, el bello y tímido Anton, y me digo que al menos existe un consuelo: parece que en Rusia y específicamente en Moscú sí leen a Luis Loayza.

Este preámbulo termina aquí, así que perdonen el cambio de estilo – en picada desde lo elevado – y el trastorno de humor del crítico – poco a poco, dejo de sonreír. Y no pienso ocultar el motivo.

Seguramente muchos lo ignoran, pero hace pocas semanas fue publicada en la ciudad de Lima la ópera prima de un joven desconocido que responde al originalísimo nombre de Anton Chéjov. Don Chéjov, que no debe haber cumplido los veinticinco años de edad, viene a sumarse a una larga lista de debuts literarios en el ámbito literario peruano, y, a semejanza de todos ellos, su aparición ha pasado desapercibida para el “lector de a pie” (me refiero al hombre común). El título de su libro de cuentos es La dama del perrito, detalle que me gustó porque alude a lo pequeño, a lo insignificante, a la absoluta ausencia de ambición. Antes de leer el libro, sentado en la oficina del diario donde trabajo, lo primero que pensé, con cierta benevolencia, es que Anton Chéjov tenía que ser un seudónimo de sonoridad eslava, y uno de gusto dudoso para no faltar a la verdad; pero después de terminar los cuentos, recuerdo que me incorporé de mi silla y grité en silencio que me gustaría ser Stalin en persona para poder apretar con mis propias manos el cuello retorcido, falso y miserable, de este Sergio Pitol impostor.

Anton Pavlovich Chéjov (Rusia, 1860-1904). Dramaturgo y autor de relatos ruso, es una de las figuras más destacadas de la literatura rusa. Hijo de un comerciante que había nacido siervo, Chéjov nació el 29 de enero de 1860 en Taganrog, y estudió medicina en la Universidad Estatal de Moscú. Mientras todavía estaba en la universidad publicó relatos y escenas humorísticas en revistas. Casi no ejerció la medicina debido a su éxito como escritor y porque padecía tuberculosis, en aquel tiempo una enfermedad incurable. La primera colección de sus escritos humorísticos, Relatos de Motley, apareció en 1886, y su primera obra de teatro, Ivanov, se estrenó en Moscú al año siguiente (...) [2].

El cuento que da título al libro (La dama del perrito) es un paseo imaginario por una Madre Rusia inventada por el autor. “Cómo no”, pensé: “la maldita autonomía del texto, crea tu propio mundo y siéntete un pequeño Dios”. La historia transcurre en Yalta a finales del siglo XIX, y aunque la recreación del periodo histórico es aceptable, no puedo decir lo mismo acerca de nada más. Para ser breve, reseñaré que el mujeriego Gurov (qué facilidad para venderse al cosmopolitismo onomástico) conoce a la viriginal señorita Anna; mantienen un soso y fugaz amorío hasta que cada uno regresa a su ciudad de origen, prometiéndose recordar al otro como una bonita aventura trivial; ya en su hogar, Gurov descubre que los recuerdos lo atormentan, que a pesar de su desprecio por las mujeres (“¡raza inferior!”) no ha podido evitar enamorarse de esta jovencita, así que decide ir a buscarla; la encuentra finalmente durante la representación de una obra de teatro, y el romance se reinicia, pero esta vez con un amor verdadero y sacrificado; y así cae el telón. Don Chéjov ha querido contarnos una historia de amor, como tantos otros lo han hecho antes, en la que el núcleo (el descubrimiento de un amor real) está compuesto de contrastes sucesivos: vejez/juventud, experiencia/inexperiencia, falso amor/amor real, invierno/verano, mundo público/mundo privado y un largo etcétera que no pienso enumerar.

Hasta aquí, no hay razón para indignarse. Tenemos un lindo cuento que, como el 99% de las cosas que se escriben hoy en día, no es nada original. ¿No pasa siempre lo mismo, pregunto yo, cuando uno lee a un autor menor de 30 años que no se llame Vargas Llosa, o Mailer, o Mann o Capote? La mente de Don Anton, un cúmulo de episodios telenovelescos mal digeridos y de lugares comunes acumulados como capas de un sarro interminable y definitivo, ha producido este modesto libro, este pequeño esfuerzo conmovedor, y no hay razón para enfadarse con él. En otras palabras, un joven puede darse el lujo de escribir oraciones como “Sentado junto a aquella joven mujer, tan bella en la hora matinal, tranquilo y hechizado por aquel ambiente de cuento de hadas, de mar, de montañas, de nubes y de ancho cielo...”; un escritor novel, digo, puede cometer semejantes oraciones sin hacerse acreedor a culpa alguna, pero lo que sí me es imposible tolerar, lo que me sacó de mis casillas como en los mejores días de mi juventud crítica, fue comprobar –tras algunos segundos de soltar el libro, me di cuenta, y fue como despertar a una horrenda pesadilla– que este sujeto Pavlovich había tomado el argumento para su cuento de un relato magistral escrito nada más y nada menos que por Luis Loayza, un escritor –lamentablemente- ya no tan desconocido. En efecto, Otras tardes, cuento que da título al libro homónimo publicado en 1985, es el modelo -infinitamente superior a la perversa copia, al hermano más feo y estúpido– de La dama del perrito. Mejor dicho, Loayza es la víctima y Chéjov el verdugo.

En breve, pues no quiero mancillar el cuento con la torpeza de mis palabras, Otras tardes es la historia de un profesor limeño de mediana edad –soltero o solterón, según nuestro estado de ánimo– que conoce a Ana (¡qué extraña coincidencia!) en una de sus clases y emprende con ella una relación tibia, llena de erotismo y de momentos inolvidables, pero también de silencios, ausencias y una progresiva sensación de aburrimiento obligatorio. En los inicios de la relación, Carlos, un solitario empedernido que se niega a enamorarse, rechaza ferozmente la idea de amar a Ana, y, al igual que otro personaje que ya conocemos bien (el indeseable y segundón Gurov), se refugia en la trivialidad de la aventura fácil que cree estar viviendo, hasta que, ¡oh sorpresa!, así como Gurov, termina descubriendo un buen día que ama profundamente a Ana y que no la puede dejar ir.

A diferencia del relato Chéjoviano, el cuento termina en tragedia. Ana ha decidido abandonar a Carlos, que se ve obligado a sobrevivir a solas con su amor frustrado. El cuento de Loayza lanza las siguientes frases finales: “Era como un enfermo cansado de engañarse, derrotado, que se somete a la verdad: el dolor en la mano le anunciaba lo que aún le quedaba por sufrir, la enfermedad que había llevado en sí mismo, negándose a reconocerla, y de la que no lograría curarse en mucho tiempo”. Ahora veamos el final de Chéjov: “Ambos veían, sin embargo, claramente que el final estaba todavía muy lejos y que lo más complicado y difícil no había hecho más que empezar”. La similitud es solo aparente, pues La dama del perrito plantea la continuidad del dolor de los adúlteros (tema vulgar, todo dura hasta que se separan), mientras que Loayza ilustra una verdad profunda sobre el alma de su personaje: para Carlos, el amor siempre llegará demasiado tarde, y no por la crueldad del mundo sino por la incapacidad de admitir la propia pasión.

Quisiera anotar otros puntos de contacto para demostrar la tesis del horrendo remake. Para Loayza, Ana es una mujer experimentada que conoce las convenciones del amor y juega su rol con un desgano elegante. Para Chéjov, Anna es una jovencita burguesa recién casada que sucumbe a la culpa después de cometer adulterio y pierde su autoestima en el proceso. ¿Cuál de los dos personajes es más adecuado? Anna es un estereotipo chato que pierde protagonismo frente a la transformación de Gurov de mujeriego irredemible en amante sincero, mientras que el savoir faire de Ana contribuye a ocultar –como la neblina limeña– la pasión profunda de Carlos. Para Loayza, Carlos es un hombre gris de pasiones secretas desconocidas incluso para él mismo, mientras que Gurov es un donjuán que juega con el corazón de las mujeres y carece de uno propio hasta que, por alguna razón no aclarada –Chéjov está lleno de estos pozos de sinsentido-, se transforma en héroe romántico. ¿Quién podría representar mejor al personaje ciego frente a sí mismo, que se niega a mirar en su interior, que el ya arquetípico Carlos? Para Loayza, la historia transcurre en la Lima de su juventud miraflorina, la ciudad de las dos estaciones, el invierno gris y el verano soleado, y en las aulas de una universidad donde la atmósfera es cotidiana, gris como el mismo Carlos. Para Chéjov, ha sido necesario crear un paraje de ensueño, un balneario decadente cuya naturaleza pastoril evoca el más teatral espíritu romántico y nos hace extrañar la sátira que realizó Lermontov de estos escenarios típicamente rusos, pushkinianos. ¿Qué lugar es más apropiado para una historia de amor real? ¿Con quién nos quedamos, con el original o con el imitador?

Ojalá este tedioso exabrupto mío sirva para hacer justicia. Aunque no sería extraño que, como los famosos canallas de la política peruana, el señor Chéjov se salga con la suya y reciba la pena menor: la de mal escritor y no la que merece, la de criminal. Sé lo que dirán mis detractores, que hay que comprender la situación del muchacho. La timidez lo llevó a usar un seudónimo y la inexperiencia a copiar el trabajo de un maestro, al que seguramente admira como a un padre. ¿Que Chéjov tiene las palabras, pero no sabe qué hacer con ellas y por eso las usa para delinquir? Por favor, no me hagan reír. Lean La dama del perrito y comprueben ustedes mismos cómo el autor ha destruido la prosa de Loayza sometiéndola a esa trituradora de frases que algunos llaman “influencia norteamericana”. ¡Basta ya de copiar a Hemingway y Carver, señores escritores! Suficiente tenemos con Lorry Moore y Denis Johnson. Espero que el señor Chéjov reflexione sobre sus actos y que mida sus palabras en el futuro. Le estaría haciendo un gran favor a la literatura latinoamericana y al público lector, incluyendo a este humilde crítico.

 

•  Nota de dos días después, diario del crítico:

Me llegó un paquete con varios libros. No tenía remitente. Era la “obra completa” del señor Anton Pavlovich Chéjov. ¡Qué gasto inútil de papel, y qué velocidad para desperdiciarlo en una sola adolescencia! He terminado de hojear, no de leer, la obra completa de Chéjov y mis primeras impresiones se confirman: es papel higiénico. Derrochar días enteros leyendo basura, esa es la condena de todo crítico que se respete.

 

•  Una semana después:

Me parece que he cometido un error.


[1] De hecho, entre la publicación de El avaro y otros textos (Lima, 1955), que es su primer libro de cuentos, hasta que apareció la novela Una piel de serpiente (Lima, 1964) transcurrieron 9 años.

[2] Hay mucha, mucha más información falsa, asquerosamente imaginada. No sorprende que Chéjov, seguramente un joven barbilampiño venido al mundo con la muerte de Lennon, quiera “sorprendernos” con una fecha de nacimiento muy anterior a la de Luis Loayza, el principal agraviado de la historia. Así, el despliegue fantástico de esta solapa es inversamente proporcional a la chatura de la historia. No hay fotografía del autor, claro está.


Link para el lector curioso:

Luis Loayza

 

© Luis Hernán Castañeda

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Luis Hernán Castañeda | Perú, 1982 | Estudió Literatura Hispánica en la Universidad Católica. Ha publicado la plaqueta Regreso a Ítaca, Casa de Islandia, novela-revelación 2004 según Vano Oficio, programa de televisión conducido por el escritor Iván Thays, y en 2005 la novela Hotel Europa. Es subdirector de la edición peruana de la revista La mujer de mi vida. Su obra ha sido incluida en Selección Peruana, por editorial Estruendomudo. Blog de Luis Hernán Castañeda: www.luishernancastaneda.blogspot.com