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Las obras publicadas en Los Noveles son propiedad intelectual de sus autores.
Revista de literatura Los Noveles © 2001-2005
ISSN 1547-8114

 

No comprendo, Melanctha, por qué hablas

como si fueras a quitarte la vida simplemente

porque te sientas melancólica.

Yo nunca me mataría, Melanctha, sólo por eso.

Quizá mataría a alguien, pero nunca a mí.

Si alguna vez me matase sería algo accidental

y si me matase a mí misma por accidente

sentiría mucha lástima.

 

Melanctha, Gertrude Stein

 

La encontré bajo una higuera, su cabello enredado de bichos. Estaba desnuda, blanca, algo rojos los hombros. Su cabeza reposaba en el árbol. Por el tronco, por el cuello, caminaban filas de insectos, un alacrán largo y dorado.

No supe qué sentir. El cuerpo brillaba en el silencio con moscas, tirado en el pedregal. La luz lamía la piel. ¿Dónde estaban los ríos azules, las venas frágiles?, ¿dónde las conexiones subterráneas? Piel de princesa albina, accidentada piel.

En la base del cuello una hinchazón. Quise tocarla; tuve frío. El alacrán se había parado allí mismo, su lanza temblaba. Pero yo quise hurgar entre los párpados, encontrar su mirada atlántica. Los abrí despacio. Busqué la idea enjaulada en sus ojos, un mensaje: «¿Qué tiene de raro verme así?», decía.

Aun muerta tuve envidia de mi hermana: era una muerta de belleza implacable, de fuerza cruel. Decidí que nada de esto estaba sucediendo. Yo sólo había venido a buscar el cuaderno que ella me robó. Le registré la bolsa, violentamente eché todo a la tierra, pero no pude llorar cuando cayeron a mis pies las hojas de escritura apretada, el monedero vacío. Qué más daba ya. Qué importaba nada.

–Voy a llevarme este cuaderno –le dije, razonando con ella. El alacrán seguía en guardia sobre su cuello. Entonces escuché voces, risas distantes. Sonidos bruscos de cuerpos entrando en el manantial, revolviendo el agua. Era temprano. Sin duda nadie podía saber aún lo sucedido –¿cuándo?, ¿en la noche?–. Los alacranes muerden en la noche.

Tomé la mano abierta y el tiempo se detuvo bajo ese árbol hasta que me encontraron un tipo y un perro –el mismo animal rubio que apenas una hora antes había intentado impedirme el paso en el camino del desfiladero.

–¿La conocías? –preguntó el tío con acento alemán.

–No –respondí–. Tengo sed.

Él se acuclilló. No hablamos mucho, lo justo para contarnos una sarta de mentiras.

–Tengo sed –dije de nuevo.

Acabamos caminando hacia su cueva, el perro delante, la entrada cubierta por una tela roja deslucida. El alemán sacó una botella del interior de su habitáculo y me la ofreció; me explicó que el agua del manantial se podía beber. Nos quedamos mirando el paisaje, desde allí se veían las montañas, el campamento. Todos dormían, algunos bajo los higuerales, otros en cuevas parecidas a la del alemán. Todos estaban desnudos, el pelo sujeto en trenzas de estropajo. Al fondo la playa y el mar. Un ruido de bongós llegaba desde lo alto del desfiladero.

–Ya llegan los turistas. Es la hora del baño –dijo él–. Tenemos que montar puestos de vigilancia en las peñas, tenemos que protegernos.

–Claro, protegernos –balbuceé sin ganas de que me explicase más.

Nadie saldría de su escondrijo hasta caída la tarde: yo conocía bien las leyes de los ocupas. De los intrusos se encargaban los de los bongós, sí, pero, ¿quién se iba a hacer cargo de ella, de su cuerpo muerto?

El tipo me invitó a pasar dentro de la cueva. Acepté por puro cansancio, porque la luz era insoportablemente blanca y me empezaban a doler los ojos. Además seguía con sed y tenía hambre. El tipo se puso a rebuscar entre sus víveres mientras yo me acostumbraba a la oscuridad.

–Ella llegó ayer –mintió de pronto–. Dijo que acababa de venir de Hong Kong.

–¿De Hong Kong?

–Era escritora. Poeta, dijo.

–¿Su nombre? –pregunté yo con voz trémula.

–¿Qué te importa su nombre? ¿No me acabas de decir que no la conocías? ¿Quién eres tú? –inquirió agresivo varias veces. El perro gruñía cerca de mis piernas con ganas de morder.

–¿Y tú? –grité yo–. ¿Tú sabes quién eres tú?

Lo miré, primero al pecho, después a la parte inferior de su cuerpo y finalmente a los ojos –ojos de perro rubio–. Su aspecto abandonado chocaba con el orden excesivo de la cueva. Trabajo de días enteros, pensé con cierto desprecio. Pero su pelo despedía olor a jabón, se desparramaba a la altura de las clavículas, le tapaba parte del rostro, la frente, las anchas quijadas. Tapaba su fealdad, me dije, y lo visualicé calvo, tal y como sería en breve: un hombre calvo y respetable. Por ahora caminaba desnudo igual que los otros y todo él estaba cubierto de un vello tupido, una especie de pelaje como el que echan los caballos en navidad. Hubiera deseado azotarlo, arrancar esa piel de bárbaro artificial, de antropoide doméstico. Flagelarlo hasta las últimas consecuencias con la inexistente correa de su perro.

–Estoy mal –dije a duras penas, y salí corriendo a vomitar en la tierra, espejo blanco, hiriente. Pero no lloré. Los bongós latían alto desde los riscos. A mí me palpitaba el dolor. Resonaron voces amenazadoras, cercanas. El tío desapareció por el camino que bordeaba las cuevas, que llevaba al manantial y a los higuerales; el único camino que había. Lo oí discutir.

–Yo no entro en sus casas sin permiso, ni me paseo por sus jardines –repetía. La palabra jardines me trajo de nuevo la visión, el mensaje insolente en los ojos de mi hermana: «Qué tiene de raro verme así»; y la melancolía ahogada, para siempre abrazada a su cruel determinación de dejarse morir. Pero yo no iba a tenerle lástima.

Cuando el tipo volvió me hizo un gesto para que entrase a la cueva. Aparté la polvorienta cortina y le dije:

–En los jardines de ellos no hay muertos.

No respondió, respiraba agitado. Tenía un torso prieto, poderoso. De nuevo en la cueva, acomodó unos cojines para mí. Se encaramó a una roca que debía de servir de mesa y se quedó acuclillado, mirándome. Su sexo le colgaba entre los muslos. Era un sexo hermoso.

–Aquí hay muchos alacranes. No es bueno llevar zapatos. Se meten dentro de los zapatos –dijo de pronto en tono pedagógico–. Es el calor. Se aparean durante el calor –continuó mientras se rascaba el pelo–. Has llegado a la fiesta del alacrán.

En las horas siguientes fumamos y fumamos en silencio, inmóviles, él siempre de cuclillas, hasta acabar por fin cabalgándonos con el deseo furioso de olvidar. Después él durmió, recogido como un niño que ha llorado, y yo comencé a dibujar en el aire el cuerpo de ella, sus piernas arqueadas, unidas en una curva rojo-fuego, una cola en cuyo extremo brillaba el aguijón. Después estuve deseando al borde de la oscuridad, de la desesperanza, poder dibujarme a mí misma junto a ella. Mi propia cola, en tonos ocres. Mi cola fuertemente agarrada a la suya. Mi hermana y yo, Promenade a deux. Y como final un cambio en el destino: el macho que rinde su vida por accidente, y su cuerpo nutre a la hembra para que ella pueda seguir –¿hacia dónde?–. Y de nuevo el asco, otra vez las mismas ganas de vomitar, el amor y la lucha clavados insoportablemente adentro, y luego los golpes en mi vientre, la necesidad de negarlo: «Nada ha sucedido».

Abrí los ojos. Recorrí la cueva. En una pared alguien había pintado una higuera verde de la que pendían frutos absurdos, decolorados. Uvas, manzanas, qué sé yo; una especie de Árbol de la Tentación. Me resultó imbécil esa imagen, tonta, simple. Me produjo mucha rabia. Y para fastidiar aún más las cosas, el tío, que hasta entonces había roncado dócilmente a mi lado, despertó y dijo:

–Ella nunca quiso dormir aquí, no era como tú.

Le miré incrédula. A pesar de todo, seguían las comparaciones entre nosotras.

–¿Entonces estuviste con ella? –pregunté, la garganta seca por la rabia, la hierba y tantas horas.

–Hicimos de todo menos dormir.

Estúpida pregunta para una respuesta imbécil. Yo ya lo sabía, claro que supe desde el primer momento que follaban. No fue difícil detectarlo: ella y yo éramos, habíamos sido expertas en alternarnos a los tíos. ¿Pero qué podía entender él?

Me hice un hueco entre los cojines, le di la espalda. Su perro se tumbó a mis pies. Me llegó su calor, y con su calor la agotadora melancolía. No, no le iba a explicar que nosotras nunca peleamos por rollos de tíos. Cerré los ojos, pensé en el cuaderno. Pensé en ella, en que ahora debería tenerla a mi lado para decidir juntas, opinar juntas sobre el mundo deforme y estrecho que nos rodeaba, para compartir la desesperación sorda que nos producía saber que no cabíamos juntas en él. Y entonces –ojalá no, pero sí, a veces, casi siempre– de esa desesperación surgía una fuerza melancólica que nos obligaba a apretar palabras en un cuaderno para después luchar, pelear a muerte, y después definir durante horas las fronteras que nunca respetaríamos. ¿Y después? Sólo una de nosotras sería escritora, acabaría muerta bajo una higuera.

–No me has dicho aún cómo te llamas –susurró el tío, intentando aproximarse, buscar un lugar entre su perro y yo.

–No quiero saber tu nombre –contesté, pero le permití que durmiese a nuestro lado.

Al llegar la noche dijo que subirían el cuerpo a los riscos. Yo no salí de la cueva. Tampoco hubiese podido: su perro me vigilaba. Adentro había un pequeño ventanuco y pude observar la extraña procesión –que no iba conmigo, que nada tenía que ver conmigo. ¿Quién asiste a su propio entierro?–. Desde ahí pude escuchar el lamento de los tambores. En la noche de luna, noche de alacranes, ella, a veces, pensó que igual no merecía la pena seguir viviendo.

Pero él sí subió con los demás. A su vuelta me contó que la habían dejado en una loma alta y plana. Luego estuvo llorando: al amanecer se la comerían los buitres, dijo que no lo podía soportar. Mientras el alemán lloraba la vi, claramente, a ella, reptando por el cuerpo poderoso, olí sus rastros entre el vello, el pelaje medio rubio de él. Pude verla, sonriendo a medias, concentrada en sacarle placer, en comprobar cuánto se elevaba.

Seguí fumando –ella y yo sabíamos hacer llorar a los hombres–. Cuando el tío se acercó para abrazarme, le escupí. Me llamó bestia. Le ignoré. El mundo se deformaba de nuevo para ella y para mí. ¿Por qué?, ¿por qué nos era tan estrecho? El tío me abofeteó. Quiso arrancarme la ropa. Me la arrancó cuando yo ya sentía todo el peso de la desesperación de mi hermana.

–Dos es un número infernal –le dije.

Él ya estaba encima. No me quería oír. Empujaba su lengua para enredarla con la mía. Su cuerpo empujaba y su lengua empujaba y yo veía estrecharse más y más el desfiladero horrible sobre cuyos riscos la habían acostado a ella.

Esa misma noche se celebró la fiesta. Estuvimos juntos. Hizo frío, no hubo cortejo de alacranes. Ellos encendieron un largo camino de hogueras por todo el campamento. Bailamos desnudos, las pieles pintadas; bebimos y fumamos hasta la primera luz, los primeros buitres, hasta caer inconscientes. Nadie habló de ella. Ni esa noche ni nunca la mencionaron a Melanctha. Mi Melanctha.

 

© Carola Aikin

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Carola Aikin | España, 1961 | Licenciada en Ciencias Biológicas por la Universidad Autónoma de Madrid. Educada en España e Inglaterra, dedica casi diez años a perseguir becas internacionales para realizar estudios y programas de educación ambiental en torno a la recuperación de fauna amenazada. Sus vivencias se acumulan en cuadernos hasta que, en 1994, fija su residencia en Madrid, donde asiste a los Talleres de Escritura Creativa. Recientemente publicó el libro de cuentos Las escamas del dragón.