No comprendo, Melanctha, por qué hablas
como si fueras a quitarte la vida simplemente
porque te sientas melancólica.
Yo nunca me mataría, Melanctha, sólo por eso.
Quizá mataría a alguien, pero nunca a mí.
Si alguna vez me matase sería algo accidental
y si me matase a mí misma por accidente
sentiría mucha lástima.
Melanctha, Gertrude
Stein
La encontré bajo una higuera, su cabello enredado de bichos. Estaba
desnuda, blanca, algo rojos los hombros. Su cabeza reposaba en el árbol.
Por el tronco, por el cuello, caminaban filas de insectos, un alacrán
largo y dorado.
No supe qué sentir. El cuerpo brillaba en el silencio con moscas,
tirado en el pedregal. La luz lamía la piel. ¿Dónde
estaban los ríos azules, las venas frágiles?, ¿dónde
las conexiones subterráneas? Piel de princesa albina, accidentada
piel.
En la base del cuello una hinchazón. Quise tocarla; tuve frío.
El alacrán se había parado allí mismo, su lanza temblaba.
Pero yo quise hurgar entre los párpados, encontrar su mirada atlántica.
Los abrí despacio. Busqué la idea enjaulada en sus ojos, un
mensaje: «¿Qué tiene de raro verme así?»,
decía.
Aun muerta tuve envidia de mi hermana: era
una muerta de belleza implacable, de fuerza cruel. Decidí que nada de esto estaba sucediendo. Yo sólo
había venido a buscar el cuaderno que ella me robó. Le registré la
bolsa, violentamente eché todo a la tierra, pero no pude llorar cuando
cayeron a mis pies las hojas de escritura apretada, el monedero vacío.
Qué más daba ya. Qué importaba nada.
–Voy a llevarme este cuaderno –le dije, razonando con ella. El alacrán
seguía en guardia sobre su cuello. Entonces escuché voces,
risas distantes. Sonidos bruscos de cuerpos entrando en el manantial, revolviendo
el agua. Era temprano. Sin duda nadie podía saber aún lo sucedido –¿cuándo?, ¿en
la noche?–. Los alacranes muerden en la noche.
Tomé la mano abierta y el tiempo se detuvo bajo ese árbol
hasta que me encontraron un tipo y un perro –el mismo animal rubio que apenas
una hora antes había intentado impedirme el paso en el camino del
desfiladero.
–¿La conocías? –preguntó el tío con acento alemán.
–No –respondí–. Tengo sed.
Él se acuclilló. No hablamos mucho, lo justo para contarnos
una sarta de mentiras.
–Tengo sed –dije de nuevo.
Acabamos caminando hacia su cueva, el perro
delante, la entrada cubierta por una tela roja deslucida. El alemán sacó una botella del
interior de su habitáculo y me la ofreció; me explicó que
el agua del manantial se podía beber. Nos quedamos mirando el paisaje,
desde allí se veían las montañas, el campamento. Todos
dormían, algunos bajo los higuerales, otros en cuevas parecidas a
la del alemán. Todos estaban desnudos, el pelo sujeto en trenzas de
estropajo. Al fondo la playa y el mar. Un ruido de bongós llegaba
desde lo alto del desfiladero.
–Ya llegan los turistas. Es la hora del baño –dijo él–. Tenemos
que montar puestos de vigilancia en las peñas, tenemos que protegernos.
–Claro, protegernos –balbuceé sin ganas de que me explicase más.
Nadie saldría de su escondrijo hasta caída la tarde: yo conocía
bien las leyes de los ocupas. De los intrusos se encargaban los de los bongós,
sí, pero, ¿quién se iba a hacer cargo de ella, de su
cuerpo muerto?
El tipo me invitó a pasar dentro de la cueva. Acepté por puro
cansancio, porque la luz era insoportablemente blanca y me empezaban a doler
los ojos. Además seguía con sed y tenía hambre. El tipo
se puso a rebuscar entre sus víveres mientras yo me acostumbraba a
la oscuridad.
–Ella llegó ayer –mintió de pronto–. Dijo que acababa de venir
de Hong Kong.
–¿De Hong Kong?
–Era escritora. Poeta, dijo.
–¿Su nombre? –pregunté yo con voz trémula.
–¿Qué te importa su nombre? ¿No me acabas de decir
que no la conocías? ¿Quién eres tú? –inquirió agresivo
varias veces. El perro gruñía cerca de mis piernas con ganas
de morder.
–¿Y tú? –grité yo–. ¿Tú sabes quién
eres tú?
Lo miré, primero al pecho, después a la parte inferior de
su cuerpo y finalmente a los ojos –ojos de perro rubio–. Su aspecto abandonado
chocaba con el orden excesivo de la cueva. Trabajo de días enteros,
pensé con cierto desprecio. Pero su pelo despedía olor a jabón,
se desparramaba a la altura de las clavículas, le tapaba parte del
rostro, la frente, las anchas quijadas. Tapaba su fealdad, me dije, y lo
visualicé calvo, tal y como sería en breve: un hombre calvo
y respetable. Por ahora caminaba desnudo igual que los otros y todo él
estaba cubierto de un vello tupido, una especie de pelaje como el que echan
los caballos en navidad. Hubiera deseado azotarlo, arrancar esa piel de bárbaro
artificial, de antropoide doméstico. Flagelarlo hasta las últimas
consecuencias con la inexistente correa de su perro.
–Estoy mal –dije a duras penas, y salí corriendo a vomitar en la
tierra, espejo blanco, hiriente. Pero no lloré. Los bongós
latían alto desde los riscos. A mí me palpitaba el dolor. Resonaron
voces amenazadoras, cercanas. El tío desapareció por el camino
que bordeaba las cuevas, que llevaba al manantial y a los higuerales; el único
camino que había. Lo oí discutir.
–Yo no entro en sus casas sin permiso, ni me paseo por sus jardines –repetía.
La palabra jardines me trajo de nuevo la visión, el mensaje insolente
en los ojos de mi hermana: «Qué tiene de raro verme así»;
y la melancolía ahogada, para siempre abrazada a su cruel determinación
de dejarse morir. Pero yo no iba a tenerle lástima.
Cuando el tipo volvió me hizo un gesto para que entrase a la cueva.
Aparté la polvorienta cortina y le dije:
–En los jardines de ellos no hay muertos.
No respondió, respiraba agitado. Tenía un torso prieto, poderoso.
De nuevo en la cueva, acomodó unos cojines para mí. Se encaramó a
una roca que debía de servir de mesa y se quedó acuclillado,
mirándome. Su sexo le colgaba entre los muslos. Era un sexo hermoso.
–Aquí hay muchos alacranes. No es bueno llevar zapatos. Se meten
dentro de los zapatos –dijo de pronto en tono pedagógico–. Es el calor.
Se aparean durante el calor –continuó mientras se rascaba el pelo–.
Has llegado a la fiesta del alacrán.
En las horas siguientes fumamos y fumamos
en silencio, inmóviles, él
siempre de cuclillas, hasta acabar por fin cabalgándonos con el deseo
furioso de olvidar. Después él durmió, recogido como
un niño que ha llorado, y yo comencé a dibujar en el aire el
cuerpo de ella, sus piernas arqueadas, unidas en una curva rojo-fuego, una
cola en cuyo extremo brillaba el aguijón. Después estuve deseando
al borde de la oscuridad, de la desesperanza, poder dibujarme a mí misma
junto a ella. Mi propia cola, en tonos ocres. Mi cola fuertemente agarrada
a la suya. Mi hermana y yo, Promenade a deux. Y como final un cambio en el
destino: el macho que rinde su vida por accidente, y su cuerpo nutre a la
hembra para que ella pueda seguir –¿hacia dónde?–. Y de nuevo
el asco, otra vez las mismas ganas de vomitar, el amor y la lucha clavados
insoportablemente adentro, y luego los golpes en mi vientre, la necesidad
de negarlo: «Nada ha sucedido».
Abrí los ojos. Recorrí la cueva. En una pared alguien había
pintado una higuera verde de la que pendían frutos absurdos, decolorados.
Uvas, manzanas, qué sé yo; una especie de Árbol de la
Tentación. Me resultó imbécil esa imagen, tonta, simple.
Me produjo mucha rabia. Y para fastidiar aún más las cosas,
el tío, que hasta entonces había roncado dócilmente
a mi lado, despertó y dijo:
–Ella nunca quiso dormir aquí, no era como tú.
Le miré incrédula. A pesar de todo, seguían las comparaciones
entre nosotras.
–¿Entonces estuviste con ella? –pregunté, la garganta seca
por la rabia, la hierba y tantas horas.
–Hicimos de todo menos dormir.
Estúpida pregunta para una respuesta imbécil. Yo ya lo sabía,
claro que supe desde el primer momento que follaban. No fue difícil
detectarlo: ella y yo éramos, habíamos sido expertas en alternarnos
a los tíos. ¿Pero qué podía entender él?
Me hice un hueco entre los cojines, le di
la espalda. Su perro se tumbó a
mis pies. Me llegó su calor, y con su calor la agotadora melancolía.
No, no le iba a explicar que nosotras nunca peleamos por rollos de tíos.
Cerré los ojos, pensé en el cuaderno. Pensé en ella,
en que ahora debería tenerla a mi lado para decidir juntas, opinar
juntas sobre el mundo deforme y estrecho que nos rodeaba, para compartir
la desesperación sorda que nos producía saber que no cabíamos
juntas en él. Y entonces –ojalá no, pero sí, a veces,
casi siempre– de esa desesperación surgía una fuerza melancólica
que nos obligaba a apretar palabras en un cuaderno para después luchar,
pelear a muerte, y después definir durante horas las fronteras que
nunca respetaríamos. ¿Y después? Sólo una de
nosotras sería escritora, acabaría muerta bajo una higuera.
–No me has dicho aún cómo te llamas –susurró el tío,
intentando aproximarse, buscar un lugar entre su perro y yo.
–No quiero saber tu nombre –contesté, pero le permití que
durmiese a nuestro lado.
Al llegar la noche dijo que subirían el cuerpo a los riscos. Yo no
salí de la cueva. Tampoco hubiese podido: su perro me vigilaba. Adentro
había un pequeño ventanuco y pude observar la extraña
procesión –que no iba conmigo, que nada tenía que ver conmigo. ¿Quién
asiste a su propio entierro?–. Desde ahí pude escuchar el lamento
de los tambores. En la noche de luna, noche de alacranes, ella, a veces,
pensó que igual no merecía la pena seguir viviendo.
Pero él sí subió con los demás. A su vuelta
me contó que la habían dejado en una loma alta y plana. Luego
estuvo llorando: al amanecer se la comerían los buitres, dijo que
no lo podía soportar. Mientras el alemán lloraba la vi, claramente,
a ella, reptando por el cuerpo poderoso, olí sus rastros entre el
vello, el pelaje medio rubio de él. Pude verla, sonriendo a medias,
concentrada en sacarle placer, en comprobar cuánto se elevaba.
Seguí fumando –ella y yo sabíamos hacer llorar a los hombres–.
Cuando el tío se acercó para abrazarme, le escupí. Me
llamó bestia. Le ignoré. El mundo se deformaba de nuevo para
ella y para mí. ¿Por qué?, ¿por qué nos
era tan estrecho? El tío me abofeteó. Quiso arrancarme la ropa.
Me la arrancó cuando yo ya sentía todo el peso de la desesperación
de mi hermana.
–Dos es un número infernal –le dije.
Él ya estaba encima. No me quería oír. Empujaba su
lengua para enredarla con la mía. Su cuerpo empujaba y su lengua empujaba
y yo veía estrecharse más y más el desfiladero horrible
sobre cuyos riscos la habían acostado a ella.
Esa misma noche se celebró la fiesta. Estuvimos juntos. Hizo frío,
no hubo cortejo de alacranes. Ellos encendieron un largo camino de hogueras
por todo el campamento. Bailamos desnudos, las pieles pintadas; bebimos y
fumamos hasta la primera luz, los primeros buitres, hasta caer inconscientes.
Nadie habló de ella. Ni esa noche ni nunca la mencionaron a Melanctha.
Mi Melanctha.
© Carola Aikin |