El
abedul
"When
I see birches bend to left and right
Across the lines of straighter darker trees,
I like to think some boy's been swinging them."
Robert
Frost
Fue
papá el que decidió que sería yo la que
debía cuidar a la tía Magda. Tenía neumonía
y estaba en cama; necesitaba de alguien que la atendiera. La
tía Magda era la hermana mayor de papá, le llevaba
como diez años, y vivía en un caserón en
La Florida.
En ese entonces, yo estaba embarazada de tres meses, y mi marido
trabajaba en otra ciudad: venía todos los fines de semana
a verme. Cuando hablaba con él sobre el embarazo, él
miraba un punto gris en el infinito, y sus ojos parecían
soñolientos. Se mantenía circunspecto frente al
tema, pero al fin declaró que resultaría mejor
para los dos que él viajara a verme sólo cada
quince días: sería una forma de ahorrar.
Ninguno de nosotros acostumbraba a discutir las decisiones de
papá, además, mi hermana menor está peleada
con él y hace meses que no le habla -él la considera
un poco una oveja negra- y mi otra hermana, la mayor, tiene
cuatro chicos. De todos modos, fue mi hermana mayor -yo creo
que ella me detesta desde que éramos niñas porque
ella era enfermiza y yo nunca estaba enferma- quien insistió
para que fuera yo la que se ocupara de la tía Magda.
Halagó mis virtudes de enfermera con una vehemencia tal
que, cualquiera que la hubiera oído a cuatro leguas a
la redonda, habría creído que yo soy especialista
en enfermería.
Papá prometió ocuparse de Ferdinand, mi perro.
Es un retriever color dorado que compré en una exposición
en el Kennel Club hace dos años. El dueño quería
deshacerse de él a toda costa: había mordido a
otros perros, y así había perdido la medalla.
No le importó vendérmelo barato. El perro enseguida
se hizo mi amigo: yo lo llamo Chicho en la intimidad.
Lo de los nombres es un asunto importante, me digo a veces.
En algunos momentos tengo ganas de que mi hijo se llame Andrés,
pero después pienso que el nombre Andrés es una
porquería. Hay que pensar que un nombre debe llevarlo
uno toda la vida. Sé de gente que odia a sus padres por
el nombre que tienen. Entonces dudo acerca de cuál nombre
debo ponerle a mi hijo. Una vez me contaron de una mujer que
se llamaba Margarita y sus tres hijas, como ella, llevaban nombres
de flores: Dalia, Violeta y Rosa. Los que me contaron la historia
aseveran que Rosa no creció nunca: era enana o retardada,
y siempre permaneció con un aspecto de niña de
ocho años. Murió a los 53, cuentan, estaba saltando
a la cuerda cuando le dio un infarto.
La tía Magda tardó en reconocerme cuando me vio.
Tuvo que calzarse sus lentes de ver de lejos, y ahí se
acordó de que yo era Iris, su sobrina del medio. No se
mostró muy alegre de verme. Enseguida preguntó
por papá, por qué papá no había
ido a verla. Y yo le dije que era porque él estaba muy
ocupado. Le dije éso, sí, aunque yo sabía
que papá estaría disfrutando de pasear mi perro
en el parque, y de la vista del río que hay desde la
ventana del comedor, en mi departamento.
(Hace
poco soñé que mi marido compraba una casa en un
lugar llamado Colonia, que era una especie de ciudad flotante,
a igual distancia de Rosario y de Santa Fe, y uno podía
tardar minutos en ir de Colonia a cualquiera de las ciudades
subiéndose al tren que iba por los puentes colgantes.
Todos saben que hace rato que aquí no hay trenes funcionando.
Cuando le conté el sueño, mi marido se quedó
mirándome).
Sin embargo, papá no había ido porque estaba seguro
de que la tía Magda iba a morir. Ha visto a muchísima
gente recuperarse de la neumonía, aún a gente
de mayor edad que la tía, pero él olía
a la Muerte desde lejos. Era como en el cuento ruso aquel, en
el que el héroe puede ver a la Muerte sentada a la cabecera
o a los pies de la cama del enfermo, según el trance
en que éste se halle. Claro que papá no había
dicho a nadie que la tía Magda iba a morir. Pero creía
en ello. Y temía. Yo supe que él lo sabía
por su forma de esquivarnos, no respondía a nuestras
preguntas directamente, ni nos miraba de frente a los ojos.
El huía de toda señal de la muerte como si él
mismo o cualquiera de los que lo rodeábamos fuéramos
a ser eternos. Cuando murió la abuela, por ejemplo, en
el '85, papá estaba en Cerdeña. Nunca supimos
bien por qué se empeñó en hacer ese viaje
a Cerdeña, no era un lugar que él quisiera visitar
fervientemente. Yo creo que prefería Tandil a Europa,
pero él cruzó el Oceáno, la abuela murió,
y cuando él regresó la abuela ya estaba enterrada
y su tumba coronada de crisantemos. No lo angustió en
lo más mínimo no haberse despedido de su madre.
Después dedujimos que papá viajó, huyó
a Cerdeña, para evitarse la muerte de su madre. El ya
sabía la fecha en que ella iba a morir. Nosotros sabemos
que papá tiene estas intuiciones.
Una enfermera venía dos veces al día a atender
a la tía Magda. Le inyectaba una poción aceitosa,
y la hacía tomar antibióticos. Cuando hablaba
de la tía Magda, la enfermera la llamaba siempre "la
señora mayor". Mi tía tenía ochenta
y cuatro años acabados de cumplir en marzo.
Una cosa que me llamó la atención en aquel tiempo
que pasé con ella, fue cómo su piel fue poniéndose
cada vez más pálida y cristalina. Tenía
la blancura de la cáscara de un huevo. Había sido
una mujer difícil, iracunda. Solía estar roja
de rabia cada vez que íbamos a visitarla, de chicas.
Montaba en cólera por cualquier cosa: porque tocábamos
el helecho, porque ensuciábamos la fina mantelería
sobre la que ella nos servía los tazones de leche y cacao,
y que, como si fuera un destino, se resbalaban de nuestros dedos.
Nunca nos preguntamos por qué se había quedado
soltera: su carácter lo explicaba todo. A medida que
envejeció, su único amor fue el abedul plantado
en el patio por los dueños anteriores del caserón.
Mientras estaba en cama, tía Magda me preguntaba: ¿Está
bien el árbol afuera? Claro, tía, decía,
yo, ¿cómo va a estar? Porque en aquel entonces
yo no me imaginaba que un árbol, un abedul, pudiera enfermarse
o sentir o algo así. Ella, a veces, lo llamaba El Emperador.
Decía, ¿Regaste al Emperador? Yo pensaba, cuando
ella hablaba así, que se refería a una clase en
especial de abedules, como existen los pinos brasil o los álamos
mussolini. Mucho después supe que no hay ninguna especie
que se llame abedul emperador en lo ancho de la tierra; que
se trataba de un nombre con el que ella lo llamaba: de un nombre
cariñoso.
Una tarde, me contó la historia completa del caserón
en el que vivía. Lo había comprado de vuelta de
un viaje. Ella había ido a Chile con una amiga, Susy,
me dijo que se llamaba la amiga. Antes, explicó la tía
Magda, era muy frecuente hacer un viaje cuando alguien quería
olvidar un amor, un amor que no le convenía, se entiende.
Cuando llegaron a Valparaíso, la amiga dijo: Por favor,
Magda, esperáme que quiero mojarme los pies en el Pacífico.
A ella le cayó muy mal que ahí mismo, sobre la
rambla, a la vista de los paseantes, su amiga se quitara las
ligas, las medias, las sandalias, que se alzara parte del vestido
y de la enagua, solamente para mojar los pies en el mar, el
"oceáno Pacífico", como lo había
llamado. Así que la tía Magda, iracunda como era,
siguió caminando y se paró bajo una sombrilla.
Tenía tanta rabia que le daban ganas de llorar, me dijo;
pero yo después pensé que quizá no era
la rabia lo que le daba ganas de llorar, sino, el olvido. Es
una hipótesis mía, a lo mejor estoy equivocada.
Ella había ido ahí para olvidar. Y quién
sabe si el olvido no empieza cuando uno se aguanta las ganas
de llorar.
Un vendedor pasó y le vendió un billete de lotería.
Ella dijo que no, después dijo que sí, discutió
el precio, y al final lo compró. Le gustó el número:
3929: el 29 en la quiniela significa la paloma, y era la edad
que ella tenía en ese momento. Cuando pisó de
nuevo la Argentina, supo que era la ganadora del segundo premio
de la lotería de Chile: así fue como compró
su casa de La Florida.
Pasó muchos días eligiendo casas, me dijo. Cuando
vio ésta supo que era la que buscaba. Me dijo: Se sabe.
Uno está preocupado buscando casa, calculando, y de pronto,
al ver la casa que es para uno, le sobreviene una gran tranquilidad:
como si la casa dijera: estamos hechas la una para la otra,
amor mío.
Los
dueños de la propiedad eran rusos: habían escapado
de la Revolución, y afirmaban haber tenido una enorme
dacha cerca de Moscú. Una dacha con un bosque de abedules.
Por eso plantaron el árbol en la casa de La Florida.
Para el recuerdo. Y tía Magda compró la casa.
Un olvido la había llevado y un recuerdo la había
traído. Así son las cosas.
Un mes después aunque no había mejorado, tampoco
se la veía peor. Me preguntó hacia el anochecer:
¿Oís cómo canta El Emperador?, y yo le
contesté que sí. Lo había nombrado con
una voz dulce, extraña, era como la media lengua de los
amantes y de los niños. Estábamos en otoño,
y se levantaba viento del río. Tal vez a la noche hiciera
tormenta. La enfermera vino como todas las tardes, le tomó
la temperatura y se puso sonriente cuando leyó en el
termómetro que no tenía ni una línea de
fiebre "la señora mayor". Fue la única
vez que vi la sonrisa de la enfermera: dientes grandes y parejos
como los caballos, y encías rosadas.
A la mañana siguiente la tía Magda había
muerto. No sé cómo fue, yo estaba en la pieza
de al lado y no oí nada. Pero supongo que la muerte,
cuando uno es muy anciano, debe ser así. Certera y silenciosa:
pasa sin que se escuche un rasguido. Estuve un largo rato hasta
poder reaccionar, con un tazón de té con miel
para ella y uno de cacao para mí observando cómo
se enfriaban esos líquidos sobre la mesada de la cocina.
Papá me llamó a las diez de la mañana.
Ignoraba lo de la tía, y dijo: Iris, ¿cómo
está la tía hoy? Yo le contesté, Murió,
papá; y él dijo: Ya me parecía.
Odié a papá por haberme enviado a ver morir a
una persona, y juré que me iría de la ciudad,
que buscaría una ciudad como la que había visto
en mi sueño, y compraría allí una casa
que pudiera decirme, como a la tía la suya: Estamos hechas
la una para la otra, amor mío.
Me he opuesto terminantemente a la idea de vender la casa de
la tía. Al fin y al cabo podría vivir allí
alguno de nosotros. Cuando conté la historia del caserón
de La Florida a mi marido él dijo que seguramente los
rusos habían enterrado debajo del abedul un tesoro. Una
bolsa con rublos o rupias, no recuerdo ahora cómo llamó
él a la moneda rusa. Yo le dije que si tocaba un solo
centímetro del árbol, me iba y no iba a volver
a verme. Él creyó en mi amenaza.
Papá
dice que por la forma en que tengo la panza, yo voy a tener
una niña, y opina que Rossana sería un buen nombre
para ella. Yo creo que no. Ni siquiera me he molestado en escucharlo
porque sé que él no acierta los sexos de los niños
por nacer. Durante cada embarazo de mi hermana mayor vaticinó
que tendría un varón, y, fueron cuatro niñas.
He pensado en llamar mi hijo Damián, o Josué,
o Darío, creo que son nombres que no me harían
odiosa. No concibo la idea de que mi hijo no vaya a ser varón.
Dicen que es un deseo común de todas las madres primerizas.
No sé, verdaderamente, yo no estoy tan segura.
©
Patricia Suárez
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