Las
Brujas
"Dice
en su corazón:
No seré movido en ningún tiempo, ni jamás
me alcanzará el infortunio".
Salmos,
10, 6.
I
El viento soplaba con rabia, fuera de la Salamanca, nadie recordaba
con certeza vez alguna en que el viento hubiera soplado así.
El olor de la retama y los pimientos silvestres inundaban la
tierra. Tapaban los olores que antes habían existido
allá en los cerros. Era el zonda, ¿quién
iba a ser sino? venía de lejos, las gentes lo sabían.
Para eso habían plantado álamos cerca de las cosechas,
para que los álamos detuvieran, convenciéndolo,
al ímpetu del viento.
El viento insistente removía a tal punto la juntura de
los arroyos que parecía que iban a unirse para siempre.
Era de temer que los arroyos se juntaran, decían las
gentes por ahí, porque justo en donde se unían,
nacían, brotaban allí las Cortaderas, que eran
unas mujeres febriles y finas como los juncos del mismo nombre,
de cabellos enredados y de extraños tintes. Había
seres en el viento, todos los intuían. Sino, jamás
hubiera podido correr con tanta rabia el viento. Una tuna se
combaba y gemía, parecía que gemía, "Voy
a quebrarme", "Voy a quebrarme", eso decía
la tuna en el corazón del viento.
Dos de las tres mujeres que venían apresuradas montaban
un chivo, la tercera venía como taciturna y cavilando
en el polvo. Esquivaron al viento, le gritaron,
-Cállese, Compadre.
Y el viento quedó como alelado, que alguien viniera a
enfrentársele era para dejarlo alelado al pobre viento
rabioso, y cesó de moverse en derredor de la tuna. Entonces
las mujeres se volvieron pequeñas, las tres mujeres se
volvieron pequeñas, las dos horribles y la otra, la hermosa,
y ataron el chivo al palenque que era la tuna, y luego se vinieron
aún más pequeñas y penetraron por el agujero,
en la tierra, y se deslizaron abajo, muy abajo, cualquiera diría
que aquella Salamanca estaba en el fondo de la tierra.
El Jote graznó, al ver llegar a las tres. El Jote siempre
prefería estar solo. Salamanquero del tiempo antiguo
había sido el Jote, pero después se volvió
pájaro buitre, jote, zopilote, por una deslealtad que
le hizo al Malo. El Malo entonces lo volvió Jote, para
escarmiento. Por alejarse de ellas, de las tres, de las dos
horribles y de la que tenía la gracia de ser hermosa,
el Jote fue a beber al pozo de agua en el centro de la tierra,
y se encaramó a las ramas del álamo flexible,
el Jote negro y maldito, que en otro tiempo había sido
brujo poderoso. Mandaba a las víboras el Brujo que había
sido el Jote, las mandaba a los lugares por donde debía
arrastrarse. Había sido Brujo de los de temer en la tierra.
Las tres salamanqueras se quedaron tiesas en la cueva. Las dos
horribles y la Hermosa. Las horribles eran bajas y arrugadas,
se llamaban a sí mismas, La Silencio y la Llorosa. La
Hermosa, en cambio, era tan diferente. Le decían la Hermosa
porque nadie la veía debajo de sus ropas. Mucho se cuidaba
de que la vieran los hombres cuando se bañaba en alguno
de los arroyos. De un tiempo a esta parte, la Hermosa sólo
se bañaba en el agua del pozo de la Salamanca. Pero para
los que la buscaban a propósito y descubrían la
marca de la Hermosa, ya era demasiado tarde. Dos culebras y
las plumas de una chirigüita componían las escápulas.
Eran la marca del diablo, en la larga espalda de la Hermosa.
Había cosas que hacer en la cueva, que ellas tenían
que hacer, porque ya no las obedecían como antes los
espíritus del aire. Había nuevos demonios, otros,
que entablaban batallas con ellas. Las salamanqueras debían
barrer porque con aquel ventarrón afuera, hasta la cueva
estaba agitada y removida, y les llegaban, desde lejos les llegaba
el balido del chivo, y una de las salamanqueras horribles, la
Llorosa, se quejó, y gimió, como no lo venía
haciendo desde el tiempo en que era iniciada. Ahora era bruja
vieja, y lloriqueó diciendo:
-Habráse visto cosa igual, Comadres. Nicomede me ha querido
matar el Chivo. Habráse visto, Comadre. Yo que lo he
protegido a él del mal de ojo, yo que le he curado del
veneno de la araña, él, el Nicomede, ha querido
matarme al Chivo. Me ha dicho, "Madre, pero ¿qué
quiere? La brujería no alcanza ni para el locro guacho,
Madre", me dijo el Nicomede, el desgraciado, "La brujería
no alcanza para que no suene y retumbe la tripa". ¡Cómo
me ha dolido aquello, Comadres! "Desgraciado", le
grité al pobre, y él me dijo, "Cállese,
Madre, que después se me arrepiente", "Cállese
que me voy de conchabo". Ahí tienes, Comadre, para
qué sirven los hijos. "¿A dónde vas
a irte, hijo", le grité, "que te estés
mejor que con tu madre?" Y él me respondió,
no había pelos en las lengua del desgraciado de mi hijo
cuando me respondió, "De conchabo a poner los Durmientes".
Así me ha dicho él, "Los Durmientes",
y yo me dije, Comadres, he de consultarlo con la Luna la noche
de Viernes Santo.
Las otras salamanqueras la miraron con pena. A la Hermosa el
corazón se le estremeció, de tal modo, que hubo
de apoyar su mano contra un pecho, de temor a que se le partiera.
Ya lo tenía partido y suturado, el Malo había
suturado su corazón de cuando ella era lechiguana pequeña
y se prendó del español de la fonda.
-El demonio nuevo, el del movimiento -dijo la Hermosa - A él
va a servir tu hijo. Todos los hombres jóvenes se van
a servirlo. Trabajan para que el nuevo demonio se enraice en
la tierra.
-¿El dueño del Viento?
-No- prosiguió la Hermosa - Otro. Otro peor. Antes, cada
tanto uno veía al Relincho dirigiendo su tropilla de
guanaquitos, ahora ni eso, hermana. Este demonio ha aplastado
hasta la furia del Relincho. El demonio que llegó con
el blanco. El que avanza debajo de la tierra. Tiene un ojo solo
en el centro de la frente, y sus narices humean como las de
los dragones de las estampas, aunque parece más bien
un gusano. Un ciempiés que se arrastra y arrastrándose
todo lo aplasta. Todo de todo. Yo lo he visto. Es matador como
otro ninguno.
-¿Y no tiene un nombre?
-No... No lo sé yo. Y si lo supiera, hermana, dejaría
que fuera otro el que le nombre. No deberíamos hablar
de él en este lugar -agregó la Hermosa- Es como
llamar a la malasuerte.
-¿Es más poderoso que el Señor nuestro
amo?- preguntó la salamanquera La Silencio.
Pero nadie le contestó, y el Jote reapareció de
improviso en la cueva y voló en redondo, uno, dos círculos,
hasta que al fin, se posó en el árbol flexible.
II
Armaron la hoguera en el centro de la Salamanca, y el fuego
ardía sobre el agua. La Llorosa degolló al pollo
blanco y lo dejó cabeza abajo, chorreando sangre sobre
el fuego, y el agua, y el pozo. Rezó:
-Aquí siempre estaré segura. La eternidad es para
mí. Para la eternidad trabajo. La eternidad es el fuego
brillante, y el agua fría, la eternidad es la sangre,
la perpetuidad de la sangre y la fidelidad a mi Señor.
Mi Señor ha hecho de todas las cosas un caos, y ha vuelto
a las cosas a su estado verdadero. Las Cosas y la Creación
del dios Mezquino urgían por volver al orden. Mi Señor
las ha vuelto. El Caos es el Orden y la Eternidad. Yo trabajo
para la eternidad del Caos. Ningún mal podrá alcanzarme.
Yo soy más rápida que el mal. No hay otro Señor
que el creador del Caos en mis pensamientos. Mis caminos están
muy lejos de la vista del Mezquino. Mi corazón lo sabe:
en ningún tiempo seré movida, no hay infortunio
que me alcance. En mi boca crece la maldición y el fraude.
Ellas todas están debajo de mi lengua. Me guarezco en
todas las cuevas, debajo de la tierra. Es aquí donde
termino con las inocencias. Acecho en lo oculto, como el león
desde su madriguera. Llegan los desdichados como peces a mis
redes. Me encojo, me agacho, y caen en mis fuerzas los infelices.
Yo perpetúo el Caos, perpetúo al Hombre. Sin Caos
no hay ni vida ni goce. En las moradas bajo la tierra estoy
segura. Siquiera me muriera seguiría en la tierra. Viva
por siempre la Salamanca. Así sea.
III
-¿Cae el sol?- preguntó una de las tres salamanqueras
sumidas en la oscuridad de la cueva.
-No lo sé.
-¿No podrías hacer, Comadre, que el sol perdurara
un tiempo más hasta terminar el Conjuro?
-No -dijo la Llorosa- mis poderes sólo sirven para con
la Luna.
-¿No es mañera la Luna?
-Peor lo es el sol, Comadre. El sol sólo sirve para hacer
daño. Es mentira que tiene luz. La luz viene de la Luna,
pero el sol ya se la había robado en el tiempo antiguo.
-¿Habremos de pasar la noche en la Salamanca?
-Habremos.
-Es una pena -se lamentó la Hermosa y sus labios de fruta
se oscurecieron como si pudieran corromperse.- Hoy noche tenía
que cortar la leche de las cabras de un pastor del cerro.
-Qué pena. ¿Quién era el pastor, hermana?
-Uno que me ha mirado fijo cada vez que pasaba a su lado con
pasos de sombra.
-La maldición sea con él, entonces, Hermosa.
IV
-¿Has traído naipes?- preguntó una de las
horribles.
-No.
-¿Hay historias que conozcas y puedas contarme, Silencio?
La noche me aguaynta el aire del pecho. Comienzo a llenarme
de telarañas.
-No, no las sé.
-¿Cómo entraste a la brujería, Silencio?
-Porque estaba sola. Y para añadirle ciencia a los dolores.
¿Y ustedes?
-Yo, por un pájaro. Creo que era un horcón. El
Nicomede dice que el pájaro aquel era un horconcito pequeño.
Aparecía cada vez que iba a dormirme, y no me dejaba
dormir. Me vine a bruja para matar el pájaro.
-Ha sido sabio.- Sentenció la Silencio.
-Lo ha sido, Comadre.
-Yo, -explicó la Hermosa- por un español que me
enamoró en su fonda. El de arriba del cerro. Después
me tuvo desprecio y sólo lo entretenía la taba.
Falsos y mudables que son los hombres, nomás por eso.
Me vine a bruja del amo nuestro Señor, y el Señor
me sanó del mal del corazón y castigó al
español. Ahora el español vive como lagarto.
-¿Cuándo fue aquello, Hermosa?
-Hará como doscientos años. El año entrante
lo hará.
V
"Siempre estaré segura bajo esta cueva, mi corazón
lo está. Mi corazón es una Salamanca en pequeño.
Arboles de vida y agua fría se mecen en mi corazón.
Siempre adoraré a mi Señor, él conoce a
fondo mis deseos. Nada me hará faltar. No hay deseo que
mi Señor no pueda realizar por mí. El es el dueño
de la tierra. El dueño del mundo; él puede gobernar
hasta el vuelo de las moscas y el curso de la Luna en su camino
hacia la sangre. El es el Señor de las Moscas, el Señor
de la Noche entera, el Príncipe de las guerras. Y mi
corazón es la Salamanca de mi Señor," oró
la Hermosa.
VI
Amanecía, cuando oyeron el zumbido. El Jote graznó,
enloquecido, y al árbol flexible se partió en
dos. Las horribles chillaron cuando vieron al Jote caer con
las alas rotas bajo el peso del árbol. Cayeron terrones
de tierra, y se embebieron en el agua del pozo. Ya no hubo pozo
en la Salamanca. "Ya no habrá juventud", se
dijo la Hermosa,"Ya no habrá nada". Vibraban
las lenguas de las culebras pegadas a su espalda.
-El conjuro-, gritó una de las Horribles, y revolvió
en su lengua algunas de las palabras mágicas ahora totalmente
inútiles. -El conjuro: En la Salamanca nada me faltará.
En la cueva soy como la salamandra: de todo podré escapar.
Mi única madre es la tierra. En el seno de la tierra
moro: en la Salamanca...
La Hermosa suspiró para sus adentros: "Hasta aquí
había de llegar la fuerza del enemigo del amo. Era más
poderoso que el amo, nomás. Lo hemos llamado con el pensamiento.
Nunca hay que pensar nada que no se desee. Pensar es como desear.
Era cosa sabida."
VII
Hacia las diez de la mañana, el Inspector de Vías,
William J. Clark, observó el túnel que sus obreros
habían cavado en el cerro. Hay que notar que las vías
habían comenzado en Picheuta. Clark decía para
sí mismo, "Un general, ¿cómo es un
general? ¿Es acaso más poderoso que la máquina
y el maquinista y los durmientes de fierro y la trocha angosta
que hemos forjado?" De ahí que el Inspector Clark
tendiera las vías del tren por la ruta que trazó
el General Las Heras cuando cruzó Los Andes.
Inspeccionó, con las manos bien metidas dentro de los
bolsillos, y dando largos trancos para andar, y sus trancos,
además, eran largos y ágiles, porque había
dado fin a la escritura de su discurso. No todos los días
se inaugura una vía. Habían llegado hasta Polvaredas.
Eso era motivo de disgusto del Inspector Clark, en realidad.
Él había dicho, "La tozudez del obrero mata
al progreso", y así y todo, ninguno de los ferroviarios,
ni los jefes ni los obreros, apoyó la idea que tenía
Clark de llegar con la línea hasta el cerro Santa Elena.
"Cuatro mil doscientos metros, ¿y qué? ¿No
los ha cruzado Las Heras?"
Al fin, el único camino que le quedó al Inspector
fue la resignación. Discursear, claro. "La oratoria,
los discursos, es algo que un Inspector debe saber manejar",
cavilaba William J. Clark. Había pasado la noche anterior
borroneando unos papeles con un lapicito de grafito grueso.
"Malditos papeles", decía, "malditos sean
los discursos, los papeles y los cerros". Presenciarían
su discurso el reportero de La Gaceta Mendocina, y el Intendente.
El Inspector de Vías, William J. Clark, cada vez que
pensaba en el Intendente y en el Reportero, sentía una
ardiente acidez en el estómago.
Sin embargo, en cuanto llegó el momento, William J. Clark,
como quien ha vivido para cumplimentar un solo momento, dijo:
-Estoy orgulloso- balbuceó en un castellano violentado
por el inglés natal- Estoy muy orgulloso de todos ustedes.
Pronto cruzará estos sitios dejados de la mano de Dios,
el ferrocarril. Ya hemos trazado todo el Norte. Y seguiremos
hacia arriba, uniendo, siempre uniendo, con trochas anchas o
angostas, continuaremos nuestra misión que es unir la
tierra, para que por aquí pase El Estrella del Norte,
o El Tucumano, o cualquiera, cualquiera que haga de nosotros
y de nuestras mujeres personas de bien en y para el mundo.
Un aplauso coronó el discurso del Inspector Clark. Un
balido extraño se sumó a las palmadas, y el Reportero
comentó al Inspector Clark:
-Parece que asarán un chivito nomás, los obreros.
Lo encontraron sobre el cerro azul. Señal de buena suerte,
¿no?
El Inspector Clark asintió y apoyó su palma rugosa
sobre su estómago, porque le ardía, le ardía
el estómago más que el infierno. Al fin y al cabo,
la mayoría de los obreros descendían de los huarpes,
de una u otra manera. Ya estaban acostumbrados a la opresión:
primero los incas (así lo decían los libros de
historia que leía la hija mayor del Inspector Clark,
Elizabeth), después los españoles, y a lo último
los ingleses. ¿Qué vendría luego?
Los obreros prosiguieron con sus tareas, y uno habló
de los beneficios del Sindicato La Fraternidad, y otro defenestró
las limosnas que daba La Fraternidad a sus afiliados, y, mientras
discutían entre ellos y sopesaban el hierro, uno de los
obreros, a lo lejos, gritó:
-Por aquí. Vengan rápido. Aquí, aquí.
Hay tres mujeres muertas.
Estaban en la tierra, adentro de la tierra, y parecían
dormidas. Una de ellas, la más hermosa, tenía
los labios entreabiertos.
Murmuraba muy bajo:
-¿Qué duración tiene un día cuando
una está muerta?
El viento siguió su curso, rodeó los cerros, y
bajó, rampante, por los valles y los pueblos. Para el
viento, aquellos álamos no apañaban nada.
©
Patricia Suárez
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