PILAR IN FABULA
A la memoria de Pilar Dughi (1956-2006)

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En la conferencia de despedida de la docencia universitaria dictada por el profesor Eugene D. Laurey en 1969, y cuyo título fue The Myths of the City of Neverending Circles, el público estuvo demasiado concentrado para inquietarse por la súbita desaparición de uno de los asistentes, en el momento culminante en que el profesor Laurey se disponía a responder a uno de los principales críticos de su controvertida producción científica. La mujer, sentada en la penúltima fila, tosió repetidas veces y tuvo una pequeña contorsión que podía indicar un malestar en el cuello. Se levantó bruscamente y salió de inmediato sin lograr despertar la curiosidad de quienes la rodeaban. El ujier le abrió la puerta de salida, y la mujer se dirigió hacia un parque cercano.
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Por la noche todavía estaba sentada en una banca, y así continuó durante unas horas más, hasta que en la madrugada siguiente un barrendero de la ciudad encontró solamente su piel entre unos arbustos. La policía llevó la piel de la mujer a su dependencia y se procedió a hacer una autopsia con tan sólo ese elemento aclarativo. El forense encargado de examinar cuidadosamente la piel de la mujer no encontró señales de torturas ni hematomas y se preguntó, al igual que su colega asistente, quien realizaba su primera investigación luego de haber concluido sus estudios prácticos, cómo una mujer pudo desprenderse de su piel al igual que ciertos animales. En el párpado derecho de lo que fuera antes el rostro de la mujer, sin embargo, halló un pequeño tatuaje que no pudo descifrar a simple vista. Lo revisó detenidamente con una lupa y vio, sorprendido, que no se trataba de un indicio sino de un espejo. Siendo la hora del refrigerio, nadie más permanecía en la sala de la morgue, así que tuvo la tranquilidad suficiente para sospechar que no había sido visto cuando extirpó el pedazo de cristal y lo puso en el bolsillo de su mandil.
Al atardecer, el forense se dirigió hacia su domicilio, llevando el extraño espejo en su mano derecha. Durante el trayecto en el metro se mantuvo ajeno a él hasta que se sintió solo y decidió mirarse en el cristal para llenar el agujero de aquella tarde. Después de reparar en sus canas y la terrible apariencia de su bigote, debía afeitárselo si algún día iba a casarse con una enfermera que cocinara cacerolas como su madre solía, vio una mujer retorciéndose en la banca de un parque y desprendiéndose de su piel. La imagen le producía incomodidad y tristeza, pero dejó de sentir dolor cuando cerró el espejo en un acto instintivo. Estando a pocos metros de su paradero, se preparó para salir del tren y de inmediato ocultó el párpado debajo del asiento contiguo. De pronto los pasajeros comenzaron a caminar lentamente por el pasillo y él se imaginó en la misma libertad espacial, no obstante, la textura del tren le parecía distinta, elástica y no metálica, cuando pisaba el suelo. Su cuerpo también empezó a subir de temperatura, como si soportara una gripe de invierno o como si la piel no le perteneciera. Entonces se quitó el abrigo e hizo un esfuerzo por no caer en medio de la muchedumbre, padecía la fuerte urgencia de arrancarse la piel que había llevado desde que tenía memoria. En un intento por hallar una cara amiga en la terminal, miró a través de la ventana del tren y no supo qué adivinar de aquella mujer gigante que lo observaba desde el otro lado.
© Salvador Luis
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