Hospital


Hoy me he preguntado qué será de mi amigo Saulo, al que conocí en Brasil el día de la operación de papá. La operación fue ahí porque en Sao Paulo hay un Hospital del Corazón. Se llama así exactamente: Hospital del Corazón. Se especializa en afecciones cardiacas y realiza cerca de sesenta intervenciones quirúrgicas diarias en más de doce salas. Sacan a los enfermos como periódicos en una rotativa. Y a los dos días ya pueden caminar e irse a su casa. O, si son testarudos, como papá, pueden empezar a fumar de nuevo. Así era papá. Terco como una mula e irascible como un jabalí. Cuando estaba internado en el hospital del seguro social, en Lima, un día me recibió a gritos porque llegué a visitarlo con media hora de retraso. Yo estaba con mi amigo Miguel, y el pobre se quedó en el cuarto cuando yo empujé a papá y me fui dando un portazo. Supongo que Miguel no tenía mucha conversación con papá porque bajó al rato para encontrarme llorando en el piso de cuidados intensivos, donde de todos modos todo el mundo llora así que uno pasa desapercibido. Me apenó un poco el bochorno, pero es que Miguel no sabía manejar las situaciones. Pudo haber conversado un poco con don Tomás, que ocupaba la cama de al lado de mi papá y era muy divertido, siempre pidiendo cigarrillos, pizzas y ron. En general eran muy divertidos los del piso de cardiología, viejos verdes, juergueros y bonachones, todo el tiempo metiéndole mano a sus enfermeras gordas y malhumoradas pero pacientes. Habrían armado una orgía si ellas se hubiesen distraído. Todos eran así menos papá, que no veía ni fútbol, y eso que Perú jugaba la Copa América. Como fuera, Miguel no se quedó esa vez a conversar con don Tomás. Y dos días después, el viejo murió y a papá le anunciaron que su operación era muy delicada –así llaman a las que no pueden hacer- y que no se arriesgarían a intervenir. Entonces papá decidió ir a Sao Paulo y yo lo tuve que acompañar.

Yo no quería ir, en realidad, a pesar de que Perú jugaba contra Brasil de visitante por esas mismas fechas. La primera vez que lo operaron también había sido en Sao Paulo y después de ella nada volvió a ser lo mismo en la casa. Durante los meses de convalecencia se dedicó a maltratar a mamá y tratarla como una esclava. Y no dejó de fumar ni de beber como un condenado. Decía que teníamos que comprenderlo, que había estado al borde de la muerte y nosotros no entendíamos cómo sufría. Y cuando mamá se fue, todo empezó a ser peor. Dijo que ningún ser humano abandonaría a un enfermo en sus circunstancias, se amargó aún más, dejó de salir. Prefería quedarse en casa a torturarme. Tal vez por eso, nadie se sorprendió cuando tuvo otro preinfarto ocho años después. Esta vez sólo estaba yo a su lado. Y aunque nuestras relaciones no eran ni cordiales desde hacía ya mucho tiempo, creo que no lo acompañé tanto por obligación como por la ilusión de que un corazón nuevo era exactamente lo que le hacía falta. Pobre papá.

En nuestro vuelo a Río ya viajaban los primeros hinchas. Era enternecedor verlos con sus camisetas rojiblancas, orgullosos, aunque Perú no le ha ganado un partido importante a Brasil ni una sola vez en su historia. El mayor mérito del equipo nacional fue que fuimos los únicos que les marcaron dos goles en el mundial del 70, pero en ese partido recibimos cuatro en contra. Todos lo recuerdan como un gran partido, hasta papá lo recordó en el avión antes de pelearnos por el asiento de la ventana. Ésa fue la primera pelea del viaje y no recuerdo un segundo en que hayamos parado de hacerlo desde entonces: en el aeropuerto, porque yo era muy lento con los papeles. En la casa de su amiga Ana Lucia que nos recibió en Sao Paulo, que yo era muy desordenado. Al día siguiente, cuando se internó, que yo estaba demasiado relajado respecto a su situación. Sólo tuvimos quince minutos de paz mientras Ana Lucia nos llevaba al hospital. Hicimos el camino en silencio mirando los edificios todos iguales. Sao Paulo está llena de edificios, creo que es todo lo que tiene. Y también creo que Ana Lucia había sido alguna vez novia de papá, porque francamente se llevaban pésimo.

Lo primero que me decepcionó fue descubrir que no habría un don Tomás en el nuevo hospital. Papá dormía en un cuarto individual conmigo al lado en un sofá cama, o sea que tendría todo el tiempo del mundo para atormentarme. Además, estos enfermos no eran tan simpáticos como los de Lima. La mayoría traían séquitos de familias que los encerraban en sus cuartos, donde eran invisibles. Ni siquiera las visitas eran muy sociables, ni en el comedor a donde yo bajaba cada dos horas a fumar un cigarrillo y buscar conversación, total, el portugués es un castellano mal hablado y me las podría arreglar. Pero el problema no era el idioma sino el ánimo. En un lugar al que se va a esperar la muerte o la salida, nadie anda de humor para acoger al turista. La única vez que conocí a una chica con disposición para conversar, resultó ser del Nordeste, la zona más pobre del Brasil y la que habla el portugués más difícil. Al final nos despedimos con un gesto solidario de fracaso mutuo. Peor suerte la tuya que la mía, pensé yo, al menos aquí todos hablan una lengua que me es extraña. En cambio tú, buscando con quien hablar te encuentras con el único que no puede hacerlo.

El comedor estaba en el tercer piso y salía a un largo patio que yo recorría de ida y vuelta cada vez mientras fumaba. Había un par de pequeños árboles refundidos en macetas y unas banquitas donde siempre se sentaba alguna vieja que mecía la cabeza mientras me veía fumar y me decía cosas incomprensibles, seguramente que por eso exactamente meten a la gente a este hospital, o tal vez que estás demasiado joven para empezar a matarte. Como si llegada cierta edad uno pudiese matarse en paz. Mentira, eso nunca lo dejan hacer a uno, ahí estaban todas esas familias que no dejaban a sus pobres parientes morirse de una vez, ahí estaban los pálidos rostros que desde el patio uno veía asomar tímidamente tras las persianas con cigarrillos en la boca, no como los del hospital del seguro, que sabían que de ahí no iban a salir y se lo tomaban como venía y con ganas de meter mano hasta la muerte. Estos eran diferentes. Se avergonzaban de morirse con la familia enfrente, qué irresponsabilidad. Y peor aún morirse cuando todo el mundo ya pagó tanto dinero y ha gastado tantas sonrisas junto a la cama diciéndoles lo bien que se ven, eso ya es desconsideración, ni que las sonrisas sobrasen. Cuando las viejas hacían sus comentarios, yo les devolvía una bocanada larga y placentera con una mirada de orgullo. Pero aún ahora no sé si en realidad decían todo eso o hablaban del clima, después de todo el portugués no era sólo un castellano deshuesadito y todos ahí parecían del Nordeste, no por lo pobres sino porque no se les entendía nada.

Había una excepción sin embargo. Se llamaba Ronaldo y atendía en la cafetería. Yo no le había hablado porque papá me había advertido que la cafetería era carísima y que no pida nada. Pero Ronaldo solía regar las raíces de los arbolitos en las horas bajas y una vez me habló en español. Me preguntó qué hacía ahí y de quién era pariente. Ronaldo era hijo de una inmigrante paraguaya, así que hablaba español y hasta un poco de guaraní. Me enseñó cómo sonaba. El guaraní suena bien. Además de semiparaguayo, Ronaldo era evangélico. Me habló un rato de la salvación, él sentía que su misión en el hospital era reconfortar a los corazones ante la adversidad y mostrarles que Dios no dejaba de irradiarlos con su luz. Luego me enseñó a saludar y a dar las gracias en guaraní pero eso fue hace mucho tiempo y ahora ya lo he olvidado todo.

De cualquier modo, esa conversación me atenuó un poco el nudo estomacal que produce vivir en un laberinto de sordos. Por la noche preferí no decirle nada a papá porque uno nunca sabía qué podía hacerlo enojar. Además no era necesario. Él y yo veíamos todas las noches por TV con qué tranquilidad entrenaba la selección brasileña, entre bromas y jugueteos, y luego poníamos una serie cómica que ninguno de los dos entendía pero nos eximía de hablar, es decir, detenía los gritos de papá por unos minutos antes de dormir. No nos iba tan mal, sin embargo. A partir del segundo día, su humor no había mejorado pero mi oído había desarrollado, como mecanismo de defensa, cierta insensibilidad filial a sus reproches de día y a sus ronquidos de noche. Los había convertido en un ruido blanco que atenuaba el obligatorio silencio de fondo. Por las noches, antes de dormir, vagaba por los pasillos saludando a las enfermeras, que se notaba que eran de clínica privada y no de hospital del seguro: delgadas y simpáticas, no bonitas, pero al menos agradables. Solía decirle a una, en mi pésimo portugués: hemos organizado una fiesta en el 506 ¿Quieres venir?, y ella respondía que no, que ya estaba invitada a una en el 408, que tal vez mañana. Chiste estúpido de turista buscando dónde fumar cuando el comedor está cerrado y respuesta no menos estúpida de joven llena de vida tratando de olvidar que es medianoche de sábado y está encerrada y rodeada de enfermedad, seguro que tendría un novio que andaría por ahí parrandeando mientras ella recogía escupideras y bacinicas, seguro que el novio andaría en un bar fumando cajetillas enteras mientras yo buscaba un sitio en que el humo no atrajese batas blancas y regaños incomprensibles.

Por suerte, la tecnología médica ha hecho grandes avances desde la primera operación de papá. Él siempre recordaba que esa vez lo abrieron por la mitad y mantuvieron artificialmente separadas sus costillas durante horas, y nos contaba del hombre destrozado que vio salir del quirófano y del miedo que sintió cuando le dijeron que ese guiñapo salía de una operación cardiaca. Si alguna vez mamá y yo olvidábamos esas anécdotas durante sus largos meses de convalecencia, se abría la camisa y mostraba la cicatriz que atravesaba su pecho desde el cuello hasta el vientre. Si estaba realmente furioso, se podía bajar el pantalón para mostrar la otra, la de la pierna, que una vez de tanta furia soltó un punto y yo pensé que se le iba salir el corazón por el muslo. Ahora todo era diferente: los pacientes ingresaban tres días antes de la operación al Hospital y eran dados de alta dos después, casi un trámite de rutina y luego afuera, que ese corazón tiene que caminar y respirar, como nuevo que es, y además necesitamos ocupar esa cama con un nuevo moribundo de los millones que atendemos por día, hágame el favor, muito obrigado, tudo bem.

La noche anterior a la operación, después de que le afeitaron el pecho y la entrepierna, papá recordó una vez más su operación anterior y el dolor. Estábamos viendo el programa cómico ése y yo estaba tendiendo mi sofá-cama. Lo hacía en silencio para no molestarlo. Se había enojado con la enfermera varias veces durante la afeitada. Aunque las enfermeras lo conocían y no le daban ninguna importancia a sus berrinches, yo podía percibir que algo estaba peor de lo habitual. Cuando el programa terminó y le pregunté qué quería ver, no respondió. Se quedó quieto, casi rígido, con la vista en el vacío. Era difícil saber qué hacer cuando guardaba esos silencios, si cambiar de canal o apagar. No hice nada. El programa siguiente era una telenovela. Pero él tampoco la vio, sólo dijo: ¿Y qué pasa si me muero mañana? Y yo le dije: Qué dices, no te vas a morir, hombre, para estos doctores cada operación es como una sacada de muelas. Pero a él se le quebró la voz: Para ellos será así pero para mí es la segunda, y no sé si pueda volver a soportar tanto dolor, acuérdate de que en Lima ni querían operarme. Por suerte me tenía a mí para animarlo: En Lima son unos huevones. Papá se conformó un rato con ese argumento, que calzaba muy bien con su manera de resolver los problemas conceptuales, pero cuando ya estaba todo oscuro, y yo ya había salido a fumar mi cigarro y contarle a la enfermera el chiste de la fiesta, cuando ya estaba acostándome, volvió a la carga: Si me muero mañana, quiero que sepas que te quiero mucho, hijo, y que te agradezco esto. Toda la vida, cuando necesitaba algún tipo de afecto, papá sólo sabía conseguirlo dando pena. Me molestaba eso. Si me quieres tanto déjame dormir que no te va a pasar nada, dije, y creí sentir un ligero temblor en mi espalda cuando oí su siguiente pregunta: ¿Soy muy insoportable? Respondí con un gruñido de no haber entendido, pero la pregunta era muy clara en realidad: Que si soy muy insoportable, que si te grito mucho, yo sé que soy muy difícil. No, papá, no sabes lo difícil que eres, ni te lo puedes imaginar, eres más difícil que ingresar a la universidad.

Cuando estas cosas pasaron aún era difícil ingresar a la universidad, fue recién años después que Lima se llenó de miles de universidades pichiruchis a las que ingresaban de cada dos, tres. Papá sabía lo difícil que era él mismo, pero sólo se tomaba la molestia de saber las cosas cuando tenía miedo, y ahora tenía mucho. Dijo: No sé para qué ha servido mi vida, he ahuyentado a toda la gente que me quiere, ni siquiera mi hijo me soporta. No es que no te soporte, mentí yo, claro que te quiero, por eso creo que te deberías tranquilizar. Para esto ya me había puesto de pie y le rascaba la cabeza. Era como un niño, siempre fue así. Yo parecía su padre. Él se lamentó: pero tus bromas siempre están cargadas de rencor, eres tan agresivo. No me imagino de quién lo heredé, papá, respondí. Y creo haber visto que sonrió, al menos un poquito, antes de empezar a roncar.

El sol del día siguiente recibió a mi padre con una sonrisa que a mí me pareció de buen augurio y a él de sarcasmo. Desde las 6:00 am, papá chillaba a las enfermeras y ellas respondían con bromas y risas, parecían tener orden de ser especialmente alegres el día de la cirugía. No le dieron nada de comer pero lo mimaron mucho y le tomaron varios análisis que serían vistos por doctores a los que nadie veía nunca, porque el cirujano de mi papá con las justas lo saludó el primer día y ni más apareció. Las enfermeras se ocupan de mimarte pero los doctores sólo te salvan la vida, no están obligados a ser simpáticos.

Conforme aumentaba la simpatía de las enfermeras, también aumentaba su número. Entraron dos a medir la presión y el pulso, otra más a tomar muestras de sangre, entró una a limpiar a papá con una esponja y una más a conectarle un tanque de oxígeno entre bromas que él tampoco entendía pero que alcanzaban para tapar sus gruñidos. Mientras tanto, yo me convertía en un mueble más anexo al sofá. Entre la multitud, papá trataba de incorporarse nerviosamente y balbuceaba cosas que no llegaban a los oídos de nadie. Pronto lo tendrían domado y sedado, pero antes de que eso pase alcanzó a gritar mi nombre y extender la mano entre las batas ahora azules de las enfermeras. Yo apreté su mano también, lo más fuerte que pude, y pude sentir entre mis dedos su trémulo frío. Por un tiempo que pareció durar siglos, me mantuve aferrado a esa mano que me había dado de comer y me había dado también varias palizas. La mano ya no era tan firme como había sido. Sudaba, y me pareció que cabía dentro de la mía. Finalmente lo levantaron entre dos y lo depositaron en una camilla. El movimiento que hicieron me pareció un poco violento pero ya no importaba, no se quejaba, ni siquiera seguía agarrando mi mano ya, ni siquiera había notado yo cuándo la soltó. La sensación de flotar en un limbo se apoderó de mí, hasta que la salida de la camilla y todo el escuadrón médico que la rodeaba me pareció apenas una brisa en algún rincón de mis oídos. Tuve que volver en mí para llegar al ascensor con los demás. Los quirófanos están en el segundo piso, y llegamos a ellos con la mano de papá otra vez entre las mías y sus ojos también clavados en los míos hasta donde podían. Papá respiraba pesadamente y tenía la mirada vidriosa y seca, por un momento pensé que se despedía mentalmente de mí en sus últimos segundos de lucidez, luego me di cuenta de que dentro de su cabeza igual podía estarme puteando por llegar tarde al ascensor. Cuando finalmente entró al quirófano, una enfermera me detuvo en la puerta. La operación duraría seis horas. Y yo descubrí entonces que no tenía ningún plan para esa mañana.

Subí al comedor y me senté frente a Ronaldo, que le preparaba un jugo a una niña de lentes. Ronaldo sabía que papá estaba en el quirófano. Siempre sabía quiénes estaban en el quirófano y rezaba por ellos. Me sugirió a mí también que rece. Hacía muchos años que no hacía eso. Y no me parecía momento de volver a empezar, qué dirá Dios, que sólo lo llamo cuando necesito favores. Pero a Ronaldo le parecía que siempre era momento. Me mostró una bolsa de cartas de pacientes de todo el Brasil que se habían atendido en el Hospital del Corazón y ahí habían vuelto a rezar con él y habían conseguido la salvación de sus parientes y ahora le seguían escribiendo para agradecerle y enviarle bendiciones. Yo le dije que los que salvan a los pacientes son los doctores que uno nunca ve, no los rezos. Pero Ronaldo decía que se reza para que Dios guíe a los doctores. No es cierto, Ronaldo, los doctores se guían solos porque si no los denuncian por negligencia. No, hombre, insistía él, los doctores tienen dinero ¿Cómo van a ir a la cárcel? si fuese por las denuncias, se morían todos. Su argumento no era malo, pero no estábamos en el tema que a mí me preocupaba: ¿Y si yo quisiese que mi papá se muera, también tendría que rezar? Ronaldo se quedó de una pieza ¿Qué dices? Lo que oyes ¿y si creo que es mejor para él y para mí? total, somos los únicos dos que tienen una relación de afecto con él. Él me miró como si fuese una cucaracha en su jugo de fruta: Un hijo no habla así. ¿Tú qué sabes?, elevé la voz, yo soy un hijo y hablo así. Esta vez dejó de mirarme como a un insecto y se quedó observándome como a la encarnación de Belcebú: También voy a rezar por ti, entonces. No necesito tus rezos, paraguayo de mierda, ojalá reces en guaraní para que Dios no te entienda nada, huevón. Y me fui del comedor. Así sepulté la única amistad que había nacido en ese viaje de mierda. No sé si hablaba en serio cuando dije todo eso, pero sí sé que hasta podía ser cierto, que vivir para papá era una muerte constante que se podría romper para que le entre luz, que lo que él necesitaba no era un corazón nuevo sino un alma nueva y que esas cosas eran más caras que el quirófano, costaban la vida y valían su precio.

Bajé fumando por las escaleras y empujé a un empleado de limpieza que trató de detenerme. Cuando atravesé la puerta de salida recibí con placer el olor sucio y humiento de calle. En 72 horas, el esterilizado y pálido perfume de la clínica se había convertido en una atmósfera aplastante pero habitual, de las que uno ya sólo nota cuando la abandona. Bajé hasta una avenida anchísima atrás del hospital. De Sao Paulo sólo había visto que estaba llena de edificios, no había paseado entre ellos ni conocido nada más que el departamento de Ana Lucia. Además de edificios había tachos de basura en las calles. En Lima por esa época las calles no tenían tachos, supongo que las autoridades estimaban más económico que la gente bote la basura en la vereda. No sé ni cuánto tiempo anduve vagando antes de entrar a un pequeño bar que transmitía en directo desde el Maracaná el partido entre Brasil y Perú. Recién entonces noté que no había oído a nadie hablar de fútbol en días. En el bar sólo había un par de chicas que miraban la pantalla sin mayor interés y, cerca de mi mesa, un gordo resolvía una encuesta interrogado por una quinceañera. Uno siempre piensa que los brasileños se paralizan frente a la pantalla ante cada partido, pero deben hacerlo en sus casas porque en ese bar se sentía la misma euforia por el fútbol que debe uno encontrar en Groenlandia. Pedí otra cerveza mientras Brasil metía el primer gol y el mozo celebraba con rutinario entusiasmo.

Terminada su encuesta, el gordo me sonrió y me dijo algo así como En las encuestas siempre le preguntan cojudeces a uno ¿No? Yo sonreí en silencio porque no estaba seguro de haber entendido y Brasil hizo otro gol. Decidí no ver más, pero cuando traté de pagar e irme, el mozo no quiso aceptar mis dólares. Dijo algo que no entendí y yo le dije que eran verdaderos y le insulté la madre en peruano con calma, como para que parezca una disculpa. Los limeños siempre hablamos como si no estuviéramos disculpando por algo, como conscientes de que hemos hecho algo mal aunque no sepamos qué. Pero el mozo insistió en su rechazo y tal vez me insultó la madre a mí, en todo caso, lo que dijo no sonó a disculpa. Yo levanté la voz casi sólo para insultar, sin saber qué responder, pero cuando quise pararme e irme, el otro me sentó de un empujón. Ya no era necesario un traductor. Como no tenía nada que perder le grité y quise empujarlo, pero entre los dos se interpuso el gordo ofreciéndose a pagar mi cerveza. Este gordo es gay, pensé, pero ya no estaba para insultar a nadie más por esa tarde.

Nos sentamos de nuevo y pidió otra. Me dijo que había que dar un buen recuerdo de Brasil a los extranjeros y que los bares de Sao Paulo no aceptan dólares así nomás. Luego me preguntó de dónde venía. Le dije que era peruano. Miró a la pantalla y me volvió a mirar a mí. Sím, le dije, nosso futebol é uma merda. Él se rió. Y yo me reí también, me reí en portugués por primera vez en todo el viaje.

El gordo se llamaba Saulo y trabajaba en un manicomio. Yo no le creía pero me mostró su identificación de psicólogo. Le dije que debía ser difícil trabajar metido en un hospital, pero él pensaba que más locos había por ahí sueltos. Yo le conté que estaba de paseo alojado en casa de mi amiga Ana Lucia que tiene 21 años, una de esas historias que uno cuenta porque le gustaría tanto que fuesen ciertas. También le propuse que me cambie dólares y él dijo que ni hablar, que él invitaba. Hicimos una apuesta entonces: él pondría una cerveza por cada gol de Brasil y yo, una por cada gol de Perú. Gordo gay y estúpido, pensé, pero a cada cerveza mi portugués mejoraba. Al final, no hubo sorpresas. Brasil ganó 6 a 0 y nos quedamos bebiendo como dos horas más tras el partido sin problemas de comunicación. Hasta me escribió su número y dirección en una etiqueta de cerveza. Hacía tanto tiempo que yo no hablaba, simplemente hablaba, que dejaba salir cualquier cosa que me viniera a la cabeza. Y la euforia de la cerveza me hacía hablar más y más, de fútbol, de ropa, de viajes, de mujeres. En algún momento de la conversación le pregunté si eu estaba falando portugués. Él me dijo ¡No, yo estoy hablando español! y casi vomitamos de la risa. Al final, bebimos por adelantado el próximo partido de Brasil y me dejó darle cinco dólares antes de mirar en el reloj que eran las 5 de la tarde y acordarme de papá, que había desaparecido de mi mente durante más de seis horas. Debo haber parecido Cenicienta entonces, porque vi el reloj y eché a correr sin terminar mi trago ni despedirme. Ni siquiera recogí la etiqueta con la dirección de Saulo. Sólo corrí avenida arriba sudando la cerveza y chocando con los tachos de basura pensando en que mi papá ahora sí me iba a matar, hasta que llegué al hospital. Entré corriendo y subí al cuarto pesando que tal vez no me mataría, que su nuevo corazón tal vez le arreglaría el ánimo, que tal vez sería el corazón de un siempre alegre hincha de Brasil. No había nadie ahí en el cuarto. Una enfermera trató de decirme algo que no entendí. Bajé al comedor y le pregunté a Ronaldo qué sabía. Él estaba enojado como una niña, No tenemos nada de que hablar, decía el imbécil, hasta que lo empujé contra la pared y le dije que no estaba para cojudeces, que dónde estaba mi papá. No sé, me dijo, no tengo idea. Papá igual estaría dormido, pensé, los operados tardan un día en salir de la anestesia. A las salas de cirugía no se podía pasar. Luego pensé que si la operación había sido un éxito, papá debía estar en Cuidados Intensivos, pero ahí tampoco me dejaron entrar. Desesperado, bajé a la recepción de nuevo. Esta vez Ana Lucia estaba ahí, la habrían llamado al verme llegar. Estaba verde y sudaba ¿Dónde te habías metido? dijo, ¡te he buscado por horas! y me abrazó, muy fuerte, casi hasta ahogarme, como alguna vez yo estaba seguro de que habría abrazado a mi papá.

Aún a veces, como hoy, me pregunto qué fue de mi amigo Saulo y me gustaría haber recogido esa etiqueta.

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© Santiago Roncagliolo


Santiago Roncagliolo | Lima, 1975 | @ Es considerado "una de las voces más interesantes de su generación de latinoamericanos" (Javier Goñi, El País, España); ha sido finalista del premio Herralde de novela y fue nominado para la prestigiosa beca Rolex. Ha vivido en México, Perú y España y trabajado como guionista de telenovelas, negro literario, periodista y traductor. Ha publicado el libro de cuentos, Crecer es un oficio triste, además de varios libros para niños, una obra de teatro y la novela El Príncipe de los Caimanes.


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