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Hospital

Hoy
me he preguntado qué será de mi amigo Saulo, al
que conocí en Brasil el día de la operación
de papá. La operación fue ahí porque en Sao
Paulo hay un Hospital del Corazón. Se llama así
exactamente: Hospital del Corazón. Se especializa en afecciones
cardiacas y realiza cerca de sesenta intervenciones quirúrgicas
diarias en más de doce salas. Sacan a los enfermos como
periódicos en una rotativa. Y a los dos días ya
pueden caminar e irse a su casa. O, si son testarudos, como papá,
pueden empezar a fumar de nuevo. Así era papá. Terco
como una mula e irascible como un jabalí. Cuando estaba
internado en el hospital del seguro social, en Lima, un día
me recibió a gritos porque llegué a visitarlo con
media hora de retraso. Yo estaba con mi amigo Miguel, y el pobre
se quedó en el cuarto cuando yo empujé a papá
y me fui dando un portazo. Supongo que Miguel no tenía
mucha conversación con papá porque bajó al
rato para encontrarme llorando en el piso de cuidados intensivos,
donde de todos modos todo el mundo llora así que uno pasa
desapercibido. Me apenó un poco el bochorno, pero es que
Miguel no sabía manejar las situaciones. Pudo haber conversado
un poco con don Tomás, que ocupaba la cama de al lado de
mi papá y era muy divertido, siempre pidiendo cigarrillos,
pizzas y ron. En general eran muy divertidos los del piso de cardiología,
viejos verdes, juergueros y bonachones, todo el tiempo metiéndole
mano a sus enfermeras gordas y malhumoradas pero pacientes. Habrían
armado una orgía si ellas se hubiesen distraído.
Todos eran así menos papá, que no veía ni
fútbol, y eso que Perú jugaba la Copa América.
Como fuera, Miguel no se quedó esa vez a conversar con
don Tomás. Y dos días después, el viejo murió
y a papá le anunciaron que su operación era muy
delicada –así llaman a las que no pueden hacer- y
que no se arriesgarían a intervenir. Entonces papá
decidió ir a Sao Paulo y yo lo tuve que acompañar.
Yo
no quería ir, en realidad, a pesar de que Perú jugaba
contra Brasil de visitante por esas mismas fechas. La primera
vez que lo operaron también había sido en Sao Paulo
y después de ella nada volvió a ser lo mismo en
la casa. Durante los meses de convalecencia se dedicó a
maltratar a mamá y tratarla como una esclava. Y no dejó
de fumar ni de beber como un condenado. Decía que teníamos
que comprenderlo, que había estado al borde de la muerte
y nosotros no entendíamos cómo sufría. Y
cuando mamá se fue, todo empezó a ser peor. Dijo
que ningún ser humano abandonaría a un enfermo en
sus circunstancias, se amargó aún más, dejó
de salir. Prefería quedarse en casa a torturarme. Tal vez
por eso, nadie se sorprendió cuando tuvo otro preinfarto
ocho años después. Esta vez sólo estaba yo
a su lado. Y aunque nuestras relaciones no eran ni cordiales desde
hacía ya mucho tiempo, creo que no lo acompañé
tanto por obligación como por la ilusión de que
un corazón nuevo era exactamente lo que le hacía
falta. Pobre papá.
En
nuestro vuelo a Río ya viajaban los primeros hinchas. Era
enternecedor verlos con sus camisetas rojiblancas, orgullosos,
aunque Perú no le ha ganado un partido importante a Brasil
ni una sola vez en su historia. El mayor mérito del equipo
nacional fue que fuimos los únicos que les marcaron dos
goles en el mundial del 70, pero en ese partido recibimos cuatro
en contra. Todos lo recuerdan como un gran partido, hasta papá
lo recordó en el avión antes de pelearnos por el
asiento de la ventana. Ésa fue la primera pelea del viaje
y no recuerdo un segundo en que hayamos parado de hacerlo desde
entonces: en el aeropuerto, porque yo era muy lento con los papeles.
En la casa de su amiga Ana Lucia que nos recibió en Sao
Paulo, que yo era muy desordenado. Al día siguiente, cuando
se internó, que yo estaba demasiado relajado respecto a
su situación. Sólo tuvimos quince minutos de paz
mientras Ana Lucia nos llevaba al hospital. Hicimos el camino
en silencio mirando los edificios todos iguales. Sao Paulo está
llena de edificios, creo que es todo lo que tiene. Y también
creo que Ana Lucia había sido alguna vez novia de papá,
porque francamente se llevaban pésimo.
Lo
primero que me decepcionó fue descubrir que no habría
un don Tomás en el nuevo hospital. Papá dormía
en un cuarto individual conmigo al lado en un sofá cama,
o sea que tendría todo el tiempo del mundo para atormentarme.
Además, estos enfermos no eran tan simpáticos como
los de Lima. La mayoría traían séquitos de
familias que los encerraban en sus cuartos, donde eran invisibles.
Ni siquiera las visitas eran muy sociables, ni en el comedor a
donde yo bajaba cada dos horas a fumar un cigarrillo y buscar
conversación, total, el portugués es un castellano
mal hablado y me las podría arreglar. Pero el problema
no era el idioma sino el ánimo. En un lugar al que se va
a esperar la muerte o la salida, nadie anda de humor para acoger
al turista. La única vez que conocí a una chica
con disposición para conversar, resultó ser del
Nordeste, la zona más pobre del Brasil y la que habla el
portugués más difícil. Al final nos despedimos
con un gesto solidario de fracaso mutuo. Peor suerte la tuya que
la mía, pensé yo, al menos aquí todos hablan
una lengua que me es extraña. En cambio tú, buscando
con quien hablar te encuentras con el único que no puede
hacerlo.
El
comedor estaba en el tercer piso y salía a un largo patio
que yo recorría de ida y vuelta cada vez mientras fumaba.
Había un par de pequeños árboles refundidos
en macetas y unas banquitas donde siempre se sentaba alguna vieja
que mecía la cabeza mientras me veía fumar y me
decía cosas incomprensibles, seguramente que por eso exactamente
meten a la gente a este hospital, o tal vez que estás demasiado
joven para empezar a matarte. Como si llegada cierta edad uno
pudiese matarse en paz. Mentira, eso nunca lo dejan hacer a uno,
ahí estaban todas esas familias que no dejaban a sus pobres
parientes morirse de una vez, ahí estaban los pálidos
rostros que desde el patio uno veía asomar tímidamente
tras las persianas con cigarrillos en la boca, no como los del
hospital del seguro, que sabían que de ahí no iban
a salir y se lo tomaban como venía y con ganas de meter
mano hasta la muerte. Estos eran diferentes. Se avergonzaban de
morirse con la familia enfrente, qué irresponsabilidad.
Y peor aún morirse cuando todo el mundo ya pagó
tanto dinero y ha gastado tantas sonrisas junto a la cama diciéndoles
lo bien que se ven, eso ya es desconsideración, ni que
las sonrisas sobrasen. Cuando las viejas hacían sus comentarios,
yo les devolvía una bocanada larga y placentera con una
mirada de orgullo. Pero aún ahora no sé si en realidad
decían todo eso o hablaban del clima, después de
todo el portugués no era sólo un castellano deshuesadito
y todos ahí parecían del Nordeste, no por lo pobres
sino porque no se les entendía nada.
Había
una excepción sin embargo. Se llamaba Ronaldo y atendía
en la cafetería. Yo no le había hablado porque papá
me había advertido que la cafetería era carísima
y que no pida nada. Pero Ronaldo solía regar las raíces
de los arbolitos en las horas bajas y una vez me habló
en español. Me preguntó qué hacía
ahí y de quién era pariente. Ronaldo era hijo de
una inmigrante paraguaya, así que hablaba español
y hasta un poco de guaraní. Me enseñó cómo
sonaba. El guaraní suena bien. Además de semiparaguayo,
Ronaldo era evangélico. Me habló un rato de la salvación,
él sentía que su misión en el hospital era
reconfortar a los corazones ante la adversidad y mostrarles que
Dios no dejaba de irradiarlos con su luz. Luego me enseñó
a saludar y a dar las gracias en guaraní pero eso fue hace
mucho tiempo y ahora ya lo he olvidado todo.
De
cualquier modo, esa conversación me atenuó un poco
el nudo estomacal que produce vivir en un laberinto de sordos.
Por la noche preferí no decirle nada a papá porque
uno nunca sabía qué podía hacerlo enojar.
Además no era necesario. Él y yo veíamos
todas las noches por TV con qué tranquilidad entrenaba
la selección brasileña, entre bromas y jugueteos,
y luego poníamos una serie cómica que ninguno de
los dos entendía pero nos eximía de hablar, es decir,
detenía los gritos de papá por unos minutos antes
de dormir. No nos iba tan mal, sin embargo. A partir del segundo
día, su humor no había mejorado pero mi oído
había desarrollado, como mecanismo de defensa, cierta insensibilidad
filial a sus reproches de día y a sus ronquidos de noche.
Los había convertido en un ruido blanco que atenuaba el
obligatorio silencio de fondo. Por las noches, antes de dormir,
vagaba por los pasillos saludando a las enfermeras, que se notaba
que eran de clínica privada y no de hospital del seguro:
delgadas y simpáticas, no bonitas, pero al menos agradables.
Solía decirle a una, en mi pésimo portugués:
hemos organizado una fiesta en el 506 ¿Quieres venir?,
y ella respondía que no, que ya estaba invitada a una en
el 408, que tal vez mañana. Chiste estúpido de turista
buscando dónde fumar cuando el comedor está cerrado
y respuesta no menos estúpida de joven llena de vida tratando
de olvidar que es medianoche de sábado y está encerrada
y rodeada de enfermedad, seguro que tendría un novio que
andaría por ahí parrandeando mientras ella recogía
escupideras y bacinicas, seguro que el novio andaría en
un bar fumando cajetillas enteras mientras yo buscaba un sitio
en que el humo no atrajese batas blancas y regaños incomprensibles.
Por
suerte, la tecnología médica ha hecho grandes avances
desde la primera operación de papá. Él siempre
recordaba que esa vez lo abrieron por la mitad y mantuvieron artificialmente
separadas sus costillas durante horas, y nos contaba del hombre
destrozado que vio salir del quirófano y del miedo que
sintió cuando le dijeron que ese guiñapo salía
de una operación cardiaca. Si alguna vez mamá y
yo olvidábamos esas anécdotas durante sus largos
meses de convalecencia, se abría la camisa y mostraba la
cicatriz que atravesaba su pecho desde el cuello hasta el vientre.
Si estaba realmente furioso, se podía bajar el pantalón
para mostrar la otra, la de la pierna, que una vez de tanta furia
soltó un punto y yo pensé que se le iba salir el
corazón por el muslo. Ahora todo era diferente: los pacientes
ingresaban tres días antes de la operación al Hospital
y eran dados de alta dos después, casi un trámite
de rutina y luego afuera, que ese corazón tiene que caminar
y respirar, como nuevo que es, y además necesitamos ocupar
esa cama con un nuevo moribundo de los millones que atendemos
por día, hágame el favor, muito obrigado, tudo bem.
La
noche anterior a la operación, después de que le
afeitaron el pecho y la entrepierna, papá recordó
una vez más su operación anterior y el dolor. Estábamos
viendo el programa cómico ése y yo estaba tendiendo
mi sofá-cama. Lo hacía en silencio para no molestarlo.
Se había enojado con la enfermera varias veces durante
la afeitada. Aunque las enfermeras lo conocían y no le
daban ninguna importancia a sus berrinches, yo podía percibir
que algo estaba peor de lo habitual. Cuando el programa terminó
y le pregunté qué quería ver, no respondió.
Se quedó quieto, casi rígido, con la vista en el
vacío. Era difícil saber qué hacer cuando
guardaba esos silencios, si cambiar de canal o apagar. No hice
nada. El programa siguiente era una telenovela. Pero él
tampoco la vio, sólo dijo: ¿Y qué pasa si
me muero mañana? Y yo le dije: Qué dices, no te
vas a morir, hombre, para estos doctores cada operación
es como una sacada de muelas. Pero a él se le quebró
la voz: Para ellos será así pero para mí
es la segunda, y no sé si pueda volver a soportar tanto
dolor, acuérdate de que en Lima ni querían operarme.
Por suerte me tenía a mí para animarlo: En Lima
son unos huevones. Papá se conformó un rato con
ese argumento, que calzaba muy bien con su manera de resolver
los problemas conceptuales, pero cuando ya estaba todo oscuro,
y yo ya había salido a fumar mi cigarro y contarle a la
enfermera el chiste de la fiesta, cuando ya estaba acostándome,
volvió a la carga: Si me muero mañana, quiero que
sepas que te quiero mucho, hijo, y que te agradezco esto. Toda
la vida, cuando necesitaba algún tipo de afecto, papá
sólo sabía conseguirlo dando pena. Me molestaba
eso. Si me quieres tanto déjame dormir que no te va a pasar
nada, dije, y creí sentir un ligero temblor en mi espalda
cuando oí su siguiente pregunta: ¿Soy muy insoportable?
Respondí con un gruñido de no haber entendido, pero
la pregunta era muy clara en realidad: Que si soy muy insoportable,
que si te grito mucho, yo sé que soy muy difícil.
No, papá, no sabes lo difícil que eres, ni te lo
puedes imaginar, eres más difícil que ingresar a
la universidad.
Cuando
estas cosas pasaron aún era difícil ingresar a la
universidad, fue recién años después que
Lima se llenó de miles de universidades pichiruchis a las
que ingresaban de cada dos, tres. Papá sabía lo
difícil que era él mismo, pero sólo se tomaba
la molestia de saber las cosas cuando tenía miedo, y ahora
tenía mucho. Dijo: No sé para qué ha servido
mi vida, he ahuyentado a toda la gente que me quiere, ni siquiera
mi hijo me soporta. No es que no te soporte, mentí yo,
claro que te quiero, por eso creo que te deberías tranquilizar.
Para esto ya me había puesto de pie y le rascaba la cabeza.
Era como un niño, siempre fue así. Yo parecía
su padre. Él se lamentó: pero tus bromas siempre
están cargadas de rencor, eres tan agresivo. No me imagino
de quién lo heredé, papá, respondí.
Y creo haber visto que sonrió, al menos un poquito, antes
de empezar a roncar.
El
sol del día siguiente recibió a mi padre con una
sonrisa que a mí me pareció de buen augurio y a
él de sarcasmo. Desde las 6:00 am, papá chillaba
a las enfermeras y ellas respondían con bromas y risas,
parecían tener orden de ser especialmente alegres el día
de la cirugía. No le dieron nada de comer pero lo mimaron
mucho y le tomaron varios análisis que serían vistos
por doctores a los que nadie veía nunca, porque el cirujano
de mi papá con las justas lo saludó el primer día
y ni más apareció. Las enfermeras se ocupan de mimarte
pero los doctores sólo te salvan la vida, no están
obligados a ser simpáticos.
Conforme
aumentaba la simpatía de las enfermeras, también
aumentaba su número. Entraron dos a medir la presión
y el pulso, otra más a tomar muestras de sangre, entró
una a limpiar a papá con una esponja y una más a
conectarle un tanque de oxígeno entre bromas que él
tampoco entendía pero que alcanzaban para tapar sus gruñidos.
Mientras tanto, yo me convertía en un mueble más
anexo al sofá. Entre la multitud, papá trataba de
incorporarse nerviosamente y balbuceaba cosas que no llegaban
a los oídos de nadie. Pronto lo tendrían domado
y sedado, pero antes de que eso pase alcanzó a gritar mi
nombre y extender la mano entre las batas ahora azules de las
enfermeras. Yo apreté su mano también, lo más
fuerte que pude, y pude sentir entre mis dedos su trémulo
frío. Por un tiempo que pareció durar siglos, me
mantuve aferrado a esa mano que me había dado de comer
y me había dado también varias palizas. La mano
ya no era tan firme como había sido. Sudaba, y me pareció
que cabía dentro de la mía. Finalmente lo levantaron
entre dos y lo depositaron en una camilla. El movimiento que hicieron
me pareció un poco violento pero ya no importaba, no se
quejaba, ni siquiera seguía agarrando mi mano ya, ni siquiera
había notado yo cuándo la soltó. La sensación
de flotar en un limbo se apoderó de mí, hasta que
la salida de la camilla y todo el escuadrón médico
que la rodeaba me pareció apenas una brisa en algún
rincón de mis oídos. Tuve que volver en mí
para llegar al ascensor con los demás. Los quirófanos
están en el segundo piso, y llegamos a ellos con la mano
de papá otra vez entre las mías y sus ojos también
clavados en los míos hasta donde podían. Papá
respiraba pesadamente y tenía la mirada vidriosa y seca,
por un momento pensé que se despedía mentalmente
de mí en sus últimos segundos de lucidez, luego
me di cuenta de que dentro de su cabeza igual podía estarme
puteando por llegar tarde al ascensor. Cuando finalmente entró
al quirófano, una enfermera me detuvo en la puerta. La
operación duraría seis horas. Y yo descubrí
entonces que no tenía ningún plan para esa mañana.
Subí
al comedor y me senté frente a Ronaldo, que le preparaba
un jugo a una niña de lentes. Ronaldo sabía que
papá estaba en el quirófano. Siempre sabía
quiénes estaban en el quirófano y rezaba por ellos.
Me sugirió a mí también que rece. Hacía
muchos años que no hacía eso. Y no me parecía
momento de volver a empezar, qué dirá Dios, que
sólo lo llamo cuando necesito favores. Pero a Ronaldo le
parecía que siempre era momento. Me mostró una bolsa
de cartas de pacientes de todo el Brasil que se habían
atendido en el Hospital del Corazón y ahí habían
vuelto a rezar con él y habían conseguido la salvación
de sus parientes y ahora le seguían escribiendo para agradecerle
y enviarle bendiciones. Yo le dije que los que salvan a los pacientes
son los doctores que uno nunca ve, no los rezos. Pero Ronaldo
decía que se reza para que Dios guíe a los doctores.
No es cierto, Ronaldo, los doctores se guían solos porque
si no los denuncian por negligencia. No, hombre, insistía
él, los doctores tienen dinero ¿Cómo van
a ir a la cárcel? si fuese por las denuncias, se morían
todos. Su argumento no era malo, pero no estábamos en el
tema que a mí me preocupaba: ¿Y si yo quisiese que
mi papá se muera, también tendría que rezar?
Ronaldo se quedó de una pieza ¿Qué dices?
Lo que oyes ¿y si creo que es mejor para él y para
mí? total, somos los únicos dos que tienen una relación
de afecto con él. Él me miró como si fuese
una cucaracha en su jugo de fruta: Un hijo no habla así.
¿Tú qué sabes?, elevé la voz, yo soy
un hijo y hablo así. Esta vez dejó de mirarme como
a un insecto y se quedó observándome como a la encarnación
de Belcebú: También voy a rezar por ti, entonces.
No necesito tus rezos, paraguayo de mierda, ojalá reces
en guaraní para que Dios no te entienda nada, huevón.
Y me fui del comedor. Así sepulté la única
amistad que había nacido en ese viaje de mierda. No sé
si hablaba en serio cuando dije todo eso, pero sí sé
que hasta podía ser cierto, que vivir para papá
era una muerte constante que se podría romper para que
le entre luz, que lo que él necesitaba no era un corazón
nuevo sino un alma nueva y que esas cosas eran más caras
que el quirófano, costaban la vida y valían su precio.
Bajé
fumando por las escaleras y empujé a un empleado de limpieza
que trató de detenerme. Cuando atravesé la puerta
de salida recibí con placer el olor sucio y humiento de
calle. En 72 horas, el esterilizado y pálido perfume de
la clínica se había convertido en una atmósfera
aplastante pero habitual, de las que uno ya sólo nota cuando
la abandona. Bajé hasta una avenida anchísima atrás
del hospital. De Sao Paulo sólo había visto que
estaba llena de edificios, no había paseado entre ellos
ni conocido nada más que el departamento de Ana Lucia.
Además de edificios había tachos de basura en las
calles. En Lima por esa época las calles no tenían
tachos, supongo que las autoridades estimaban más económico
que la gente bote la basura en la vereda. No sé ni cuánto
tiempo anduve vagando antes de entrar a un pequeño bar
que transmitía en directo desde el Maracaná el partido
entre Brasil y Perú. Recién entonces noté
que no había oído a nadie hablar de fútbol
en días. En el bar sólo había un par de chicas
que miraban la pantalla sin mayor interés y, cerca de mi
mesa, un gordo resolvía una encuesta interrogado por una
quinceañera. Uno siempre piensa que los brasileños
se paralizan frente a la pantalla ante cada partido, pero deben
hacerlo en sus casas porque en ese bar se sentía la misma
euforia por el fútbol que debe uno encontrar en Groenlandia.
Pedí otra cerveza mientras Brasil metía el primer
gol y el mozo celebraba con rutinario entusiasmo.
Terminada
su encuesta, el gordo me sonrió y me dijo algo así
como En las encuestas siempre le preguntan cojudeces a uno ¿No?
Yo sonreí en silencio porque no estaba seguro de haber
entendido y Brasil hizo otro gol. Decidí no ver más,
pero cuando traté de pagar e irme, el mozo no quiso aceptar
mis dólares. Dijo algo que no entendí y yo le dije
que eran verdaderos y le insulté la madre en peruano con
calma, como para que parezca una disculpa. Los limeños
siempre hablamos como si no estuviéramos disculpando por
algo, como conscientes de que hemos hecho algo mal aunque no sepamos
qué. Pero el mozo insistió en su rechazo y tal vez
me insultó la madre a mí, en todo caso, lo que dijo
no sonó a disculpa. Yo levanté la voz casi sólo
para insultar, sin saber qué responder, pero cuando quise
pararme e irme, el otro me sentó de un empujón.
Ya no era necesario un traductor. Como no tenía nada que
perder le grité y quise empujarlo, pero entre los dos se
interpuso el gordo ofreciéndose a pagar mi cerveza. Este
gordo es gay, pensé, pero ya no estaba para insultar a
nadie más por esa tarde.
Nos
sentamos de nuevo y pidió otra. Me dijo que había
que dar un buen recuerdo de Brasil a los extranjeros y que los
bares de Sao Paulo no aceptan dólares así nomás.
Luego me preguntó de dónde venía. Le dije
que era peruano. Miró a la pantalla y me volvió
a mirar a mí. Sím, le dije, nosso futebol é
uma merda. Él se rió. Y yo me reí también,
me reí en portugués por primera vez en todo el viaje.
El
gordo se llamaba Saulo y trabajaba en un manicomio. Yo no le creía
pero me mostró su identificación de psicólogo.
Le dije que debía ser difícil trabajar metido en
un hospital, pero él pensaba que más locos había
por ahí sueltos. Yo le conté que estaba de paseo
alojado en casa de mi amiga Ana Lucia que tiene 21 años,
una de esas historias que uno cuenta porque le gustaría
tanto que fuesen ciertas. También le propuse que me cambie
dólares y él dijo que ni hablar, que él invitaba.
Hicimos una apuesta entonces: él pondría una cerveza
por cada gol de Brasil y yo, una por cada gol de Perú.
Gordo gay y estúpido, pensé, pero a cada cerveza
mi portugués mejoraba. Al final, no hubo sorpresas. Brasil
ganó 6 a 0 y nos quedamos bebiendo como dos horas más
tras el partido sin problemas de comunicación. Hasta me
escribió su número y dirección en una etiqueta
de cerveza. Hacía tanto tiempo que yo no hablaba, simplemente
hablaba, que dejaba salir cualquier cosa que me viniera a la cabeza.
Y la euforia de la cerveza me hacía hablar más y
más, de fútbol, de ropa, de viajes, de mujeres.
En algún momento de la conversación le pregunté
si eu estaba falando portugués. Él me dijo ¡No,
yo estoy hablando español! y casi vomitamos de la risa.
Al final, bebimos por adelantado el próximo partido de
Brasil y me dejó darle cinco dólares antes de mirar
en el reloj que eran las 5 de la tarde y acordarme de papá,
que había desaparecido de mi mente durante más de
seis horas. Debo haber parecido Cenicienta entonces, porque vi
el reloj y eché a correr sin terminar mi trago ni despedirme.
Ni siquiera recogí la etiqueta con la dirección
de Saulo. Sólo corrí avenida arriba sudando la cerveza
y chocando con los tachos de basura pensando en que mi papá
ahora sí me iba a matar, hasta que llegué al hospital.
Entré corriendo y subí al cuarto pesando que tal
vez no me mataría, que su nuevo corazón tal vez
le arreglaría el ánimo, que tal vez sería
el corazón de un siempre alegre hincha de Brasil. No había
nadie ahí en el cuarto. Una enfermera trató de decirme
algo que no entendí. Bajé al comedor y le pregunté
a Ronaldo qué sabía. Él estaba enojado como
una niña, No tenemos nada de que hablar, decía el
imbécil, hasta que lo empujé contra la pared y le
dije que no estaba para cojudeces, que dónde estaba mi
papá. No sé, me dijo, no tengo idea. Papá
igual estaría dormido, pensé, los operados tardan
un día en salir de la anestesia. A las salas de cirugía
no se podía pasar. Luego pensé que si la operación
había sido un éxito, papá debía estar
en Cuidados Intensivos, pero ahí tampoco me dejaron entrar.
Desesperado, bajé a la recepción de nuevo. Esta
vez Ana Lucia estaba ahí, la habrían llamado al
verme llegar. Estaba verde y sudaba ¿Dónde te habías
metido? dijo, ¡te he buscado por horas! y me abrazó,
muy fuerte, casi hasta ahogarme, como alguna vez yo estaba seguro
de que habría abrazado a mi papá.
Aún
a veces, como hoy, me pregunto qué fue de mi amigo Saulo
y me gustaría haber recogido esa etiqueta.
.
©
Santiago Roncagliolo
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Santiago
Roncagliolo |
Lima, 1975 | @
Es
considerado "una de las voces más interesantes
de su generación de latinoamericanos" (Javier
Goñi, El País, España);
ha sido finalista del premio Herralde de novela y fue
nominado para la prestigiosa beca Rolex. Ha vivido en
México, Perú y España y trabajado
como guionista de telenovelas, negro literario, periodista
y traductor. Ha publicado el libro de cuentos, Crecer
es un oficio triste, además
de varios libros para niños, una obra de teatro
y la novela El Príncipe
de los Caimanes.
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