En virtud del estado actual de las cosas

 

Una hormiga censurada por la sutileza de sus cargas y por sus frecuentes distracciones,
encontró, una mañana, al desviarse nuevamente del camino,
un prodigioso miligramo.
Juan José Arreola

 

Conforme lo habíamos charlado en su despacho durante nuestra última visita, dimos inicio al proyecto de sanación introduciendo al cachorro en el recipiente de vidrio. En un principio, un período de no más de siete días, el gato respondió normalmente a los estímulos alimenticios que le suministramos por medio de la cánula, llámense sólidos disueltos y líquidos, no habiendo ningún cambio físico o psicológico que haya merecido anotación en el cuaderno. Sinceramente, somos de la opinión de que el animal, a pesar del espacio limitado y la frialdad del vidrio que le acogía, se había acomodado estupendamente a su nuevo hogar, ya que sólo intentó salir de la botella una vez en el transcurso de aquellos siete primeros días de confinamiento. Puede tomarnos la palabra respecto de esta conducta pues contamos con las cintas de vídeo –pronto recibirá éstas y el cuaderno de notas– que certifican la serenidad del cachorro en los días de la fase de aclimatación y su estado en sucesivas etapas; inclusive, nunca pudimos convencernos de que su aparente tentativa de fuga haya sido seria, pues pudo haberse tratado de un simple acto de estiramiento.

Luego de la fase de aclimatación, no obstante, empezamos a notar que tanto los incentivos alimenticios como los verbales (lo observará en los vídeos, mi esposa suele conversar con las plantas y mamíferos), dejaron de dar el resultado habitualmente esperado, puesto que el cachorro comenzó a rasgar las paredes de vidrio con una frecuencia que predominaba durante las horas nocturnas; desde luego acompañaba los araños a la botella con esporádicos maullidos acordes a su edad, recordemos que se trataba de un animal con pocas semanas de nacido. Tal y como usted lo había conjeturado en nuestra reunión, se iniciaba la segunda fase del experimento. Inmediatamente incrementamos las raciones alimenticias, que pasaron de ser dos diarias a tres y media: desayuno, almuerzo y cena, con un intermedio durante la tarde para un refuerzo mediano. Aunque este aumento de estímulos originó un mayor cuidado sanitario de la botella, en sólo cuestión de horas fuimos testigos de un retorno a la estabilidad emocional que el animal había presentado durante el desarrollo de la primera etapa. En esa oportunidad, mi esposa registró en el cuaderno lo que copio a continuación: “El gato ya no araña”. Por cierto, no se había equivocado, un gato es el animal perfecto para este tipo de ensayo, no sólo por su higiene innata sino también por su disciplina para defecar en los puntos previamente destacados en la botella.

Fue necesario dejar pasar tres días para que nuevamente percibiésemos un trastorno en el comportamiento del cachorro. En aquel momento, intentamos darle solución adicionando otro refuerzo alimenticio entre comidas, esta vez ubicándolo entre el desayuno y el almuerzo, sin embargo, al cabo de cuarenta y ocho horas no hubo recuperación aparente y llegamos a la conclusión de que la comida ya no surtía el efecto esperado en el animal. Asimismo, la caída anímica y la falta de actividad motora nos sugerían la hipótesis de que la adición de alimentos era la real causante del letargo del gato. Volvimos, entonces, a una dieta más ligera, restándole dos incentivos, con lo cual el gato tan sólo recibía las porciones correspondientes al desayuno, el refuerzo mediano de la mañana, más el refuerzo mediano de la tarde. Para nuestra sorpresa este retroceso tampoco reavivó el motor interior del gato, que, a pesar de haberse aclimatado con éxito al medio ambiente de la botella, permanecía estacionario en el punto central del recipiente. Aunque este tipo de relajación apática es un estado común en los felinos de toda clase, nos intrigaba sobre manera el porqué de los nuevos maullidos –cabe resaltar que el cachorro mantenía los ojos cerrados mientras maullaba. Si, como suponíamos, el gato estaba comportándose asentado en sus órdenes genéticas, debía al menos abrir los ojos de cuando en cuando o moverse. Después de un tiempo de deliberación y de repasar las cintas de vídeo de las cuarenta y ocho horas precedentes, mi esposa y yo concordamos que era necesario implementar la fase III del experimento. Según lo conversado, fuimos en busca del ovillo de lana.

El ovillo de lana fue introducido en el recipiente en horas de la tarde, antes del segundo refuerzo mediano del día. De forma inmediata el gato abrió los ojos y examinó el ovillo por un lapso que cronometramos en cuatro minutos. Luego de esta inspección, se acercó al nuevo incentivo y retozó con él por cerca de tres horas; el juego sólo se vio estorbado por el último refuerzo del día, pero somos sinceros al revelarle que en aquella oportunidad el gato no terminó su última ración alimenticia. Al parecer la introducción del ovillo de lana había sido suficiente estímulo para él y, como verá en las cintas de vídeo, este rechazo a las porciones fue una constante a partir de ese momento, pues el cachorro no volvió a depender de la cánula más que durante las horas fijadas para los desayunos y únicamente los días lunes, martes y viernes. Resulta una incógnita el porqué de este calendario, sin embargo, para nosotros era obvio que todo sucedía conforme lo que usted ya nos había advertido. Tanto así que exactamente cumplido mes y medio de experimentaciones el gato retornó a su estado pasivo en la parte central de la botella, cerrando los ojos, sólo con desayunos recorriendo su aparato circulatorio y, extrañamente, sin prestarle la más mínima atención al ovillo de lana. Mi esposa anotó en el cuaderno: “El gato ya no quiere jugar”.

Acabadas las fases de la I a la III, preparamos un resumen de lo examinado hasta la fecha y nos dispusimos a completar la etapa final. Para este efecto trajimos a la gata que dejamos al cuidado de nuestra vecina durante mes y medio y que se había desenvuelto como una gata casera común, carente de privaciones de espacio o de reprogramación de incentivos alimenticios; salvo por la presencia de los ovillos de lana las vidas de ambos felinos eran absolutamente disímiles. Al igual que hiciéramos con el ovillo, el primer contacto entre los gatos se efectuó antes del estímulo, en este caso, antes de la única porción que todavía recibía el cachorro. Siguiendo las pautas prefijadas en su despacho, taponamos la botella, no sin antes eliminar la cánula y sellar los puntos de evacuación para evitar la entrada de oxígeno. De la misma forma cubrimos el recipiente con una envoltura negra y lo colocamos dentro de una caja de madera que fue clausurada con clavos y almacenada en el sótano de la casa por un período de treinta días. Todo esto de acuerdo al método.

Durante el tiempo de espera, al igual que en el mes y medio previo, mi esposa y yo intentamos vivir dentro de los límites de la cordura, tarea que se convirtió en una labor sumamente dolorosa teniendo en cuenta que el experimento se había transformado en nuestro único punto de equilibrio. Fue casi imposible desayunar en la terraza o intercambiar pareceres sin excitar una llaga. En aras del buen término del proyecto de sanación, tomamos la decisión de no estrangularnos, al menos mientras no se cumpliera el plazo de treinta días; por esta causa cada uno subió a su coche y no volvimos a vernos hasta la fecha dispuesta.

 

[A partir de este momento el relato se torna más intimista]

 

El día del develamiento mi esposa y yo nos citamos en el sótano de la casa a las cinco de la tarde; naturalmente, cada uno estaba listo para la peor desilusión o la más grande de las alegrías (confieso que en secreto había guardado una navaja en uno de los bolsillos de mi chaqueta y que no me fiaba de los ojos infantiles de mi mujer). Fue precisamente mi esposa quien abrió la caja de madera con un hierro y enseguida cargó el recipiente de vidrio hasta una mesa cercana que habíamos preparado para la revelación. En un principio, ambos permanecimos parados frente a la botella sin articular palabra; ninguno de los dos se atrevía a enfrentar lo que ocultaba el manto negro y mucho menos a tomar la mano del otro. Honestamente, a mí me preocupaba en demasía lo que ella pudiera estar tramando y por un segundo estuve a punto de sacar la navaja de su escondite para cercenarle el cuello. Me contuve mientras hurgaba por ella. Si no lo hice, fue porque en ese preciso instante recordé sus palabras en el despacho, cuando nos recomendó mantener la fuerza de voluntad y darnos un último respiro hasta completar el proyecto. Creo que ella pensó en lo mismo, porque vi cómo pateó hacia un rincón del sótano la vara de hierro que había empuñado para abrir la caja. A decir verdad, no sé si fue su voz o la mía en el último momento de entereza, sin embargo, escuché que alguien susurró una palabra; me pareció que fue la palabra respira. Seguidamente, de la misma forma que dictaban sus instrucciones, ambos nos acercamos a la mesa y jalamos el manto a la par…

Sé que usted debe haber escuchado esto decenas de veces y hasta le parezca trillada cada nueva consumación, pero le digo que el prodigio era muy cierto. Imperturbables. Serenos. Los gatos nos observaron desde el interior de la botella sin lucir perjuicio alguno, tal y como usted lo anunció; juntos habían sobrevivido a las privaciones más exigentes del método aplicado. Sin temor a caer en una exageración, le puedo asegurar que mi esposa y yo jamás podremos olvidar lo que usted ha hecho por nosotros. Nunca sabremos cómo retribuírselo. Desde aquella tarde, no aspiramos ni probamos bocado. En verdad, la falta de luz no nos lastima.



© Salvador Luis


Salvador Luis | Lima, 1978 | @ Cursó estudios de dirección de cine y literatura española e hispanoamericana en la Universidad de Miami. En 1996 obtuvo el primer premio en la categoría de cuento gracias a su obra El Bodrio en los Primeros Juegos Florales de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas. Es director y fundador de las revistas de literatura LOS NOVELES y Revista Kitsch, y autor de los libros inéditos: Eslabones, La circunferencia, Miscelánea o el libro geminiano, Antologado & acabado y Todas las heces juntas. Actualmente trabaja en las novelas cortas El tiburón muerde y El hombre que se masturbaba con Lisa Lawer. Sitio web: www.salvadorluis.net


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