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El
Limpiador

Remake de El Campeón
de la Muerte de López Albújar
A Juan Dejo N.S.J.
LUZ DE LUNA
Una
sombra mortecina se expandió desde el último piso
del edificio. Plomo se encontraba sentado sobre la verma de la
calle, tenía las piernas dobladas bajo el fundillo del
pantalón y un hilo de humo se elevaba sobre su morrilla;
al costado, una botella vacía de ron permanecía
caída sin tapa.
Plomo
carraspeó. Arrojó el pucho hacia la pista y elevó
los ojos, buscando casi como autómata, la luz de la luna.
Apenas
una curva tan fina como una uña cercenada pendía
del cielo oscuro.
Entonces
Plomo emitió un suspiro. Y pensó en ella. Casi una
niña, quizás demasiado malcriada –un hombre
viejo jamás podría criar con disciplina a una hija
tardía- quizás también rebelde y algo testaruda.
Recordó, con los ojos siempre hacia el infinito de la noche,
aquella vez en que ella se rapó la cabeza con su máquina
de afeitar y cómo, también con ese afán adolescente,
dejó depositados sus rulos cetrinos sobre las sábanas
rancias de su cama. Y recordó también cómo
le había gritado borracho miserable, húndete tú
sólo pero no me hundas a mí, llorando sobre la mesa
con la cabeza gacha y la palma abierta mientras tocaba lentamente
la redondez desnuda de su cráneo.
-Hija
–un suspiro se atoró en el pecho del viejo, entre
tanto las nubes volvían a formar sombras que oscurecían
las paredes del edificio.
-Hija –volvió a repetir, con las lágrimas
al borde de las pestañas y las babas y los mocos aguantados
en los labios. Después bajó los párpados
y susurró entre dientes algo que no se llegó a entender.
La
semana anterior la muchacha había cumplido con todas aquellas
amenazas con las que atormentaba al padre: una mañana amarilla
se fue con su mochila rosada y un pañuelo rojo en la cabeza.
Plomo sabía que no iba sola. Ninguna muchacha huye tan
fácilmente. Se largaba con alguien, eso era seguro. Algún
malandrín del barrio la habría tentado y ella no
pudo resistir. Así como tampoco pudo soportar más
sus continuas borracheras, los maltratos, su mano fácil,
ese poco interés que incluso se negaba a demostrar.
Sólo
dos días después de su ausencia supo que había
huido con el peor de todos.
UN SACO DE ARROZ
Hacia
el fondo del terraplén, cerca de los edificios abandonados,
una sombra se fue incrementando en cada golpe. Los golpes eran
sus propios pasos. También se escuchaban ruidos que tejían
un sonido sordo, aquel que se forma al arrastrar un peso muerto.
Desde la verma, Plomo agudizó la mirada pero sólo
pudo adivinar una silueta difusa confundida con la noche. Un olor
acre se acercaba con cada bocanada de viento. La luna se escondió
tras las manchas de varias nubes renegridas. El viento le provocó
un frío como si una aguja le penetrara limpiamente el pecho.
Con
la mano izquierda en la boca, Plomo intentó contener las
náuseas.
Emergiendo
de las sombras, el Mostrenko pasó frente a la verma y tiró
a los pies del viejo un saco de arroz cargado de una materia macilenta.
Le dijo:
-Ahí tienes a la puta de tu hija.
El aire enrareció vertiginosamente.
Plomo se tapó la nariz.
En
medio del estupor, reconoció el pañuelo rojo que
cayó del saco. Era el punto final que le da la dimensión
de realidad a la peor de las pesadillas. Ahí estaba también
la mochila rosada hecha trizas por la misma mano demoníaca
que había despedazado con igual indiferencia ese rojo corazón.
-Maldito
–le dijo el Mostrenko, mientras se agachaba incoherentemente,
tratando de recoger algo, en un afán absurdo e inútil.
Un
vahído le quitó las fuerzas. Cayó en la acera
y con las manos sucias de ese cuerpo destrozado tapó su
cara. Gimió como un perro rabioso durante varios minutos.
El tiempo parecía detenerse con cada grito que rompía
la noche. A lo lejos, un horizonte de perros se acoplaba con sus
aullidos a ese paisaje de rabia y de color.
El
Mostrenko exhibió una enorme sonrisa que fue la única
referencia blanca en esa noche apretada. Los ojos le chispeaban
por instinto con un brillo aguado, lento, deforme. Sus manos estaban
sucias de sangre y en las uñas algunos pedazos de vísceras
le amorataban los dedos. Se limpió las manos en el pantalón
y sacudió el saco mientras decía:
-Me lo llevo –levantando la mirada agregó- tal vez
lo pueda necesitar si te atreves a cruzarte en mi camino.
MALDITA VECINDAD
No
son simples edificios instalados en una calle cualquiera. Esto
es una unidad vecinal: bloques de departamentos encasillados como
un queso gruyere a los lados de la carretera al sur. Todos los
bloques tienen ocho pisos y en cada uno de ellos se instalan más
de veinte familias, apretados, apiñados, tugurizados, sucios
de la herrumbre que viene del mar y de la masa de moho que se
adhiere a las paredes. Las cañerías están
oxidadas y un hilillo dorado descuelga de los techos, formando
extrañas figuras alargadas semejando elfos de detritus.
Todo
anegado de un olor a muerto.
Al
costado de los primeros bloques, una inmensa explanada sirve para
que cientos de niños jueguen a los dragones alucinados
por el olor picante del terokal; o para que en los amaneceres
de invierno los matones del barrio apuesten algunas cervezas desafiándose
unos a otros por la mejor puntería. Así, en las
mañanas de domingo, se escuchan balas perdidas al fondo
del terraplén, algunas que chispean contra las latas de
cerveza colocadas en línea recta. Más de una vez
alguna pareja de amantes abandonados por el sueño han terminado
entrecruzados para siempre por una bala sin destino.
A
los muchachos del barrio les fascina ese deporte. Manejan revólveres
y pistolas automáticas como si se tratara de juguetes.
Además de ser expertos en desarmar carrocerías al
instante o de vender hasta lo imposible por unos cuantos ketes,
el filón de esta gente es su desquiciante obsesión
por las armas de fuego. Los preparen desde chicos, cuando todavía
sorbiéndose los mocos, cogen con las dos manos alguna Smith
and Weston para darle en el aire a un gorrión distraído.
Luego, a los once o a los doce, tratan con Lugers automáticas
y el primer gran desafío es dispararle en movimiento a
una patrulla de caminos. Luego de dejar al policía tirado
al borde de la carretera, le roban la moto y el Webley o la Beretta,
según se trate de un cabo o de un sargento.
Pero
el gran héroe de los hombres del terraplén, aquel
que ha desplegado todos sus ardides y que a los 30, aunque con
apariencia de muchacho aún, se ha ganado la admiración
de los matones, es el Limpiador.
El
tiempo siempre lleva lentes oscuros y un cigarrillo que se deshace
en la comisura de sus labios. Nadie le vio nunca los ojos, excepto
aquellos que cayeron bajo la exactitud de su pulso y la claridad
de su mirada. Y a pesar de su oficio, ingrato en estos tiempos,
la gente del barrio lo tiene por hombre justo.
-Así te van a destripar antes de que sueltes la primera
bala –le dice a los muchachos mientras se acomoda el cuello
de la casa negra.
Tiene
entre siete y ocho pupilos en verano y un par más en invierno;
a los ahijados no les cobra nada y a los otros apenas lo suficiente
para unas chatas del licor más barato. Dicen que tiene
paciencia y buena mano, por eso sus catecúmenos, como él
lo llama, son los más solicitados por los pequeños
narcos locales o por las fuerzas de choque de los partidos políticos.
Él les aguza la mirada con ejercicios endiablados y el
oído con aquellas vieja música de Jim Morrison que
ya nadie se interesa en escuchar.
De
gustos raros y costumbres solitarias, el hombre jamás se
quejó de sus encargos, los recibía con digna frialdad
como si fuera un sastre al que le solicitan prudencia en tonos,
perfección en los cortes y el tiempo preciso para la consumación
del trabajo.
A
veces sólo bajaba la vista y refundía las manos
en el bolsillo del pantalón contando las monedas que por
casualidad le quedaban escondidas entre las costuras del jean,
mientras alguien le susurraba al oído un encarguito. Sin
inmutarse, ni parpadear, luego de escuchar con paciencia la rabia
ajena, fijaba un precio exacto. Nunca negociaba. Se decía
a sí mismo que era inmoral aceptar un regateo cuando de
una vida humana se está tratando.
LA SOLEDAD DEL CORREDOR DE FONDO
De
espaldas a un muro de adobe, el Limpiador hurga con la uña
larga del meñique izquierdo el fondo de su oreja izquierda.
Al sentir cierta presión en el oído y una sensación
agria en la garganta, deja el aseo para otro momento. El cerumen
que ha quedado en la uña lo limpia en la pierna del pantalón.
Luego enarca las cejas y baja hasta la punta de la nariz las monturas
de sus lentes de sol. Sobre los lentes sus ojos claros reflejan
un cielo imperturbablemente gris.
Piensa:
“todos los perros orinan en su territorio” mientras
contempla desde lejos la vasta y desolada carretera al sur.
Saca
del bolsillo un cigarrillo bastante estropeado y se lo lleva a
la boca sin prenderlo.
Así
durante varios minutos, permanece jugando con las comisuras de
sus labios. La resolana le recalentaba la cabeza.
Tenía
que tomar una decisión, pero no quería hacerlo.
Matar es apenas un juego, pensaba, pero decidir entre un deseo
y otro… decidir es lo más difícil que uno
puede hacer.
Sus
tormentos siempre cavilaban en suaves curvas esparcidas en períodos
largos. Desgraciadamente esta vez se encontraba en uno de eso
valles de marasmo, cuando la elipse llega a mediar varios puntos
negativos por debajo de la recta de las contrariedades.
Recordó
las palabras de Max Montana, su maestro, pero a su pecho no llegaban
con la misma fuerza que salían de su memoria: “cierra
los ojos después de haber tomado una decisión…
y espera aliviado pues son pocos los que toman decisiones”.
Pero esta frase algo pedante, ya no era rotunda como hace ocho
o diez años. Hoy, cuando los muros se derrumban, las personas
sólo deberían aprender a caer.
Max
Montana le había mostrado con sus silencios y sus desplantes,
con su persistencia, la necesidad íntima que requiere un
hombre para jugar con la violencia.
Pero,
luego de este tiempo, luego de los incontables combates en el
terraplén o de las peleas mano a mano con otros hombres
– como si se tratara de perros con perros- el Limpiador
se sentía extenuado. Cansado. El tedio y el hastío
se habían instalado en lo más hondo de su negro
corazón. Su temeridad le estaba costando, por lo menos,
todos sus afectos: ya no podría sentir.
Y
si esto era un alivio para evitar el odio – nefasta compañía
a la hora de la verdad- era además un sinsabor porque,
a pesar de todo, a pesar de su amargura fría y de su pecho
de piedra, el Limpiador se negaba a dejar de sentir.
Requería
la necesidad de un sentimiento.
“Quiero sentir lo que mierda sea”, decía casi
susurrando cuando nadie lo escuchaba.
Quería
sentir al besar los muslos de una mujer, quería sentir
algo cuando uno de sus mocosos le daba las gracias por prestarle
su pistola, quería sentir aunque sea un pequeño
vacío al recordar al loco Max, quería sentir cualquier
cosa al mirar los cadáveres que dejaba detrás de
él.
Pero
no podía. El Limpiador no podía sentir absolutamente
nada.
Nada.
Era
totalmente incapaz aun de una sensación tibia.
Sólo
una vez sus ojos habían conocido la humedad de una gota
y eso había sucedido hacía mucho tiempo y la mujer
que la había provocado desapareció bajo la impecable
destreza de su propio pulso.
Amilanado
por su cansancio, por el agotamiento, se dejó caer a un
lado del muro. Prendió el cigarrillo que llevaba en la
boca. Con los dedos agotados dibujó sobre la tierra un
sol. Luego echó una bocanada hacia el cielo.
Escupió
sobre el sol.
Cerró los ojos. Respiró y quiso morir.
SUEÑO CON SERPIENTES
La
noche que vio por última vez el cuerpo de su hija, Plomo
soñó con serpientes. Serpientes de mar, inmensas,
entrando en sus intestinos, metiéndose en su cerebro, en
lo más oscuro de su corazón.
Era
un signo. Decidió que a pesar de ser lo último que
hiciera iba a matar al Mostrenko.
Esa
mañana de marzo, con el cielo encapotado y un frío
recorriendo las veredas, Plomo salió a la calle y decidió
partir hacia el centro de la ciudad. Al subir en el ómnibus
sintió que penetraba lentamente el esófago de una
de esas serpientes monstruosas, sintió los asientos vibrar
como si se tratase de arterias, sucias y prolongadas arterias
que languidecían en cada curva del camino.
No
pagó el pasaje. Cuando el cobrador se le acercó,
Plomo empezó con una de sus características peroratas.
Continuó hablando en voz alta, narraba su desgracia a todos
los pasajeros del ómnibus, pero nadie lo atendía.
Contó
que su hija había sido asesinada.
Unas
viejas que cargaban canastas llenas de pescados apenas voltearon
para echarle una mirada y le gritaron que ahora casi todas las
mujeres bonitas morían de esa manera.
-Las bonitas y las putas –agregó alguien.
Plomo
no quiso oír, siguió hablando, masticando su letanía.
Nadie le hizo caso. Apenas recibió dos monedas que le hubieran
alcanzado sólo para pagar la mitad del pasaje. Pero cuando
llegaron cerca del río, se tiró del estribo mientras
el cobrador y el chofer lo insultaban al mismo tiempo. No le importaba.
Ahora sólo extendía su nerviosismo por las calles,
con la mirada fija en el centro de la pista y una mano apretada,
formando un puño, dentro del pantalón.
Lentamente
entró a la parte más dura de la ciudad.
-Por
esa lata nadie te da ni un céntimo –le dijo uno de
los reducidores cuando llegó a la Caleta- ese armatoste
ya no sirve ni para matar cucarachas…
El
tipo, que era inmensamente gordo, lanzó una estruendosa
carcajada mientras le enseñaba una Spectre y le ofrecía
vendérsela a cambio de unos encarguitos.
-¿Cuál
es el trato? –preguntó Plomo, cayendo ingenuamente
en el juego.
-¿Has matado alguna vez en tu puta vida, gusano?
Plomo se alejó sin voltear la mirada. Escuchó detrás
la inmensa risa del reducidor y sintió ganas de vomitar.
En
otra época le hubiera dejado la huella de su odio clavada
en la garganta, porque en otra época Plomo no aguantaba
pulgas ni afrentas de esa laya. Pensó en qué podía
haber hecho durante todos estos años para terminar así
y recordó que alguna vez había leído en algún
lugar que la pobreza no era una deshonra pero la miseria sí,
porque la miseria nos aparta de la compañía humana
no a palos, sino como cuando se barre la basura con una escoba,
de la forma más humillante, tan humillante que al final
uno es capaz de ofenderse a sí mismo.
Volvió
a sentir la arcada en la garganta. Se daba asco.
Con
la resaca de la ofensa golpeándole las sienes, Plomo siguió
caminando por las calles atiborradas de objetos robados. En la
sección armas, a dos cuadras de la plaza, se ofrecían
desde carabinas hechizas hasta instalazas. Pasó toda la
tarde ofreciendo su arma, pero nadie quería pagar lo que
él pedía. Jamás se atrevería a venderla
por menos. No sólo porque necesitaba el dinero para vengar
a su hija, sino porque se trataba de su arma de reglamento, el
único recuerdo de esos días de sargento cuando patrullaba
sobre una inmensa Harley Davidson la carretera al sur.
Mierda,
se dijo.
Tendría
que matarlo él mismo, pero sabía que con 60 años
a cuestas y varias noches tirado en la calle completamente borracho,
había perdido toda la puntería que tuvo antes, “en
mis buenas épocas”, como solía decir.
Caminando
lentísimo, como si se tratara de un gusano que intenta
subir un árbol, se acercó a un ambulante que vendía
revólveres y le estiró la mano con el arma. El tipo
lo miró con una sonrisa irónica.
-Te la cambio por dos botellas de racumín –le dijo
y siguió conversando con unos chiquillos que intentaban
deshacerse de varias cacerinas.
Después
de horas dando vueltas, se sintió cansado, agotado, deshecho.
Los ojos rojos le latían y de pronto lo embargó
la sensación de caer. Tuvo ganas de aceptar el trato y
emborracharse hasta no sentir completamente nada, hasta olvidarse
de su hija que ya estaba muerta y que nada ni nadie se la podrían
devolver. Cuando se disponía a cambiar el arma por el trago,
el gordo inmenso, el primer reducidor, el lo había llamado
gusano, le preguntó:
-Y ¿está cargada tu basura?
-Con una sola bala –le contestó Plomo y casi sin
saber lo que decía agregó- para ti o para mí.
El
gordo se rió nuevamente, con una risa amplia y escandalosa,
y se acomodó los testículos debajo del pantalón.
Luego abrió la boca y con el dedo meñique se sacó
un rastro de carne que le había quedado del almuerzo.
-¿Me estás retando a mí, viejo’e mierda?
-A ti, huevón –contestó pausadamente Plomo.
El
gordo volvió a reírse pero los que estaban alrededor
ya se habían arremolinado esperando la acción.
-Tu
basura contra esta recortada –dijo y luego agregó
volteando la cara hacia su ayudante- cúmplele, si pasa
algo…
Los dos se miraron.
Y el gordo mientras colocaba la recortada sobre la mesa, puso
las condiciones:
-Dos tiros: taz con taz.
El pobre viejo a estas alturas mantenía una mirada vidriosa,
pero a pesar de eso confiaba en su pulso a la hora de la verdad.
Le dio varias vueltas al tambor y lentamente subió el arma
a la altura de la cabeza, apretó el fierro contra su cráneo
calvo, no cerró los ojos y disparó.
El sudor le había empapado la camisa.
El gordo volteó hacia su ayudante, haciendo un gesto con
la barbilla, levantado la cara.
Plomo sólo dijo:
-A veces sirve para matar cucarachas… - y le entregó
su revolver.
El
gordo disimulando sacó otro debajo de la mesa. El pantalón
le quedaba muy ajustado y sus inmensos rollos se extendían
entre la gente como un zeppelín desinflándose. Llevaba
la camisa abierta hasta la cintura y los que le rodeaban sintieron
su respiración fuerte, cargada, con el aliento denso y
pegajoso. Primero se limpió la cara con un trapo. Los dedos
gordísimos casi no entraban al gatillo, sin temblar ni
un milímetro se llevó el arma a la cabeza mientras
miraba al viejo que también le clavaba los ojos con desprecio.
Disparó.
Los chiquillos del puesto del costado se rieron y gritaron estupideces,
haciendo gestos obscenos con las manos. El gordo dejó el
arma. Sudaba.
Lo miró a Plomo y le dijo:
-Estás cagado.
Pero de inmediato el gordo cayó con su descomunal cuerpo
sobre el mostrador de armas, totalmente indemne. Plomo le había
pegado con el único tiro directo al corazón. Entonces
dijo:
-A mí nadie me caga, mierda.
Entendieron
todos que el viejo se había dado cuenta de la trampa. El
ayudante tomó una caja con dinero y se largó caminando
despacio, sin apuros. Los muchachos del puesto del costado iniciaron
el saqueo. Cuando se armó el alboroto, Plomo cogió
la metralleta recortada y desapareció de la Caleta. Los
postes de luz empezaban a prenderse iluminando vagamente la mugre
de la ciudad.
TÚ POR MÍ
Los
dos hombres se sentaron sobre un muro derruido que antes había
servido de pared a una cocina. Todavía llevaba pegadas
algunas mayólicas y al frente, donde el muro era más
alto, se notaba la vieja huella del fogón.
-¿Y esta yerba, viejo? –preguntó el Limpiador-
¿qué tal será?
-Buena, muchacho…
-Entonces el encargo que me vas a pedir debe ser jodido.
Plomo
bajó los ojos mientras pasaba la lengua por el filo del
papel con gran destreza. Luego retorció las puntas y prendió
el troncho. Aspiró, sin mucha fuerza, ya no podía
fumar como antes pero lo seguía haciendo regularmente porque
estaba convencido que sólo la yerba le curaba los ataques
de asma.
-¿Alguna
vez te tiraste a mi hija? –preguntó Plomo a boca
de jarro.
-Nunca – apresuró en contestar.
-¿Por qué? ¿Te parecía fea? –le
pasó el huiro al muchacho.
-¿Por qué me haces esas preguntas?
El viejo le clavó la mirada. Era una mirada seca, fuerte,
dura.
-Está muerta.
El
Limpiador iba entendiendo todo. Un sol nervioso se reflejaba sobre
las mayólicas blancas, el cielo también blanco se
había despejado y en el ambiente se sentía la brisa
del mar entrando hacia la tierra con fuerza. Una extraña
e inoportuna sensación de bienestar se apoderó del
muchacho mientras continuaba absorbiendo el último resquicio
de yerba.
-Sí,
está buena –dijo tratando de no darle mucha importancia
a las palabras y luego preguntó- ¿Quién es
el hombre malo?
-No te burles…
-¿Quién es?
-Ese mierda del Mostrenko.
El Limpiador se acomodó los lentes y miró un rato
hacia el centro del sol.
-Sería una lástima, ese tipo es el mejor de la zona
norte, uno de los más valientes, si me lo bajo nos vamos
a quedar sin hombres…
-… y qué importa, si ya nos quedamos sin mujeres-
continuó Plomo, interrumpiendo.
Estas
palabras cayeron en un vacío de silencio que al Limpiador
le provocó algo de resquemor. Para cancelar la conversación
que le estaba pareciendo peligrosa y cerrar el trato, el hombre
le pidió al viejo una cifra no muy alta.
-Lo único que te puedo dar es esta metralleta recortada.
-Ni hablar. Yo no hago favores.
-Mira, muchacho, yo te voy a dar la metralleta y tú vas
a matar a ese hijo de puta de diez tiros, me oyes, de diez tiros
y no se diga más, porque tú me debes una…
-pronunció las palabras con gran pasividad, muy lentamente,
masticándolas una por una.
Las
botas del Limpiador tenían un par de espuelas en talón
que relucieron cuando el sol se abrió paso entre las nubes
bajas. Como si se tratara de un tren que llega arrollando un rebaño
de ovejas, los recuerdos del hombre se agolparon abriéndose
camino entre el muro que les había construido desde hacía
años para evitar evocarlos.
Con
la brisa del mar le llegó el recuerdo del olor a sexo de
una mujer. El Limpiador se estremeció porque de golpe pudo
ver y sentir, bajo el sopor de la yerba, el cuerpo de aquélla:
sus piernas largas y sus pechos inmensos cayendo sobre su cara
cuando la penetraba con fuerza, como un animal. Había deseado
tanto que esas uñas rojas le rompieran el polo mientras
se la cargaba de espaldas. Un ligero temblor le obligó
a cerrar las piernas. Se sabía de memoria las formas de
su cintura, de sus caderas, de esa falda apretada que le formaba
el culo cuando caminaba meneándose con su carga de ropa
hacia el fondo del terraplén. Sobre esa polvareda se habían
revolcado más de una vez, jalando sábanas, camisas,
bibidís. Putísima, esa mujer había sido una
verdadera ramera. Pero fue la única que lo hizo sentir.
-Mierda, ¿qué quieres que te diga? –preguntó
azorado por los recuerdos.
-Tú la dejaste sin madre, ahora tienes que vengarla; eso
es lo único que quiero que me digas.
-Tráeme la metralla –le contestó.
MATADOR
La
luna totalmente redonda y brillante se levanta sobre los edificios
del grupo vecinal iluminando los esqueletos de cometas que cuelgan
de pitas ennegrecidas sobre las azoteas. Es una luna demasiado
grande. Inmensa. Da miedo. Pocas veces puede verse una luna semejante,
sólo en esa estación del año en que aún
no termina el verano pero tampoco comienza el otoño.
En
su cuarto, repasó el Limpiador todas sus armas y escogió
finalmente un fusil de largo alcance con un teleobjetivo infrarrojo
porque no tenía muchas ganas de esforzarse. Por si acaso,
también separó un revólver de bajo calibre.
Luego de tener separadas las armas, los cigarrillos –por
si el asunto demoraba- y la ropa negra para ocultarse entre las
sombras, el Limpiador se dio un duchazo de agua fría mientras
silbaba una canción. Cuando le cayó el chorro sobre
la cabeza, recordó una superstición muy suya y se
preocupó un tanto: era impar. Este encargo era impar y
unas dos veces antes se había visto a punto de caer bajo
la bala de una de sus víctimas impares.
-Puta madre –fue lo único que dijo, mientras se secaba
el pelo con una toalla de color azul.
Sonó un silbido agudo. Se acercó a la ventana y
pudo ver al viejo que lo esperaba listo en la puerta del edificio.
-Sube, para que me ayudes con los paquetes-le gritó, caminando
de un lado al otro del cuarto completamente desnudo. Aunque delgado,
su cuerpo era felino y ágil, de músculos duros y
tensos. Generalmente llevaba el pelo amarrado en una cola pero
ahora lo tenía suelto, le llegaba hasta los hombros que
eran fuertes y redondos.
El
viejo entró y se fastidió cuando lo vio desnudo,
pero no pudo dejar de mirar ese cuerpo joven, ligero, tenso como
un buen arco. El Limpiador no tenía el más mínimo
pudor y paseaba de un lado a otro escogiendo la ropa negra. Sus
nalgas se movían con un vaivén lento mientras sus
músculos dorsales cobraban una belleza detenida y extraña
como la de un momento olvidado.
Al darse cuenta del que el otro hombre lo miraba turbado, recordó
que no llevaba los lentes puestos y le reventó que ese
viejo pudiera mirarlo de frente a los ojos. Entonces le gritó:
-¡Qué! ¡¿Nunca has visto a un hombre
calato?!
Plomo
sintió rabia, quiso contestarle pero tampoco era rápido
con las palabras, así que se mordió su furia y su
vergüenza… vergüenza porque en ese momento tuvo,
después de años, una erección.
El
Limpiador se dio cuenta de los apuros del viejo y por un momento
pensó en que se lo podía cargar, con su pánico
y todo, como una forma de vengarse por obligarlo a esta faena.
Pero después le dio asco. “Ya no estoy para esas
cosas” pensó, recordando otros tiempos, cuando tenía
menos reparos.
Se
vistió, cerró con doble llave el closet donde guardaba
las armas y mientras tanto pensó que les esperaba una larga
noche.
El
Mostrenko tenía una pequeña habitación en
una de las azoteas del norte, junto a los cuartos donde los pasteleros
se encerraban para fumar días de días. Nadie lo
había puesto sobre aviso pero todos sabían que el
tipo siempre llevaba en la cintura una automática.
Los
hombres se instalaron el la azotea del frente, desde donde se
podía ver con tranquilidad el cuarto del asesino.
-Está cerrado –dijo el viejo.
-Claro, llegará hacia la madrugada, ese debe estar malográndose
por ahí.
Pero no pasó ni una hora cuando lo vieron bajarse de su
moto y entrar con una chica por la puerta del edificio.
-¿Y la chica? –preguntó Plomo.
-¿También quieres que me la baje? No has pagado
por ella.
-Mierda, no pregunto por eso –el viejo se impacientaba.
-Tranquilo, no empieces a tratarme mal.
El
Limpiador se instaló en el borde de la azotea de cúbito
ventral con el arma bien pegada al hombro derecho y el ojo izquierdo
cerrado. Le ordenó al viejo retirarse hacia atrás
–no se le fuera a cruzar una bala-. Había escogido
un lugar abierto, aunque al costado se hallaban algunos restos
de cocinas y refrigeradoras destartaladas donde podría
esconderse si la situación lo requería. Cuando el
Mostrenko asomó el cuerpo por la azotea, el Limpiador aguzó
la mirada y tocó el gatillo, suavemente. La chica se reía,
armando cierto escándalo. Él la llevaba cogida de
la cintura.
-Oye –le dijo al viejo que se encontraba apenas unos pasos
detrás, escondido en las escaleras- mira bien: la primera
bala en la mano derecha, para que no coja el arma- y agregó
con sarcasmo- aprende.
Plomo no contestó.
Sonó un disparo.
Un
chillido perforó la noche. Era la chica que huía
de la azotea por las escaleras de emergencia. El fundillo de su
pantalón, donde la había estado manoseando, quedó
empapado de sangre.
El
Mostrenko cayó al suelo, pero se recobró inmediatamente
y cogió con la izquierda la automática. Enseguida
miró a todas partes buscando descubrir de dónde
había salido el disparo y se echo a correr hacia unos muebles
viejos para ocultarse.
Pero
antes de llegar a los muebles otra bala le abrió un boquete
en la pierna izquierda. Disparó entonces hacia diferentes
lados, raspando parte del piso donde se encontraba echado el Limpiador,
pero éste ni siquiera se movió.
-Creo
que no hay problema con lo del número impar – dijo
para sus adentros y volvió a encararse el arma, con el
ojo izquierdo bien cerrado, asestándole un tercer tiro
en la pierna derecha.
Una
lunar fosforescencia alumbró la cara del Mostrenko: en
los labios se le dibujó una mueca de espanto. Trató
de incorporarse pero sólo pudo mantenerse de rodillas unos
cuantos segundos. Entonces todo su cuerpo vibró mientras
levantaba las manos hacia la luna, cayendo de espaldas en convulsiones,
retorciéndose por largo rato, hasta que quedó inmóvil.
El
Limpiador dejó el arma a un lado y se prendió un
cigarrillo.
-Lo
mataste –le dijo Plomo con algo de rencor.
-No seas bruto, yo sé lo que hago, ese tipo está
más vivo que tú y yo juntos – y lanzó
una bocanada que formó una argolla luminosa en medio de
las sombras –se está haciendo el muerto para que
lo dejemos o para que vayamos a verlo, aprovechar y retacearnos-
molestándose levantó la voz- ¡¿Crees
que no cumplo con lo que se me pide?! Hay que esperar.
Continuó
fumando, tranquilo, apoyado en la refrigeradora, revisando el
arma y el teleobjetivo que se estaba machando por la falta de
uso. El humo del cigarrillo formó una columna larga hacia
arriba que sólo se disipaba con un viento ligero. Señal
de buena suerte.
-Ves, viejo, el humo sube derecho.
-¡Deja de fumar!, me pones nervioso.
-Carajo, ¿qué te preocupas?, si el hombre ya está
al habla con mi fusil…
Esperaron
entre quince y veinte minutos. Como lo supuso el Limpiador, pasado
ese tiempo el herido empezó a arrastrase hacia la puerta
de su cuarto. El muchacho botó el otro cigarrillo que había
prendido, se tiró una vez más sobre el piso y templó
el fusil sobre el hombro. Aguzó la mirada y pudo ver con
los rayos infrarrojos la silueta del Mostrenko que con dificultad
se arrastraba por la azotea.
-Esta para coronarte, zurdo desgraciado.
Y la mano izquierda quedó destrozada. El Mostrenko descubierto
en su juego, aterrorizado por la certeza y la frialdad como lo
estaban hiriendo, convencido de que se trataba del único
que podía lograr llevar hasta el final esa impecable cacería,
lo arriesgó todo dando de gritos e insultando a su asesino.
-Limpiador, hijo’e puta, cabrón, desgraciado, me
estás cogiendo de sorpresa, mierda, me estás cogiendo
de sorpresa, cabrón… ¡Cabróóóón!
-Calla mierda –y el Limpiador le disparó a la mandíbula
para que no hable más.
El
herido se llevó las manos mutiladas a la cara, intentando
inútilmente coger con los dedos ensangrentados la boca
que le dolía más que el resto del cuerpo. Iba a
continuar con los tiros que le faltaban cuando el viejo salió
del escondite y acercándose le dijo:
-Ya sabes dónde quiero el último.
-Me lo imagino –contestó.
Y así fue hiriéndolo, lentamente. Después
le pegó un tiro en cada ojo porque se acordó que
el loco Max siempre le recomendaba reventarles los ojos a sus
víctimas para que no lo persiguieran en sus sueños.
Finalmente, cuando el otro hombre ya no podía más,
se incorporó, con el arma cruzada sobre el pecho, para
asestarle el tiro final.
-¡Por cachero! –gritó el Limpiador como para
que lo escuchara todo el barrio.
El
tiro le reventó los testículos. El Limpiador seguía
siendo infalible.
Se
había demorado una hora en todo su macabro ejercicio. “Buen
tiempo, estoy mejorando”, pensó. Luego, ambos hombres
desarmaron el equipo, lo guardaron en la mochila, bajaron y volvieron
a subir a la otra azotea para cerciorarse de que todo había
salido bien.
En
la azotea, que se encontraba regada de sangre y envuelta de un
olor rancio, encontraron al Mostrenko hecho un andrajo humano.
El Limpiador se acercó al cadáver y sacando de su
cintura un cuchillo largo y delgado, se lo clavó en el
pecho, cortó la carne del centro y le sacó el corazón.
-¿Para qué haces eso? –le preguntó
el viejo, asqueado.
-¿Para qué? –dijo el Limpiador en voz alta,
pero en realidad hablando para sí mismo- porque dicen que
hay que comerse un corazón de hombre para volver a sentir.
.
De
Me perturbas
©
Rocío Silva Santisteban
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Rocío
Silva Santisteban |
Lima, 1963 | @
Estudió
Derecho y Ciencias Políticas, diplomada en Estudios
de Género y Magíster en Literatura Peruana.
Ha ganado el Premio Copé de Plata en 1986 y el
Concurso Nacional de Guiones 1995. Además de la
docencia universitaria tiene una reconocida trayectoria
periodística en la prensa escrita. Entre sus obras
publicadas están los poemarios:
Asuntos circunstanciales,
Ese oficio no me gusta,
Mariposa Negra,
Condenado Amor
y el libro de cuentos Me
perturbas. También ha editado El
combate de los ángeles. Actualmente
realiza un Doctorado en Literatura Hispanoamericana en
la Universidad de Boston.
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