Concierto para corazones idiotas


Supongo que a la mayoría de ustedes el título de esta historia no les causará ninguna sorpresa, o si lo hace, no será por los mismos motivos que me han llevado a faltar al trabajo esta mañana y dejar el teléfono descolgado.

Para empezar, desde el principio y no como esos escritores que gustan entreverarlo todo, he de refrescar un poco su memoria. A comienzos de los noventa surgió una de las voces más potentes y personales que haya dado la escena under: Chalo Matute. Quizás algunos ya empiecen a recordarlo. Bien. Vayan y busquen entre sus viejos vinilos. Una vez que lo encuentren, sacúdanlo. Concierto para corazones idiotas fue la primera y única grabación que hizo Chalo. En la portada del disco su figura se dibuja flaca y alargada como en los tiempos de la sicodelia, con un fondo naranja de corazones alados color celeste que se chocan unos contra otros. Él está con sus clásicos botines de gamuza marrón, su viejo pantalón morado y un polo blanco de cuello en v. No me importa molestarlo con mis descripciones. Hasta puedo decirles que aquella foto se la tomé yo a Chalo el día que terminamos de grabar el disco, y que Chalo tenía una semana sin dormir y sin ducharse. Y que después de aquella portada muchos quisieron imitarlo pero no pudieron, porque los ídolos están tocados por una especie de fuerza divina, es como si a su alrededor flotara un resplandor permanente que emanara de su piel y los protegiera.

Para terminar lo dicho, antes de que me perdiera en los laberintos que trazan en mi mente la imagen de Chalo, los seguiré poniendo al día. Si ustedes eran adolescentes o si sus cuerpos comenzaban a arrastrarse por oscuros pasadizos y oficinas atiborradas de papeles pero sus corazones aún bombeaban algunos estribillos a sus pies, no podrán olvidar la violenta irrupción de Chalo en la radio. Fue un viernes por la tarde. El día anterior había llegado un paquete para Henry, uno de los díyeis de la radio donde yo trabajaba. Nuestra audiencia estaba compuesta en su mayor parte por jóvenes. Es más, la emisora se llamaba Radio Juventud y gozábamos de una sintonía envidiable. Razón a la cual obedecían la cantidad de cintas de grupos desconocidos que nos llegaban. Y todos eran rechazados.

Henry era el encargado del programa dedicado en exclusiva a los grupos en español. Cuando yo le echaba en cara el por qué no programaba grupos nacionales, siempre me salía con la misma excusa: que eran órdenes de arriba, que a esos huevones nadie los conocía y que por lo tanto para qué pasarlos si no tenían ni casets qué vender. Así que era yo el encargado de rescatar las cintas del tacho de basura. Pero con Chalo fue diferente. Puedo jurarles que ni siquiera mi primera esposa me rasgó el alma como aquella voz. Guitarreos cien por ciento rockeros de una melodía que buscaba ocultarse tras los efectos, un bajo limpio que viajaba refugiado en el bombo de una batería sólida, eran el marco perfecto para que ése aún desconocido mío se luciera.

Deslumbrado como si yo también hubiera sido tocado por la mano de los dioses, hice lo que creí mi deber en aquel momento. Esperé a que llegara el turno de mi programa, mandé de frente el caset y lo dejé sonar completo. Fue el orgasmo más delicioso que sus delicados oídos pudieran esperar. Cinco canciones, de las cuales sólo Ya vino la policía llegó a ser grabada en el disco. El resto Chalo se las llevó.

La gente comenzó a llamar a la radio preguntando quién chucha era ese salvador que había descendido de su nube para redimirlos de las tinieblas del tecno latino y otras pacharacadas que reinaban por aquella época. En la estación nadie sabía qué respuesta dar, sólo yo, que me había apoderado de la cabina de sonido y tenía amenazado al técnico con un desarmador. Para cuando el orgasmo llegó a su fin, coronado por una ola de aplausos y silbidos, supe que era hombre muerto para el negocio de los hombres invisibles. El gerente estaba hecho una fiera, a diferencia de mis compañeros que gozaban con mi audacia. Sin embargo, como en toda película tuve la remota esperanza de que me tuviera cierta consideración.

Lástima que las películas sean las películas y la realidad sólo eso: la realidad, el muro contra el cual nos topamos cada mañana cuando suena el despertador. Al abandonar la cabina de transmisión, dejando atrás el palmoteo en la espalda del técnico como un Judas que entrega a su señor, el gerente me crucificó.

Como consuelo me quedaron las llamadas y cartas que llegaron a la estación luego de mi partida, preguntando cómo se llamaba aquel nuevo cantante. Henry, quién iba a pensarlo, me entregó una lista con las llamadas apuntadas y me llevó las cartas. También me llevó una caja con mis casets que había olvidado recoger. Ahí estaba la cinta de Chalo. He de confesarles que algo raro me sucedió con ella. No le guardé ningún rencor, como es usual guardárselo a aquellos objetos o personas (sobre todo a las mujeres) que son causa de nuestra desgracia. Porque mi despido sí que era una desgracia. Me hallaba hasta el cuello de deudas y enfrentaba dos juicios por alimentos. Con el mundo entero en contra, cualquiera hubiera preferido meterse un tiro o saltar al abismo. Yo tenía una razón para no hacerlo, y Henry supo explicarla muy bien cuando se retiró de la azotea donde vivía: “Eso que hiciste, estuvo de la puta madre”, me dijo.

De más estaría contarles las penurias que pasé aquellos días para sobrevivir pero éstas involucran a Chalo. Mi dieta quedó reducida a un plato por día. No podía disfrutar ni siquiera de una buena chicharra puesto que no tenía cómo combatir la bajada. Recorrí una serie de estaciones proponiéndoles el mismo programa que conducía en Radio Juventud, pero al enterarse de quién era yo, me invitaban a retirarme. Algunas veces ni siquiera se me permitía dejar mi currículo. Llegué a sospechar que mi ex jefe se había tomado el trabajo de repartir entre las estaciones un detector de díyeis rebeldes.

En cuanto a Chalo Matute, el motivo principal por el cual me encuentro sentado frente a esta máquina desde que sonó el despertador, no supe más de él. Nadie sabía quién diablos era. Algunos me preguntaban si no lo estaba confundiendo con algún cantante de cumbia, otros se burlaban de mí asegurando que tal persona no existía y que un gracioso me había enviado aquella cinta de un desconocido de los sesenta para joderme la vida. Pasé casi un mes en ese estado de agonía en que suelen sumirnos las desgracias. Necesitaba saber que aquello no había sido en vano. Una señal. Miraba hacia arriba y esperaba recibir algo más que los rayos del sol obligándome a bajar la mirada, como diciéndome: "Resígnate, huevón, ya la cagaste". Hasta que cayó en mis bolsillos...

Con los últimos billetes y monedas que me quedaban había decidido pegármela horrible, para que todo se fuera a la mierda y un poco más lejos de una vez. Navegué por los bares del Callao y del Centro, dejándome arrastrar por la traición de mujeres tristes, exorcizando el hígado en los baños y disparando contra mis narices. Amanecí en un micro que iba al Rímac. Miré a mi alrededor. Era el único pasajero. Por instinto rebusqué en mis bolsillos. Aparte de una rifa de hacía dos semanas atrás, encontré un afiche doblado en ocho que casi boto por la ventana. Anunciaba un concierto por la noche con un huevo de grupos entre los cuales, como quien teme ser reconocido, en letras enanas, figuraba Chalo Matute.

El hueco donde se celebraba la tocada era más pequeño que el culo de una virgen y ardía como una cuarentona aguantada. Estaba repleto pero no de esos huevones que ansían ser leyenda y lo único que atinan es a rasgar su nombre en las paredes de los baños. Los rones encendían los corazones y el olor a marihuana endulzaba mis sentidos. Empezaron tocando un par de grupos que eran pura bulla. Luego hubo una pausa y un individuo saltó al escenario empuñando su guitarra y atacando con esa furia que sólo la impotencia nos puede revelar. Todos los corazones que dibujaste en la pared, la policía se los llevó, fue el inicio de una serie de letras poco inspiradas pero de una contundencia demoledora que resultaban mejor que cualquier combinación tóxica para olvidarte del mundo. El público se arremolinó formando una masa compacta de brazos y piernas que no paró de moverse hasta que Chalo y compañía abandonaron el escenario entre gritos que pedían otra más y manos que buscaban tocarlo para constatar si aquel sujeto era real, si era como ellos.

Yo fui más precavido y lo esperé a la salida. Apenas lo vi cruzar la puerta lo asalté y le dije que quería conversar con él, que su música me fascinaba tanto que había perdido mi trabajo por sacar su cinta al aire, y que le invitaba una chela. "Que sean tres", me dijo él llamando a su bajista y al baterista.

Entramos al AM's Bar. El mozo que nos recibió me reconoció y me preguntó qué iba a empeñar esta vez. Le solté un billete de frente. Así me enteré de que acababa de asistir al debut en vivo de Chalo Matute (su nombre verdadero por si acaso), que Jimmy, el bajista y drogadicto reformado, estudiaba en el Conservatorio y Pier, el baterista, vendía repuestos en Tacora. Intenté preguntarle a Chalo cómo se había iniciado en la música, cuáles eran sus grupos favoritos, qué planes tenía. Imposible. La conversación giró toda la noche acerca de una hembrita que Chalo había visto entre el público y que después no había podido encontrar cuando bajó del escenario. Ni Jimmy ni Pier sabían quién era la fulana o quién podía ser y sólo le seguían la corriente a Chalo, porque según me dijo Pier al despedirnos: "Es preferible dejarlo que se enrede solo".

Quedamos en vernos pronto. Yo me ofrecí a conseguirles un par de lugares donde tocar. A ninguno le emocionó la idea. "Está bien", fue su lacónica respuesta. Quizás pensaron que los estaba hueveando o preferían manejarse por su cuenta. El hecho es que lo hice. Conseguí que tocaran en un local miraflorino que acogía a grupos que hacían covers de moda. No se imaginan cómo sudé hasta que los vi llegar. Sin introducciones de por medio, subieron al escenario y tomaron al público por asalto con Ya vino la policía. Seguido, entonaron No puedo volver, canción que se convertiría en "el himno de la Generación X", como señaló un suplemento juvenil. Que los chicos se bajen en la esquina, ellos no tienen la culpa. El público estupefacto al principio, como si acabara de recibir una descarga eléctrica, se contagió de las ganas que Chalo y los muchachos dejaban ahí arriba. Su música era una explosión de sonidos que no aturdían sino atrapaban. Al final del concierto y como forma de pago, nos sirvieron un par de jarras de cerveza. Digo nos porque desde aquella noche me convertí en el manager del grupo.

Los dueños de los escasos locales comenzaron a llamar a Chalo para tocar. Su pequeña fama iba extendiéndose dentro del circuito rockero. Los cuatro nos mudamos a una casa abandonada del malecón de Magdalena, propiedad de una tía abuela de Jimmy. El grupo ensayó duro hasta lograr un sonido sin escapatoria. Las cosas marchaban bien en apariencia. Pero la mayor parte de las veces aquello que está oculto no es lo más difícil de ver, sino aquello que se para en la punta de nuestra nariz y se mantiene de perfil esperando ser descubierto.

Jimmy y Pier no eran problema. Es decir, ellos mismos se encargaban de resolver sus problemas y si no podían hacer nada pues no hacían nada y a la mierda, como decían ambos. El problema era Chalo. Su empecinamiento con ciertos absurdos era para volver loco a cualquiera. Pero la fragilidad que expresaban sus movimientos, su voz a punto de cortarse, me impedían contradecirlo y hacerle ver que sus obsesiones eran un puñado de mentiras que sólo él se empecinaba en creer. No eran poses de genio incomprendido o arrebatos de un chiquillo de diecisiete que se muere por llamar la atención. Chalo era de esas personas que creía con fe ciega en sus ideas por más tontas o banales que pudieran parecer. Jimmy y Pier le seguían la corriente. Yo dudaba entre seguir quedándome callado como un idiota o desbaratar todas sus mentiras. Recuerdo con claridad cada una de las manías que desarrollaba en forma religiosa. Murmuraba un juego de palabras que él mismo había inventado, antes de empezar un ensayo, un concierto o antes de comerse una ensalada. Si conocía una chica tejía una historia futura en base a su primer encuentro (que casi siempre era el último) y la sufría como si hubieran llegado a consecuencias reales. El colmo eran sus teorías sobre el comportamiento de la gente, que condicionaba a la comida que estos habían tenido antes de llevar a cabo una acción.

¿Y la música? Para nada involucraba a la música con sus manías o gustaba hablar de tal o cual grupo, ni de las influencias que había detectado en una canción o de los cambios que había pensado para que el grupo sonara más paja. Si algo no funcionaba durante los ensayos, Chalo se acercaba donde Jimmy o Pier y les indicaba mediante gestos el ritmo que quería o le colocaba los dedos a Jimmy en el acorde correcto y a Pier lo movía como una marioneta sobre los tambores y platillos. La única vez que me atreví a preguntarle a Chalo el por qué de su extraña relación con la música, se limitó a bajar la mirada, darme la espalda y cuando se disponía a abandonar la habitación donde estábamos, me dijo: "Nadie lleva a su madre a un burdel".

Aquella fue, de las pocas, la más impactante de las revelaciones que obtuve de Chalo. La música era su religión, el vientre donde se refugiaba, la vacuna contra todas las alergias que pudieran contaminar ese estado necio en el cual los cuerpos y el tiempo desaparecen dejando un vacío que sólo una de esas formas indefinidas llamadas emociones es capaz de consolar. Por más que la crítica se empeñó en señalar, Chalo nunca le habló a nadie, nunca fue la voz de los otros. Sus letras, de metáforas engañosas, se cerraban sobre su propio mundo. Un ejemplo claro es Fiesta de balas, cuando dice tienes diecesiete y el cielo se cierra sobre tu cabeza, ya no hay números que marcar, que se muera la gente. Muchos creyeron encontrar en esta canción un rechazo al sistema y a sus reglas. No, era Chalo diciendo que nadie era lo suficientemente bueno para invitarlo a su fiesta. Pero este tipo de cosas sólo los amigos podemos saberlas.

El día que Chalo cumplió dieciocho conocí a su madre. Justo aquella tarde el grupo había terminado los últimos arreglos de Fiesta de balas. Yo no sabía que era su cumpleaños. Una señora de aspecto humilde que cargaba una bolsa de mercado, tocó a la puerta. Dijo que era su madre y la dejamos con Chalo. Pasaron cinco minutos, la señora salió de la sala de ensayos y se fue. Chalo daba vueltas buscando no sé qué entre los instrumentos, los desenchufaba y enchufaba. “¿Qué pasó?”, le pregunté. “Lo de siempre”, me contestó. ¿Y qué chucha era lo de siempre? Me exasperaba no saberlo, no saber casi nada sobre Chalo. De alguna manera creía tener el derecho a explorar sus recuerdos. Algún día el grupo se haría famoso y alguien tendría que escribir la historia de su éxito. Ese alguien sería yo sin duda y lo confirman las cuatro horas que llevo sentado frente a la máquina tratando de redondear la biografía de Chalo Matute para una edición de su disco que saldrá en España.

Para abreviar, intentaré hacer un resumen del ascenso vertiginoso que tuvo el grupo y el parcial olvido en el cual se encuentra hoy. Tocadas por todo Lima y provincias le valieron al grupo la oportunidad de telonear a cuanto grupo argentino y chileno aterrizaba por estas tierras. Las radios, al no existir ninguna grabación oficial del grupo, programaban grabaciones de sus presentaciones. En Radio Juventud me ofrecieron que vuelva y los mandé a rodar. Todas las revistas querían a Chalo Matute en sus portadas, los periodistas no paraban de llamar. El asunto se me escapaba de las manos y no sabía cómo controlarlo pero Chalo, Jimmy y Pier sí. Se cagaban en la nota. Cubrían sus rostros de indiferencia y seguían como si nada, como si se encontraran en el epicentro de un terremoto y alguien hubiera olvidado avisarles del terremoto.

Por una parte su actitud me tranquilizaba. Yo era su manager, el encargado de velar por sus intereses, y con semejante actitud no tenía que estar preocupándome por líos con drogas o niñas menores de edad en busca de una noche de fama, situaciones en las que suelen envolverse los músicos. Pero por otra, significaba un problema a la hora de las entrevistas o el anuncio de un concierto. Ninguno de los tres gustaba hablar de música o de sí mismos. Desviaban la conversación hacia la suela de sus zapatos o lo fría que había estado el agua por la mañana. Como último recurso, si el entrevistador no se daba por vencido, abandonaban la entrevista preguntando a qué hora empezaba su dibujo animado favorito. Comenzaron a ganarse muchas antipatías y comenzaron a calificarlos de poseros, lo cual enardeció a su ola de seguidores que contestó con cartas a los medios y agredió a cuanto reportero fuera a sus conciertos. Los adolescentes sentían que Chalo Matute respiraba por su piel y si alguien hablaba hasta las huevas de Chalo Matute, era peor que si les insultaran a la madre.

Llamadas a cada rato de Chile y Argentina de parte de los representantes de los grupos que Chalo Matute había teloneado en Lima, me hicieron saber que era hora de grabar aquellos nuevos clásicos. Las ofertas para tocar allá llovían pero siempre me pedían lo mismo: que les alcanzara una cinta que contuviera el espíritu del grupo para hacerlos rotar primero en las emisoras durante un tiempo y así calentar el ambiente, pues el grupo ya gozaba de una gran estima dentro del circuito subte pero ahí nomás. Les comenté la idea a Jimmy y a Pier, quienes se mostraron dispuestos. Ambos acababan de descubrir el encanto que producen los rockeros en las chicas y querían viajar un poco. "Depende de Chalo", me dijeron, borrando el entusiasmo de sus rostros.

Exacto. Todo dependía de Chalo. Pensé en mil formas posibles de explicarle la necesidad de grabar un disco. Cierta noche, después de tocar en tres lugares distintos el mismo día, le propuse a Chalo grabar una cinta artesanal cuyo sonido pudiera ser apoyado por buenos equipos, para que no tuvieran que estar tocando en todos lados y sólo hicieran la mímica. "¿Todavía no lo entiendes? No se trata de esto ni lo otro. Es pura energía, huevón", fue su negativa.

Otro rockero, no de la misma estirpe de Chalo (imposible que hubiera alguno) ni con sus mismas intenciones, hizo su aparición por esa época de indecisiones y claroscuros. Richi Makaha tenía aspecto de surfer misio con inclinaciones jipis que le daba un look de chico bonito con dudas existenciales que volvía locas a las huevonas. Su música se basaba en ritmos clásicos que me hacían recordar por momentos a Chalo Matute, pero donde Chalo apagaba su voz Richi hacía despegar la suya hasta el limbo de la felicidad, y donde Chalo explotaba Richi se reconciliaba consigo mismo, aplacando los atisbos de furia que perfilaba. El resultado: miles de discos vendidos, invitaciones a los principales programas de televisión y especiales en la radio a cada rato sobre los inicios de esta nueva estrella.

Los imitadores de Richi Makaha no tardaron en aparecer y las disqueras comenzaron a vender discos como ropa en remate. La televisión y las radios los proclamaban como los nuevos ídolos de la juventud y organizaban programas como "La Guerra de las Estrellas". Richi Makaha contra Leo, o Beto Suazo contra Alan Castillo. Chalo Matute había dejado de existir para ellos. Yo asumí que el grupo se mantenía ajeno a este fenómeno. La gente que seguía al grupo continuaba haciéndolo pero ya no se veían tantas chicas bonitas. Hasta que Pier y Jimmy me hicieron ver cuán diferente era la situación. Las últimas canciones que Chalo había compuesto sonaban a panfleto de huelga. Sin embargo, no había recapacitado acerca del contenido real de las letras. Eran la voz angustiada de un adolescente resistiéndose a crecer sin una seguridad. Lo constaté cuando sorprendí a Chalo en mi cuarto revisando los recortes que yo guardaba sobre ellos y sobre el nuevo fenómeno de rockeros lindos y tristes que azotaba la ciudad. Esparció los recortes en el piso de un manotazo y se levantó sin mirarme, con los ojos clavados en el piso, como un niño que espera recibir su reprimenda. "No son ni la mitad de buenos que tú y el grupo", le dije. "Sí, pero tienen a todas las chicas y el éxito les permite tocar tan mal como quieran". Quedé perplejo. "¿Cuándo empezamos a grabar el disco?", me preguntó.

Aún cuando el interés y la desesperación ya no eran los mismos, una disquera se ofreció a apostar por el grupo. Chalo y los muchachos se tomaron una semana para pulir las canciones que habían escogido. Luego entraron al estudio y lo convirtieron en su campamento. Desayunaban y almorzaban entre instrumentos, cables y consolas. La única música que escucharon durante la semana que duró la grabación del disco, fue la suya. Chalo quería que el disco fuera concebido en un estado de pureza total, lo más parecido a un domingo muriendo por la tarde según sus propias palabras.

Se grabó la mayoría de temas que el grupo había interpretado en su corta carrera. Pero sólo diez de ellos se incluyeron en el disco. Clásicos como La fiesta de los decapitados o Música de vitrinas no fueron incluidos. El grupo consideró que no iban con el espíritu del disco. Ellos no querían un recopilatorio sino un disco, una atmósfera donde las emociones que su vida respiraba en ese preciso instante, pudieran ser reflejadas. Aún así se hicieron ciertas concesiones pues había canciones que ellos quisieran o no, se habían convertido como en sus apellidos.

No puedo olvidar el rostro de Chalo el día que llegué a su casa con el disco recién salido como pan caliente. Su mirada parecía la de un adolescente a punto de declararse. "Quedó de la puta madre", me dijo y se encerró en una de sus lecturas favoritas, pero en toda la tarde no pasó de la misma página. Chalo había logrado algo así como su ascensión al limbo. El disco se agotó en menos tiempo del esperado. La disquera programó una gira y trató de tener la mayor cobertura de los medios. ¿Cómo nos fue? ¿Si tuvimos éxito? Preferiría no hablar del tema. Está bien, sincerémonos. Fue un fracaso. Nadie fue a vernos, ni siquiera la legión de hinchas que Chalo Matute había logrado cultivar.

Son cosas que uno no logra asimilar ni comprender en el momento. Como esos cuadros o esculturas que necesitan ser vistos de lejos para poder ser apreciados. Quizás porque la distancia aligera el dolor y nos proporciona una mirada más amplia del asunto. Aunque debo decirles que descarto por completo esta teoría. A mí me sigue doliendo, me jode como mierda el haber fracasado y estoy seguro que a Chalo y a los muchachos también, a pesar de que ellos lo negaran en la última entrevista que les hicieron. "El éxito ni nos va ni nos viene. Hemos crecido sin expectativas, no entiendo por qué habríamos de tenerlas ahora", fue la respuesta tajante de Chalo. Pero yo me pregunto: Entonces, ¿por qué dejaron de tocar?

Interrumpo esta historia para contestar el teléfono. Hace un minuto que lo he colgado. Llaman de la disquera española para preguntar cuándo les voy a enviar el texto que va a ir en el cuadernito del cd. "En eso estoy trabajando" les contesto y les pido que me llamen más tarde para tenerles una respuesta concreta. Cuelgo y pienso qué horrible sonó eso de respuesta concreta. A Chalo y a los muchachos también debió de parecerles horrible ver doblegados sus sueños. Verse fotografiados, acudir a entrevistas, grabar un disco, representaba para ellos abandonar el vientre que los protegía. Cargo con cierta culpa al haberlos empujado a hacerlo. Otra de las idioteces que me repito con frecuencia. Ellos no eran ningunos niños indefensos. Pudieron negarse. Eran, son y serán una leyenda, una de esas bandas que viven dentro de nuestros corazones y nos recuerdan que somos puro sentimiento, aún cuando ya nadie los escuche.

Alguien dijo que para ser famoso no necesitas vender un millón de discos sino tener los huevos bien puestos. Otra de antología: Quien cree en Dios, nunca necesitará nada. Chalo Matute fue Dios para mí y toda una generación que si no terminó drogada se prostituyó al futuro.

Pienso si debería añadir algunos datos sobre los muchachos, a qué se dedican en la actualidad. Creo que no. Y también creo que no voy a poder enviarles nada a esos españoles. Que se jodan. Un verdadero héroe no necesita un monumento para ser considerado héroe. Basta que su nombre se aloje en lo más profundo de uno mismo para quererlo. Ahora lo sé, y me parece una buena excusa para haber faltado al trabajo hoy.

 

© Sergio Galarza


Sergio Galarza | Lima, 1976 | @ Lleva publicados tres libros de cuentos: Matacabros, El infierno es un buen lugar y Todas las mujeres son galgos, así como la crónica Los Rolling Stones en Perú (en coautoría con Cucho Peñaloza). Le da flojera nombrar la editorial y esas vainas, las revistas y las antologías donde ha aparecido, todo eso ya lo devoró su ego. Más datos: redacta noticias para un canal de televisión mientras espera la publicación de un nuevo libro y piensa lo próximo que escribirá (léase el verbo pensar como “se decide a”). También trabaja en una universidad y acaba de comprarse una 4x4.


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