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Concierto
para corazones idiotas

Supongo
que a la mayoría de ustedes el título de esta historia
no les causará ninguna sorpresa, o si lo hace, no será
por los mismos motivos que me han llevado a faltar al trabajo
esta mañana y dejar el teléfono descolgado.
Para
empezar, desde el principio y no como esos escritores que gustan
entreverarlo todo, he de refrescar un poco su memoria. A comienzos
de los noventa surgió una de las voces más potentes
y personales que haya dado la escena under: Chalo Matute. Quizás
algunos ya empiecen a recordarlo. Bien. Vayan y busquen entre
sus viejos vinilos. Una vez que lo encuentren, sacúdanlo.
Concierto para corazones idiotas fue la primera y única
grabación que hizo Chalo. En la portada del disco su figura
se dibuja flaca y alargada como en los tiempos de la sicodelia,
con un fondo naranja de corazones alados color celeste que se
chocan unos contra otros. Él está con sus clásicos
botines de gamuza marrón, su viejo pantalón morado
y un polo blanco de cuello en v. No me importa molestarlo con
mis descripciones. Hasta puedo decirles que aquella foto se la
tomé yo a Chalo el día que terminamos de grabar
el disco, y que Chalo tenía una semana sin dormir y sin
ducharse. Y que después de aquella portada muchos quisieron
imitarlo pero no pudieron, porque los ídolos están
tocados por una especie de fuerza divina, es como si a su alrededor
flotara un resplandor permanente que emanara de su piel y los
protegiera.
Para
terminar lo dicho, antes de que me perdiera en los laberintos
que trazan en mi mente la imagen de Chalo, los seguiré
poniendo al día. Si ustedes eran adolescentes o si sus
cuerpos comenzaban a arrastrarse por oscuros pasadizos y oficinas
atiborradas de papeles pero sus corazones aún bombeaban
algunos estribillos a sus pies, no podrán olvidar la violenta
irrupción de Chalo en la radio. Fue un viernes por la tarde.
El día anterior había llegado un paquete para Henry,
uno de los díyeis de la radio donde yo trabajaba. Nuestra
audiencia estaba compuesta en su mayor parte por jóvenes.
Es más, la emisora se llamaba Radio Juventud y gozábamos
de una sintonía envidiable. Razón a la cual obedecían
la cantidad de cintas de grupos desconocidos que nos llegaban.
Y todos eran rechazados.
Henry
era el encargado del programa dedicado en exclusiva a los grupos
en español. Cuando yo le echaba en cara el por qué
no programaba grupos nacionales, siempre me salía con la
misma excusa: que eran órdenes de arriba, que a esos huevones
nadie los conocía y que por lo tanto para qué pasarlos
si no tenían ni casets qué vender. Así que
era yo el encargado de rescatar las cintas del tacho de basura.
Pero con Chalo fue diferente. Puedo jurarles que ni siquiera mi
primera esposa me rasgó el alma como aquella voz. Guitarreos
cien por ciento rockeros de una melodía que buscaba ocultarse
tras los efectos, un bajo limpio que viajaba refugiado en el bombo
de una batería sólida, eran el marco perfecto para
que ése aún desconocido mío se luciera.
Deslumbrado
como si yo también hubiera sido tocado por la mano de los
dioses, hice lo que creí mi deber en aquel momento. Esperé
a que llegara el turno de mi programa, mandé de frente
el caset y lo dejé sonar completo. Fue el orgasmo más
delicioso que sus delicados oídos pudieran esperar. Cinco
canciones, de las cuales sólo Ya vino la policía
llegó a ser grabada en el disco. El resto Chalo se las
llevó.
La
gente comenzó a llamar a la radio preguntando quién
chucha era ese salvador que había descendido de su nube
para redimirlos de las tinieblas del tecno latino y otras pacharacadas
que reinaban por aquella época. En la estación nadie
sabía qué respuesta dar, sólo yo, que me
había apoderado de la cabina de sonido y tenía amenazado
al técnico con un desarmador. Para cuando el orgasmo llegó
a su fin, coronado por una ola de aplausos y silbidos, supe que
era hombre muerto para el negocio de los hombres invisibles. El
gerente estaba hecho una fiera, a diferencia de mis compañeros
que gozaban con mi audacia. Sin embargo, como en toda película
tuve la remota esperanza de que me tuviera cierta consideración.
Lástima
que las películas sean las películas y la realidad
sólo eso: la realidad, el muro contra el cual nos topamos
cada mañana cuando suena el despertador. Al abandonar la
cabina de transmisión, dejando atrás el palmoteo
en la espalda del técnico como un Judas que entrega a su
señor, el gerente me crucificó.
Como
consuelo me quedaron las llamadas y cartas que llegaron a la estación
luego de mi partida, preguntando cómo se llamaba aquel
nuevo cantante. Henry, quién iba a pensarlo, me entregó
una lista con las llamadas apuntadas y me llevó las cartas.
También me llevó una caja con mis casets que había
olvidado recoger. Ahí estaba la cinta de Chalo. He de confesarles
que algo raro me sucedió con ella. No le guardé
ningún rencor, como es usual guardárselo a aquellos
objetos o personas (sobre todo a las mujeres) que son causa de
nuestra desgracia. Porque mi despido sí que era una desgracia.
Me hallaba hasta el cuello de deudas y enfrentaba dos juicios
por alimentos. Con el mundo entero en contra, cualquiera hubiera
preferido meterse un tiro o saltar al abismo. Yo tenía
una razón para no hacerlo, y Henry supo explicarla muy
bien cuando se retiró de la azotea donde vivía:
“Eso que hiciste, estuvo de la puta madre”, me dijo.
De
más estaría contarles las penurias que pasé
aquellos días para sobrevivir pero éstas involucran
a Chalo. Mi dieta quedó reducida a un plato por día.
No podía disfrutar ni siquiera de una buena chicharra puesto
que no tenía cómo combatir la bajada. Recorrí
una serie de estaciones proponiéndoles el mismo programa
que conducía en Radio Juventud, pero al enterarse de quién
era yo, me invitaban a retirarme. Algunas veces ni siquiera se
me permitía dejar mi currículo. Llegué a
sospechar que mi ex jefe se había tomado el trabajo de
repartir entre las estaciones un detector de díyeis rebeldes.
En
cuanto a Chalo Matute, el motivo principal por el cual me encuentro
sentado frente a esta máquina desde que sonó el
despertador, no supe más de él. Nadie sabía
quién diablos era. Algunos me preguntaban si no lo estaba
confundiendo con algún cantante de cumbia, otros se burlaban
de mí asegurando que tal persona no existía y que
un gracioso me había enviado aquella cinta de un desconocido
de los sesenta para joderme la vida. Pasé casi un mes en
ese estado de agonía en que suelen sumirnos las desgracias.
Necesitaba saber que aquello no había sido en vano. Una
señal. Miraba hacia arriba y esperaba recibir algo más
que los rayos del sol obligándome a bajar la mirada, como
diciéndome: "Resígnate, huevón, ya la
cagaste". Hasta que cayó en mis bolsillos...
Con
los últimos billetes y monedas que me quedaban había
decidido pegármela horrible, para que todo se fuera a la
mierda y un poco más lejos de una vez. Navegué por
los bares del Callao y del Centro, dejándome arrastrar
por la traición de mujeres tristes, exorcizando el hígado
en los baños y disparando contra mis narices. Amanecí
en un micro que iba al Rímac. Miré a mi alrededor.
Era el único pasajero. Por instinto rebusqué en
mis bolsillos. Aparte de una rifa de hacía dos semanas
atrás, encontré un afiche doblado en ocho que casi
boto por la ventana. Anunciaba un concierto por la noche con un
huevo de grupos entre los cuales, como quien teme ser reconocido,
en letras enanas, figuraba Chalo Matute.
El
hueco donde se celebraba la tocada era más pequeño
que el culo de una virgen y ardía como una cuarentona aguantada.
Estaba repleto pero no de esos huevones que ansían ser
leyenda y lo único que atinan es a rasgar su nombre en
las paredes de los baños. Los rones encendían los
corazones y el olor a marihuana endulzaba mis sentidos. Empezaron
tocando un par de grupos que eran pura bulla. Luego hubo una pausa
y un individuo saltó al escenario empuñando su guitarra
y atacando con esa furia que sólo la impotencia nos puede
revelar. Todos los corazones que dibujaste en la pared, la
policía se los llevó, fue el inicio de una
serie de letras poco inspiradas pero de una contundencia demoledora
que resultaban mejor que cualquier combinación tóxica
para olvidarte del mundo. El público se arremolinó
formando una masa compacta de brazos y piernas que no paró
de moverse hasta que Chalo y compañía abandonaron
el escenario entre gritos que pedían otra más y
manos que buscaban tocarlo para constatar si aquel sujeto era
real, si era como ellos.
Yo
fui más precavido y lo esperé a la salida. Apenas
lo vi cruzar la puerta lo asalté y le dije que quería
conversar con él, que su música me fascinaba tanto
que había perdido mi trabajo por sacar su cinta al aire,
y que le invitaba una chela. "Que sean tres", me dijo
él llamando a su bajista y al baterista.
Entramos
al AM's Bar. El mozo que nos recibió me reconoció
y me preguntó qué iba a empeñar esta vez.
Le solté un billete de frente. Así me enteré
de que acababa de asistir al debut en vivo de Chalo Matute (su
nombre verdadero por si acaso), que Jimmy, el bajista y drogadicto
reformado, estudiaba en el Conservatorio y Pier, el baterista,
vendía repuestos en Tacora. Intenté preguntarle
a Chalo cómo se había iniciado en la música,
cuáles eran sus grupos favoritos, qué planes tenía.
Imposible. La conversación giró toda la noche acerca
de una hembrita que Chalo había visto entre el público
y que después no había podido encontrar cuando bajó
del escenario. Ni Jimmy ni Pier sabían quién era
la fulana o quién podía ser y sólo le seguían
la corriente a Chalo, porque según me dijo Pier al despedirnos:
"Es preferible dejarlo que se enrede solo".
Quedamos
en vernos pronto. Yo me ofrecí a conseguirles un par de
lugares donde tocar. A ninguno le emocionó la idea. "Está
bien", fue su lacónica respuesta. Quizás pensaron
que los estaba hueveando o preferían manejarse por su cuenta.
El hecho es que lo hice. Conseguí que tocaran en un local
miraflorino que acogía a grupos que hacían covers
de moda. No se imaginan cómo sudé hasta que los
vi llegar. Sin introducciones de por medio, subieron al escenario
y tomaron al público por asalto con Ya vino la policía.
Seguido, entonaron No puedo volver, canción que
se convertiría en "el himno de la Generación
X", como señaló un suplemento juvenil. Que
los chicos se bajen en la esquina, ellos no tienen la culpa.
El público estupefacto al principio, como si acabara de
recibir una descarga eléctrica, se contagió de las
ganas que Chalo y los muchachos dejaban ahí arriba. Su
música era una explosión de sonidos que no aturdían
sino atrapaban. Al final del concierto y como forma de pago, nos
sirvieron un par de jarras de cerveza. Digo nos porque desde aquella
noche me convertí en el manager del grupo.
Los
dueños de los escasos locales comenzaron a llamar a Chalo
para tocar. Su pequeña fama iba extendiéndose dentro
del circuito rockero. Los cuatro nos mudamos a una casa abandonada
del malecón de Magdalena, propiedad de una tía abuela
de Jimmy. El grupo ensayó duro hasta lograr un sonido sin
escapatoria. Las cosas marchaban bien en apariencia. Pero la mayor
parte de las veces aquello que está oculto no es lo más
difícil de ver, sino aquello que se para en la punta de
nuestra nariz y se mantiene de perfil esperando ser descubierto.
Jimmy
y Pier no eran problema. Es decir, ellos mismos se encargaban
de resolver sus problemas y si no podían hacer nada pues
no hacían nada y a la mierda, como decían ambos.
El problema era Chalo. Su empecinamiento con ciertos absurdos
era para volver loco a cualquiera. Pero la fragilidad que expresaban
sus movimientos, su voz a punto de cortarse, me impedían
contradecirlo y hacerle ver que sus obsesiones eran un puñado
de mentiras que sólo él se empecinaba en creer.
No eran poses de genio incomprendido o arrebatos de un chiquillo
de diecisiete que se muere por llamar la atención. Chalo
era de esas personas que creía con fe ciega en sus ideas
por más tontas o banales que pudieran parecer. Jimmy y
Pier le seguían la corriente. Yo dudaba entre seguir quedándome
callado como un idiota o desbaratar todas sus mentiras. Recuerdo
con claridad cada una de las manías que desarrollaba en
forma religiosa. Murmuraba un juego de palabras que él
mismo había inventado, antes de empezar un ensayo, un concierto
o antes de comerse una ensalada. Si conocía una chica tejía
una historia futura en base a su primer encuentro (que casi siempre
era el último) y la sufría como si hubieran llegado
a consecuencias reales. El colmo eran sus teorías sobre
el comportamiento de la gente, que condicionaba a la comida que
estos habían tenido antes de llevar a cabo una acción.
¿Y
la música? Para nada involucraba a la música con
sus manías o gustaba hablar de tal o cual grupo, ni de
las influencias que había detectado en una canción
o de los cambios que había pensado para que el grupo sonara
más paja. Si algo no funcionaba durante los ensayos, Chalo
se acercaba donde Jimmy o Pier y les indicaba mediante gestos
el ritmo que quería o le colocaba los dedos a Jimmy en
el acorde correcto y a Pier lo movía como una marioneta
sobre los tambores y platillos. La única vez que me atreví
a preguntarle a Chalo el por qué de su extraña relación
con la música, se limitó a bajar la mirada, darme
la espalda y cuando se disponía a abandonar la habitación
donde estábamos, me dijo: "Nadie lleva a su madre
a un burdel".
Aquella
fue, de las pocas, la más impactante de las revelaciones
que obtuve de Chalo. La música era su religión,
el vientre donde se refugiaba, la vacuna contra todas las alergias
que pudieran contaminar ese estado necio en el cual los cuerpos
y el tiempo desaparecen dejando un vacío que sólo
una de esas formas indefinidas llamadas emociones es capaz de
consolar. Por más que la crítica se empeñó
en señalar, Chalo nunca le habló a nadie, nunca
fue la voz de los otros. Sus letras, de metáforas engañosas,
se cerraban sobre su propio mundo. Un ejemplo claro es Fiesta
de balas, cuando dice tienes diecesiete y el cielo se
cierra sobre tu cabeza, ya no hay números que marcar, que
se muera la gente. Muchos creyeron encontrar en esta canción
un rechazo al sistema y a sus reglas. No, era Chalo diciendo que
nadie era lo suficientemente bueno para invitarlo a su fiesta.
Pero este tipo de cosas sólo los amigos podemos saberlas.
El
día que Chalo cumplió dieciocho conocí a
su madre. Justo aquella tarde el grupo había terminado
los últimos arreglos de Fiesta de balas. Yo no
sabía que era su cumpleaños. Una señora de
aspecto humilde que cargaba una bolsa de mercado, tocó
a la puerta. Dijo que era su madre y la dejamos con Chalo. Pasaron
cinco minutos, la señora salió de la sala de ensayos
y se fue. Chalo daba vueltas buscando no sé qué
entre los instrumentos, los desenchufaba y enchufaba. “¿Qué
pasó?”, le pregunté. “Lo de siempre”,
me contestó. ¿Y qué chucha era lo de siempre?
Me exasperaba no saberlo, no saber casi nada sobre Chalo. De alguna
manera creía tener el derecho a explorar sus recuerdos.
Algún día el grupo se haría famoso y alguien
tendría que escribir la historia de su éxito. Ese
alguien sería yo sin duda y lo confirman las cuatro horas
que llevo sentado frente a la máquina tratando de redondear
la biografía de Chalo Matute para una edición de
su disco que saldrá en España.
Para
abreviar, intentaré hacer un resumen del ascenso vertiginoso
que tuvo el grupo y el parcial olvido en el cual se encuentra
hoy. Tocadas por todo Lima y provincias le valieron al grupo la
oportunidad de telonear a cuanto grupo argentino y chileno aterrizaba
por estas tierras. Las radios, al no existir ninguna grabación
oficial del grupo, programaban grabaciones de sus presentaciones.
En Radio Juventud me ofrecieron que vuelva y los mandé
a rodar. Todas las revistas querían a Chalo Matute en sus
portadas, los periodistas no paraban de llamar. El asunto se me
escapaba de las manos y no sabía cómo controlarlo
pero Chalo, Jimmy y Pier sí. Se cagaban en la nota. Cubrían
sus rostros de indiferencia y seguían como si nada, como
si se encontraran en el epicentro de un terremoto y alguien hubiera
olvidado avisarles del terremoto.
Por
una parte su actitud me tranquilizaba. Yo era su manager, el encargado
de velar por sus intereses, y con semejante actitud no tenía
que estar preocupándome por líos con drogas o niñas
menores de edad en busca de una noche de fama, situaciones en
las que suelen envolverse los músicos. Pero por otra, significaba
un problema a la hora de las entrevistas o el anuncio de un concierto.
Ninguno de los tres gustaba hablar de música o de sí
mismos. Desviaban la conversación hacia la suela de sus
zapatos o lo fría que había estado el agua por la
mañana. Como último recurso, si el entrevistador
no se daba por vencido, abandonaban la entrevista preguntando
a qué hora empezaba su dibujo animado favorito. Comenzaron
a ganarse muchas antipatías y comenzaron a calificarlos
de poseros, lo cual enardeció a su ola de seguidores que
contestó con cartas a los medios y agredió a cuanto
reportero fuera a sus conciertos. Los adolescentes sentían
que Chalo Matute respiraba por su piel y si alguien hablaba hasta
las huevas de Chalo Matute, era peor que si les insultaran a la
madre.
Llamadas
a cada rato de Chile y Argentina de parte de los representantes
de los grupos que Chalo Matute había teloneado en Lima,
me hicieron saber que era hora de grabar aquellos nuevos clásicos.
Las ofertas para tocar allá llovían pero siempre
me pedían lo mismo: que les alcanzara una cinta que contuviera
el espíritu del grupo para hacerlos rotar primero en las
emisoras durante un tiempo y así calentar el ambiente,
pues el grupo ya gozaba de una gran estima dentro del circuito
subte pero ahí nomás. Les comenté la idea
a Jimmy y a Pier, quienes se mostraron dispuestos. Ambos acababan
de descubrir el encanto que producen los rockeros en las chicas
y querían viajar un poco. "Depende de Chalo",
me dijeron, borrando el entusiasmo de sus rostros.
Exacto.
Todo dependía de Chalo. Pensé en mil formas posibles
de explicarle la necesidad de grabar un disco. Cierta noche, después
de tocar en tres lugares distintos el mismo día, le propuse
a Chalo grabar una cinta artesanal cuyo sonido pudiera ser apoyado
por buenos equipos, para que no tuvieran que estar tocando en
todos lados y sólo hicieran la mímica. "¿Todavía
no lo entiendes? No se trata de esto ni lo otro. Es pura energía,
huevón", fue su negativa.
Otro
rockero, no de la misma estirpe de Chalo (imposible que hubiera
alguno) ni con sus mismas intenciones, hizo su aparición
por esa época de indecisiones y claroscuros. Richi Makaha
tenía aspecto de surfer misio con inclinaciones jipis que
le daba un look de chico bonito con dudas existenciales que volvía
locas a las huevonas. Su música se basaba en ritmos clásicos
que me hacían recordar por momentos a Chalo Matute, pero
donde Chalo apagaba su voz Richi hacía despegar la suya
hasta el limbo de la felicidad, y donde Chalo explotaba Richi
se reconciliaba consigo mismo, aplacando los atisbos de furia
que perfilaba. El resultado: miles de discos vendidos, invitaciones
a los principales programas de televisión y especiales
en la radio a cada rato sobre los inicios de esta nueva estrella.
Los
imitadores de Richi Makaha no tardaron en aparecer y las disqueras
comenzaron a vender discos como ropa en remate. La televisión
y las radios los proclamaban como los nuevos ídolos de
la juventud y organizaban programas como "La Guerra de las
Estrellas". Richi Makaha contra Leo, o Beto Suazo contra
Alan Castillo. Chalo Matute había dejado de existir para
ellos. Yo asumí que el grupo se mantenía ajeno a
este fenómeno. La gente que seguía al grupo continuaba
haciéndolo pero ya no se veían tantas chicas bonitas.
Hasta que Pier y Jimmy me hicieron ver cuán diferente era
la situación. Las últimas canciones que Chalo había
compuesto sonaban a panfleto de huelga. Sin embargo, no había
recapacitado acerca del contenido real de las letras. Eran la
voz angustiada de un adolescente resistiéndose a crecer
sin una seguridad. Lo constaté cuando sorprendí
a Chalo en mi cuarto revisando los recortes que yo guardaba sobre
ellos y sobre el nuevo fenómeno de rockeros lindos y tristes
que azotaba la ciudad. Esparció los recortes en el piso
de un manotazo y se levantó sin mirarme, con los ojos clavados
en el piso, como un niño que espera recibir su reprimenda.
"No son ni la mitad de buenos que tú y el grupo",
le dije. "Sí, pero tienen a todas las chicas y el
éxito les permite tocar tan mal como quieran". Quedé
perplejo. "¿Cuándo empezamos a grabar el disco?",
me preguntó.
Aún
cuando el interés y la desesperación ya no eran
los mismos, una disquera se ofreció a apostar por el grupo.
Chalo y los muchachos se tomaron una semana para pulir las canciones
que habían escogido. Luego entraron al estudio y lo convirtieron
en su campamento. Desayunaban y almorzaban entre instrumentos,
cables y consolas. La única música que escucharon
durante la semana que duró la grabación del disco,
fue la suya. Chalo quería que el disco fuera concebido
en un estado de pureza total, lo más parecido a un domingo
muriendo por la tarde según sus propias palabras.
Se
grabó la mayoría de temas que el grupo había
interpretado en su corta carrera. Pero sólo diez de ellos
se incluyeron en el disco. Clásicos como La fiesta
de los decapitados o Música de vitrinas no
fueron incluidos. El grupo consideró que no iban con el
espíritu del disco. Ellos no querían un recopilatorio
sino un disco, una atmósfera donde las emociones que su
vida respiraba en ese preciso instante, pudieran ser reflejadas.
Aún así se hicieron ciertas concesiones pues había
canciones que ellos quisieran o no, se habían convertido
como en sus apellidos.
No
puedo olvidar el rostro de Chalo el día que llegué
a su casa con el disco recién salido como pan caliente.
Su mirada parecía la de un adolescente a punto de declararse.
"Quedó de la puta madre", me dijo y se encerró
en una de sus lecturas favoritas, pero en toda la tarde no pasó
de la misma página. Chalo había logrado algo así
como su ascensión al limbo. El disco se agotó en
menos tiempo del esperado. La disquera programó una gira
y trató de tener la mayor cobertura de los medios. ¿Cómo
nos fue? ¿Si tuvimos éxito? Preferiría no
hablar del tema. Está bien, sincerémonos. Fue un
fracaso. Nadie fue a vernos, ni siquiera la legión de hinchas
que Chalo Matute había logrado cultivar.
Son
cosas que uno no logra asimilar ni comprender en el momento. Como
esos cuadros o esculturas que necesitan ser vistos de lejos para
poder ser apreciados. Quizás porque la distancia aligera
el dolor y nos proporciona una mirada más amplia del asunto.
Aunque debo decirles que descarto por completo esta teoría.
A mí me sigue doliendo, me jode como mierda el haber fracasado
y estoy seguro que a Chalo y a los muchachos también, a
pesar de que ellos lo negaran en la última entrevista que
les hicieron. "El éxito ni nos va ni nos viene. Hemos
crecido sin expectativas, no entiendo por qué habríamos
de tenerlas ahora", fue la respuesta tajante de Chalo. Pero
yo me pregunto: Entonces, ¿por qué dejaron de tocar?
Interrumpo
esta historia para contestar el teléfono. Hace un minuto
que lo he colgado. Llaman de la disquera española para
preguntar cuándo les voy a enviar el texto que va a ir
en el cuadernito del cd. "En eso estoy trabajando" les
contesto y les pido que me llamen más tarde para tenerles
una respuesta concreta. Cuelgo y pienso qué horrible sonó
eso de respuesta concreta. A Chalo y a los muchachos también
debió de parecerles horrible ver doblegados sus sueños.
Verse fotografiados, acudir a entrevistas, grabar un disco, representaba
para ellos abandonar el vientre que los protegía. Cargo
con cierta culpa al haberlos empujado a hacerlo. Otra de las idioteces
que me repito con frecuencia. Ellos no eran ningunos niños
indefensos. Pudieron negarse. Eran, son y serán una leyenda,
una de esas bandas que viven dentro de nuestros corazones y nos
recuerdan que somos puro sentimiento, aún cuando ya nadie
los escuche.
Alguien
dijo que para ser famoso no necesitas vender un millón
de discos sino tener los huevos bien puestos. Otra de antología:
Quien cree en Dios, nunca necesitará nada. Chalo Matute
fue Dios para mí y toda una generación que si no
terminó drogada se prostituyó al futuro.
Pienso
si debería añadir algunos datos sobre los muchachos,
a qué se dedican en la actualidad. Creo que no. Y también
creo que no voy a poder enviarles nada a esos españoles.
Que se jodan. Un verdadero héroe no necesita un monumento
para ser considerado héroe. Basta que su nombre se aloje
en lo más profundo de uno mismo para quererlo. Ahora lo
sé, y me parece una buena excusa para haber faltado al
trabajo hoy.
©
Sergio Galarza
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Sergio
Galarza | Lima,
1976 | @
Lleva publicados tres libros de cuentos:
Matacabros,
El infierno es un buen lugar y Todas
las mujeres son galgos, así como la
crónica Los Rolling
Stones en Perú (en coautoría
con Cucho Peñaloza). Le da flojera nombrar la editorial
y esas vainas, las revistas y las antologías donde
ha aparecido, todo eso ya lo devoró su ego. Más
datos: redacta noticias para un canal de televisión
mientras espera la publicación de un nuevo libro
y piensa lo próximo que escribirá (léase
el verbo pensar como “se decide a”). También
trabaja en una universidad y acaba de comprarse una 4x4.
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