Los rastros


Irina Pavlova tropieza contra el madero desclavado de un escalón, su cuerpo se estremece y pierde el equilibrio, sin embargo no cae. En realidad, no es la primera vez que le sucede aquello en el edificio donde vive y ya está preparada; sus manos atrapan la baranda con rapidez y luego de unos segundos continúa bajando la escalera sin problemas. Ya es tarde. Cuando abre la puerta del edificio, la oscuridad del pasillo se evapora ante la luminosa blancura de la nieve. Los copos siguen cayendo y algunos autos avanzan por la pista con extrema lentitud. El autobús escolar ya está detenido en la otra esquina y los pequeños que bajan parecen parches de colores en movimiento. Las niñas la divisan y empiezan a hacerle gestos de saludo con las manos, ella intenta aligerar el paso con la cabeza gacha para evitar la nieve en los ojos, mientras un amago de sonrisa se dibuja en el óvalo de su tez color marfil; Irina detesta los inviernos porque la llevan a su pasado, y no puede evitar que los recuerdos amargos surjan en su pensamiento como instantáneas indeseables que debe exorcizar. Tamara y Dina la reciben con besos. A pesar de todo Irina se siente feliz en Nueva York y adora los veranos, porque la playa a la que concurre se llena de muchos de sus compatriotas y sólo se habla ruso bajo el sol. Las tres empiezan a avanzar con lentitud hacia la oficina de los Rosenbaum. Irina sabe que a las niñas no les gusta la idea de ir con ella, a pesar de que lo hacen sólo tres veces a la semana; entiende la incomodidad, pero no puede hacer nada, lo poco que le pagan los Rosenbaum es una gran ayuda para los gastos extras, por eso aguanta, y nuevamente la asalta un flash: Igor Nikolaevich parece emerger de las tinieblas con la misma sonrisa diabólica de sus sobresaltos nocturnos. Sephora Rosenbaum no se mueve de su escritorio. Levanta una ceja que rompe el límite de sus anteojos de filos de oro, mira con cierto desprecio a Irina y la recibe con la misma frase de siempre: La alfombra está hecha un asco, Irina, es mejor que te apresures que el tiempo es oro.

Dina y Tamara se sientan en el espacio que hace de antesala a la oficina. Irina desaparece por una portezuela para luego regresar con la aspiradora y otros implementos. Los Rosenbaum le pagan una suma mínima por el servicio, pero al menos consigue llevar los gastos junto con su sueldo de las mañanas, las clientas de las casas en la que hace la limpieza suelen darle propinas aparte del pago. No se puede quejar, no vive mal, a pesar de todo.

-¿Llegaron las muñequitas?
El sonido de la puerta, la voz de Abraham y el tintineo de la alarma de entrada la sacan de su abstracción. Irina siente cierto desprecio hacia ese hombre pálido y de barba tupida, le tiene miedo. Abraham le muestra sus dientes amarillentos y la oscuridad de su mirada se posa en las niñas quienes bajan los ojos y fingen leer sin escucharlo. Irina lo saluda con respeto y vuelve a su quehacer. Sephora lo recibe con una conversación algo exaltada y en yiddish, Irina no comprende el idioma, pero para enfatizar su discreción enciende la aspiradora y así ahoga todo sonido a su alrededor. Abraham viste trajes oscuros y su mirada tiene algo que le da a Irina cierto deja-vú y matiza sus pesadillas. A ella le molesta además el supuesto cariño con el que trata a las niñas, le perturba. En determinado momento los esposos dejan de gritarse y cada uno se sienta en su escritorio. Sephora parece revisar unas propiedades en la computadora, mientras Abraham frunce el ceño para aparentar concentración, mientras inicia una partida de póquer con su máquina. De vez en cuando los ojos pequeños y penetrantes del hombre se desvían hacia Irina, quien está limpiando el interior de las ventanas, ella siente la misma turbación de sus recuerdos y mira automáticamente a Sephora, pero ella está demasiado ocupada en sus asuntos. Entonces Irina trata de concentrarse en la limpieza pero no puede evitar que el calor de la mirada de Abraham la penetre con descaro: Lo siente en sus muslos, sus caderas, en los senos escondidos por el suéter, en la nuca.
-¡Irina!
Esa voz otra vez, la niña salta de los escalones con olor a petróleo e intenta esconderse en la oscuridad del cuartucho. Tiene miedo, sabe que el hombre no descansará hasta encontrarla y, entonces, no habrá salida aunque grite.
-¿Princesa? Irina, Irina, ¿dónde está mi princesa?
-Irina, por favor, no olvides que hoy necesito que muevas un poco la nieve de la entrada. La pala está en el cuarto de limpieza.
-Eso es demasiado, Sephora. Tú abusas de la muchacha. ¿Qué pasaría si ella se molestara y nos denunciara por maltratarla?
-¡Ah! ¡Cállate, Abraham! Irina es una mujer fuerte, además, ¿quién no se sentiría bien al ayudar a dos personas mayores como nosotros? Ella es tan joven...
-Yo te voy a dar una propina, Irina. Sé que en estos tiempos nadie hace las cosas gratis.
-Oh, Abraham, mira, qué mujer tan agradable, nos va a ayudar, lo sé. Que las bendiciones caigan sobre ella por ayudarnos.

Irina se abriga y sale a remover la nieve. El trabajo es duro, sobre todo porque sigue nevando y el frío traspasa las ropas. En las casas y comercios de al frente hay hombres fornidos quienes están haciendo el mismo trabajo de ella, con mayor rapidez y menos esfuerzo, algunos le pasan la voz con simpatía.
-¡Oh, mi princesa! Dale un beso a tu adorado Igor.
El sitio huele a carbón y madera húmeda. El mismo Igor es una mezcla de olores. Su respiración es un bufido que no le deja oír nada más.
-Así, silenciosa, así, shhhh...
Igor pesa y sus ojos azules tienen un brillo que emerge con malicia en la semi-oscuridad del cuartucho. Sus manos tienen los dedos gélidos, en esos instantes están palpando su cintura. Ella siente repulsión, las manos avanzan...
-Shhh...
Las puntas de sus dedos rozan una y otra vez sus senos. Él pesa, pesa mucho; ella casi no puede respirar.
-Mi muñeca, mi muñequita...

Le duelen los brazos. Ha logrado mover una cierta cantidad de nieve, la suficiente para que los autos de Sephora y Abraham no se estanquen cuando tengan que salir. Son casi las 4:30 y el cielo está oscureciendo. Desde afuera ve por la ventana que Abraham ha sentado a las niñas en sus piernas. Un furor la recorre por dentro. Arroja la pala y entra.
-¡Qué lindas niñas! Adorables y qué bien han aprendido a hablar inglés. ¿No crees, Sephora?
-¿Dónde está la pala? No vayas a perderla, Irina, que con estas nevadas todos los implementos aumentan de precio.
-Sephora, págale a la muchacha que hoy es viernes y seguramente ya se tiene que ir.

Abraham besa a cada niña en la mejilla y las lleva hacia su madre. Irina vuelve a abrir la puerta, recoge la pala y la guarda en su sitio. Sephora saca del bolsillo un sobre pequeño y se lo da a Irina. Abraham murmura algo acerca de la propina, pero como su mujer no le hace caso, saca un par de dólares de su billetera descosida y se los da a la muchacha con una sonrisa. Irina ayuda a las niñas a ponerse los abrigos. Se despiden y se van. Hay una nevisca ligera, sin mucho viento. Irina se cubre el cabello y el rostro de la misma forma en la que su madre solía hacerlo en sus recuerdos. Avanza lentamente, los abrigos de sus hijas tienen sendas capuchas con la imagen de Hello Kitty.

-No quiero que dejen que las bese el señor Rosenbaum.
-¿Por qué, mamita?
-Los señores mayores no besan tanto a las niñas sin tener alguna maldad en la cabeza. No recibe respuesta, ni siquiera preguntas. Irina se muerde la lengua. Las pequeñas caminan de la mano, una es el reflejo de la otra y ambas reflejan un fantasma. No quiere pensar más. Adora a sus hijas a pesar de aquello.
-¡Princesa! Mi muñequita. Dale otro beso a tu amigo Igor.
-Me duele al respirar, no puedo Igor Nikolaevich, me está aplastando y me duele.
-Irina, no hables. Tus labios son dos pétalos que no están hechos para hablar. Abre tus piernas, Irina, tienes una flor preciosa entre las dos. Shhh..., sin llorar, que si te oye mi mujer te echará a la calle, ¿no has visto cómo está nevando hoy? No llegarás a Tolchkóv con esta nieve, y si llegaras, ¿lo harías con las manos vacías para tu madre enferma? Vamos, dame esa flor y tendrás más rublos a fin de mes para ayudarla.
-No es bueno... Mi madre dice que no es bueno.
-Shh... No alces la voz y obedece, vamos, o ya no seré bueno contigo... puedo ser yo quien te bote a la calle esta noche. ¡Abre esas piernas!
Son seis bloques a pie hasta el edificio. La calle es silenciosa y la oscuridad se siente cada vez con más fuerza, a pesar del gran manto blanco de la nevada alrededor. De pronto, una bocina suena a su lado, ella voltea y se detiene: Es Abraham quien pulsa un botón y baja la ventanilla con lentitud.
-¡Irina y sus muñecas! ¿No quieren que las lleve en mi auto a su casa?
-No, gracias. Vivimos cerca.
-Debes estar muy cansada por palear la nieve, vamos, suban. Es difícil caminar con dos niñas y con este tiempo.
-¡Ya le he dicho que no! ¡Por favor, no me moleste más! Yo me he dado cuenta de la forma en la que me mira, conozco a los hombres como usted, sé que usted está buscando una aventura para desquitarse de la mala vida que le debe dar su esposa, pero no me busque a mí, ¿entendió? Conmigo se ha equivocado, viejo verde. ¡Yo no soy su muñeca!

Abraham la observa unos segundos con la boca abierta, luego sube la ventanilla automática y mira hacia el frente. Acelera, a pesar de que la pista está resbalosa por el hielo, el cual se ha pegado al asfalto como una costra inmensa. Irina continúa su camino, las niñas siguen tras de ella en silencio, sus ojos reflejan la combinación gris del cielo. Las huellas de sus pisadas dejan rastros solitarios en la vereda, rastros diminutos que no siguen una línea recta.


© Rocío Uchofen


Rocío Uchofen | Lima, 1972 | @ Estudió Linguística y Literatura en la Universidad Católica del Perú. Ha publicado el poemario Liturgias Clandestinas y el libro de cuentos Odalia y otros sin esquina. Sus cuentos y poemas se han publicado en varias antologías de América y Europa. Actualmente reside en Nueva York desde donde dirige el website Híbrido Literario y un taller virtual dedicado al cuento corto.


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