Letra Negra


Lector en serie

Para el doctor Méndez, hombre entregado a su ciencia y devoto del relato policial clásico, la decisión de emplear estricnina fue la más acertada. Sabía perfectamente que este alcaloide, obtenido de la nuez vómica y del Haba de San Ignacio, suministrado a la víctima de turno en una dosis entre 50 y 100 miligramos, produciría una intoxicación digna de la mejor literatura. No por nada es utilizada en El signo de los cuatro de Arthur Conan Doyle, y también en los relatos El misterioso caso de Styles, Muerte en el Nilo y El enigmático mister Quin, de la señora Agatha Christie, por citar algunos ejemplos predilectos del doctor Méndez. Él disfrutaba tendiendo estos puentes entre ficción y ciencia, aunque no hay que descartar que el azar, al intervenir, sea en un campo o en el otro, lo arrastrara hasta el paroxismo, pues la estricnina, en un punto de su progresiva intoxicación, produce terribles y frecuentes espasmos, al grado de que cualquier ruido o movimiento, originados por un posible salvador, sólo provocaría un espasmo más y la anhelada muerte llegaría a causa de una insuficiencia respiratoria. El doctor Méndez goza de la vida y la literatura, y en sus plegarias nocturnas, luego de alguna muerte o algún libro, siempre suplica que los escritores sean también bienaventurados.


Álbum de familia

Hurgó en el fondo del tarro del café y lo que halló fue un pegoste, una costra parda que la humedad y el frío le habían dejado ese invierno.
-A mí nadie me deja sin café - dijo el detective Segovia.

Si no fuera porque los cardenales alrededor del cuello semejaban ahora un collar violáceo y porque sus párpados se resistían a unirse del todo, cualquiera diría que la mujer de la fotografía estaba entregada a un profundo sueño.

Cogió la tetera y vertió un chorro de agua hirviendo dentro del tarro. Luego, ayudado con una cuchararilla, rascó los contornos de la lata hasta cerciorarse de que el agua había cobrado las tonalidades propias de una buena taza de café.

La otra fotografía había sido tomada en un estudio y mostraba a un niño sonriente, con un flequillo lacio que le marcaba una perfecta línea horizontal en la frente, límite entre el negro de su cabello y la palidez de la muerte venidera.

Por un momento pensó en beberlo directamente del tarro, pero, ya que tenía la taza y todo lo demás dispuesto sobre la mesa, prefirió servirse el desayuno como era habitual.

La tercera mostraba a una reducida familia, una pareja joven y un niño, en un parque de diversiones.

-Disciplina y sentido común, eso es todo- sentenció, satisfecho. -Ahora puedo iniciar un nuevo caso como Dios manda -agregó, despidiéndose con una sonrisa de sus retratos familiares.


Pirañas

Dos hombres lo sujetan de los brazos mientras un tercero y cuarto le quitan reloj y anillos, y un quinto se enfrasca en vaciarle los bolsillos. Y también un sexto y un sétimo lo toman de las piernas para facilitar a un octavo y un noveno quitarle los zapatos y calcetines. El décimo y el décimo primero revisan su portafolios y determinan qué es de valor o no. El décimo segundo no se queda atrás: con una imagen entre niño y monstruo, se dedica a hincarle el cuerpo con una aguja, para distraer el dolor que podría sentir mientras el décimo tercero le abre la boca para que el décimo cuarto pueda, auxiliado con unas tenazas, extraer los dientes de oro. Sin embargo, un décimo quinto se lamenta de que la víctima no fuera de esos hombres modernos que llevan aretes de alto precio. De buena gana le hubiera arrancado las orejas. Sólo le resta aguardar su turno, junto con otros veinte, para completar el asalto.


Remake de la fábula del sapo y el alacrán

Según la versión de uno de los fugitivos, el menos remilgoso, cuando alcanzaron la mitad de aquel río, angostado por no encontrarse en época de lluvias, y creyéndose libres de cualquier perseguidor, el líder les ordenó detenerse. Todavía confundidos por la agitación de la fuga, no comprendieron esa orden, ni la siguiente, que los conminaba a desnudarse y dejar que sus raídos trajes fueran llevados por la corriente. El líder repitió sus órdenes y, dado su vasto prontuario, nadie se atrevió a desobedecer. «Así los perros no podrán olfatearnos», remató. A pesar de la debilitada fuerza de las aguas, les costó mantener el equilibrio mientras se despojaban de sus ropas. Pronto sus cuerpos mostraron toda una seguidilla de cicatrices en torso y brazos que semejaban camisetas sobre pellejo. Pero la vista de todos se detuvo absorta en su líder. Para ser más precisos, en sus genitales. Debajo de un vergonzante penecillo encapuchado, se extendía una vulva en edad de merecer. Nadie preguntó ni quiso saber más, para sus mentes no había explicaciones científicas ni mitología griega que valieran. Eso sí, fueron atrapados allí mismo. Los perdió su retraso, aunque a ciencia cierta los captores nunca supieron si los aullidos provenían de sus sabuesos o del lastimero placer de los prófugos.


Paratexto

La fotografía en la contraportada de su libro lo mostraba muy orondo, con una expresión de felicidad que para nada se condecía con un autor que trataba asuntos tan complejos y serios, y por qué no decirlo, dolorosos. Además, si uno se fijaba en el fondo del retrato, lo que veía era una pared color rojo ocre, tan de moda en cierto sector intelectual de pacotilla, con unas flechas colgadas y revestidas de plumas multicolores, o, más exactamente, con unos remedos de flechas, de un indecible exotismo artificial que se puede adquirir en cualquier feria artesanal. Y para colmo, el sujeto tenía bigotes. ¿Quién le puede creer a un tipo con bigotes? Si llevara barba, en fin; ¿pero bigotes? Éstos en vano pretenden ocultar una sonrisa a todas luces cargadas de burla. Al lector, claro. ¿A quién más? Es deber nuestro impedir que esta burla se haga extensiva y que esa mirada obtusa termine por penetrar en nuestras mentes, plagándola de siniestros vacíos. Yo propongo quemar la edición, afeitar al escritor y matar a su fotógrafo.


Pasional

Gertrudis se aproximó sigilosamente al auto. Desde atrás consiguió reconocer a su esposo, un joven cubano que trajo de sus últimas vacaciones en Varadero hace tres años, y que ahora inclinaba la cabeza hacia el asiento del copiloto para besar a una mujer de cabellera castaña. La tarde estaba finalizando. Ella sabía que debía de apresurarse; pues una vez caída la noche no habría en aquel paraje más iluminación que la ofrecida por los cigarrillos de los amantes que allí se ocultaban. Y no estaba dispuesta a verlos compartir una caricia más. Metió la mano en el bolsillo de su abrigo y tocó el percutor del revólver. El frío del metal le produjo una inmediata reacción y, de un modo impertinente, vino a su memoria la imagen del detective que le entregó las pruebas (esas pruebas que ya no hacían tanta falta) y, con completo descaro, el arma que finalmente dirigió hacia otra pareja, a dos metros del auto de su hombre. Acercándose a los extraños, disparó cuatro tiros, haciendo trizas los vidrios y aniquilando a los ocupantes, persuadida de que las pasiones deben perdurar para unos en este mundo y para otros en algún lugar más allá de la muerte.


La voz de Apolo

En el cuerpo de policía era conocido como Apolo. Él mismo lo exigía:
-Teniente Apolo, carajo. ¿Acaso no entiendes castellano?
En él no había mucho qué entender, era suficiente recordar su pasado, tantas veces referido por los oficiales más antiguos. Un pasado que cobró importancia desde el nacimiento de su apelativo en boca de una muchacha que escribía poemas. Ella había sido capturada en una redada que él dirigió en aquellos días del Estado de Emergencia. En el instante en que tiró de su brazo para esposarla, ella le dijo:
-Vamos, mi Apolo. Si vas a colocarme esas cosas, al menos sé más ingenioso.
Apolo no comprendió a qué se refería, pero bastó la melodía de aquellas palabras para que se viera intensamente perturbado por la joven poeta, aceptando en silencio su bautizo y relamiéndose con esa voz, que no dejaba de lanzarle frases irónicas durante el trayecto a la estación de policía. En contra de lo habitual, el mismo tomó sus declaraciones, con intensas ganas de besarla, incluso cuando dijo que era menor de edad y que no debía estar allí, ni ella ni su novio. Pero a él no le importaba que la muchacha fuera menor de edad, tampoco si debía estar o no detenida. Su preocupación era cómo deshacerse del otro joven, al parecer también poeta, poseedor del amor de la muchacha y de una escualidez inverosímil. Y como el muchacho no era menor de edad, logró separarlos. Primero distintas celdas, luego distintas delegaciones, desplazamientos laberínticos que igual daría si el joven estuviera dormitando en una carceleta, deambulando tranquilo por las calles o de rodillas en una playa apartada, de noche, encañonado, donde una voz le pide que no voltee, carajo, o es que acaso no entiende castellano.


Del libro inédito Enciclopedia Mínima

© Ricardo Sumalavia


Ricardo Sumalavia | Lima, 1968 | Narrador, traductor y profesor universitario. Estudió Lingüística y Literatura en la Universidad Católica y la Maestría en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Actualmente es responsable de la Colección Orientalia del Centro de Estudios Orientales de la Universidad Católica, donde también se desempeña como docente. Es autor de las colecciones de cuentos, Habitaciones y Retratos familiares, y editor de la antología de narrativa peruana Las fábulas mentirosas y el entendimiento: El cuento en la Universidad Católica 1917-1920.


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