|
La discusión
Eva
puso el rostro fiero y gritó. La discusión tenía
ya varios minutos:
-¡Estoy harta de ti, mamá! ¡Siempre me vienes con
las mismas tonterías! ¡En cuanto tenga dinero suficiente
me voy de aquí!
-¿Ah, sí? -inquirió instantáneamente su
madre-. ¿Y puedo saber a dónde pretendes ir?
-Me alquilaré un cuarto por ahí -manifestó ella,
más rabiosa todavía-. No sé. ¡Qué
te importa!
-¿Y puedo saber cómo lo vas a pagar?
-Con mi trabajo.
-¿Y si no te alcanza?
-Buscaré otro.
-¿Y si no lo encuentras?
Eva no podía soportarle más. Entonces gritó:
¡Quizá me vuelva puta y me pare por las noches en una esquina!
Eso quieres escuchar, ¿no?
La mano de su madre no tardó ni dos segundos en dar con su faz;
fue una cachetada sonora y contundente.
-¡No tienes ni idea de lo que estás hablando, estúpida!
-dijo su madre, con la voz entrecortada-. Ser prostituta significa aguantar
a un hombre encima de ti, dentro de ti, a cambio de un par de billetes.
Significa sentir asco de ti misma hasta encontrar consuelo en la costumbre.
Es vivir para esconderse del resto... Es cambiar de nombre por las noches...
Es pecar como idiota hasta dar a luz a una hija... Sólo eso
Sólo eso te detiene...
Crueldad
Juan
Pablo dejaba ver su rostro de preocupación mientras andaba:
-Fue increíble -dijo.
Su vecino le escuchaba muy atentamente.
-Esos niños vieron una rata enorme mientras jugaban. Y, lejos
de irse corriendo, asustados, que es lo que corresponde a niños
de su edad -comentó, mientras su vecino abría los ojos
expectantemente- cogieron una piedra y se la tiraron encima.
-Qué peligroso. ¿Y le atinaron?
-Sí, la dejaron malherida.
-Tuvieron suerte. La rata pudo haberles atacado.
-Pero espere, a eso no me refería. ¿Sabe lo que hicieron
después? Le vertieron un poco de alcohol que sacaron de casa
y le lanzaron un fósforo. La quemaron viva, vecino. Fue horroroso
-le confesó.
Ambos estaban ya muy cerca de la puerta de la parroquia.
-La pobre corría como un bólido, a mil por hora. Luego
fue reduciendo su velocidad, hasta quedarse quieta.
-¿Y ellos qué hicieron?
-Eso fue lo peor, vecino. Ellos se quedaron viendo... Y reían.
El otro sólo atinó a hacer la señal de la cruz.
Ya estaba comenzando la misa.
©
2002 Jorge Enrique Aguayo
|