
|
Hugo
Aqueveque
|
Chileno
|
1972
|
cuentosyrelatos@hotmail.com
|
![]() |
El extraño
|
|
Desperté de sobresalto en el sofá, acosado por un opresor presentimiento. Ahí estaba él, sentado frente a mí en un sillón, mirándome fijamente. Eso ya no me asustaba, muchas veces lo hizo, muchas veces salí de mis sueños y lo encontré observándome absorto, admirado. No sé cómo entró a mi casa, nunca lo sabía, yo no lo invitaba y él no pedía permiso, sólo aparecía. Jamás me molestó aquello ni tampoco le pregunté por qué lo hacía, ni siquiera cuando lo hallaba en mitad de la noche. Esta vez su expresión es distinta, no tiene esa postura segura ni aquella sensación de paz interior que lo caracteriza, su semblante es angustiado. Algo le ocurre, y presumo que me lo contará pronto. Lo conocí hace mucho, perdí la cuenta ya, pero me parece que desde niño ha estado rondando mi entorno. En el vecindario daba que hablar por su aspecto excéntrico, pero se acostumbraron al poco tiempo. Él es extraño. Demasiado alto, delgado como un mástil, y tan pálido como la primera hoja en blanco de un libro nuevo. Sus ojos llaman la atención, semicerrados y siempre inyectados en sangre. Lo demás es negro, sus ropas, zapatos y su pelo absolutamente negros. No sabemos su nombre ni dónde vive, por lo general en nuestro círculo de amistades nos referimos a él como "Jonathan", un nombre simbólico que le dimos para llamarlo de alguna manera. No habla con nadie, muy raras veces abre la boca, pero siempre está con nosotros. En las reuniones, en los paseos, en el teatro, y hasta en la guerra aunque en bandos contrarios. Él fue quien derribó mi aeroplano en la batalla de Château-Thierry en 1918 cuando fui piloto del ejército Aliado. Fue una visión fugaz pero lo reconocí en el caza alemán que me disparó. Qué extraño, nunca llegamos a hablar de aquello, y más curioso aún, es que no me parece que sea alemán ni menos un simpatizante de las ideas nacionalistas de las potencias del Eje, su rostro afilado le da un aspecto más bien gitano. Con los años llegué a acostumbrarme a su presencia impregnada de acontecimientos fabulosos, acontecimientos que a cualquiera pudieran admirar, pero que a su lado parecen cotidianos. Es como un magneto que atrae hechos fantásticos o, en el mejor de los casos, inexplicables, él no es un mago ni un brujo, las cosas sólo ocurren justo cuando él está presente. ¿Coincidencia?, no lo sé, jamás lo sabré. Cuando estuve afligido por aquella decepción amorosa que me quitó las ganas de vivir, me ayudó, conversamos largo, necesitaba un amigo y él se puso en su lugar, a pesar de su distancia y frialdad, creo que era lo más cercano a uno. Caminamos por la arena de una playa mediterránea de la costa francesa, aquel día, bajo el ocaso, habían algunos niños aún chapoteando en el mar. Jugaban con un objeto oscuro y grande. Afiné mi vista, pensé que se trataba de un par de delfines, pero luego me di cuenta que eran tiburones, dos enormes tiburones revolcándose con los niños casi en la orilla de la playa. Jugando, como si se tratara de mascotas domésticas y amaestradas. Moviendo sus aletas y filudos hocicos entre las risas infantiles. Pero en compañía de "Jonathan" eso no me asombró. Como tampoco asombraba a la gente su figura extravagante y misteriosa, ni su ropa anticuada y su caminar ligero, casi levitando. Su rostro no es agradable, es más bien feo, de una fealdad maliciosa, tiene los pómulos muy marcados y los caninos tan pronunciados que parecen colmillos, y al hablar le dan una expresión bestial a su rostro. Sin embargo, "Jonathan" siempre está en compañía femenina. Ellas lo siguen, sucumben a su penetrante mirada, en las reuniones y fiestas es común que él desaparezca por alguna oculta puerta con una o dos hermosas damas de alta sociedad. Muchas veces ha destrozado nuestras galantes y varoniles pretensiones, él se nos adelanta, pero eso no nos incomoda, sólo nos cambia los planes, además sus relaciones son fugaces. En una ocasión se fue con todas las mujeres presentes, fue un hecho muy especial, no sólo por el éxodo masivo de ellas. Ocurrió en la lujosa casa de los padres de mi buen amigo René, ya hace una década, disfrutábamos una cordial velada de convivencia universitaria, y de pronto una de las féminas gritó, y al aproximarnos para ver qué sucedía, descubrimos entre los almohadones de un fino sillón una araña del tamaño de una mano. Luego aparecieron más, y más, no sabíamos de donde salían. En minutos la sala se repletó de aquellos peludos arácnidos, estaban en el piso, en el techo, en las cortinas, en las mesas, en las ropas, por todas partes, fue una invasión. Cuando mi amigo René, entre los gritos histéricos de las damas, intentó aplastar a una, "Jonathan" lo detuvo, y nos dijo, al percibir nuestra desaprobación, que no debíamos matarlas, que las arañas eran el símbolo del destino, y matar una araña era detener ese destino, estancar nuestras vidas, que el hilo que tejían era el nexo que nos unía al futuro -de esos esotéricos matices eran todos sus discursos-. Comprendimos el mensaje (o pretendimos comprenderlo), y las enormes arañas esa noche vivieron, y entre risas y comentarios, desaparecieron sin que lo notáramos, así como desaparecieron las señoritas presentes junto a "Jonathan". Las botellas de brandy nos consolaron. Lo
llegamos a considerar un amigo, y algo comparado a un maestro espiritual
o un filósofo de muy pocas palabras que aparecía y desaparecía
sin que lo notáramos, que andaba entre nosotros como un fantasma,
muchas veces desapercibido, y otras veces, las pocas, atrozmente evidente,
pero nunca nos hizo mal, al contrario, su presencia nos infundía
una serenidad armoniosa. De esa forma mágica lo vi aparecer en
mi dormitorio en varias ocasiones, cuando me despertaba una pesadilla
a medianoche o al levantarme por la mañana. Lo encontraba sentado
en alguna silla observándome, concentrado, como una madre vigila
el sueño de un niño demasiado pequeño y frágil.
Ahora lo hallé de esa misma manera, en la sala. Debí quedarme
dormido en el sofá mientras leía un libro. Tenía
en la solapa de su chaqueta negra una notoria mancha de sangre a la
que no le di mayor importancia, pero la expresión intranquila
de sus facciones me llamó la atención Un reflejo espasmódico me hizo darle una patada a la mesita en medio de la sala, escuchaba a lo lejos los ecos del impacto. Me encontré sentado en el sofá, con el libro abierto en mi regazo. Mi cuerpo sudaba, la luz del sol entraba a raudales por la ventana quemándome las pupilas. Toqué mi pecho a ciegas, apresurado, con miedo. Nada había, nada de sangre ni dolor. Recorrí mi cabeza con las dos manos, aparte de la humedad corporal, todo era normal. Respiré aliviado aún sin comprender, me incliné hacia adelante para tomar los cigarrillos que estaban sobre la mesita, y el libro cayó al piso. No pude dejar de mirarlo, quedó abierto y con la cubierta hacia arriba: Drácula de Bram Stoker, el libro que estaba leyendo cuando me dormí. Y me di cuenta que, a pesar de tener otro nombre aquí, "Jonathan" estaba equivocado, él era eterno en esta vida también, viviría en la conciencia de la humanidad para siempre, nunca sería un recuerdo como lo sería yo algún día. A pesar de ser ficticio, él era inmortal. Una leve sonrisa se dibujó en mi seca boca. Siempre quise ser aviador, desde muy niño, pero el destino quiso que terminara ahogado entre libros contables; sin embargo, me reconforto cada vez que sueño que soy un gran piloto, aunque ineludiblemente me derribe un avión alemán en la última gran guerra. |
Las obras publicadas en LOS NOVELES son propiedad intelectual de sus autores.
(C) 2002 LOS NOVELES Todos los derechos reservados.