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Luis
Subero
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Dominicano
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1967
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LSubero@brrd.com
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La duda
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La vio pasar deslizándose, suave y serena como brisa entre la gente. Llevaba una pamela bajo la cual se dejaban ver algunos rizos de su negra cabellera. El vestido era blanco, largo y ancho, y a veces la brisa lo hacía flotar como ondea la bandera en la explanada del Ayuntamiento, dejando ver sus piernas de carnes duras, de color caoba. Una bachata se ahogaba entre el bullicio de los vendedores del mercado, empeñados en vender sus productos. Un aleteo de alas de mariposa en su barriga le recordó otros tiempos. Se habían conocido hacía como un año, un domingo de retreta en el parque del pueblo. Ella caminaba junto a una amiga, él estaba sentado en un banco y vio las piedras de ámbar de sus ojos, su boca carnosa, sus largos cabellos que le llegaban hasta las nalgas. Sus senos se adivinaban duros y firmes como trozos de mármol, dibujándose sus pezones en el fondo traslúcido del vestido. Sintió el aleteo de las mariposas y se dio cuenta que nunca antes había sentido algo igual. Desde ese día, supo que esa mujer era su irremediable destino, era, para decirlo poéticamente, el puerto de aguas mansas en que anclaría su navío después de haber recorrido los siete mares. A partir de ese momento, no hubo un segundo en su vida en que no estuviera de alguna manera pensando en ella. Cuando se levantaba en las mañanas, se preguntaba si ella sería de buen dormir o si, al contrario, sería madrugadora; a la hora de la comida la imaginaba desnuda poniendo la mesa, mientras él la miraba desde un sillón situado en la sala; en las noches, antes de acostarse, se preguntaba si dormiría desvestida o con bata, y en las madrugadas despertaba sobresaltado, después de haber soñado con ella, justo en el instante en que el orgasmo era inevitable. Le tomó más de dos meses encontrar las fuerzas necesarias para declararle su amor. Fue una tarde de mayo, debajo de un almendro en flor, entre manos sudorosas y frases repetidas, teniendo como únicos testigos el moribundo sol de las seis y los pajaritos que se refugiaban en sus nidos. No obtuvo una respuesta de inmediato, como hubiese querido. Ella, como si fuese un juez, se reservó la decisión. La espera fue como una muerte lenta, sólo que al final él resucitó iluminado con aquel sí que salió de su boca de dientes blancos y perfectos. Al principio su relación fue como vivir entre las nubes. Hacían el amor todos los días, varias veces, en todos los rincones, a todas horas, en todas las posiciones, dedicándose únicamente a ser felices y entregarse uno al otro. El tiempo pasó tan rápido que apenas se dieron cuenta que ya les había llegado la época del desencanto, cuando la pasión disminuye y los ojos se abren para ver los defectos del otro. Los caracteres de ambos eran tan diferentes, que no había encuentro que no terminara en discusión. Ella empezó a quejarse de su hermetismo y él de su beligerancia. La situación se tornó tan áspera, que ella cortó con la tijera de la decepción el breve hilo que los unía. Él nunca aceptó la separación. Se aferró a la idea de que ella lo estaba castigando y que después de un tiempo lo perdonaría y todo volvería a ser como antes. Cuando supo que estaba saliendo con otro, se deprimió de tal manera que sus amigos y familiares temieron por su vida. Se abandonó a la bebida y su higiene se fue volando por la ventana en una nube. A mucho ruego, se marchó a otra ciudad durante un tiempo, hasta que se olvidara de ese tormentoso amor, el cual llevaba clavado como una espina. Durante su exilio amoroso trató de olvidarla, untando su cuerpo con los perfumes de otros cuerpos, saboreando en su boca la saliva, a veces dulce, otras veces amarga, de prostitutas que le prometían llevarlo al paraíso. Y ciertamente viajaba al paraíso, pero sólo por unos breves momentos. Después que terminaba, era como un vaso vacío que sólo se sentía pleno cuando se llenaba de sus recuerdos. Por eso, cuando un día, después de seis meses de ausencia, se desmontó del autobús que lo trajo de vuelta y se encontró con un entrañable amigo de la infancia, lo primero que hizo fue preguntar por ella. El mundo le cayó encima cuando le dijo que ella se había casado. Era de otro, de un intruso que invadió el vientre que tantas noches fue suyo. Anduvo durante horas por las polvorientas calles del pueblo, sin rumbo, como una hoja arrastrada por el viento, hasta que pasando frente al mercado, la vio entre la gente que a esa hora del día lo atestaba en busca de alimentos. Se detuvo a contemplarla, estaba de espaldas a él, observó su pamela, su vestido blanco, sus cabellos, y volvió a sentir las mariposas en su vientre. Sus ojos se abrieron como si quisieran salirse de sus órbitas cuando de pronto ella dio media vuelta y quedó frente a él, con su barriga inflada por cuatro meses de embarazo. Los aleteos en su vientre cesaron y una furia de volcán le fue subiendo desde las entrañas. Ese hijo en su barriga era la peor de las traiciones. Su nacimiento significaría la muerte de su esperanza. Ya nunca más podría sumergirse en la placidez de sus ojos luego de hacer el amor ni recostar su cabeza en sus abundantes senos. Cerró los puños, cruzó la calle, se dirigió a una mesa que estaba a la entrada del mercado, tomó un puñal y se lanzó contra ella. La agarró con fuerza del brazo izquierdo, haciéndola caer de rodillas. Alzó su brazo y el puñal brilló bajo la luz del mediodía encegueciendo a todos los que allí estaban. Justo antes de lanzar el zarpazo, se vio reflejado en sus ojos de fuego, esos ojos que ahora parecían pedir clemencia, no por ella, sino por la vida que llevaba dentro. Las personas que en un principio habían corrido despavoridas, ahora hacían un círculo alrededor de ellos y gritaban que no la matara. Cerró los ojos para no verla, contuvo la respiración y tomando impulso, se dispuso a clavar el cuchillo. Su brazo se detuvo a unos escasos centímetros de la cara, mientras ella gritaba resistiéndose a su inminente final. Entonces, abrió sus ojos, aflojó un poco la presión que mantenía sobre el brazo de ella, giró lentamente su mano y se clavó el puñal en el corazón. Desde entonces, no sé con certeza quién es el padre del niño; si yo, que lo engendré, o él, que le permitió vivir. |
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