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Revista de literatura Los Noveles © 2001-2006
ISSN 1547-8114

 

LOS PATOS

Daniel Contarelli | Argentina | 1967

 

Vamos a repasar los hechos desde el principio. La gorda se sentó y me aplastó la caja. Sonó un aire apagado y el roce de la tela de tapicería. Vi cómo se iba a sentar y todo parecía más lento. No tuve voluntad para decirle que no, o no tuve tiempo, o algo. Pero antes yo había puesto la caja ahí, ¿no? Entré y puse la caja. No, la puse en la mesa; después para planchar la camisa la pasé al sillón. Había traído la camisa del lavadero y, aunque la había colgado cuidadosamente en una percha, porque no se podía planchar, o era difícil, todavía estaba húmeda, las arrugas se notaban bastante. Ya se estaba haciendo tarde y vino la gorda insoportable. Y me aplastó la caja. Ahí empezó todo. Martita me esperaba en el café para aclarar ese asunto de los patos. Yo ya había decantado todo en mi cabeza y estaba de buen humor, pero el tema de la caja me descolocó. Escuché el sonido mientras miraba por el espejo, y no pude hacer nada. La gorda se quedó dura. Paró de hablar y el silencio fue lo que hizo que se me subiera toda la sangre a la cabeza. Acá. Acá tenía como un calor. Enseguida se me pasó, pero algo había cambiado en el aire. Algo que me siguió al café y me siguió toda la noche y me fue llenando de una cosa acá adentro que se me había salido de golpe cuando le pegué.

El bar, las luces, el humo, la calle mojada. Las vi mil veces, pero parecían otra cosa, parecían pintadas. No había visto a Marta desde que se había ido a París, y encontrarla de nuevo en ese ambiente conocido pero viciado, atrás de esa cortina de no se qué, no mejoró nada la situación. La que era y había sido y la que tenía que afrontar. Lo primero que vi fueron los labios rojos. Martita nunca se los pintaba. Antes. Ahora parecía que sí. Aunque no pude haber visto primero los labios, porque si no, no hubiera sabido que era ella. Como sea. Lo primero que me llamó la atención de Martita fueron los labios rojos. Sentí una cosa acá abajo, como una contracción. Hacía mucho que no la veía y ahora me daban ganas. Iba a tener que inventar algo coherente con los patos, porque si no iba muerto. Como los patos. Por ahí se emocionaba de verme. Qué se yo, nos debíamos un reencuentro. Todo el mundo lo hace, ¿no? Me acerqué tratando de que no se me notara nada en los ojos. Nada de nada. Ella dice que a mí se me ve en los ojos. La mirada te delata, me dice. O me decía. Pero la mirada me delata igual, antes, ahora, yo qué sé. Seguro que me delató en el bar. Si no Martita hubiera actuado distinto. Me dijo que no, pero yo sé que sí.

Le mandé una foto de los patos en cuanto se fue a París. No toqué nada de la casa. A pesar de lo que me había dicho, pensaba que podía volver. Carla había dicho que Marta iba a volver enseguida, que estaba loca. Yo trataba de hacerme el indiferente pero me gustaba la idea. Las chicas me mimaban y Marta me decía que no le escribiera más cartas de amor. No eran cartas de amor, ella pensaba que sí. Me insultó y yo no le escribí más hasta que se murió el primer pato. Era uno marrón con una mancha blanca corrida en el pecho. Lo encontré muerto en la orilla. Las chicas me habían dicho que lo llevara al veterinario para que le hiciera una autopsia. Yo pensaba que se había muerto de frío. El tipo me iba a cobrar un montón de plata por abrir el pato. Para qué, si ya estaba muerto. Carla decía que se había muerto de tristeza. Yo decía que los patos no tienen memoria de más de tres días. A lo sumo cuatro. Pero ella decía que no era cuestión de memoria, sino algo instintivo. No sé. Cuando volví a Buenos Aires ya se habían muerto todos los patos. Después Raúl me confirmó que se habían muerto todos. No quedó ni uno. Yo a Martita le escribí que no pasaba nada, pero la verdad es que de a poco se iban muriendo todos. Al final le dije, justo cuando se estaba por volver. Yo qué sabía. Encima me había enredado con la gorda puta esa y ahora no me la podía sacar de encima. La gorda decía que entendía que yo no la quisiera, que igual podía ser mi amiga, que todo era cool y light, y que ella era una gorda moderna. La cuestión es que, por una cosa o por otra, al final a mí me daba el bajón y terminábamos cogiendo igual. El día de lo del bar me andaba revoloteando porque andaría con ganas. Para tantear. Pero además de darse cuenta de que yo estaba en otra, pasó lo de la caja. La gorda tiene un ánimo a toda prueba, pero se dio cuenta de que se había mandado una cagada, porque inmediatamente se calló. Yo sentí el ruido y después el silencio. Después miré por el espejo y todo se aceleró. Al final me fui al bar y la dejé ahí, llorando.

Lila me acusó de matar a los patos. Qué sabe ella, si no estaba. La cuestión es que esa es la versión que le gustó a Martita y al final, por despecho o por celos o algo, me convertí en un psicópata insensible. Para Carla la cosa no estaba tan clara, pero en todo caso, si yo no había matado a los patos, los había dejado morir, que es casi lo mismo. ¿Ves lo que pasa? No le doy bola a Lila y me arma ese quilombo inconcebible y después termino con la gorda pesada que me rompe las bolas. Todo al revés. Así que me merecería que Martita no me perdone y todo lo demás, pero todavía no llegué a esa parte, no me quiero adelantar. Cuando entré al bar, vi los labios rojos de Martita. Inmediatamente. Pero se me superponía la cara colorada de la gorda llorando y el crujido de la caja. Eso fue decisivo. Porque cuando vi los labios de Martita me dieron ganas. Se me precipitaron un montón de cosas en la cabeza, creo que se me aflojaron las piernas, algo pasó.

Yo puse la mejor cara, media sonrisa para no ser exagerado, pero Marta me saludó con desdén. Como si nos hubiéramos visto ayer y fuéramos compañeros de oficina. De pisos distintos. Como si yo fuera el cadete o algo. Aunque llegué temprano, ella ya se había tomado un café. Yo pedí otro y ella pidió otro, entonces yo lo cambié por una cerveza. Hablamos de varias trivialidades, incluyendo algunas historias de este tiempo en que no nos habíamos visto. De la gorda, nada. La miraba a Martita, pensaba en la gorda y no lo podía creer. La caja, la gorda, la camisa arrugada, el humo, los labios de Martita. Me dio un mareo, pero creo que no se notó. Marta tenía un colgante azul, con un engarce de plata. Era como medio huevo brillante, del tamaño de una arveja pero ovalado, sobre la base de plata que le recubría apenas los bordes. Yo me había detenido en la observación del colgante y ella me preguntó si me gustaba. A mí me extrañó, porque creía recordarlo, pensaba que ya se lo había visto antes y también me había fascinado. Le dije que sí, no, no sé, pero no le pregunté nada. Lo movió un poco provocando unos reflejos que también me parecieron familiares, y se encogió de hombros frunciendo un poco la boca. Qué linda que estaba la turrita. Todavía no habíamos tocado el asunto de los patos. Aunque yo no tenía nada pensado, ya me estaba haciendo problemas porque no había despachado a la gorda para que no se quedara en mi casa. Podría haberse quedado. No era lo habitual, si yo no estaba, pero como había pasado lo que había pasado, no sabía lo que podía llegar a hacer. Debería haberle dejado en claro que se fuera. Me preocupaba. Como si no me acordara de haber apagado el calefón, esa misma sensación, ¿entendés? La cosa es que si lograba volver con Martita para mi casa y la gorda se había desparramado en mi cama, no tenía forma de remontar la cosa. Nunca más.

Cuando le pegué a la gorda, se sorprendió. Se puso toda colorada y se quedó muda de nuevo. Me miró con los ojos desorbitados, que enseguida se le humedecieron. Yo me arrepentí inmediatamente, pero no se lo dije. Me terminé de vestir y ni siquiera la miré. Mientras me estaba peinando se largó a llorar. Yo me acordé de Carla, porque una vez la vi llorar desconsoladamente, pero no había sido mi culpa. Me acuerdo que en ese momento me gustó, me pareció hermosa. Nunca me había parecido hermosa, pero en ese momento sí. Y después tampoco. Solamente cuando la vi llorar. Salí para el bar pasando por al lado de la gorda. Ni la miré ni la saludé, por las dudas.

La calle estaba mojada. Miré para arriba y el cielo estaba despejado. Se veían todas las estrellas. Recién había llovido pero no había nubes. Cosas del verano. Cuando entré al bar, me fijé en las luces amarillas sobre las mesas. Se veían raras, y por un momento me pareció que las habían cambiado, pero eran las mismas de siempre. Después la vi a Martita. Es decir, vi unos labios hermosos y después me di cuenta de que era Martita. Tenía toda ropa que yo no conocía. Aros que no conocía. Zapatos, cartera. Todo, menos el colgante azul. Después, cuando nos íbamos, me dijo que yo se lo había regalado. Todas las cosas que le dije de los patos no funcionaron. No me creyó. Marta se quedó con la idea ridícula de que yo se los había matado por venganza, como si fueran los amantes que ella estaría teniendo en Europa. Eso me dijo. También me dijo que ya estaba, que podía entenderlo, que quería decirme que me vaya bien y qué sé yo. A mí me parece que quería dejar en claro que la cosa había terminado. Pero no me lo dijo. Yo me fui a mi casa y todavía estaba la gorda boluda. A pesar del golpe se había quedado, ¿podés creer? Se había metido en la cama. Yo también me metí y terminamos cogiendo. Después no me podía dormir. Quería que se fuera pero era tardísimo, no la podía echar. Al final me fui al sillón. Cuando me desperté, no estaba más, y me quedé escuchando un rato largo cómo arrancaba y paraba la heladera.

 

© Daniel Contarelli