LA CIUDAD
Edgar Omar
Avilés |
México | 1980
Al entrar en su minúsculo pero pulcro departamento, Leopoldo encuentra un sobre que han arrojado por debajo de la puerta. Al abrirlo descubre que es un pase para el espectáculo de la famosa bailarina Tai-Yorga, el cual tendrá lugar esa misma tarde en el edificio Magallanes. En su cara anida un gesto de sospecha, pues ha escuchado que aquel viejo edificio, por su precario estado, será demolido la semana entrante para construir un parque. Sin embargo, resuelve ir, pues de no ser una broma jamás se podría perdonar el haberse perdido el espectáculo del torneado cuerpo dorado de Tai-Yorga, milagro de la arquitectura celestial. Y es gratis.
Las cuatro columnas jónicas en las esquinas que enmarcan el primer segmento del edificio Magallanes, más que por el tiempo, parecen roídas por castores mecánicos. Sus muros están surcados por cuarteaduras que emulan los mapas de extraños mundos. Los cristales rotos de sus ventanales le hacen ver tuerto y los que le restan salvos están llenos de polvosas lagañas.
Ha pasado ya más de medio siglo desde que se convirtió en el primer rascacielos de La Ciudad (concebido como una torre de cinco segmentos, cada uno idéntico pero de base menor al que le sostiene). En aquellos tiempos cada piso, revestido de alfombra púrpura, estaba nutrido de oficinas y los cristales polarizados devolvían íntegra la luz a las calles, entonces poco transitadas; era un monumento a la modernidad y al buen gusto; las empresas se peleaban por un piso y los chicos del barrio jugaban con su elevador (increíble caja de metal que los hacía soñar con cohetes espaciales) y no faltaban algunos atrevidos que subían hasta el piso 30, el último, del cual las cabecitas febriles inventaban horribles maravillas y asombros.
Leopoldo ve su reloj, preocupado: faltan escasas tres horas para el espectáculo. Sabe que, considerando el tráfico y la fila para entrar, apenas tiene tiempo para comer algo. Va a la despensa y toma la solitaria lata de sardinas. Al abrirla ve los pequeños pescadillos hacinados, pegados lomo con lomo, flotando en el rojo caldillo de tomate. Agarra por la cola a la sardina de hasta arriba y la mastica con dentelladas rápidas, luego deglute los trozos medianamente triturados y procede a agarrar otra sardina, hasta terminar las siete que contenía la lata. Con la garganta constreñida, abre el refrigerador, toma el bote de leche y da un trago largo, parece que besara la frente de la mujer que se anuncia como extraviada en la fotografía del tetrapack. Satisfecho eructa profundo, se lava los dientes, toma el teléfono y pide un radiotaxi: no puede llegar tarde a su cita con Tai-Yorga y su hipnótico vientre ondulante, que conoce sólo a través de la televisión por cable.
Ya más de dos lustros que nadie ni nada se aloja en el edificio Magallanes; poco a poco perdió encanto su sincretismo arquitectónico y rascacielos más altos le robaron clientela. Así, el descuido empezó a roerlo, sus tuberías fueron oxidándose, los chicos, gradualmente, dejaron de jugar con su elevador y las poleas empezaron a chirriar por falta de mantenimiento. Las secretarias y los jefes emigraron a oficinas más espaciosas y mejor iluminadas, donde el aire acondicionado resultara vasto y en cuyos sótanos existieran generadores de electricidad. Se fue quedando vacío y la herrumbre del tiempo lo fue menguando, enflaqueciendo más y más día a día, mes a mes, año a año. Terminó convertido en un monumento a la decadencia, a un pasado que el futuro deseaba desmoronar.
El dueño tal vez murió o tal vez se fue a otro país para evadir impuestos. Por su parte, el alcalde de La Ciudad, ante el estado del rascacielos y al no saber del propietario, decidió demolerlo y así cumplir una de las promesas que había hecho en su campaña electoral: un parque para niños.
Leopoldo se forma en la fila que ya da media vuelta a la acera del Magallanes. Se pregunta si aquella construcción estará en condiciones para alojar a las más de cien personas que le preceden, anhelantes del espectáculo de Tai-Yorga. Para ignorar la lentitud de los minutos, Leopoldo alza la vista y entre la nata de smog ve las nubes regordetas, algunas parecen rostros, otras pulpos o garras. Se le cansa el cuello y prefiere contar los volkswagens amarillos que transitan casi rozándolo, en aquel tráfico de cláxones histéricos. Cuando su mente regresa al tedio de la espera, nota que él ahora está formado a la mitad de la inmensa fila. La puerta principal se abre de súbito y el gusano de gente avanza, cadencioso.
— Por fin podré ver a Bruno Cassini, el mejor Mago del mundo — dice con grandes ademanes el sujeto alto y desgarbado formado a las espaldas de Leopoldo.
—Tai-Yorga , querrá decir Tai-Yorga y su vientre mágico — responde Leopoldo, arqueando una de sus pobladas cejas.
— Pero, joven, ¿qué no es la muestra de la nueva línea de productos Tupperware? — espeta contrariada la obesa señora formada adelante de Leopoldo.
Los tres desembolsan sus invitaciones y cada uno corrobora, primero feliz y luego con desconcierto, su afirmación.
— Quizá se van a presentar los tres espectáculos a la vez... — sugiere Leopoldo, mientras traga saliva y su manzana de Adán sube y baja, enfática.
—Pues esperemos que el piso 30 sea muy amplio — dice la gorda, con cierto titubeo.
Asienten, guardan con mucho cuidado sus invitaciones y deciden ignorarse.
Leopoldo ve las pintas de graffiti que se amontonan en los bajos muros del edificio, después nota que nadie está a cargo de recibirlos cuando franquea la entrada principal: un arco romano con dos gruesas y carcomidas puertas de madera en las que, sin embargo, aún se adivinan finos tallados. Adentro, la estancia es amplia y el aire corrupto. En el techo de esa planta baja una lámpara de neón parpadea, la luz sería insuficiente para dominar la penumbra, de no ser por los cristales rotos que dejan pasar los rayos de un sol de ocaso. Las suelas de los zapatos se adhieren al contacto con el lodoso piso de mármol. Al fondo, a un lado del elevador, empotrada hay una mesa en cuya plancha de cantera yace un libro de visitas; a Leopoldo le gustaría acercarse y descubrir la fecha de la última visita firmada, pero eso implicaría perder su lugar en la fila. Una veintena de macetas de diseños zoomorfos rodean la estancia, adentro de ellas sólo tierra negra y cenicienta. Leopoldo voltea de un lado a otro, hasta que su vista se detiene en las cuatro columnas jónicas, ajadas e idénticas a las exteriores sólo que de menores dimensiones, que en el centro sostienen las entrañas del añoso Magallanes; concluye que, pese al deterioro, el edificio parece suficientemente sólido como para resistir por unas horas los contoneos de Tai-Yorga, y sigue pensando en ella hasta que tiene ante sí el elevador cuyas puertas oxidadas se abren, seductoras. “Piso 30”, solicitan al unísono los doce que tripulan el elevador. Leopoldo, al saberse el más próximo al comando de botones, se tiene que agachar para presionar el 30, pues los botones están dispuestos de tal forma que hasta un niño pequeño podría operarlos. Los doce ascienden, apretados, hombro con hombro. Leopoldo recuerda las sardinas y sonríe. Los engranes y poleas rechinan. “Piso 5”, marca el contador centrado arriba de las puertas.
— ¿Creen que Tapioca traiga completo su circo de hámsters? — pregunta con la mirada iluminada un niño que acaso le llega a la cintura a Leopoldo. Todos, extrañados, voltearon a ver al pequeño.
— Sí, yo creo que sí — contesta Leopoldo, complaciente, mientras piensa que en verdad tendrá que ser muy grande el piso 30. El contador marca “piso 19”. El calor se acumula. Una chica con el rostro marcado de acné se retoca el maquillaje. El contador marca “piso 25”, pero de pronto todos se marean (por la inercia algunos habrían caído de sentón de no ir tan apretados) y de nuevo marca “piso 21”. Las poleas chirrían con mayor vehemencia. La gorda carraspea. Piso 23. El hombre alto y desgarbado se rasca su prominente nariz aguileña. El ascensor se eleva discontinuo y tembloroso. Piso 27. Piso 28. Piso 29.
El temblor cesa. Silencio. Las puertas se abren. Leopoldo saca la cabeza, luego un pie. Con pasos lentos e inciertos el grupo se adentra en el oscuro y húmedo piso 30, cuyos polvosos cristales no han sido alcanzados por proyectiles de jóvenes vándalos.
—¡Por fin conoceré a Alma Solitaria ! — exclama suspirando un anciano que con una mano apoya su renguera en un bastón y con la otra se acomoda la rosa roja apostada en el ojal de su arrugado saco.
El grupo camina inseguro, los pupilas de todos se empiezan a distender, buscando robar luz a la oscuridad. Leopoldo escucha un crujido, siente que el suelo ondula, luego ve entre sombras surgir del piso y del techo hileras de rocas puntiagudas: cuando el pétreo hocico se cierra son doce gritos que no duran ni un segundo.
Las poleas rechinan y el elevador, vacío, desciende de nuevo.
Al amanecer del día siguiente el edificio Magallanes resplandece, altivo, como medio siglo atrás. En los pulcros cristales de sus ventanales se refleja la mañana de cielo azul, blancas nubes y amarillos rayos de sol; y en los lisos muros de sus cinco segmentos, enmarcados todos por gigantescas columnas, la pintura perla no tiene mácula. Los pisos de mármol están pulidos, las paredes interiores resanadas y las macetas son hogar de muy verdes acantos de altas flores violáceas.
El alcalde, sin comprender quién fue y cómo le hizo el benefactor que acometió la empresa de restaurarlo en una sola noche, decide utilizarlo para oficinas de diversas dependencias. En unos días hará frente a las suplicas de las desesperadas familias de quienes se extraviaron, dando la orden de que aparezcan fotografías en los botes de leche y en las estaciones del metro.
El edificio Magallanes se ha integrado de nuevo a la vida de La Ciudad y ya no luce amedrentado entre modernos rascacielos que le doblan el tamaño. Las nubes son sueños felices y el smog pensamientos sucios que está elucubrando una Ciudad que crece vigorosa, sabiendo que habrá gente para todos.
© Edgar Omar Avilés |