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Bryce Echenique

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Sartre

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García Márquez

 

Martín Mai <Arcángel>
Argentino
1983
martin_mai@hotmail.com

 

Segundos

 

Se elevó violento y con un impulso sembró sobre tu pecho la semilla de la muerte. Hizo blanco en el centro de tu existencia. Tu corazón se tornó progresivamente inútil y sólo quedó tu conciencia susurrándote al oído que la muerte estaba cerca. Miedo. Ese puñal que se convirtió en una extensión de tu cuerpo, esa hoja de metal que tu pecho abrazó con fuerza, fue la llave con que abriste minutos después las puertas del infierno. Tu plasma comenzó a abandonarte y veías, sin hacer nada por evitarlo, el éxodo de sangre que escapaba de tu cuerpo. Miedo. Te cubrió una corona de rosas rojas, aún antes que mueras. Sólo esperaste, en relativo silencio, divisar la frontera: del presente y lo incierto.

Dos suspiros y un grito frustrado fueron tu adiós.

Incertidumbre. Recordaste que aún eras humano, no olvidaste la incierta presencia del alma. Te atormentaron los pecados. La idea de ultratumba te arañó la espalda: eras la presa perfecta de tus miedos. El cazador se ocultaba tras la sombra de lo incierto. Trataste de justificar tu maldad, intentaste convencer (ni tú sabías a quién exactamente) que fuiste víctima de la debilidad, que las circunstancias fueron quienes reemplazaron tu lengua por una serpiente, que las heridas que habías causado, por ser razones auténticas, no deben ser heridas, sino simples espejos de la verdad. ¡Trataste de justificar la mentira! Y quedaste libre de culpa y cargo en tu discurso, te auto-nombraste absuelta de errores... ni siquiera tu propia conciencia te creyó. ¡Te mentiste a ti misma, aún siete minutos antes de morir! Miedo. Tus pecados te atormentaron a medida que hipotéticamente ibas descendiendo, te ibas fusionando con la fría tierra de algún cementerio.

Dos suspiros y un grito frustrado fueron tu adiós.

Y poco antes de que la percepción dejara de obedecerte, de que tus ojos anularan por siempre el ingreso de la luz, tu mirada volvió a enfrentarse con tu pecho herido. Miraste cara a cara a ese enemigo que se alzaba en tu pecho, esa daga inerte que besó con saña asesina el centro exacto de tu corazón. Y las últimas gotas de vida se iban expandiendo por el suelo.

Seis minutos después que ese puño enfurecido se elevó violento (potenciando su ira al recordar las causas que te llevaron a hacerlo) en la cerradura de tu cuerpo se introdujo la llave, dejando que tú descubrieras cuán cerca estaban las puertas del infierno... seis minutos después, a poco más de trescientos segundos de agonía, diste el primer paso que te introdujo en la frontera.

Tus ojos se rebelaron y te negaron imagen alguna. Tus pies fueron quienes promovieron el invierno en tu cuerpo. Frío. Tus manos corrieron a tu garganta cuando el aire se negó a entrar. Violentos cimbronazos de tu cuerpo, acciones inmediatas que anhelaban ofrecer resistencia a las órdenes de la muerte. Tu humanidad pretendía encabezar una rebelión. Sufriste en el eterno minuto siete, el minuto más extenso de tu vida... el nexo con la muerte.

Creo que tu tumba conserva la historia del octavo minuto... y el noveno... y el minuto diez... once... doce...

 

 

 

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