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Trip
Gino
Purín
| Perú | 1978
A
ver, señor Ramírez, reláteme su experiencia.
Bueno,
como le decía a la señorita hace un rato, todo esto
sucedió la semana pasada, el miércoles. Si no me
equivoco, yo esta…
Qué
fecha.
Ah,
miércoles 16, ¿16, no? Sí, miércoles
16. Bueno, yo había salido con mi señora, fuimos
a comprar cosas que ella quería; la verdad ya me estaba
aburriendo, usted sabe cómo son las señoras, compran
esto y aquello y luego le preguntan a uno si…
Por
favor, señor Ramírez, al grano, no me ande con rodeos
que no me interesan.
Ah,
sí, disculpe; como le decía, después de un
par de horas de estar comprando me provocó ir al baño,
así que le dije a la señora que ya volvía,
que necesitaba 'achicar'. Fue ahí cuando ocurrió
lo raro del asunto.
¿En
el baño?
No,
digo que fue en ese momento, eran aproximadamente las seis, me
acuerdo porque a cada rato miraba el reloj. Usted sabe, el partido
empezaba en menos de hora y media. Bueno, fui al baño y
cuando regresé lo más raro y fantástico;
no lo va a creer: todo había cambiado.
¿Cambiado?
Sí,
las personas, los edificios, la ropa, era como si hubiese viajado
al pasado.
¿Al
pasado?
¡Sí!,
los edificios no eran de hormigón, ladrillos y cemento,
sino de adoquines, quincha, eran pequeños, de dos pisos
a lo más. Y las personas vestían ropas corte antiguo.
Al principio me dio risa ver a los chiquillos en terno y camisas,
pero lo que más me sorprendió fue ver pasar un carruaje,
¡con caballos, chofer y todo! Claro, pasada la emoción
y la sorpresa, no sabe el miedo que me cogió, el miedo
de no poder regresar a donde debía estar, el miedo de no
saber dónde me encontraba, y fue en ese momento cuando
vi a la multitud de personas, hombres en su mayoría. Esa
es otra cosa que me sorprendió, ¿sabe? Cuando yo
salí de mi casa era verano, y por eso usaba jeans y polo,
pero ahí era invierno, y la gente vestía unos gabanes
inmensos, chalecos y lo demás, en cambio esa chica esta...
Señor
Ramírez, un poco de orden, ¿de qué chica
me está usted hablando?
Disculpe,
es la emoción, que alguien quiera escuchar mi historia.
Bueno, era una chica de unos veinticinco años, delgada,
cabellos oscuros, y me parece que con una argolla en el ombligo.
La cuestión es que la multitud de gente estaba ahí
mirando a la muchacha, porque esta chica usaba unos shorts y tops
diminutos, hubiese visto la cara de pánico de la chica.
Cuando me acerqué, me percaté que unos de los muchachos
quería pasarse de vivo y mi único instinto fue pegarle
un golpe. No sé de dónde me salió; yo soy
tranquilo y nunca he tenido una reacción similar.
Bueno,
no creo que alguna vez haya estado en una situación similar.
Sí,
pues. En fin, le pegué un golpe al chico, cogí a
la muchacha por el brazo y nos echamos a correr huyendo de los
mocosos que nos seguían, doblamos a la izquierda, un par
de cuadras más, y de la nada me di contra una pared, me
levanté y no adivina lo que pasó.
No.
¿Qué pasó?
Que
la chica ya no estaba, todo había vuelto a la normalidad:
las casas, la gente, incluso pedí la hora y sólo
habían pasado quince minutos desde que fui al baño,
pero estaba a unas ocho cuadras de la tienda a la que había
ido. ¿Qué le parece?
¿Qué
me parece?, que usted sufrió una alucinación temporal.
¿Pero
no me cree? Estas cosas pasan, señor, no sé, agujeros
negros, roturas en el espacio-tiempo, cosas de esas.
Por
favor, señor Ramírez, no me haga reír. Agujeros
negros, usted si que es un oportunista; ya no me haga perder el
tiempo.
¿Acaso
no va a publicar mi historia?
¿Historia?
¿Qué historia? Usted está mintiendo, no tiene
testigos, pruebas, ni siquiera sabe a qué año viajo,
en caso que haya viajado. Hágase ver, hombre, porque si
no está loco está dopado. Y por favor, no me vuelva
a llamar, tengo una reputación que mantener. Hasta nunca,
Ramírez.
©
Gino Purín
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