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Los
vestidos del diccionario
Carmen
Salas
| España | 1971
Tenía
un disfraz de frase bonita.
—Mujer —le dije— quiero conocer el contenido.
Pero ninguna de las palabras con que ella se había vestido,
estaba en el diccionario.
Cristina
Peri Rossi
Para
Ilda y su mamá, por los trenes que nos unen y sin embargo
no cogemos
.
Cuando
en plena adolescencia y de forma inesperada, mis padres me subieron
a un tren con destino conocido, pero diferente al de Lourdes II,
contraje una tristeza crónica que casi me cuesta la vida
y que, a cambio de permitirme envejecer, me dejó de regalo
una intermitente y desesperanzada visión del mundo. Quizás
fuese porque, como decía mi abuela al referirse a la pérdida
de su primer marido durante la guerra, cuando la persona que más
quieres desaparece de forma definitiva, la nostalgia acaba convirtiéndose
en la verdadera familia de una; en mi caso, durante aquella dura
diáspora, sólo la bolsa de viaje consiguió
amortiguar el revés y embeber tanta lágrima derramada,
convirtiéndose en el confidente callado que custodiaba
por igual mi ropa y un puñado de sentimientos por estrenar
que, a partir de entonces, debieron buscar una nueva dueña.
Porque Lourdes II se había quedado atrás mucho antes
del andén, de la maleta a medio hacer de mi madre y de
la forzada sonrisa de mi padre, que nos giró la espalda
media hora antes de que arrancara el convoy. Se había quedado
clavada en la puerta del cementerio, tirándome un beso
con la mano, como cualquier otro domingo, después de haber
visitado juntas la tumba de su hermana Lourdes I, sin saber que
unos días después a mí me iban a amputar
el deseo de tenerla de un golpe certero, como se descuartiza un
cerdo después de la matanza.
Cuando
el tren arrancó, todo lo que me unía a mi primera
confidente, amiga y amante mudó la piel de sus tiempos
verbales de forma instantánea, como los decorados de los
grandes teatros, dejándome instalada en un presente pillado
por sorpresa, mientras mi progenitora se obstinaba en hacerme
salir de los recuerdos con una sarta de normas con las que pretendía
reconducir mi vida. “Aún estamos a tiempo”
le oí decir en voz alta, no sé si tanto más
para auto convencerse, como para disuadirme de la posibilidad
de escapar a mi destino. Temor, este último, que hubiera
disipado yo misma de haber podido detener en los ojos aquel río
desbordado y articular alguna frase con sentido, como por ejemplo
que el dolor había secuestrado cualquier movimiento de
mi cuerpo más allá del parpadeo que siguió
al torrente de lágrimas. Pero no pude hacer nada y dudo
mucho que me hubiera escuchado; estaba demasiado horrorizada con
lo que había descubierto el día anterior, tanto,
que apenas se atrevió a mirarme a los ojos, como si en
lugar de su hija llevara al lado a un extraterrestre, un vagabundo
o un inmigrante indocumentado. En parte no se lo reprocho. ¿Quién
no hubiera hecho lo propio al enterarse de que su dulce y preciosa
niña de 16 años era en realidad una desviada? La
desilusión que comportaba saberme diferente no parecía
tener cabida en su escala de valores. “Si por lo menos se
hubiera tratado de un vulgar embarazo sabría qué
hacer”, había calibrado minutos antes de ver aparecer
a mi padre, la víspera del viaje. Le fastidiaba que su
mundo perfecto se tambaleara por algo que no se resolvería
vaciando el contenido de mi útero, y no consintió
ni uno sólo de mis intentos por explicarle que en mi relación
con Lourdes II no había habido nada oscuro ni sucio, sino
que el amor había surgido de forma espontánea, cuando
un beso mío quiso aventurarse dentro de su boca y ésta
le dio cobijo como si se hubiera estado preparando para ello desde
siempre. Fue inútil. La sola idea de que nuestros cuerpos
hubieran compartido la misma cama le provocaron unas terribles
náuseas, sensación que fue rápidamente sustituida
por la de culpabilidad al pensar que ella misma lo había
propiciado “vete tú a saber desde cuándo”.
La
llegada de mi progenitor no hizo sino empeorar mi situación.
Incapaz de encontrar un adjetivo con el que etiquetar mi comportamiento,
acabó por saldar la difícil situación cruzándome
la cara y encerrándome en mi habitación hasta tener
clara la manera de recomponer su, hasta entonces, perfecta familia.
Les oí deambular por la casa durante toda la noche y la
verdad es que me sentí un poco decepcionada cuando comprobé
que el consenso sólo les alcanzaba para la reserva de unos
billetes de tren para llevarme con mis abuelos que, dadas las
circunstancias, me recibieron con pereza, cada uno por su lado,
con un abrazo hueco y despuntado, como se abren las latas de sardinas
cuando están oxidadas.
Así,
la certeza de Lourdes II se perdió sin remedio a la salida
del camposanto de mi ciudad, un improvisado nido de amor que dio
cobijo durante más de seis meses al ímpetu de un
mismo deseo. Protegidas por el silencio de cientos de testigos
que, mudos por las circunstancias, todo lo callaron, descubrimos
la verdad que se escondía bajo nuestros vestidos y a través
de ellos supimos, poco a poco, de la calidez de nuestros pechos,
la espesura de nuestros sexos y la agitación de nuestros
corazones. Mientras, sus padres cambiaban las flores del nicho
de Lourdes I y rezaban interminables oraciones que, sin embargo,
nunca consiguieron devolverles un poco de alegría a sus
rostros. Quizás porque se la robamos nosotras con la impetuosidad
de la juventud recién estrenada, que se abría paso
por las calles de aquella ciudad de eternos bellos durmientes
a un ritmo vertiginoso. El eco de nuestras risas nos parecía
entonces más contagioso que la viruela, y aquel exceso
de confianza, propio de las que aman por primera vez, nos impidió
ver la tragedia que se nos venía encima, pero ¿quién
piensa en el súbito deshielo mientras esquía por
una pendiente de espesa nieve?
En
los dos años siguientes sufrí una temporal menopausia
verbal que inutilizó mi garganta e hizo intransitable el
camino a las palabras. Para cuando quisieron regresar, mi cuerpo
mostraba un aspecto tan alejado del que ella había acariciado
que resolví abandonar definitivamente la idea de recuperarla,
y me consagré a la triste agonía de seguir muerta
en vida. Fue imposible. Durante el insufrible devenir de aquel
tiempo, tuve que aceptar que sobreviví a tamaña
injusticia, y vi cómo el futuro se acomodaba en mis contornos,
decidía agrandar sus fronteras sin mi permiso y le sumaba
nuevos días, meses, años a mi desconsuelo. Eso sí,
lejos del epicentro de la desdicha, al que no fui capaz de regresar
hasta quince años después, cuando mi madre falleció
y restos de sentimiento filial que yo creía muerto y enterrado,
se instalaron en mi estómago impidiéndome ingerir
ningún alimento durante más de setenta y dos horas,
justo hasta que me planté frente a la taquilla de aquel
viejo apeadero de pueblo.
Sólo
permití que viniera a despedirme Ilda y su reconfortante
mano fue lo último que rocé antes de subirme de
nuevo a un tren. Era la hija del jefe de estación, siete
años mayor que yo y, por alguna extraña razón
que aún desconozco, la única persona que consiguió
restaurarle las ganas a mi curiosidad sin inmiscuirse en los sentimientos.
A pesar de regalarme la oportunidad de ser la primera en arrullarla,
en crear sombras paralelas a su cuerpo, jamás me preguntó
nada, supongo que porque sabía todas las respuestas de
antemano, y así lo demostró durante los largos silencios
que fundamentaron nuestra amistad. La tranquilidad ficticia que
provocan las largas esperas sólo permiten verdades pasajeras
y ella siempre supo, mucho antes que yo, que tarde o temprano
me marcharía de allí. Y que no me acompañaría.
Regresé
al paraíso perdido con el paso más libre pero menos
firme, como sucede cuando una se dispone a recorrer nuevamente
los lugares donde fue feliz y, sin embargo, ya nadie le espera.
Casi sin querer, pero queriendo me encontré frente a la
puerta de entrada y, por unos momentos, el reloj se atrasó
quince años. En los cementerios, como en los hospitales,
los pulmones del tiempo pierden fuerza y transitan el aire a dosis
casi imperceptibles.
La
verja, las flores ornamentales, todo guardaba un aspecto similar
al recuerdo que tenía de ellas. Todo menos Lourdes II a
la que, presentía, no volvería a ver nunca en aquel
entorno. O eso creí yo entonces.
La
que sí estaba era mi madre, que me esperaba en el tanatorio
junto con el resto de familiares, entre los cuales destacaba por
derecho, su marido. Mi padre. No hablé con ninguno de los
dos, como ellos tampoco habían querido hacerlo desde que
me exiliaron, y aunque uno estaba vivo y la otra no, no hallé
razón alguna para discriminarlos en el trato. Los demás,
pasaron con rapidez de la sorpresa a la curiosidad y de ésta
al interrogatorio, intentando resumir en un minuto todos los secretos
de mi ausencia. El cura, vino a liberarme de aquella sobreexposición
de cariño prefabricado, pero me abandonó a mi suerte
en cuanto averiguó que no pensaba ayudarle en la difícil
tarea de hablar bien de mi creadora.
Ajena
a las palabras de apoyo que no necesitaba, me senté a esperar
a que todo acabara, y dejé que el recuerdo de Lourdes II
inundara la antesala del sueño. Y allí me quedé,
medio adormecida, hasta que la mano de María sobre mi cabeza
me sobresaltó.
La
madre de Lourdes II transmitía una desolación que
procedía de otro tiempo, pero crecida, como si hubiera
duplicado la carga de dolor desde que la vi por última
vez, y eso me conmovió, sobre todo al pensar que mi madre
pudiera ser la causante. ¿Cómo era posible que dos
mujeres tan diferentes hubieran tenido algo en común? Compartir
escalera y tendederos no es garantía de amistad, pero me
constaba que se tuvieron afecto, en el caso de mamá, e
incluso hablaría de cariño en el caso de María.
A
mí siempre me quiso “como a una hija”, puede
que imaginando que ocupaba el espacio de Lourdes I y, hasta el
día de mi precipitada marcha, gustaba de llevarnos con
ella a todas partes, creo que con el deseo de que la gente le
planteara la gran pregunta: si las dos éramos hijas suyas.
A nosotras aquello siempre nos divirtió y ella raras veces
abandonó la ambigüedad a la hora de explicarse.
Se
inclinó para besarme en la frente y las flores que sostenía
en los brazos me arañaron la cara. Me extrañó
que no las hubiera dejado junto al féretro, pero el dolor
provoca amnesias y paraliza acciones, así que no le di
mayor importancia. Cuando el cura, mostrando ya el inicio del
segundo acto de la obra, pasó por mi lado y me miró
con desaprobación, me apoyé en ella y, por unos
instantes, recuperé parte de la seguridad que nos brinda
la infancia. Mientras me consolaba preguntó si me había
casado y entonces me di cuenta de que no sabía nada. Envidié
su ignorancia de forma extrema, hasta el borde del desmayo, porque
a ratos, yo también había deseado no tener conciencia
de Lourdes II, ni del efecto que en mí tuvo su sonrisa
o su ternura, pero una no puede dejar de saber lo que sabe, ni
de sentir lo que siente.
A
partir de ese momento, todo fue como volver a ver películas
en el Cinexin de mi hermano Santos. Las emociones se sucedieron
sin lógica alguna, hacia delante y hacia atrás,
deprisa y con insoportable lentitud, como si una mano invisible
se dedicara a cambiar el orden de las secuencias.
Intentando
recuperar el norte me situé detrás de todos. Mi
padre y María iban los primeros, ella con el ramo de flores.
Blancas, como las que le gustaban a Lourdes II. Pensé en
lo curioso de rememorar aquel detalle mientras ascendíamos
por una de las empinadas callejuelas del cementerio. Sin querer
prestar atención, pero prestándola recordé
que el nicho de mis padres estaba en dirección contraria,
aunque no me atreví a decir nada, embargada como estaba
por la apatía que sucede al dolor, que no mata pero incapacita.
Esperé a que mi padre diera la voz de aviso, pero él
también calló y siguió dándome la
espalda, al igual que el cura y María, cuyas muestras de
aflicción estaban ya muy por encima de las del resto de
la comitiva. Pensé en lo extraordinario de la escena, por
lo poco dada que aquella mujer había sido siempre a protagonizar
las vidas ajenas y mucho menos su dolor.
Como
si de un ejército profesional se tratara, los pasos del
grupo se detuvieron en seco a una indicación del sacerdote
y caí en la cuenta de que, además de no desaprender
lo aprendido, una tampoco puede evitar reconocer lo que conoce,
sea el llanto de un hijo o el lugar donde descansan tus muertos.
María también lo sabía cuando alzó
la vista hasta la tercera fila, y sus ojos se detuvieron en el
número 715. La tumba de Lourdes I. Permanecía abierta
y la lápida me mostraba el mismo nombre de siempre pero
duplicado, con dos fechas de ida y vuelta. Busqué con desespero
otros ojos que explicaran aquel sin sentido, pero todos andaban
ocupados en observar a María que, frente a la tumba de
sus dos hijas lloraba con resignación. Mi padre se giró
y me dedicó una sonrisa forzada para, acto seguido, alejarse
del sepelio dejándome una vez más, sola.
Lourdes II se suicidó tan solo unos días después
de mi desaparición, prefiriendo la compañía
de una hermana muerta a la soledad impuesta por mi lejanía.
Mi madre, debido a la suspensión de pagos de su compañía
aseguradora, fue enterrada con ella gracias a la generosidad de
María, que actuó convencida de que, de haber podido,
su vecina hubiera aceptado de buen grado. Yo creo que compartir
espacio con una desviada suicida tampoco hubiera tenido cabida
en su escala de valores.
En
otras circunstancias aquel giro del destino me habría sabido
a victoria, pero al simultanearlo con el descubrimiento de la
triste elección de Lourdes II, sólo consiguió
descomponerme el juicio y rescatar del olvido la peor de las sentencias
pronunciadas por mi padre quince años atrás: “Hazte
lesbiana si quieres, pero ¡por Dios! antes de decidirlo,
deja que te penetre un hombre en condiciones”.
©
Carmen Salas
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