|

|
|
Puerta
cerrada
Antonio
Ramos
| México | 1977
—CÁLLATE,
TÚ NO ERES COMO ANITA. —le dijo.
Martha observó por el televisor junto a Javier, su esposo,
cuando Ana atravesó la meta. La mexicana había ganado.
Otra vez iba a besar sus bíceps como muestra de su poderío.
Martha alargó una mano hacia el tazón con cacahuates
sobre la mesita; le supieron amargos. Desde que la mexicana había
ganado la Golden League, Javier seguía las carreras
de la velocista. Él, quien sólo recordaba los lejanos
triunfos de Raúl González “El matemático”,
se mantenía atento a las noticias sobre la “Gacela
de Sonora” que salían en los periódicos locales.
Como un rumor sordo, conforme se acercaba alguna competencia de
la sonorense, Javier llegaba a casa con noticias sobre la infancia
de Anita. Así le había dado por llamarla y el nombre
flotaba con orgullo en sus labios: A n i t a. Y ahora, al acomodarse
en el sillón, terminada la competencia, después
de darle un trago a la cerveza, Javier volvió a la comparación.
—Tú nunca has tenido sueños. ¿A poco
crees que casarse es el sueño de una triunfadora? N`ombre
—arremetió mientras Ana recibía rosas; mientras
se inclinaba sobre la pista para jalar aire; mientras se reponía—.
Nada más piensas en ir con tu mamá. Así,
la verdad, no se puede. Anita no anda con su madre para todos
lados. Ella va, se presenta en la pista, se pone sus lentes aerodinámicos
y sale y corre y gana.
Javier le dio otro trago a la botella. El calor inmóvil
en la habitación a pesar de las ventanas abiertas y la
puerta sin cerrar por donde entraban la luz del sol se adhería
familiar a las paredes. Se habían terminado los cacahuates
y Javier eructó al desabrocharse el cinto. El abanico en
la esquina lanzaba un aire ralo que se evaporaba en el aire de
la tarde. Martha se levantó y entró a la cocina.
En la mesa, con las manos temblorosas y el odio incubándose
contra la velocista, dijo:
—Pinche Ana.
En ese momento Javier entró a la cocina por otra indio.
—El problema con mujercitas como tú —le dijo
con burla—, es que nunca están
contentas. Pero ya te dije. Ahí está la puerta...
—Un día me voy.
—Ajá.
Javier jugaba futbol los domingos. Se levantaba temprano y salía
con frío o calor hacia los campos en la León XIII.
Vestido para el juego, los tachones con las lenguas por fuera,
medias de licra encima de las medias de acrilán, short
rojo y la camisa de sus Rayados del Monterrey y no volvía
sino hasta la noche, medio ebrio, necio, con ganas de hacer el
amor.
Martha odiaba los domingos. De novios lo acompañaba al
llano. Le llamaban la atención los futbolistas gordos,
prietos, enfundados en coloridos uniformes. Es como el carnaval,
se decía cuando desfilaban frente a ella hombres enfundados
en playeras celestes, naranjas, negras con vivos amarillos, rojas
con franjas verdes, violetas con números negros; con llamaradas
en el frente, con tigres furiosos en el pecho. Javier tenía
las piernas fuertes. Quería jugar con las fuerzas básicas
de los Rayados.
Un domingo, años atrás, volvió a acompañarlo.
Los campos casi desaparecían invadidos por los fraccionamientos.
Al fondo, donde antes compraban tortas y jugos, se levantaban
casas en obra negra. También Javier había cambiado.
Su marido, con el vientre pesado a causa de la cerveza, se movía
con la terquedad de un armadillo mal ubicado dentro del juego.
Tomaba la pelota para soltarla en un pase perdido a la banda.
Si no, le quitaban el balón con facilidad o éste
se le escondía entre los pies. Las viejas mañas,
los gestos de dolor, habían crecido en una teatralidad
que ya no sorprendía a nadie. Al segundo tiempo no volvió
al campo y desde la banda, se estuvo atento a los ires y venires
de jugadores y balón, con el sol torvo de las doce del
mediodía sobre su espalda, se quedó cabizbajo, nostálgico,
vacilante entre irse o ver cómo jugaban otros.
—¿Adónde te irías? —le dijo Javier
en la sala, cuando la vio aparecer por la puerta,
el vestido café, arrugado, la pulsera con cuentas de caracoles
en la muñeca—. Déjame ver, ¿con tu
mamá?
—Ojalá y te fueras tú —le contestó
ella—, con otro tendría...
—¿Qué tendrías? ¿eh?
—Hijos, tendría hijos.
—Tú no entiendes —contestó Javier pero
observó dentro de él un campo invadido
por la muerte, Martha insatisfecha en la cama, él dándole
la espalda, incapaz—. Tú no entiendes.
Martha se sentó junto a él. El acaloramiento la
adormecía. Javier cambiaba de canales con rapidez, indeciso.
Por la calle pasó un globero y por la puerta abierta asomaron
los globos rojos y amarillos con su felicidad redonda y torpe.
—Eres mi Martha chula. Eres mi Marthita—, le dijo
horas después cuando el sol declinaba y una brisa que se
le antojó glacial entraba por la puerta. Martha se maldijo
en silencio cuando Javier la abrazó por la cintura y la
atrajo hacia él.
El tufo de la cerveza le cayó en la cara mientras leía
la revista con los chismes sobre los artistas. Javier la había
interrumpido cuando terminaba el test: ¿Qué tanto
soportas a tu novio? Se dejó llevar por las manos. El primer
beso le supo a un largo maratón recorrido con esfuerzo,
a un maratón desfalleciente, sin agua, con sol. Imaginó
al “Matemático” dando esa vuelta final en el
Coliseo de los Ángeles mientras Javier la besaba. La revista
había quedado sobre el descansa brazos y en la página
una mujer sonreía ajena a todo.
No cerraba los ojos cuando la besaba. Le parecía un gesto
absurdo. Observó la puerta y encontró la calle despejada,
los fresnos ensombreciendo las aceras y al fondo el cerro pegajoso
de tan verde. Ojalá me fuera, especuló mientras
Javier la besaba y la mano de él le oprimía los
senos.
—Está la puerta abierta —le dijo él—.
Voy a cerrarla.
—No —le respondió Martha—. Así,
así déjala, que nos vean.
Un sábado, semanas atrás, mientras Martha terminaba
de lavar la ropa, Javier llegó antes de lo acostumbrado.
No pudo disimular la alegría cuando él extendió
el sobre con la raya. Cuando se levantó para ir a la cocina
y prepararle la comida, Javier le soltó una nalgada.
—Hoy vamos a comer en la calle. Prepárate.
—¿Y eso?
—Voy a dejar unos papeles con unos amigos; aprovechamos
para ver si Anita gana
su cuarta carrera en la Golden y luego nos vamos a cenar.
—¿A esta hora va a correr?
—Anda en Europa y a esa hora allá es de noche.
Se vistió de mala gana. Anita, Anita, ojalá y perdieras
para que éste me deje en paz, se dijo cuando se colgaba
los aretes.
El cielo despejado le permitió reconocer a lo lejos la
antena de televisión sobre el Cerro de la Silla. ¿Quién
sabe cuánto tardaría Ana en correr hasta arriba?
¿Cuarenta y ocho segundos? ¿Dos días? ¿Podría
el “Matemático” subir hasta allá sin
cansarse?
Abordaron un taxi y Javier se sentó al frente, contento
por la salida. Le ordenó al chofer que fuera al centro;
a Morelos y Zaragoza.
—¿A dónde vamos? —le preguntó.
En el Reforma los amigos de Javier habían apartado un lugar
cercano a la televisión. Se quedó detenida un momento
frente a la puerta mientras él iba a saludar.
—¿Qué estas haciendo ahí? anda, vente
—le dijo entre risas.
El lugar se encontraba algo vacío a pesar de unas mesas
ocupadas. La charla subía hasta el techo donde los ventiladores
lanzaban las palabras a las esquinas. Antes de comenzar a aburrirse
le llamó la atención una mesa donde tres hombres
maduros, casi rozando los cuarenta, y un chamaco que seguro no
pasaba de los veinticinco, se vivían con la mirada sobre
la televisión, la mesa con libros, y sin dejar de comer
los cacahuates. Los amigos de Javier en un principio inseguros
por iniciar una charla, ahora hablaban con desparpajo de un empate
aciago en el mundial del noventa y cuatro entre México
e Italia. Martha había caído en un profundo aburrimiento
sin nadie con quien platicar y había salido de él
cuando apareció en el televisor Ana Guevara corriendo hacia
el infinito. Ojalá y pierda. Me hubiera quedado en la casa.
Si no es porque después me va a llevar a cenar.
—Sale
en el carril número tres. No es el mejor, pero desde ahí
puede ver a sus rivales. Sobre todo a la keniana. Esa vieja para
puede ser un problema. —dijo Javier con seriedad—.
Corría contra gacelas, allá en el África.
Martha cerró los ojos y deseó no estar ahí
sino corriendo esos 48 segundos lejos de su vida. Le pareció
eterna la oscuridad. Le pareció que en cuarenta y ocho
segundos, si bien se medía, podían pasar muchas
cosas. Consideró que incluso, aunque mucho, nueve meses
serían como nada de tiempo. Calculó cuántas
carreras podría ganar Anita en nueve meses y contó
que muchas. No tanteó ningún número en particular,
ni cuántos metros tendrían qué pasar para
que Anita perdiera pero sí en cuantos intentos por quedar
encinta, en cuántas veces repetidas, en cuarenta y ocho
segundos, las palabras: “Tú no eres como Anita”.
—Ojalá
y pierda, —dijo en voz alta y cuando abrió los ojos,
Javier la contemplaba con pasmo y en la mesa le dirigieron miradas
de reproche.
Sonaron los aplausos y todos voltearon hacia la televisión.
Ana había cruzado la meta en primer lugar. Sin levantarse
los lentes, la corredora se arrodilló sobre la pista y
besó sus biceps mientras el rostro se iluminaba por las
cámaras de televisión.
Martha no podía dejar de ver las imágenes a pesar
del pellizco que ardía en su pierna. Los dedos de Javier
habían encontrado con facilidad su carne y ahora le daba
dos, tres pellizcos rápidos pero el cuarto fue lento, tan
lento como cuarenta y ocho segundos de recorridos sin prisa, con
demora, mientras en la mesa brindaban por el triunfo de Anita,
"la gacela de Sonora", la futura campeona mundial de
los 400 metros.
Pero eso había pasado semanas atrás. Ahora observaba
la puerta cerrada. La casa se había sumido en la oscuridad.
Por la ventana entraba el ruido de los niños jugando en
la calle. Los imaginó escondiéndose entre los coches,
persiguiendo una pelota. Se subió la falda hasta la cintura
y observó con cuidado la piel tersa, tocó sus muslos
fuertes. Ya no quedaba ni un rastro de aquellos pellizcos. ¿Cuántas
veces podría irme en cuarenta y ocho segundos? se preguntó
cuando la puerta cerrada se abrió impulsada por el aire
que barrió el aroma a semen en la nariz, abarcándole
el cuerpo, las manos, las rodillas.
Tenía al alcance la revista con los chismes de la farándula.
La abrió en las respuestas del test ¿Qué
tanto soportas a tu novio? que había dejado inconcluso.
Si tienes mayoría a, eres una mujer libre. Marcas bien
tus límites. No olvides que el amor es de dos. Sigue así.
Si tienes mayoría b. Ten cuidado. Tu espacio se encuentra
bien delimitado pero a veces soportas de más. Recuerda
que vales mucho. Si tienes mayoría c. Peligro. Permites
demasiadas intromisiones de tu novio. Si sigues así un
día permitirás conductas lesivas. Aléjate
de esa persona. Martha cerró la revista. Deberían
poner test sobre cómo no deslumbrarte con el primer güey,
dijo en voz baja, como si se lo contara a alguien más.
Se levantó y preparó la cena. Javier bajó
recién bañado. Le dio un beso que le supo a nada
y se preguntó qué tanto seguiría soportando
esa vida. Javier cerró la puerta pero esta vez Martha fue
y la abrió.
—Para que entre el aire —le dijo—. Estoy cansada
de este encierro.
Volvieron a la sala y encendieron el televisor. Javier la abrazó
y no la soltó hasta que se quedó dormido y ella
pudo desprenderse de él. Lo escuchó roncar, escuchó
sus gases. Cabeceaba cuando lo mandó a dormir al cuarto
y entonces se reconcilió de Ana Guevara. Quién sabe
en dónde se encontraría la velocista en ese momento,
en qué parte de su maravillosa vida triunfante. Luego Martha
revisó las respuestas del test, sus mayorías a que
en realidad eran mayorías c; imaginó el hijo que
no tenían, que nunca tendrían. Se subió la
falda pero por más que buscó no encontró
ningún rastro de los pellizcos. Apenas recordaba los dedos
cuando la apretaban. Tú no eres como Anita. No tienes sueños.
Ni aspiraciones.
Cuando Javier se fue a la cama Martha permaneció frente
al televisor. Se entretuvo una hora en limpiar la cocina y cuando
volvió pasó los canales donde vendían fajas,
cuchillos, baterías para cocina. La dejó en el canal
donde anunciaban crema para depilarse. Una actriz hermosa se paseaba
por un malecón mientras contaba los beneficios del producto.
Había entrevistas a cantantes y a gente normal. Pasó
las manos por sus piernas. Apagó la televisión cuando
se abrió la puerta de la recámara. Javier, en calzoncillos,
pasó delante de ella. Lo escuchó en la cocina y
luego él regresó hacia la cama. Cuando se quedó
a oscuras Martha fue hacia la puerta abierta. A lo lejos la luz
roja intermitente de la antena en el cerro guiñaba en lo
alto. Quiso tener un hijo, anheló tener sueños.
Buscó en la calle algún pretexto para huir. Correría
en cuarenta y ocho segundos por esa calle. Huiría con más
rapidez que ninguna otra hacia una vida distinta, hacia un mundo
donde los test en las revistas fueran ciertos, donde Javier soportara
los sesenta minutos de juego los domingos. Pensaba en eso cuando
aparecieron en la calle los faros delanteros de un auto que minutos
después se detuvo frente a la casa. El conductor la llamó.
—¿Cómo salgo a avenida La Pastora? —preguntó
y había en él fastidio, como si tuviera horas perdido.
—Es por allá, —dijo y apuntó hacia el
fondo, a una calle de la colonia—, vaya hasta donde topa,
después dé la vuelta a la izquierda y ahí
verá una iglesia. Es por ahí—, le dijo, consciente
de que no había ninguna vuelta a la izquierda y menos una
iglesia—. Ahí agarre por Acapulco y ya sale.
—Gracias, —respondió el hombre.
Lo vio perderse en la oscuridad. Esperó por unos minutos
a que regresara pero ya no volvió. Mientras entraba a la
casa reparó en cuánto tiempo más duraría
el hombre perdido en la colonia y le pareció que cuarenta
y ocho segundos era poco tiempo, toda la vida apenas sería
insuficiente para estar perdido en esas calles, en una vida sin
triunfos. Luego fue a dormirse, apagó la luz, subió
las escaleras sin mirar hacia atrás, hacia la puerta por
donde siguió entrando el aire frío del amanecer,
por la puerta donde se podía ver la antena parpadeante
en lo alto del cerro, que a veces parecía estar demasiado
lejos y otras veces más lejos aún.
©
Antonio Ramos
sIgUiEnTe>
|