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La
Nouvelle Vague
Marina
Sanmartín
| España | 1977
Te
descubro por casualidad, al entrar en la habitación en
busca de unas braguitas que llevarme a la ducha. No te das cuenta
de que abro la puerta y me quedo observándote en silencio.
Estás en la ventana, todavía en pijama, mirando
a la calle sentado sobre el baúl azul, estampado de flores
amarillas. Fumas. Te has liado un pitillo antes de llegar hasta
aquí para salirte del mundo y contemplarlo desde fuera
con esa expresión tan tuya de cargar con el peso de todos
los secretos.
Mientras me acerco a ti para abrazarte, sé que te gustaría
que esto pasara en blanco y negro; que tú y yo nos moviéramos
dentro de una película de la Nouvelle Vague. Como
Seberg y Belmondo, sin otra cosa que hacer en este domingo de
otoño que enredarnos entre las sábanas de nuestra
cama deshecha y perdernos en un diálogo que, de tan cotidiano,
sonaría al público artificial... sí tendríamos
público y actuaríamos “al margen”. Me
lo explicaste una vez, seguro que ya no te acuerdas, cuando nos
queríamos con la fuerza del principio de las historias.
Hacíamos cola delante de la taquilla de la filmoteca y,
para entretenerme, me explicaste que con frecuencia los personajes
de la Nouvelle Vague actúan en circunstancias
de excepcionalidad, “dentro de un paréntesis”.
En aquel momento me pareció que salía con el chico
más culto del planeta; ahora estoy detrás de ti
y voy a abrazarte para contarte al oído lo que se me acaba
de ocurrir, pero tú te adelantas y me pides que te deje
solo.
Si fueras Belmondo, ese “déjame” querría
decir cuánto me quieres; equivaldría a la petición
solapada de un abrazo que, aunque también sería
rechazado, en el fondo me agradecerías. Sin embargo no
voy a adivinar más.
Me pides que me vaya y me despiertas, así que salgo hacia
la ducha y te dejo descalzo con la tarde que cae, envasado al
vacío, fuera de tiempo mientras empieza la vida después
de nosotros.
©
Marina Sanmartín
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