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De
ida
Raúl
E. Cisneros
| México | 1984
I
Subimos
al auto de prisa. En la radio hay música en inglés
y lo tomamos como una buena señal. La noche ya despunta.
Casi sin hablar nos dirigimos hacia la ciudad. Tienes miedo a
las arañas y a dormir sola. Por eso duermes en el asiento
del copiloto, mientras yo manejo. No hay otros autos sobre la
autopista y puedo ir haciendo eses sobre el asfalto, aunque sin
violencia para no despertarte. Cambio de estación, sintonizo
una que da noticias trágicas; la nota roja es mejor a esta
hora de la noche en una carretera fantasma. Me detengo en una
gasolinera, lleno el tanque y tú no despiertas, ni siquiera
te das cuenta. Sigo manejando, toda la noche, alternando entre
la estación de noticias y la de música en inglés.
Llegamos a un pueblo donde se iluminan con velas. Hay seis o siete
niños que juegan en la calle, en plena madrugada, haciendo
mucho ruido con sus gritos y sus monedas. Tú duermes, te
veo de reojo, cuando dejamos el pueblo atrás. La carretera
sigue vacía y recta. Apago la radio, el sol comienza a
salir apenas. Pienso que viajar es una ilusión: la reconfortante
pero falsa idea de que vamos hacia delante cuando en realidad
nos movemos en distancias insignificantes e inseguras, haciendo
rodeos. El destino es engañoso. Pensamos que el asunto
es llegar. Todo es una ilusión, un decorado de una gran
película de las que veíamos cuando aún no
quemaban el cine. Nuestra película es una de bajo presupuesto,
filmada en locación, entre los árboles, en las carreteras,
en ciudades extrañas, en camas ajenas. Nuestra película
es una de esas de viajes que tanto te gustan, pero en el tono
de comedia musical que tanto me gusta.
Entramos
en la ciudad cuando el sol ya ha salido completo en el horizonte.
Despiertas y preguntas si ya llegamos. Respondo que sí,
que te prepares porque buscaremos algo de comer. Pasamos por una
calle llena de basura donde los niños juegan y comen. Corren
tras el auto, algunos se trepan en la cajuela, otros lo patean
con furia. Acelero, tú bostezas. Siempre que piso el acelerador,
bostezas, me retas sin querer porque sabes que no me atrevo a
ir muy rápido pero nunca cedo. Sólo cedí
aquella vez y lo hice porque te sentías triste y quería
reanimarte. Sólo lo volveré a hacer el día
que sea necesario para escapar. Nunca más.
Pasamos por otra calle que desemboca
en una gran avenida donde los autos se arrastran sobre el cemento
caliente. Entramos al juego: el remolino de una glorieta nos lleva
sin que podamos evitarlo. La avenida nos arroja al callejón
cerca del parque, donde estaciono el auto y bajo para estirar
las piernas. Me sigues, tomas mi mano y me llevas entre los árboles,
te sientas y me pides algo de comer. Cruzo la calle y compro fruta
y agua en una tienda. Caminamos por el parque, sin hablar, hasta
llegar a un lago ridículamente verde. Nos tiramos sobre
una gran roca y dormimos, una hora, dos, se hace tarde. ¿Tarde
para qué? preguntas. Para salir de esta ciudad, respondo.
Me dices que no hay prisa. Aún así, te apresuro
y subimos al auto. Faltan sólo dos días por carretera.
Después abandonamos el auto y tomamos el tren hacia el
norte.
II
Duermo un poco cuando nos detenemos
junto al río que divide la capital en dos. He dormido poco
hasta ahora. Durante ocho horas me abandono; tú eres libre
durante todo ese tiempo. Caminas hasta encontrar un lugar donde
hay gente, hablas con ellos. Te haces su amiga y te ofrecen comida
y agua. Guardas un poco para mí. Cuando volvemos a la carretera,
cierras los ojos y duermes de nuevo. Pienso en tu total disposición
al placer de soñar: es casi pecaminoso y terrible, pero
bello. Hablas en sueños, mencionas los lugares que hemos
visitado, los nombres de todas las personas a las que hemos encontrado.
Me parece insoportable y enciendo la radio.
Apenas recuerdo la razón
de este viaje. Estamos huyendo, pero todas las imágenes
que anteceden a nuestra partida presurosa son muy borrosas y lejanas.
Los sonidos, sin embargo, no: escucho gritos, pasos sobre la duela,
el agua de la fuente. Hay música de violines, risas y un
hombre con voz afeminada.
Los sonidos me torturan cada que
estoy en silencio. Por eso llevo la radio encendida. Quisiera
poder hablar contigo, aunque no tengamos mucho qué decir
últimamente. Podríamos llenar el aire de palabras,
al menos, para callar las heridas que hoy nos tienen de camino
a otro lugar. Pienso que el de la voz afeminada debe estar buscándonos
ya, pero hemos tomado una ruta difícil y es poco probable
que sepa donde estamos. Es imposible, hasta ahora, calcular nuestra
ubicación. Nuestra salida de la ciudad fue justo a tiempo
para descontrolarlos.
III
Viajamos en primera clase. Si
alguien nos sigue, lo más improbable es que nos busque
en asientos caros. Hasta ahora no he visto que nos sigan. Sospeché
de un hombre elegante cuando entramos en la estación, pero
iba a recibir a una mujer que, por su edad, podría ser
su madre o su tía.
Es un trayecto de dos días
en los que no cruzamos ni una sola palabra. En los asientos del
otro lado del pasillo, un hombre viaja con su hijo pequeño.
No puedo evitar escuchar lo que hablan, mientras tú duermes:
-Papá, mañana es domingo. ¿Por qué
no vamos a ir al fútbol?
El padre se pone serio. Por un momento parece que va a derrumbarse,
pero es sólo un segundo. Luego le responde:
-No hay fútbol. El estadio también ha sido tomado.
Mientras todo esto no se acabe no habrá fútbol.
El niño se queda pensativo
y mira por la ventanilla. Me invade un sentimiento de furia, una
ira casi descontrolada. Una lágrima terrible se me escapa,
la enjugo justo en el momento en que el niño voltea y me
mira. Sus ojos se quedan fijos en mí por un instante interminable.
No soporto la serenidad de su mirada y la evado. Despiertas. Preguntas
si falta mucho.
No. No falta ya tanto. Para bien
o para mal estamos a punto de llegar.
IV
No
quiero llegar. Quiero quedarme un día más. Pero
resisto. No puedo abandonarme, no puedo dejar el plan porque significaría
morir. Lo que estoy haciendo también es la muerte, aunque
se dice que es lo mejor. Se trata de una misma cosa: morir en
casa o morir lejos, habiendo recorrido un camino para salvarse.
En ambos casos se muere con dignidad.
Estás despierta pero no
hablas. Es demasiado: han sucedido tantas cosas desde aquel día
en que decidimos salir que no puedo ordenarlas de un modo lógico.
Rememoro cronológicamente, desde la idea, el plan, hasta
el buen día en que tomamos el auto y partimos. No hay lógica
ni razón.
Antes de que todo esto sucediera
y nuestra vida dejara de ser aquella vieja conocida, me prometí
muchas veces que me iría de ese lugar. Vivir ahí
era doloroso, un exilio en casa, una sucesión de rostros
terribles con los ojos ligeramente arriba de la línea del
horizonte, rayando la locura. Alguien me dijo una vez que los
ojos delatan el estado mental de las personas. Que cuando alguien
tiene una mirada que apunta hacia arriba del horizonte, con los
ojos casi en blanco, es que se acercan peligrosamente a la locura.
Ahora deseo con toda la fuerza que me queda estar ahí.
Pretendo no enterarme de mi dolor, pero la indiferencia me hace
mal, es por eso que estoy haciendo este viaje necesario, como
me ha dado por llamarlo.
Es hora. No puedo voltear atrás.
Sería doblegarme, ser débil, ceder y romper la única
promesa que me he hecho y que he jurado cumplir (doble promesa,
aún más duro). Tenemos una nueva vida por delante,
en el exilio. Tú decides si quieres seguir dormida. Hablamos
una misma lengua y debemos sobrevivir en un pueblo que no.
La realidad se ha vuelto insoportable.
Hemos aguantado tanto que a pesar del cansancio no vamos a caer.
Estamos muy lejos del lugar donde todo comenzó. Nuestra
película de viajes mágico-musical se convierte ahora
en una comedia de enredos, de dos extraños que entran a
un mundo nuevo, forzados a hacerlo. Que sobreviven al mundo. Que
ya no tienen miedo. Ojalá el día en que regresemos
a nuestro lugar de origen haya paz. Mientras tanto, nuestro único
lugar es donde vivimos.
©
Raúl E. Cisneros
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