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Guerras
de reloj
Juan
Rivera
| España | 1976
Plataforma
petrolífera Telos, círculo polar ártico.
Habitáculo 7, ocupado en la actualidad por la Dra. Meyer-Sánchez,
alias SC (Speedy Chick)
03:00
GMT
El
trazo de las líneas brilla intensamente en la pantalla
hasta palpitar. SC está harta. No es capaz de retener el
gráfico en su atención: una curva roja prediciendo
la evolución histórica que tendrá la demanda
energética: otra, negra, que estima la energía de
que se dispondrá sumando la petrolífera, la eólica
y la solar. Mediado el siglo XXI las curvas roja y negra se cruzan
y la roja se dispara hacia arriba. Los surcos parecen titilar
y desdoblarse. SC no recuerda cómo ha llegado a esta página
web. Lee la cabecera: la página pertenece a General Atomics,
una empresa americana que promueve la fusión nuclear controlada.
Retrocede un paso en el navegador hacia su pasado internáutico
inmediato: aparece una larga retahíla de títulos:
no recuerda qué buscaba y por qué ha elegido “takomak”
como palabra clave. Minimiza la ventana del navegador y observa
su reflejo en el fondo oscuro de la pantalla: le laten las pupilas,
su nariz larga y ligeramente respingona le parece ahora muy aguda:
no se reconoce. Gira la cabeza hasta dar con una postura en la
que el reflejo que le devuelve la pantalla le parece más
familiar. Le cuesta luego volver el cuello: teme quebrar la imagen,
como si fuera a derruir un castillo de naipes erigido con tiento.
¿Cuánto
tiempo lleva encerrada en su cubículo? Ha estado trabajando
en su proyecto, navegando, durmiendo algo quizá: es incapaz
de delimitar cada una de sus actividades en su memoria: aparecen
como un collage de fotos, encabalgadas, sin frontera precisa entre
ellas. Quizá fuera buena idea salir y dar un paseo por
la cubierta principal. No, no tiene ganas. Siempre lo mismo. Luz.
Esa luz. Eterna. Sin origen. Siempre el día. Siempre de
día. Y siempre el mar, una extensión homogénea,
sin un orden, sin una orientación, con un horizonte idéntico
en todas las direcciones. Al menos en su cubículo iluminado
por los apliques grises la luz viene del techo y se puede apagar.
Pasea
por la habitación alargada: va y viene desde la puerta
hasta la ventana con los estores beige cerrados: el panel con
instrucciones de emergencia en la puerta, la reproducción
de Muchacha en la ventana en la pared del escritorio,
hasta la estrella de cartón de colores que gira lentamente,
suspendida en el aire, pendiendo de un hilo invisible: todos son
iguales, todos los objetos son siempre iguales. Es como si cada
vez que los mira fuese la primera. Recuerda: SC trata de recordar,
de recrear alguna escena de su pasado: da un manotazo al aire
furiosa, no consigue ceñir ningún recuerdo, se desvanecen,
nada más se dirige a ellos. Lo intenta cada vez con más
angustia: le tiemblan los labios y se le tensa la espalda y tiene
la sensación de estar calzada en unos alambres tirantes
en lugar de su musculatura: desea por todos los medios suspender
su presencia en la plataforma y sumergirse en otro tiempo. Siente
una mezcla de vértigo y claustrofobia y ganas de revolverse
y destrozar la habitación como un pequeño tornado.
De nada serviría salir del cubículo: no va a librarse
de su cárcel mental por mucho que se mueva y deje puertas
atrás. De pie, en medio de la estancia, SC siente que el
dolor, eso le parece, dolor, aunque la sensación física
no sea esa, le modifica el cuerpo: como si se achatase y endureciese
toda ella. Se mira y palpa: todo sigue igual, sus formas siguen
intactas: se alivia un instante y luego crece su malestar y la
tentación de la violencia como sumidero por el que escurrirse:
en el fondo había deseado que se encarnase verdaderamente
su sensación. El dolor y su voluntad de no perder el control
chocan cada vez con más fuerza, como dos manos rígidas
entrelazadas en un pulso igualado y temblequeante. No perder el
control es casi el rasgo que la define, es lo que le permite decir
que se mantiene, que ella era ella misma hace tres años,
ayer y hoy. Cierra los ojos y se desvanece sobre la cama.
Una
niña chica, de ojos marrones grandes y opacos, vestida
con pantalón de pana de peto: lila, con una mancha blanca
en el tirante derecho, se mueve a gran velocidad: juega en una
hondonada de tierra con un niño muy blanco y torpe con
pecas. Como un latigazo, el cuerpo de SC se encoge y estira sobre
la cama. El niño ha destruido el puente de arena que había
construido la niña, y en un solo instante incompresible,
la niña se ha abalanzado sobre él y le ha golpeado
duro en la cabeza. Los ojos palpitantes de miedo del niño
se quedan instalados en la conciencia de SC. Lo ha visto todo
a gran velocidad, sin entender bien las palabras de los niños,
hasta quedarse con la imagen fija de los ojos del niño.
Es fascinante pero desagradable: SC trata de abstraerse contando
el número de giros de la estrella de cartón que
cuelga sobre su cuerpo estirado. Se descuenta. Primero no pasa
de diez giros, luego se queda en cinco. Ahora simplemente piensa
“uno”, “uno”, “uno”. Cada
giro es el primer giro. Se siente mareada, como si estuviese en
la tripa de un velero oscilante, pero sabe que en realidad el
movimiento de la plataforma es imperceptible.
Duermevela:
la sobresalta el “bip, bip” y el mensaje desplegado
en la pantalla: “Pill time, SC!”. La hora
de su píldora anticonceptiva: Etiniloestradiol y Drospirenona:
un gran invento, evita la retención de líquidos
además.
Alisa
la cama: duda instantánea: ¿acaso no era azul la
píldora que acaba de tomarse? Pero las azules son las placebo,
las de la última semana del ciclo: hay una mancha roja
sobre la sábana: observa los ribetes dorados de la sábana:
la sábana con ribetes dorados que le regaló su madre
hace años, el único objeto personal que ha traído
a la plataforma: las marcas indelebles de las pinzas horribles
de la residencia de estudiantes: hay una mancha roja sobre la
sábana. La regla. ¿Qué día es hoy?
Se comunica por el chat de la intranet con Control Médico:
¿Dónde estarán esos médicos? ¿Cuántos
habrá? Harán turnos 24x7. Siempre parece el mismo.
Está obligada a informar a Control sobre cualquier incidente,
así que les dice que le ha venido la regla. Joder, lo que
tardan en responder.
¡Qué!
Según los datos del asesor médico la tuvo hace una
semana. ¡Una semana! Pero qué dice este mamón.
SC coteja la fecha que le da el médico con la de su ordenador:
efectivamente, ha pasado un mes: estos de control tienen un desbarajuste
que... ¡Mierda! En el baturrillo de imágenes que
reverberan en su cerebro, desordenadas, remitiéndose unas
a otras sin orden aparente, sin anclaje en un lugar y momento
preciso, se destaca un icono de alarma, quizá fuera un
triángulo amarillo, o un signo de exclamación rojo:
se desata una emoción dura que le tensa las comisuras de
los ojos y le ablanda los labios: en algún momento ha desechado
información que ahora aparece como grave y necesaria.
Abre
su bandeja de correo electrónico: tiene que estar por ahí:
no: en la papelera de reciclaje: ahí está el correo:
Advertencia de Control Informático: “Warning:
virus `cronic worm´ detected in your system; may affect
internal tempo...”.
SC medita. Piensa en cómo piensa. ¿Estará
pensando cuatro veces más rápido de lo habitual?
En ese caso, ¿tendrá algún sentido real lo
que a ella le parece lucidez? Porque, de una cosa está
segura: el reloj de su ordenador lleva una semana corriendo cuatro
veces más rápido de lo normal y ella se ha tomado
una píldora cada seis horas.
©
Juan Rivera
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