el último manuscrito

Eric Haym / Uruguay / 1966


 

"Ahora que me encuentro en el invierno de mi vida y he logrado sobrevivir los últimos catorce años más atroces encerrado en esta pocilga que algunas almas tan caritativas como extraviadas dan en llamar hospital para enfermos de la mente, he conseguido, a despecho de innumerables ruegos y humillaciones, que me fueran concedidos, aunque más no sea de esta forma tan clandestina, el uso de la pluma y de la tinta para que, con trazo demasiado trémulo que convierte a mi propia letra en una desconocida, escriba mis últimas voluntades, mis postreros pensamientos, aquello que hubiera querido decir en todo este tiempo de forzoso silencio y que recién ahora, cuando estoy presto a partir y siento que la Muerte, esa extraña compañera de viaje, está próxima a visitarme para liberar a este viejo pecador de las cadenas que le unen todavía con el mundo, bajo el temblor de estas escasas velas me pongo en la tarea de hacer esta última reverencia antes que caiga el telón..."

El señor Blanchet se acomodó mejor los anteojos en su fruncida nariz. Le costaba bastante acostumbrarse a leer esa endemoniadamente apretada caligrafía del Marqués, quien dibujaba las letras como si hubiera entintado las patas de una hormiga y la hubiera soltado sobre la hoja. Blanchet estaba visiblemente emocionado. En su juventud había leído las obras de quien hasta hacía pocas horas fuera su paciente con una extraña mezcla de admiración y asco. Sus convicciones morales, inculcadas en los oscuros claustros de los colegios religiosos benedictinos del sur de Francia y de los estudios de medicina en París, se habían visto enfrentadas al terremoto de las ideas libertinas y lujuriosas que incendiaban las paginas de los libros cuya autoría se atribuía a este esquivo Marqués, quien había pasado casi toda su vida huyendo de las autoridades a causa de los excesos en los que incurría tanto en su vida privada como en sus obras literarias.

Sin poder apartar los ojos de su lectura, tomó unos sorbos de cognac. Esa mañana de diciembre era inusualmente fría. Desde la muerte del Marqués, acaecida dos días antes, no había parado de nevar. Blanchet se había despertado antes del alba para echar unos leños en la estufa, luego de pasar casi toda la noche despierto, velando el intranquilo sueño de Anne-Marie, su mujer. Cuando los primeros rayos de un pálido sol se escurrieron entre las endijas de la persiana, indicando que la tormenta había amainado, Blanchet se vistió, salió sigilosamente de su dormitorio para no despertar a Anne-Marie y se dirigió con pasos fuertes y rápidos a dar las primeras visitas del día a los pacientes del asilo de Charenton. Algunos de estos desgraciados llegaron a formar parte de la troupe de teatro del Marqués, reflexionó, recordando que hasta 1808 se organizaron funciones teatrales en el asilo, que suscitaban la atención de mucha gente, incluidos algunos altos funcionarios imperiales y antiguos miembros de la nobleza. Se ve que a Royer-Collard le incomodaba tenerlo de huésped en Charenton. A mí jamas se me hubiera ocurrido pedir que se le prohibiera escribir y que pasara el resto de su vida recluido, alejado del contacto con el resto de la humanidad. ¡Cuanta crueldad innecesaria para con este venerable anciano!

" ... Son muchos los pensamientos que se agolpan ahora en tropel en mi cabeza. Es demasiado el tiempo que tuve que soportar la espantosa afrenta de refrenar la lengua y el ingenio sin poder encauzar las ideas por los caminos apropiados, sin tener la menor probabilidad de gozar de ese máximo deleite que solamente la libre creación del arte puede otorgar a los mortales. Demasiado tiempo para no usar mi mano para algo de mayor provecho que no fuera el rascarme los sobacos y debajo de mi raída peluca. ¿Tan inmensos han sido mis crímenes para que se me encierre alejado del mundo, olvidado por todos aquellos a quienes he amado sin medida ni razón?..."

Blanchet terminó temprano su recorrida por los atestados corredores interiores de Charenton. A sus cuarenta y tres años, cumplidos a fines del verano, mantenía el porte altivo y el perfil aguileño de su padre. Nunca había sido un hombre demasiado preocupado por su apariencia. Sus modales sobrios y sus ropas oscuras revelaban rasgos de su personalidad que no pasaban desprevenidos si eran escrutados por un buen observador. El Marqués, por cierto, se había dado cuenta de las peculiaridades de su carácter no bien se conocieron. Le voy a extrañar mucho, se dijo el médico cuando entró en su despacho. En pocas oportunidades se le había presentado la ocasión de poder intercambiar opiniones con un paciente sobre motivos tan diversos y disimiles, que abarcaban desde cuestiones históricas hasta consideraciones sumamente profundas y lúcidas sobre filosofía y temas religiosos. Bien pronto se dio cuenta que en mí podía ver a un interlocutor dispuesto a prestarle oído sin escandalizarse ni objetar a cada rato sus opiniones tan tajantes y poco comunes. Si mis colegas no hubieran sido tan obtusos en atacar sin piedad a este pobre hombre, posiblemente hubiera pasado el final de sus días en mejores condiciones. Quizás, incluso, lo hubiera hecho en paz con el mundo y consigo mismo.

" ... Y ahora, cuando las nieves se prodigan en esfuerzos para dejar todo cubierto con su helado manto, la Muerte se hace anunciar, una vez mas, como en tantas otras oportunidades - en Marsella y en Madelonnertes - en las que pude huir a su inefable encuentro por obra y gracia de mi buena fortuna, atributo que siempre me ha esquivado, salvo en esos momentos culminantes en los cuales todo parece estar irremediablemente perdido. Pero ahora sé que ella va a lograr atraparme. Viene a este asilo muy seguido. La he visto paseándose por sus corredores ataviada con su larga capa negra, marcando la frente de sus víctimas con su huesudo dedo. Al despertar esta mañana he sentido su marca en mi frente. Sé que hoy vendrá por mí. ¿Cómo se verá sin su espantoso atuendo? ¿Será su cuerpo un uniforme amasijo de pústulas sanguinolentas, o un esqueleto escalofriante que bate sus mandíbulas cuando sega la vida de alguien? En mis noches de insomnio me he figurado que esta graciosa Dama sea justamente eso, una mujer de terrible belleza, de cuyo abrazo uno sepa de antemano que no puede salirse y que, sin embargo, su encantamiento sea tan fuerte que el oponer resistencia se convierta en una absoluta pérdida de tiempo..."

Al entrar en su despacho, Blanchet sintió esa extraña sensación que le invadía cada vez que traspasaba esa puerta luego de haber visitado a sus pacientes. Sentía que todo era inútil, que aquellas pobres gentes, a quienes Dios había olvidado hacia mucho tiempo, estaban irremediablemente perdidas. Sabía, cada vez con mayor convencimiento, que era muy poco aquello que la medicina podía ofrecerles para curar sus males. La impotencia ante lo inevitable le hacía sentir como si tuviera las manos atadas. ¿Quiénes somos nosotros, simples mortales, para entrar en los dominios de Dios, e intentar deshacer aquello que Él, en el misterio de su sabiduría, ha decretado como suerte para cada uno de nosotros? El Marqués se hubiera burlado de mí con su singular ironía, o quizás simplemente, como solía hacer cada vez que contrastábamos mi fe con sus convicciones ateas, me mirara pícaramente a los ojos y me diera tres palmaditas en la espalda, y al sonreír intentara disimular los dientes que ya no tenía.

Blanchet se recostó en el respaldo de su sillón, cerró los ojos, algo cansados por no haber dormido todas las horas que él acostumbraba, y con un ademán de la mano aventó de sí los pensamientos que lo embargaban cada mañana. Antes que revisar la correspondencia y escribir los partes médicos de rutina, tenía la intención de leer el último manuscrito del Marqués. Dio orden a su secretario de no ser interrumpido salvo algún caso de extrema necesidad y tomó en sus manos las hojas que él mismo, en la víspera, retirara de entre los huesudos dedos del Marqués. Murió en paz, murmuró junto al cuerpo tendido en su cama y cubierto por una desgastada manta, antes de salmodiar un padrenuestro. Y parecía estar muy contento, le susurró su secretario al oído cuando ambos llegaron al amén, haciéndole notar que el semblante del difunto parecía más estar disfrutando de una buena broma que el de alguien que acaba de toparse con su muerte.

"... Y arribando a este fatal instante en el que el velo de la ilusión se desgarra y me deja reducido a mi mísera y frágil condición humana, es mi deber el confesar que son pocas las cosas de las cuales me arrepiento. En algún panfleto escribí, más pensando en mí mismo que en alguna otra persona, que "... creado por la Naturaleza con inclinaciones ardorosas, con pasiones fortísimas, únicamente colocado en este mundo para entregarme a ellas y para satisfacerlas, solo me arrepiento de no haber reconocido bastante su omnipotencia y de haber hecho un uso mediocre de las facultades que ella me ha dado para servirla... "Pues bien, es verdad. En muchas ocasiones me he resistido con todas mis fuerzas a los impulsos que la naturaleza de mi ser le imprimía a mi vida. Al final, por supuesto, mi naturaleza siempre ha sido más poderosa que lo mejor de mi buena voluntad, si es que ella existe. Me arrepiento de haberle opuesto resistencia, en algunas ocasiones, a mis impulsos más naturales y no haberlos dejado vagar libremente a su antojo. La libertad, de la que gozamos no por obra y gracia de un oscuro demiurgo a quien nadie jamas ha visto u oído sino por nuestra simple condición humana, me fue arrebatada en la mayor parte de mi vida por gentes que en público se ofendían y se rasgaban las vestiduras por las verdades y las virtudes de una vida lujuriosa que pregonaba en mis libros, pero que en privado los leían presos de la envidia y dispuestos, los menos, decididos, los más, a llevarlas a cabo para sus privados y ocultos placeres..."

Blanchet tomo las hojas entre sus dedos con el estremecimiento de tener la última voluntad de uno de los hombres más odiados de su época. Ojeó el manuscrito con la veneración que tendría un hombre religioso ante alguna reliquia sagrada. Olió la tinta todavía húmeda y recordó cuando, veintitantos años atrás, se escabulló en la biblioteca de su padre y descubrió, escondido entre unos tomos de una enciclopedia y con una tapa que no era la suya, un pequeño tomo, posiblemente prohibido, que escondió entre sus ropas y cuyas páginas abrió en su dormitorio. Esa noche no pudo dormir. El autor había dejado en libertad a todos los demonios y brujas del infierno, quienes, ante sus ojos, practicaban las más impresionantes y abyectas orgías que la mente jamas haya podido imaginar. Durante muchos años se vio impedido de mirar de frente a una mujer. Por alguna razón, la maldición de las escenas de esa novela lo perseguían. Sabía que en lo más profundo de su ser hervía de ganas de probar esos placeres que iban en contra de la naturaleza pero que ejercían tanta fuerza sobre él que debía apelar, cada vez con mayor convicción, a su casi inquebrantable fe para no caer en el pecado. A pesar de ello, cuando ya estaba alejado de la casa paterna, estudiando medicina en París, no pudo resistir la tentación de leer una y otra vez todas las obras de ese maniático Marqués que caían en sus manos a pesar de la prohibición.

Al conocer a Anne-Marie supo que también existe el amor celestial, que el espíritu no debe estar subordinado a los bajos instintos de la carne. Gracias a ella pudo resistirse ante el acoso de las imágenes prohibidas sin caer con ella en el retorcido camino del pecado. Dios mío, pensó al ir pasando ante sus ojos las hojas del manuscrito, si no hubiera sido por ella, me hubiera metido de sacerdote o habría caído en la desgracia, y no sé si me hubiera arrepentido de ello... Por suerte esta mi dulce Anne-Marie, que con su presencia disipa todas mis dudas.

"... No lego nada a nadie, ya que todo lo que en vida poseí me fue incautado o tuve que malvenderlo. Ningún pariente va a venir a reclamar una herencia inexistente e inapreciable en dinero. Mis acreedores, aquellos que no me han olvidado, han cobrado sus deudas con la infinita satisfacción de saber, cada mañana que se levantan, que estoy encerrado en este agujero. A ellos lego mis mejores recuerdos y les doy mi bendición. Para mi solo deseo reposar en paz en medio del bosque que rodea a este hospital. Una vez que sea tapada la fosa, será sembrada de bellotas, para que en el futuro se confundan mi sepulcro y el bosque. De esta manera, los restos de mi tumba desaparecerán de la superficie de la tierra, como me precio que mi memoria se borrará del espíritu de los hombres, excepto, pese a todo, del pequeño numero de los que han querido amarme hasta el último momento y de quienes llevaré un dulce recuerdo a la tumba..."

Cuando Blanchet llego a la última página del manuscrito, su semblante cambió radicalmente. Sintió que la sangre se le escapaba del rostro y que su corazón se desesperaba bombeando con una fuerza sobrenatural. Volvió a leer una y otra vez aquellas líneas de letras apretadas hasta que no pudo más, ya que un intenso temblor se apoderó de sus manos, impidiéndole mantener las hojas quietas. Comenzó a sudar copiosamente. Hizo el ademán de asir la copa de cognac, pero ésta se le escapó de entre los dedos y dio contra el suelo, rompiéndose en miles de fragmentos. Su secretario, al escuchar el ruido del cristal haciéndose añicos, entró en el despacho y encontró al señor Blanchet, quien a duras penas podía mantenerse en pie, con los ojos tan extraviados que parecían ser los de alguno de sus pacientes, blandiendo un mazo de hojas en una mano y tomándose el pecho con la otra. La expresión de su rostro era la de un alienado poseído por todas las furias. Empujó a su secretario con inusitada fuerza a un costado y se abrió paso, tambaleando, por los pasillos interiores de Charenton.

Anne-Marie despertó esa mañana por el estruendo de los golpes que dio el secretario de Blanchet en la puerta del dormitorio. Por favor, señora, sígame. Es el señor Blanchet. Esta fuera de sí.

Abrigada con una pesada bata de franela oscura, la mujer atravesó los pasillos y el patio central franqueada por el secretario y algunos ayudantes y sirvientas que habían dejado sus quehaceres ante el escándalo suscitado por el señor Blanchet. Subieron por una amplia escalera y al final de un corredor Anne-Marie franqueó la puerta de la que hasta la víspera había sido la celda del señor Marqués. Sentado sobre la cama, todavía cubierta por las mantas del difunto, estaba su marido, con el pelo revuelto, la peluca tendida a sus pies, la mirada extraviada en otros mundos, murmurando a lo bajo palabras indescifrables y masticando y tragando los restos de lo que parecía ser un manuscrito. Sus labios y su lengua estaban manchados de tinta, pero eso parecía no importarle. Apenas si se fijó en el hecho de que su mujer hubiera entrado en esa celda, cerrando la puerta detrás de sí.

Se acerco despacio y con una voz muy suave le preguntó qué hacía ahí. Blanchet parecía no estar escuchándola, meciéndose de vez en cuando y hablando consigo mismo. Anne-Marie no sabía qué hacer. Cuando estaba a punto de pedir ayuda reparó en que en su mano izquierda su marido tenía todavía una hoja escrita a mano. La tomó con delicadeza y reconoció la inconfundible caligrafía del Marqués.

"... Si me fuera dada la oportunidad, saludaría también con el mayor de mis afectos e infinitas gratitudes a las personas que he amado a lo largo de mi vida. No puedo ennumerarlas a todas, ya que corro el riesgo de desmerecer a alguna al alabar en demasía las bondades de otra. Pero voy a mencionar solo a dos, cuyo recuerdo guardo en mis horas postreras. Mi eterna gratitud a Marie Constance, quien tuvo la hidalguía de buscar refugio junto a mí en este infierno de Charenton hasta su dolorosa muerte, logrando que en los primeros años de reclusión forzada hubieran momentos, escasos, por cierto, de delicias que mi memoria se niega a borrar. Y el mayor de mis reconocimientos es para mi distinguido carcelero, Ildephonse Blanchet, por haber sido un interlocutor inteligente en quien pude confiar algunos de mis pensamientos más agudos, y por haberme introducida a la presencia de su deliciosa esposa, Anne-Marie, quien, haciendo gala de una osadía envidiable, lograra burlar todas las restricciones que en mala hora me fueran impuestas e inundara de renovadas alegrías el ocaso de mi vida. En más de una oportunidad estuve a punto de comentarle a Blanchet sobre las delicias que su mujer estaba experimentando por primera vez en su vida, pero me ha parecido prudente mantener un discreto silencio, no fuera a ser el caso de que nuestro querido amigo se entusiasmara y decidiera unírsenos en nuestros pequeños jolgorios nocturnos. En otra época de mi vida sentía un especial placer al participar junto a otras personas de singulares gustos como los míos en orgías dignas de los emperadores romanos. Pero ahora que el tiempo ha pasado y las gloriosas jornadas de mis años mozos pertenecen ya a lo mejor de la historia de la lujuria, he encontrado el mayor de los deleites contándole a Anne-Marie algunas de mis andanzas por las mejores alcobas de Europa y jugando con ese precioso lunar que está escondido en el pliegue de su nalga izquierda, a poca distancia de su angelical hendidura. Posiblemente nuestro querido amigo Blanchet jamas ha reparado en su existencia.

Pues bien, ahora sí escucho que la Muerte viene caminando por el pasillo y no tardará en arribar a mi puerta. Por fin, la libertad que tanto anhelo está al alcance de mi mano. Aquí, tendido en mi camastro, la esperaré."

Anne-Marie sintió que un calor surgía desde lo más profundo de su persona y se ruborizó al instante. Le devolvió la hoja a su marido, quien comenzó a romperla en tiritas y a tragárselas, mirando en dirección a la ventana y riendo bajito de tanto en tanto. Ella le dedicó una larga mirada, se acercó y le dio un beso lleno de infinita dulzura en la frente, para luego salir por la puerta y dirigirse en absoluta calma a su dormitorio.

Pocos datos se supieron de Anne-Marie luego que esa tarde abandonara el asilo de Charenton con todas sus pertenencias. Pero en los registros del hospital quedó la constancia de que el señor Blanchet vivió largos años todavía, recluido en su celda, de la que jamás volvió a salir.

 



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