"Ahora
que me encuentro en el invierno de mi vida y he logrado
sobrevivir los últimos catorce años más
atroces encerrado en esta pocilga que algunas almas tan
caritativas como extraviadas dan en llamar hospital para
enfermos de la mente, he conseguido, a despecho de innumerables
ruegos y humillaciones, que me fueran concedidos, aunque
más no sea de esta forma tan clandestina, el uso
de la pluma y de la tinta para que, con trazo demasiado
trémulo que convierte a mi propia letra en una
desconocida, escriba mis últimas voluntades, mis
postreros pensamientos, aquello que hubiera querido decir
en todo este tiempo de forzoso silencio y que recién
ahora, cuando estoy presto a partir y siento que la Muerte,
esa extraña compañera de viaje, está
próxima a visitarme para liberar a este viejo pecador
de las cadenas que le unen todavía con el mundo,
bajo el temblor de estas escasas velas me pongo en la
tarea de hacer esta última reverencia antes que
caiga el telón..."
El
señor Blanchet se acomodó mejor los anteojos
en su fruncida nariz. Le costaba bastante acostumbrarse
a leer esa endemoniadamente apretada caligrafía
del Marqués, quien dibujaba las letras como si
hubiera entintado las patas de una hormiga y la hubiera
soltado sobre la hoja. Blanchet estaba visiblemente emocionado.
En su juventud había leído las obras de
quien hasta hacía pocas horas fuera su paciente
con una extraña mezcla de admiración y asco.
Sus convicciones morales, inculcadas en los oscuros claustros
de los colegios religiosos benedictinos del sur de Francia
y de los estudios de medicina en París, se habían
visto enfrentadas al terremoto de las ideas libertinas
y lujuriosas que incendiaban las paginas de los libros
cuya autoría se atribuía a este esquivo
Marqués, quien había pasado casi toda su
vida huyendo de las autoridades a causa de los excesos
en los que incurría tanto en su vida privada como
en sus obras literarias.
Sin
poder apartar los ojos de su lectura, tomó unos
sorbos de cognac. Esa mañana de diciembre era inusualmente
fría. Desde la muerte del Marqués, acaecida
dos días antes, no había parado de nevar.
Blanchet se había despertado antes del alba para
echar unos leños en la estufa, luego de pasar casi
toda la noche despierto, velando el intranquilo sueño
de Anne-Marie, su mujer. Cuando los primeros rayos de
un pálido sol se escurrieron entre las endijas
de la persiana, indicando que la tormenta había
amainado, Blanchet se vistió, salió sigilosamente
de su dormitorio para no despertar a Anne-Marie y se dirigió
con pasos fuertes y rápidos a dar las primeras
visitas del día a los pacientes del asilo de Charenton.
Algunos de estos desgraciados llegaron a formar parte
de la troupe de teatro del Marqués, reflexionó,
recordando que hasta 1808 se organizaron funciones teatrales
en el asilo, que suscitaban la atención de mucha
gente, incluidos algunos altos funcionarios imperiales
y antiguos miembros de la nobleza. Se ve que a Royer-Collard
le incomodaba tenerlo de huésped en Charenton.
A mí jamas se me hubiera ocurrido pedir que se
le prohibiera escribir y que pasara el resto de su vida
recluido, alejado del contacto con el resto de la humanidad.
¡Cuanta crueldad innecesaria para con este venerable
anciano!
"
... Son muchos los pensamientos que se agolpan ahora en
tropel en mi cabeza. Es demasiado el tiempo que tuve que
soportar la espantosa afrenta de refrenar la lengua y
el ingenio sin poder encauzar las ideas por los caminos
apropiados, sin tener la menor probabilidad de gozar de
ese máximo deleite que solamente la libre creación
del arte puede otorgar a los mortales. Demasiado tiempo
para no usar mi mano para algo de mayor provecho que no
fuera el rascarme los sobacos y debajo de mi raída
peluca. ¿Tan inmensos han sido mis crímenes
para que se me encierre alejado del mundo, olvidado por
todos aquellos a quienes he amado sin medida ni razón?..."
Blanchet
terminó temprano su recorrida por los atestados
corredores interiores de Charenton. A sus cuarenta y tres
años, cumplidos a fines del verano, mantenía
el porte altivo y el perfil aguileño de su padre.
Nunca había sido un hombre demasiado preocupado
por su apariencia. Sus modales sobrios y sus ropas oscuras
revelaban rasgos de su personalidad que no pasaban desprevenidos
si eran escrutados por un buen observador. El Marqués,
por cierto, se había dado cuenta de las peculiaridades
de su carácter no bien se conocieron. Le voy a
extrañar mucho, se dijo el médico cuando
entró en su despacho. En pocas oportunidades se
le había presentado la ocasión de poder
intercambiar opiniones con un paciente sobre motivos tan
diversos y disimiles, que abarcaban desde cuestiones históricas
hasta consideraciones sumamente profundas y lúcidas
sobre filosofía y temas religiosos. Bien pronto
se dio cuenta que en mí podía ver a un interlocutor
dispuesto a prestarle oído sin escandalizarse ni
objetar a cada rato sus opiniones tan tajantes y poco
comunes. Si mis colegas no hubieran sido tan obtusos en
atacar sin piedad a este pobre hombre, posiblemente hubiera
pasado el final de sus días en mejores condiciones.
Quizás, incluso, lo hubiera hecho en paz con el
mundo y consigo mismo.
"
... Y ahora, cuando las nieves se prodigan en esfuerzos
para dejar todo cubierto con su helado manto, la Muerte
se hace anunciar, una vez mas, como en tantas otras oportunidades
- en Marsella y en Madelonnertes - en las que pude huir
a su inefable encuentro por obra y gracia de mi buena
fortuna, atributo que siempre me ha esquivado, salvo en
esos momentos culminantes en los cuales todo parece estar
irremediablemente perdido. Pero ahora sé que ella
va a lograr atraparme. Viene a este asilo muy seguido.
La he visto paseándose por sus corredores ataviada
con su larga capa negra, marcando la frente de sus víctimas
con su huesudo dedo. Al despertar esta mañana he
sentido su marca en mi frente. Sé que hoy vendrá
por mí. ¿Cómo se verá sin
su espantoso atuendo? ¿Será su cuerpo un
uniforme amasijo de pústulas sanguinolentas, o
un esqueleto escalofriante que bate sus mandíbulas
cuando sega la vida de alguien? En mis noches de insomnio
me he figurado que esta graciosa Dama sea justamente eso,
una mujer de terrible belleza, de cuyo abrazo uno sepa
de antemano que no puede salirse y que, sin embargo, su
encantamiento sea tan fuerte que el oponer resistencia
se convierta en una absoluta pérdida de tiempo..."
Al
entrar en su despacho, Blanchet sintió esa extraña
sensación que le invadía cada vez que traspasaba
esa puerta luego de haber visitado a sus pacientes. Sentía
que todo era inútil, que aquellas pobres gentes,
a quienes Dios había olvidado hacia mucho tiempo,
estaban irremediablemente perdidas. Sabía, cada
vez con mayor convencimiento, que era muy poco aquello
que la medicina podía ofrecerles para curar sus
males. La impotencia ante lo inevitable le hacía
sentir como si tuviera las manos atadas. ¿Quiénes
somos nosotros, simples mortales, para entrar en los dominios
de Dios, e intentar deshacer aquello que Él, en
el misterio de su sabiduría, ha decretado como
suerte para cada uno de nosotros? El Marqués se
hubiera burlado de mí con su singular ironía,
o quizás simplemente, como solía hacer cada
vez que contrastábamos mi fe con sus convicciones
ateas, me mirara pícaramente a los ojos y me diera
tres palmaditas en la espalda, y al sonreír intentara
disimular los dientes que ya no tenía.
Blanchet
se recostó en el respaldo de su sillón,
cerró los ojos, algo cansados por no haber dormido
todas las horas que él acostumbraba, y con un ademán
de la mano aventó de sí los pensamientos
que lo embargaban cada mañana. Antes que revisar
la correspondencia y escribir los partes médicos
de rutina, tenía la intención de leer el
último manuscrito del Marqués. Dio orden
a su secretario de no ser interrumpido salvo algún
caso de extrema necesidad y tomó en sus manos las
hojas que él mismo, en la víspera, retirara
de entre los huesudos dedos del Marqués. Murió
en paz, murmuró junto al cuerpo tendido en su cama
y cubierto por una desgastada manta, antes de salmodiar
un padrenuestro. Y parecía estar muy contento,
le susurró su secretario al oído cuando
ambos llegaron al amén, haciéndole notar
que el semblante del difunto parecía más
estar disfrutando de una buena broma que el de alguien
que acaba de toparse con su muerte.
"...
Y arribando a este fatal instante en el que el velo de
la ilusión se desgarra y me deja reducido a mi
mísera y frágil condición humana,
es mi deber el confesar que son pocas las cosas de las
cuales me arrepiento. En algún panfleto escribí,
más pensando en mí mismo que en alguna otra
persona, que "... creado por la Naturaleza con inclinaciones
ardorosas, con pasiones fortísimas, únicamente
colocado en este mundo para entregarme a ellas y para
satisfacerlas, solo me arrepiento de no haber reconocido
bastante su omnipotencia y de haber hecho un uso mediocre
de las facultades que ella me ha dado para servirla...
"Pues bien, es verdad. En muchas ocasiones me he
resistido con todas mis fuerzas a los impulsos que la
naturaleza de mi ser le imprimía a mi vida. Al
final, por supuesto, mi naturaleza siempre ha sido más
poderosa que lo mejor de mi buena voluntad, si es que
ella existe. Me arrepiento de haberle opuesto resistencia,
en algunas ocasiones, a mis impulsos más naturales
y no haberlos dejado vagar libremente a su antojo. La
libertad, de la que gozamos no por obra y gracia de un
oscuro demiurgo a quien nadie jamas ha visto u oído
sino por nuestra simple condición humana, me fue
arrebatada en la mayor parte de mi vida por gentes que
en público se ofendían y se rasgaban las
vestiduras por las verdades y las virtudes de una vida
lujuriosa que pregonaba en mis libros, pero que en privado
los leían presos de la envidia y dispuestos, los
menos, decididos, los más, a llevarlas a cabo para
sus privados y ocultos placeres..."
Blanchet
tomo las hojas entre sus dedos con el estremecimiento
de tener la última voluntad de uno de los hombres
más odiados de su época. Ojeó el
manuscrito con la veneración que tendría
un hombre religioso ante alguna reliquia sagrada. Olió
la tinta todavía húmeda y recordó
cuando, veintitantos años atrás, se escabulló
en la biblioteca de su padre y descubrió, escondido
entre unos tomos de una enciclopedia y con una tapa que
no era la suya, un pequeño tomo, posiblemente prohibido,
que escondió entre sus ropas y cuyas páginas
abrió en su dormitorio. Esa noche no pudo dormir.
El autor había dejado en libertad a todos los demonios
y brujas del infierno, quienes, ante sus ojos, practicaban
las más impresionantes y abyectas orgías
que la mente jamas haya podido imaginar. Durante muchos
años se vio impedido de mirar de frente a una mujer.
Por alguna razón, la maldición de las escenas
de esa novela lo perseguían. Sabía que en
lo más profundo de su ser hervía de ganas
de probar esos placeres que iban en contra de la naturaleza
pero que ejercían tanta fuerza sobre él
que debía apelar, cada vez con mayor convicción,
a su casi inquebrantable fe para no caer en el pecado.
A pesar de ello, cuando ya estaba alejado de la casa paterna,
estudiando medicina en París, no pudo resistir
la tentación de leer una y otra vez todas las obras
de ese maniático Marqués que caían
en sus manos a pesar de la prohibición.
Al
conocer a Anne-Marie supo que también existe el
amor celestial, que el espíritu no debe estar subordinado
a los bajos instintos de la carne. Gracias a ella pudo
resistirse ante el acoso de las imágenes prohibidas
sin caer con ella en el retorcido camino del pecado. Dios
mío, pensó al ir pasando ante sus ojos las
hojas del manuscrito, si no hubiera sido por ella, me
hubiera metido de sacerdote o habría caído
en la desgracia, y no sé si me hubiera arrepentido
de ello... Por suerte esta mi dulce Anne-Marie, que con
su presencia disipa todas mis dudas.
"...
No lego nada a nadie, ya que todo lo que en vida poseí
me fue incautado o tuve que malvenderlo. Ningún
pariente va a venir a reclamar una herencia inexistente
e inapreciable en dinero. Mis acreedores, aquellos que
no me han olvidado, han cobrado sus deudas con la infinita
satisfacción de saber, cada mañana que se
levantan, que estoy encerrado en este agujero. A ellos
lego mis mejores recuerdos y les doy mi bendición.
Para mi solo deseo reposar en paz en medio del bosque
que rodea a este hospital. Una vez que sea tapada la fosa,
será sembrada de bellotas, para que en el futuro
se confundan mi sepulcro y el bosque. De esta manera,
los restos de mi tumba desaparecerán de la superficie
de la tierra, como me precio que mi memoria se borrará
del espíritu de los hombres, excepto, pese a todo,
del pequeño numero de los que han querido amarme
hasta el último momento y de quienes llevaré
un dulce recuerdo a la tumba..."
Cuando
Blanchet llego a la última página del manuscrito,
su semblante cambió radicalmente. Sintió
que la sangre se le escapaba del rostro y que su corazón
se desesperaba bombeando con una fuerza sobrenatural.
Volvió a leer una y otra vez aquellas líneas
de letras apretadas hasta que no pudo más, ya que
un intenso temblor se apoderó de sus manos, impidiéndole
mantener las hojas quietas. Comenzó a sudar copiosamente.
Hizo el ademán de asir la copa de cognac, pero
ésta se le escapó de entre los dedos y dio
contra el suelo, rompiéndose en miles de fragmentos.
Su secretario, al escuchar el ruido del cristal haciéndose
añicos, entró en el despacho y encontró
al señor Blanchet, quien a duras penas podía
mantenerse en pie, con los ojos tan extraviados que parecían
ser los de alguno de sus pacientes, blandiendo un mazo
de hojas en una mano y tomándose el pecho con la
otra. La expresión de su rostro era la de un alienado
poseído por todas las furias. Empujó a su
secretario con inusitada fuerza a un costado y se abrió
paso, tambaleando, por los pasillos interiores de Charenton.
Anne-Marie
despertó esa mañana por el estruendo de
los golpes que dio el secretario de Blanchet en la puerta
del dormitorio. Por favor, señora, sígame.
Es el señor Blanchet. Esta fuera de sí.
Abrigada
con una pesada bata de franela oscura, la mujer atravesó
los pasillos y el patio central franqueada por el secretario
y algunos ayudantes y sirvientas que habían dejado
sus quehaceres ante el escándalo suscitado por
el señor Blanchet. Subieron por una amplia escalera
y al final de un corredor Anne-Marie franqueó la
puerta de la que hasta la víspera había
sido la celda del señor Marqués. Sentado
sobre la cama, todavía cubierta por las mantas
del difunto, estaba su marido, con el pelo revuelto, la
peluca tendida a sus pies, la mirada extraviada en otros
mundos, murmurando a lo bajo palabras indescifrables y
masticando y tragando los restos de lo que parecía
ser un manuscrito. Sus labios y su lengua estaban manchados
de tinta, pero eso parecía no importarle. Apenas
si se fijó en el hecho de que su mujer hubiera
entrado en esa celda, cerrando la puerta detrás
de sí.
Se
acerco despacio y con una voz muy suave le preguntó
qué hacía ahí. Blanchet parecía
no estar escuchándola, meciéndose de vez
en cuando y hablando consigo mismo. Anne-Marie no sabía
qué hacer. Cuando estaba a punto de pedir ayuda
reparó en que en su mano izquierda su marido tenía
todavía una hoja escrita a mano. La tomó
con delicadeza y reconoció la inconfundible caligrafía
del Marqués.
"...
Si me fuera dada la oportunidad, saludaría también
con el mayor de mis afectos e infinitas gratitudes a las
personas que he amado a lo largo de mi vida. No puedo
ennumerarlas a todas, ya que corro el riesgo de desmerecer
a alguna al alabar en demasía las bondades de otra.
Pero voy a mencionar solo a dos, cuyo recuerdo guardo
en mis horas postreras. Mi eterna gratitud a Marie Constance,
quien tuvo la hidalguía de buscar refugio junto
a mí en este infierno de Charenton hasta su dolorosa
muerte, logrando que en los primeros años de reclusión
forzada hubieran momentos, escasos, por cierto, de delicias
que mi memoria se niega a borrar. Y el mayor de mis reconocimientos
es para mi distinguido carcelero, Ildephonse Blanchet,
por haber sido un interlocutor inteligente en quien pude
confiar algunos de mis pensamientos más agudos,
y por haberme introducida a la presencia de su deliciosa
esposa, Anne-Marie, quien, haciendo gala de una osadía
envidiable, lograra burlar todas las restricciones que
en mala hora me fueran impuestas e inundara de renovadas
alegrías el ocaso de mi vida. En más de
una oportunidad estuve a punto de comentarle a Blanchet
sobre las delicias que su mujer estaba experimentando
por primera vez en su vida, pero me ha parecido prudente
mantener un discreto silencio, no fuera a ser el caso
de que nuestro querido amigo se entusiasmara y decidiera
unírsenos en nuestros pequeños jolgorios
nocturnos. En otra época de mi vida sentía
un especial placer al participar junto a otras personas
de singulares gustos como los míos en orgías
dignas de los emperadores romanos. Pero ahora que el tiempo
ha pasado y las gloriosas jornadas de mis años
mozos pertenecen ya a lo mejor de la historia de la lujuria,
he encontrado el mayor de los deleites contándole
a Anne-Marie algunas de mis andanzas por las mejores alcobas
de Europa y jugando con ese precioso lunar que está
escondido en el pliegue de su nalga izquierda, a poca
distancia de su angelical hendidura. Posiblemente nuestro
querido amigo Blanchet jamas ha reparado en su existencia.
Pues
bien, ahora sí escucho que la Muerte viene caminando
por el pasillo y no tardará en arribar a mi puerta.
Por fin, la libertad que tanto anhelo está al alcance
de mi mano. Aquí, tendido en mi camastro, la esperaré."
Anne-Marie
sintió que un calor surgía desde lo más
profundo de su persona y se ruborizó al instante.
Le devolvió la hoja a su marido, quien comenzó
a romperla en tiritas y a tragárselas, mirando
en dirección a la ventana y riendo bajito de tanto
en tanto. Ella le dedicó una larga mirada, se acercó
y le dio un beso lleno de infinita dulzura en la frente,
para luego salir por la puerta y dirigirse en absoluta
calma a su dormitorio.
Pocos
datos se supieron de Anne-Marie luego que esa tarde abandonara
el asilo de Charenton con todas sus pertenencias. Pero
en los registros del hospital quedó la constancia
de que el señor Blanchet vivió largos años
todavía, recluido en su celda, de la que jamás
volvió a salir.