Me
resultaba muy difícil contar el tiempo que yo vivía
allí en aquel auto. Eran años y se notaba
por las piernas ya casi sin movimiento. Pasaba días
y semanas y meses sentado en el coche. Manejando por la
ciudad, sin destino.
No,
no soy taxista, ni tampoco remisero ni nada por el estilo.
Soy un nada que maneja un viejo coche por las calles de
la ciudad.
La
rubia flaquita está conmigo hace mucho tiempo.
Sentada ahí al lado, nunca le escuché más
que tres o cuatro palabras. Siempre las mismas: hambre,
baño y otras pocas. La encontré un día
en la Avenida Belgrano. Me hizo seña a pesar de
que mi coche no es un taxi como ya dije y yo paré.
Abrió la puerta, se sentó en el asiento
y yo seguí mi camino.
Parábamos
en algún café para usar el baño y
era el único momento en el que salíamos
del coche. Una que otra vez, tomábamos una ruta
y no muy lejos de la ciudad nos bajábamos en una
estación de servicio para bañarnos. Cuando
hacía mucho calor.
Siempre
comíamos en el coche. Nos gustaban los drive-thru,
así no salíamos del coche para nada. Conocíamos
todas las más importantes y las menos importantes
calles de la ciudad. A la noche parábamos en las
calles más oscuras. Además de dormir, por
mucho tiempo, cogíamos en el asiento de atrás.
Lo mejor era estacionar cerca de los parques porque podíamos
gritar cuanto quisiéramos.
Después
de un tiempo, se me fueron aflojando las piernas, se me
fue poniendo grande la panza y se me envejecieron las
ganas. Pero ella seguía flaquita y joven, algo
que yo no comprendía pero tampoco me importaba.
Ya ni me tomaba el trabajo de ir al asiento de atrás.
Paraba el coche y cerraba los ojos. Era todo.
Por
el contrario, ella aún tenia muchas ganas y algunas
noches me despertó su goce solitario. Aunque no
me molestaba, esperaba el fin para volver a dormir. En
ningún momento ella se quejó o dijo nada.
Los
días pasaban vagarosos y calurosos. El tráfico
en la ciudad iba empeorando cada día. Ahora, pasábamos
horas parados en congestionamientos con el humo de colectivos
y taxis entrando por las ventanillas. Seguíamos
sentados mirando los negocios y las personas siempre con
prisa en las calles. Al menos en los primeros tiempos
nos mirábamos. Ahora, cada uno miraba a su lado
del coche.
Yo
intenté recordar los días en que vivía
solo en el coche, pero hace tanto tiempo que ella vive
ahí al lado mío que los días de soledad
se quedaron enterrados en la memoria. Cosa rara la memoria,
no pude recordar ningún momento antes de la rubia.
Era como si estuviéramos juntos dentro del coche
desde siempre.
Tuve
algunos días de angustia por causa de esto, pero
después me acostumbré. Como a todo, además.
Los baños sucios, las piernas flojas, el pene atrofiado,
etc.
Hasta
el día en que, al pasar de nuevo por la Avenida
Belgrano, la rubia flaquita me dijo:
- ¡Pará acá!
Yo paré, sorprendido.
Ella
se bajó del coche y caminó por la Avenida
en dirección al centro. Le hizo seña a un
coche. El tipo paró y la rubia se subió.
Pasó por mi lado sin mirarme. Después de
unos veinte minutos en que me dormí sin darme cuenta,
volví a manejar el coche por la ciudad. Me comí
un sándwich con una coca y fui al baño en
un café viejo en La Plata. Hace tanto tiempo que
estoy en este coche solo que ya no me acuerdo de cómo
era antes de vivir acá. Y siempre estuve solo.

Copyright
© Marcelo Barbon
siguiente>
|