cumpleaños
Salgo
del trabajo por la mañana. Después de pasar
allí toda la noche, cuando abro la puerta principal
de salida a la calle, siento que tengo diez años
más en mi cuerpo y en mi cabeza. Conducir hasta
casa está empezando a convertirse en un deporte
de riesgo. Pero aún así, mis pensamientos
siguen evolucionando libremente en mi cerebro, como ha
ocurrido durante toda la noche, y todas las noches. Se
mueven con independencia de mis reflejos. Voy en una nube
siempre.
Llamo
al portero automático. Me contesta la voz de mi
madre. Paso una puerta, otra, subo las escaleras, llego
al rellano. Saco las llaves..., esta no es mi casa, pienso.
Vuelvo a bajar las escaleras. Saco las llaves del coche
y abro la puerta. Esta vez conduzco hasta mi casa. Abro
la puerta del portal, subo las escaleras, y abro la puerta
de mi casa con la llave. No hay nadie. Los busco por toda
la casa. No están. Las camas están hechas
y la casa está vacía. Otra vez no me ha
dado tiempo a llegar antes de que se fueran al colegio.
Tenía tantas ganas de verlos, un ratito, sólo
un ratito antes de acostarme y volver a perder la luz
de otro día más. Lloro, al principio despacio,
después deben oírme hasta mis vecinas. Sólo
quería unos minutos de luz con ellos. De pronto
suena mi teléfono móvil. Es mi marido.
- Cariño, ¿dónde estás?
- Pues en casa, ya he llegado.
- Pero ¿qué haces ahí? No recuerdas
que este domingo habíamos quedado para desayunar
con tus padres. Estamos todos esperando a que traigas
los churros. Y tu madre toda preocupada, - ya sabes como
es- porque no llegabas.
- No me acordaba.
- Venga, vente, que la niña esta deseando tirarte
de las orejas 37 veces.
- Ven a buscarme, por favor, ven a buscarme, hoy ya no
quiero abrir yo más puertas.
mi madre no me comprende
Todos
los días igual. Todos los días le hablo,
le cuento mis cosas. A veces con cariño, a veces
con seriedad. También grito y me enfado. Le hablo,
le acaricio. Quiero que entienda que entiendo, que ahora
que yo también voy a ser madre, quiero compartirlo
con ella, que sé por lo que está pasando.
Muchas veces termino abrazándola y llorando. Pero
ella... nada, ni una palabra, ni un gesto, ni siquiera
me mira desde hace tiempo. Quiero que sepa que la necesito
todavía. Pero no sé ya cómo hacerla
comprender.
Mi
hija viene todos los días. Habla y habla. Y yo
la escucho. Cómo me gustaría volver a ver
su cara. Si por fin me abandonara este letargo, sería
maravilloso poder abrazarla. Ella me cuenta que tendrá
pronto un hijo. Y yo quiero hacerle llegar mi alegría.
Pero sin poder hablar, ni mirar, ni mover, ¿cómo
voy a hacerla comprender que la entiendo? Quiero que entienda
que yo ya no estoy, aunque parezca que sí, porque
yo ya no soy mi dueña. Quiero que se despida de
mí, que hable con los médicos, que me dejen
partir. ¿Pero cómo podría hacer que
me comprendiera?

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© Ana Castro
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