animales racionales

Luciano Difilippo / Argentina / 1976


 

Son como nosotros pero sus sentidos están más desarrollados que los nuestros. Esta revelación vino después de un inquietante sueño; al principio no fue más que una idea vaga, luego dio origen a otra: la de poseer la asombrosa capacidad de oír sonidos provenientes de largas distancias, como los perros, pero que su contextura física no se asemeja a la de los canes ni a ningún otro animal doméstico. Sé, fehacientemente, que la mayoría de ellos se sienten a grato en nuestra compañía, pero su falta de pelaje confirma, definitivamente, que no son perros.

Su olfato es extremadamente sensible a los olores fuertes y mucho más poderoso que el nuestro; esta envidiable capacidad de percibir el olor del humo de un incendio a miles de metros de distancia del siniestro, la transpiración del deportista que corre a campo abierto o acertar la proximidad de las aguas por el olor marítimo del ambiente me lleva nuevamente a compararlos con los perros; cierta vez fui testigo del encuentro entre ambas especies: ese día no se produjeron señales de aceptación pero sí esa indefinible sensación que hermana a los miembros de una misma especie.

Comen de todo, pero la carne es lo que más les gusta. Lo sé porque yo mismo los he visto masticar el alimento con sus enormes fauces, reminiscencias de animal salvaje; esto me lleva a suponer -aunque sea una deducción- que también poseen papilas gustativas y, por lo tanto, un sentido del gusto semejante al nuestro, permitiéndoles diferenciar lo dulce y lo salado, lo amargo y lo agrio.

Caminan torpemente con dos extremidades. Lo hacen con tanta dificultad que deben desplazarse con la ayuda de una tercera, distinta a las otras dos, lo que es algo verdaderamente extraordinario.

Carecen por completo del sentido de la orientación y del tiempo. Deambulan de aquí para allá sin saber, sin distinguir entre el norte y el sur, entre el día y la noche, en una especie de existencia atemporal que se asemeja a la eternidad.

No viven demasiado. Aunque algunos científicos opinan que pueden alcanzar una longevidad semejante a la nuestra, dicha teoría navega en una presunción que hasta el día de hoy no ha podido ser convertida en ley; esto se debe a que la mayor parte de sus muertes se producen, debido a su torpeza, por causas accidentales.

Algunas personas prefieren su compañía antes que la de un ser humano debido a su sentido de gratitud, incomprensible fidelidad animal hacia el ser que los ha criado hasta convertirse en una especie de dependencia parasitaria; esta dependencia, junto a la falta de nombre científico o vulgar, ha llevado a sus dueños a conferirle a cada uno de ellos su respectivo nombre humano, hecho verdaderamente encomiable.

Multitud de personas los discriminan por ser distintos a nosotros; yo, particularmente, nunca pude comprender el sentido de la discriminación, su esencia; esta incomprensión -que me convierte, tal vez, en un ser menos racional y más animal- es proclive a mi negación de superioridades e inferioridades; se trata, más bien, de seres diferentes y semejantes al mismo tiempo, dignos ejemplares de ser ubicados cerca del género humano en la escala zoológica, aunque algunas veces me pregunto si son de este planeta.

Multitud de preguntas me asaltan sobre su naturaleza, todas ellas me llevan invariablemente a la misma respuesta hermética: de que su naturaleza es tan contradictoria que va más allá de todo entendimiento humano y entra en las dimensiones de su propio entendimiento.

Ahora es tiempo de dejar de lado esta tediosa descripción para transportarme al principio de todo: el momento en que sufrí un temor inmediato desprovisto de razón, el encuentro con un ejemplar de sexo femenino que encarnaba para mi algo distinto a todo lo conocido. Inútil es dar más detalles sobre este encuentro; tan solo diré que, paulatinamente y sin reparar en ello, ella se convirtió en mi nueva compañía; decisión esta última que pudo haber sido personal, mutua o elegida por ella de antemano.

Ser de costumbres, siempre que regreso del trabajo ella, echada en la alfombra, me reconoce por la tonalidad de la voz o mi olor particular. Soy un hombre cuyo aspecto exterior no ha sido favorecido por la naturaleza; tanto, que siempre he tratado de ser agradable con el sexo opuesto como compensación de mis rasgos desagradables. Digo esto porque algunas veces me pregunto si soy tan animal en mi inhumanidad, quiero decir, un impulsivo deseo sexual que me obliga a la zoofilia. Pero creo que mejor será esperar hasta poner en claro mis sentimientos -o, al menos, saber el significado exacto de esta palabra-, aunque a veces ella me expresa razonables sentimientos humanos que me impulsan a cometer el acto más irracional.

Ahora lo reconozco con una confianza ciega desconocida en mí, proclamo a viva voz que este ejemplar de sexo femenino, tan animal y tan racional como cualquier ser humano, me ha cambiado la vida.




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