Son
como nosotros pero sus sentidos están más
desarrollados que los nuestros. Esta revelación
vino después de un inquietante sueño; al
principio no fue más que una idea vaga, luego dio
origen a otra: la de poseer la asombrosa capacidad de
oír sonidos provenientes de largas distancias,
como los perros, pero que su contextura física
no se asemeja a la de los canes ni a ningún otro
animal doméstico. Sé, fehacientemente, que
la mayoría de ellos se sienten a grato en nuestra
compañía, pero su falta de pelaje confirma,
definitivamente, que no son perros.
Su
olfato es extremadamente sensible a los olores fuertes
y mucho más poderoso que el nuestro; esta envidiable
capacidad de percibir el olor del humo de un incendio
a miles de metros de distancia del siniestro, la transpiración
del deportista que corre a campo abierto o acertar la
proximidad de las aguas por el olor marítimo del
ambiente me lleva nuevamente a compararlos con los perros;
cierta vez fui testigo del encuentro entre ambas especies:
ese día no se produjeron señales de aceptación
pero sí esa indefinible sensación que hermana
a los miembros de una misma especie.
Comen
de todo, pero la carne es lo que más les gusta.
Lo sé porque yo mismo los he visto masticar el
alimento con sus enormes fauces, reminiscencias de animal
salvaje; esto me lleva a suponer -aunque sea una deducción-
que también poseen papilas gustativas y, por lo
tanto, un sentido del gusto semejante al nuestro, permitiéndoles
diferenciar lo dulce y lo salado, lo amargo y lo agrio.
Caminan
torpemente con dos extremidades. Lo hacen con tanta dificultad
que deben desplazarse con la ayuda de una tercera, distinta
a las otras dos, lo que es algo verdaderamente extraordinario.
Carecen
por completo del sentido de la orientación y del
tiempo. Deambulan de aquí para allá sin
saber, sin distinguir entre el norte y el sur, entre el
día y la noche, en una especie de existencia atemporal
que se asemeja a la eternidad.
No
viven demasiado. Aunque algunos científicos opinan
que pueden alcanzar una longevidad semejante a la nuestra,
dicha teoría navega en una presunción que
hasta el día de hoy no ha podido ser convertida
en ley; esto se debe a que la mayor parte de sus muertes
se producen, debido a su torpeza, por causas accidentales.
Algunas
personas prefieren su compañía antes que
la de un ser humano debido a su sentido de gratitud, incomprensible
fidelidad animal hacia el ser que los ha criado hasta
convertirse en una especie de dependencia parasitaria;
esta dependencia, junto a la falta de nombre científico
o vulgar, ha llevado a sus dueños a conferirle
a cada uno de ellos su respectivo nombre humano, hecho
verdaderamente encomiable.
Multitud
de personas los discriminan por ser distintos a nosotros;
yo, particularmente, nunca pude comprender el sentido
de la discriminación, su esencia; esta incomprensión
-que me convierte, tal vez, en un ser menos racional y
más animal- es proclive a mi negación de
superioridades e inferioridades; se trata, más
bien, de seres diferentes y semejantes al mismo tiempo,
dignos ejemplares de ser ubicados cerca del género
humano en la escala zoológica, aunque algunas veces
me pregunto si son de este planeta.
Multitud de preguntas me asaltan sobre su naturaleza,
todas ellas me llevan invariablemente a la misma respuesta
hermética: de que su naturaleza es tan contradictoria
que va más allá de todo entendimiento humano
y entra en las dimensiones de su propio entendimiento.
Ahora
es tiempo de dejar de lado esta tediosa descripción
para transportarme al principio de todo: el momento en
que sufrí un temor inmediato desprovisto de razón,
el encuentro con un ejemplar de sexo femenino que encarnaba
para mi algo distinto a todo lo conocido. Inútil
es dar más detalles sobre este encuentro; tan solo
diré que, paulatinamente y sin reparar en ello,
ella se convirtió en mi nueva compañía;
decisión esta última que pudo haber sido
personal, mutua o elegida por ella de antemano.
Ser
de costumbres, siempre que regreso del trabajo ella, echada
en la alfombra, me reconoce por la tonalidad de la voz
o mi olor particular. Soy un hombre cuyo aspecto exterior
no ha sido favorecido por la naturaleza; tanto, que siempre
he tratado de ser agradable con el sexo opuesto como compensación
de mis rasgos desagradables. Digo esto porque algunas
veces me pregunto si soy tan animal en mi inhumanidad,
quiero decir, un impulsivo deseo sexual que me obliga
a la zoofilia. Pero creo que mejor será esperar
hasta poner en claro mis sentimientos -o, al menos, saber
el significado exacto de esta palabra-, aunque a veces
ella me expresa razonables sentimientos humanos que me
impulsan a cometer el acto más irracional.
Ahora
lo reconozco con una confianza ciega desconocida en mí,
proclamo a viva voz que este ejemplar de sexo femenino,
tan animal y tan racional como cualquier ser humano, me
ha cambiado la vida.

Copyright
© Luciano Difilippo
siguiente>
|