El
vestido de Mina tiene pequeñas manchas de sangre,
son de la gallina que mató en la mañana.
Es un vestido blanco que fue alegre, encontrado en el
dispensario de la iglesia. Lo ha usado tanto que el tiempo
ya no cabe en los hilachos de sus mangas. Lo lleva hoy,
el día en que sus manos se inician en el movimiento
tantas veces visto casi a escondidas, sus ojos asomados
tras el marco de la puerta. Sus oídos escucharon,
como si no hubiera ningún otro sonido, el crujir
del cuello del ave entre sus dedos como tortillas duras.
Todavía bailaron al aire las patas del animal,
todavía dudó la muchacha sobre su capacidad
de matar sin titubeos, todavía le huelen las manos
a plumas y a sangre cocida. Puedes tener errores pero
jamás lástima, cuando es así el animal
tarda en morir muchas horas. Eso lo dijo el hombre con
quien trabaja desde hoy en la mañana, Don Huberto
Mina es el nombre de la muchacha sentada sobre el muro
de piedra. Tiene 13 años. Espera ver pasar a los
pájaros. Los pájaros traen las palabras
de Dios en el aire que baten con sus alas. Lo aprendió
en la iglesia. Es el modo en que agradecen no preocuparse
jamás por comida. Cuando los pájaros sobrevuelan
el cielo, Dios responde a las plegarias. El sol la ciega.
Protege sus ojos con el brazo.
Las gallinas no son pájaros, son aves castigadas
que no pueden ir al cielo, insistió Don Huberto
en un acto casi compasivo, quizá porque la chica
tiene algo en los ojos que le recuerdan a su propia hija.
A Don Huberto no se le conoce expresión alguna.
Su cara no muda ese gesto que es el mismo, en circunstancias
de vida y muerte. Las gallinas no conocen el cielo y por
eso no conocen a Dios. No hay mal en quitarles la vida,
fueron criadas para ser comida.
Mina miró otra vez, a detalle, los movimientos
del hombre antes de atreverse: amarrar al animal de las
patas, colgarlo del gancho, sujetar con fuerza la cabeza
y la base del cuello, doblar las manos. Finalmente se
animó, lo hizo antes de lo imaginado. La resistencia
del hueso fue mínima, el sonido estruendoso y pasajero.
Fue más fácil de lo que supuso. Una, dos,
seis veces. La última gallina murió en el
acto.
Mina no entiende por qué tienen alas tan grandes
si apenas levantan al animal arriba del suelo. Si un pájaro
que no vuela no es pájaro, entonces sus alas son
como las de un ángel caído, un diablo. Mina
guerrera mató a seis demonios, los dejó
desnudos, sin plumas, les cortó el cuello. Ahora,
sentada sobre la barda, mira pasar a los mensajeros: pequeñas
manchas rápidas recortadas en el cielo azulísimo
que celebran la victoria del bien en las manos de Mina
que inicia su oficio de santa.

Copyright
© Edmée Pardo
siguiente>
|