muchacha viendo pájaros

Edmée Pardo / México / 1965


 

El vestido de Mina tiene pequeñas manchas de sangre, son de la gallina que mató en la mañana. Es un vestido blanco que fue alegre, encontrado en el dispensario de la iglesia. Lo ha usado tanto que el tiempo ya no cabe en los hilachos de sus mangas. Lo lleva hoy, el día en que sus manos se inician en el movimiento tantas veces visto casi a escondidas, sus ojos asomados tras el marco de la puerta. Sus oídos escucharon, como si no hubiera ningún otro sonido, el crujir del cuello del ave entre sus dedos como tortillas duras. Todavía bailaron al aire las patas del animal, todavía dudó la muchacha sobre su capacidad de matar sin titubeos, todavía le huelen las manos a plumas y a sangre cocida. Puedes tener errores pero jamás lástima, cuando es así el animal tarda en morir muchas horas. Eso lo dijo el hombre con quien trabaja desde hoy en la mañana, Don Huberto…

Mina es el nombre de la muchacha sentada sobre el muro de piedra. Tiene 13 años. Espera ver pasar a los pájaros. Los pájaros traen las palabras de Dios en el aire que baten con sus alas. Lo aprendió en la iglesia. Es el modo en que agradecen no preocuparse jamás por comida. Cuando los pájaros sobrevuelan el cielo, Dios responde a las plegarias. El sol la ciega. Protege sus ojos con el brazo.

Las gallinas no son pájaros, son aves castigadas que no pueden ir al cielo, insistió Don Huberto en un acto casi compasivo, quizá porque la chica tiene algo en los ojos que le recuerdan a su propia hija. A Don Huberto no se le conoce expresión alguna. Su cara no muda ese gesto que es el mismo, en circunstancias de vida y muerte. Las gallinas no conocen el cielo y por eso no conocen a Dios. No hay mal en quitarles la vida, fueron criadas para ser comida.

Mina miró otra vez, a detalle, los movimientos del hombre antes de atreverse: amarrar al animal de las patas, colgarlo del gancho, sujetar con fuerza la cabeza y la base del cuello, doblar las manos. Finalmente se animó, lo hizo antes de lo imaginado. La resistencia del hueso fue mínima, el sonido estruendoso y pasajero. Fue más fácil de lo que supuso. Una, dos, seis veces. La última gallina murió en el acto.

Mina no entiende por qué tienen alas tan grandes si apenas levantan al animal arriba del suelo. Si un pájaro que no vuela no es pájaro, entonces sus alas son como las de un ángel caído, un diablo. Mina guerrera mató a seis demonios, los dejó desnudos, sin plumas, les cortó el cuello. Ahora, sentada sobre la barda, mira pasar a los mensajeros: pequeñas manchas rápidas recortadas en el cielo azulísimo que celebran la victoria del bien en las manos de Mina que inicia su oficio de santa.




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