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Variación
sobre temas de Murakami y Tsao Hsue-kin
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Tryno
Maldonando
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Mexicano
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1977
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a
Mara, por supuesto
Llegado
el Año de la Rata, nació la única
hija del Emperador. Su nombre estaba compuesto por el
hermoso carácter Hui de brillantez,
de trazos simétricos, y por el complejo y poco
armonioso carácter Ying, de inteligencia.
En el Imperio fue conocida la habilidad profética
de Hui Ying desde su niñez, cuando, a manera de
un presagio de esos que más valdría soterrar
sin miramientos de especie alguna, soñó
con la muerte de su padre el mismo día que ésta
tuvo lugar.
Había
rebasado la noche su medianía cuando irrumpió
el tozudo picoteo de un pájaro desde el alféizar
de la ventana. Gobernada por el entusiasmo que en ella
siempre avivó el noble arte de la contemplación
de las aves, la pequeña Hui Ying intentó
espiarlo con el rabillo del ojo, desde su lecho, con somnolencia.
El pájaro había desaparecido. A la niña,
aunque llena de decepción, poco le costó
recuperar el sueño. Minutos después, cuando
el picoteo volvió a resonar, abrió los ojos
como cedazos, con los reflejos azuzados por la reiteración
de aquel sonido monofónico. Esta vez tuvo más
suerte: pudo avistarlo al fin, con auxilio de una luna
estival que se recortaba en un cuadrado perfecto al empotrarse
en la ventana. Procurando no ahuyentar al pájaro
de raros colores, con los pies desnudos, se espabiló
y fue en busca del libro de aves ilustrado, obsequio de
su padre; estaba segura que con la ayuda de éste
conocería la identidad del visitante. Empero, cuando
Hui Ying volvía abrazando el pesado tomo con exultación,
el pájaro emprendió el vuelo para irse a
posar en la rama de un roble cercano. Acodada sobre el
reborde con ayuda de un banco y empeñando toda
su atención en la empresa de atisbarlo, la niña
cayó en la cuenta de la aproximación de
dos hombres enfundados en negro que, avanzando entre los
árboles del majestuoso jardín, le huían
a la luna con sigilo. Lo que Hui Ying menos deseaba era
ser sorprendida despierta a mitad de la noche; desistió
en sus intenciones, abandonó el libro de aves y
se dispuso a la reconquista del sueño. Pronto fue
anquilosada por un nuevo sonido, proveniente del jardín.
Se trataba del crepitar de una pala hundida repetidas
veces en la tierra, como pudo comprobarlo al volver a
encaramarse a la ventana con discreción. Uno de
los dos hombres cavaba un agujero dentro del diámetro
dominado por las raíces del roble en que el pájaro
de colores extraños se fue a ocultar; el otro hombre,
un tanto más robusto, escrutaba los alrededores
con un bulto pardo entre las manos. Nada que se fraguara
a esas horas y de la manera clandestina en que aquellos
dos lo hacían podría ser bueno, pensó
Hui Ying; algo siniestro había detrás de
todo eso, sin duda. Cuando el hombre de la pala consideró
que el hoyo era lo suficientemente profundo, el segundo
introdujo el envoltorio que sostenía con cuidado
casi devoto para zanjar luego, entre ambos, con mayor
prisa y descuido que en un principio. La niña supo
que no debería haber participado de aquella escena,
pues el simple hecho de presenciarla, aun sin ser vista,
la cubría con la misma capa de complicidad bajo
la que se arrebujaban las dos sombras al pie del árbol.
Tras
la huída de los improvisados enterradores, Hui
Ying sintió que el corazón le reventaría
en cualquier momento para convertírsele en partículas
que le obstruirían las venas hasta cortarle la
circulación. Una parte de ella se encontraba inmóvil
y le rogaba tumbarse a reconciliar el sueño, que
olvidara todo lo ocurrido; la otra, en cambio, la urgía
por salir corriendo al jardín y desenterrar el
misterioso bulto antes que alguien más, quizá
un hipotético ladrón noctámbulo que
hubiese observado todo desde el principio, fuera a la
caza del tesoro, dejándola con nada más
que un palmo de narices. Presa de toda suerte de cavilaciones
de este tipo, los minutos se sucedieron pasmosos para
Hui Ying. Al final, más avanzada la noche, decidió
escabullirse, con el roble como meta, reparando a cada
paso en el silencio de su marcha y en la completa soledad
de esa porción del jardín. Un cosquilleo
de jejenes la recorrió desde la punta de los pies,
y una sensación nueva y aterradora se apoderó
de su minúsculo cuerpo: creía desprenderse
del mundo real, como si existiera un afuera y un
adentro, muy similar a lo experimentado al sumergirse
en un estanque para mirar la realidad desde allí.
Hui Ying fue atacada por un horror carnívoro que
no aceptaría símil en el animal más
salvaje siquiera, un horror que ni las almas condenadas
hubiesen podido llevar a cuestas de aquella noche en delante
de haber visto lo que la pequeña. Sintió
desfasarse de sí misma. Luego de achicar la tierra
del somero hoyo valiéndose de sus minúsculas
manos, desplegó el pañuelo tinto en carmesí
que hasta entonces había envuelto la cabeza recién
mutilada de su padre, el Emperador.
Hui Ying, sin comprender el sentido de su hallazgo, tiró
aquella cabeza, como el objeto inanimado en que se había
vuelto, para desandar aprisa sus huellas, cubierta por
un terror despiadado. La abatieron unas ganas vehementes
de dormir. Cifraba sus esperanzas en una lógica
imbatible que le indicaba que sólo así,
volviendo al sueño primigenio, podría liberarse
de la pesadilla a la que había sido atada. Pero
cuando Hui Ying volvió a su lecho lo encontró
ocupado; sobre éste, para sorpresa suya, dormía
con placidez una niña de la misma estatura, quizá
de la misma edad. La rodeó, guardando íntegro
el silencio, y, cuando la tuvo frente a sí, reparó
durante un momento en el rostro de la extraña:
obtuso, ictérico, como el suyo. Quien descansaba
sobre su lecho era ella misma. Hui Ying,
con un llanto de rabia por la flagrante intromisión,
comenzó a darle de empellones a la extraña
hasta ponerla casi en el frío del suelo. La simple
idea de que su identidad hubiese sido víctima de
un latrocinio le aturdía sobremanera, como quien,
sin saberse depositario, escuchara una extraordinaria
revelación. Pronto comprendió que ella misma
no era más que un sueño, sólo un
sueño de la Hui Ying real, la que dormía,
como en la vieja parábola de la liebre y el espejo.
Se había desprendido de su cuerpo en alguna escena
de la terrible mascarada llevada a efecto, y supo así
de la necesidad de volver a su recipiente original lo
antes posible. Pero ¿cómo? ¿Y si
jamás pudiera volver a su cuerpo?
Cuando el sol incendió la atmósfera, el
pueblo despertó con la trágica nueva del
asesinato del Emperador a manos de dos sicarios. Los asesinos
habían sido cogidos en su escapada y serían
inmolados en público al atardecer, como marcaba
la costumbre. Una vez confesaron sus métodos bajo
la tortura de uno de los capitanes, el roble fue arrancado
de raíz. Sin embargo, jamás se encontró
la cabeza del Emperador.
Horas
más tarde, en medio de la batahola que tomaba por
sustancia el desconcierto y la incertidumbre del Imperio,
alguien reparó en la ausencia de la única
hija del Emperador. Su nombre estaba compuesto por el
hermoso carácter Hui de brillantez,
de trazos simétricos, y por el complejo y poco
armonioso carácter Ying, de inteligencia.
En el Imperio fue conocida la habilidad profética
de Hui Ying desde su niñez, cuando, a manera de
un presagio de esos que más valdría soterrar
sin miramientos de especie alguna, soñó
con la muerte de su padre el mismo día que ésta
tuvo lugar.
Había
rebasado la noche su medianía cuando irrumpió
el tozudo picoteo de un pájaro desde el alféizar
de la ventana. Gobernada por el entusiasmo que en ella
siempre avivó el noble arte de la contemplación
de las aves, la pequeña Hui Ying intentó
espiarlo con el rabillo del ojo, desde su lecho, con somnolencia.
El pájaro había desaparecido. A la niña,
aunque llena de decepción, poco le costó
recuperar el sueño. Minutos después, cuando
el picoteo volvió a resonar, abrió los ojos
como cedazos, con los reflejos azuzados por la reiteración
de aquel sonido monofónico. Esta vez tuvo más
suerte: pudo avistarlo al fin, con auxilio de una luna
estival que se recortaba en un cuadrado perfecto al empotrarse
en la ventana. Procurando no ahuyentar al pájaro
de raros colores, con los pies desnudos, se espabiló
y fue en busca del libro de aves ilustrado, obsequio de
su padre; estaba segura que con la ayuda de éste
conocería la identidad del visitante. Empero, cuando
Hui Ying volvía abrazando el pesado tomo con exultación,
el pájaro emprendió el vuelo para irse a
posar en la rama de un roble cercano. Acodada sobre el
reborde con ayuda de un banco y empeñando toda
su atención en la empresa de atisbarlo, la niña
cayó en la cuenta de la aproximación de
dos hombres enfundados en negro que, avanzando entre los
árboles del majestuoso jardín, le huían
a la luna con sigilo. Lo que Hui Ying menos deseaba era
ser sorprendida despierta a mitad de la noche; desistió
en sus intenciones, abandonó el libro de aves y
se dispuso a la reconquista del sueño. Fue entonces
que se vio atrapada en una pesadilla: desde su lecho vio
entrar a una niña de su estatura, vestida con sus
mismas ropas de cama, pero con los pies llenos de barro
y las manos signadas por una mixtura de sangre y tierra.
Quien entraba a su aposento era ella misma, agitada, como
si acabase de dar una larga carrera. Hui Ying pudo sentir
cómo la intrusa comenzó a clavarle una mirada
de alcayatas para luego, en el arrebato de una ira traducida
en lágrimas y un rostro mohíno, empujarla
hacia fuera de su propio lecho, con violencia y arbitrariedad.
Hui Ying ardía en la necesidad de gritar, de pedir
auxilio; lo deseaba con fervor, pero estaba vuelta un
tronco, un yunque anclado. Cuando la otra Hui Ying
recobró el sosiego por la consecuencia lógica
que releva a toda fatiga, ésta se aproximó
a su cuerpo agarrotado para musitarle al oído:
"Hoy ha muerto mi padre. Sabías que eso ocurriría.
En tus manos estuvo evitarlo y has elegido, en cambio,
el silencio."
Luego,
se recostó sobre la mitad del lecho que había
logrado despejar y besó sus labios de hielo. Ambas
recobraron el sueño, olvidando cualquier dejo de
zozobra, como en un convenio que toma validez sólo
a partir de la restauración del mutismo.
Cuando
el sol incendió la atmósfera, el pueblo
despertó con la trágica nueva del asesinato
del Emperador a manos de dos sicarios. Los asesinos habían
sido cogidos en su escapada y serían inmolados
en público al atardecer, como marcaba la costumbre.
Una vez confesaron sus métodos bajo la tortura
de uno de los capitanes, el roble fue arrancado de raíz.
Sin embargo, jamás se encontró la cabeza
del Emperador.
Horas
más tarde, en medio de la batahola que tomaba por
sustancia el desconcierto y la incertidumbre del Imperio,
alguien reparó en la ausencia de la única
hija del Emperador. Su nombre estaba compuesto por el
hermoso carácter Hui de brillantez, de trazos
simétricos, y por el complejo y poco armonioso
carácter Ying, de inteligencia. En el Imperio
fue conocida la habilidad profética de Hui Ying
desde su niñez, cuando, a manera de un presagio
de esos que más valdría soterrar sin miramientos
de especie alguna, soñó con la muerte de
su padre el mismo día que ésta tuvo lugar,
para después, motivada por la demencia del augurio,
desenterrar su cabeza y huir con ella, sin rumbo, durante
días enteros.
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© Tryno Maldonado
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