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Puerta
rota
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Ángel
Soares
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Chileno
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1982
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Ante
una puerta rota por el medio como de un hachazo, hay un
hombre herido que no se sostiene de sed. El hombre de
catadura basta y entrecejo duro, que ha arribado allí
después de ascender una larga escalinata de peldaños
vacíos con sus pies forjados en aire, desea arreglarla
-a pesar del dolor de sus heridas- y hace el brutal esfuerzo
de incorporarse desde el suelo al que ha caído
hasta la vertical en que se escalona homo sapiens
de nuevo.
Logra
tomar el martillo y los clavos, y tras enderezar el tablón
en sus dos mitades, encola las juntas meticulosamente
y espera paciente a que esté lista para ser abierta.
Al hombre le han hablado mucho de esa puerta, de lo que
guarda, de lo que se esconde rabiosamente, de lo que sólo
permite una visión. Muchos son también los
errores en que incurren esos informadores; las noticias
que trae el hombre de lo que esconde la puerta, están
contaminadas de esperanzas, de frivolidades. De ese modo
irreal, más basado en ilusiones que en ciencia,
enfrenta el hombre la curiosidad de saber que hay más
allá.
Luego,
mientras espera recostado contra una pared próxima,
el hombre ingresa en la duda de si no está siendo
egoísta, pues piensa que esa puerta no le pertenece
sólo a él y recapacita que quizá
fuera más adecuado llamar a otros para que le acompañen
y también ellos puedan gozar de lo que se halle
en su interior. Pero siente una codicia difícilmente
atajable, un exasperado ardor que le impulsa las manos
y los pies, por lo que, tras constatar con unos débiles
impactos de las nudillos que la cola ha solidificado,
y que el tablón de la puerta vuelve a ser compacto,
gira la manivela: para sostener el suspense, cierra los
ojos infantilmente ilusionados, solapados bajo los párpados
trémulos: la puerta sigue cadenciosa el camino
de las bisagras y el hombre abre los ojos cuando cree
estar ante el prodigio.
De
ese lado rige un delicado silencio, un olor a humo de
piedra, un denso y catastrófico incienso cegador,
pero el hombre no se percata de ello, pues sólo
tiene atención para la túnica negra que
sobresale como una aparición que desbarata las
sombras, túnica ancha a la altura del hueso de
la mano que lo agarra y lo arrastra feroz al interior
de la malla áspera sin concederle tiempo ni para
temer, y ya atrapado advierte el lejano resonar de una
ambulancia, el inaccesible llanto mutilado de alguien
querido, el filo de la guadaña estampándose
contra la puerta que se cierra con violencia.
Afuera
un chico joven se alerta por el golpazo que vibra en el
suelo y los muros, pero no se preocupa en exceso porque
él aún no está interesado en abrir
la puerta y descifrar su contenido. Sin más, se
encoge de hombros y se marcha displicente a abrir alguna
otra puerta en la que reconozca un atractivo mayor.
Pasados
algunos segundos, desde dentro se escuchan dos gritos
de angustiosa capitulación, una patada desesperada
que vuelve a crujir la puerta, un maullido que se amortigua,
una lágrima estrangulada. Luego silencio, mucho
silencio que no será vulnerado sino cuando otro
hombre herido y anhelante ascienda la interminable escalinata
de peldaños vacíos con sus pies de aire
y se plante sediento ante la puerta, queriendo arreglarla,
abrirla y ver de una maldita vez que hay ahí dentro.
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© Ángel Soares
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