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Saramago

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Fitzgerald

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Quiroga

 

Patricia Suárez
Argentina
1969
soyleyenda@yahoo.com

 

Final

 

I think I know enough of hate.
Robert Frost

 

Estaban los dos acostados, Víctor y Germán, en las mismas camas que usaron el largo tiempo que duró la infancia. No hablaban de nada en ese momento, no tenían nada para decirse, no sabían de qué conversar. El empapelado era celeste con finas rayas verticales que habían sido negras en el pasado y ahora estaban de un color gris topo. Era un empapelado capaz de hipnotizar a quien lo mirara fijo durante un buen rato. Ellos sentían el silencio de la habitación como una presencia física; el silencio era una multitud de insectos dando vueltas alrededor de un farol, en el verano. Cada insecto, a su vez, era una palabra, una frase inconclusa que no necesitaba ser pronunciada hasta el final. En esa pieza, en esas camas, creían otra vez en la telepatía. Había habido una época en que era innecesario hablar. Ellos pensaban que era algo natural que pasaba entre los hermanos, entre todos los hermanos, como una cuestión "genética". Germán estaba fumando; en cuanto sintió los pasos de la madre acercarse apagó de repente el cigarrillo en una taza de café.

La madre se paró bajo el dintel de la puerta, y dijo:
-Está Ana en el teléfono.
Víctor no se movió, de manera que la madre, sin expresar desconcierto alguno, agregó:
-Pregunta qué hiciste con la plancha... supongo que... que esa chica debe tener toda la ropa arrugada, Víctor. Víctor...
Víctor se levantó y salió de la habitación.
-...supongo... -continuó la madre dirigiéndose a su hijo más chico- que ahora que están separados, ¿tengo que dejar que ella me siga llamando "mamá"?
Germán se encogió de hombros.
-Sí, claro: vos seguí fumando nomás-. Luego la madre fue detrás de Víctor.
Víctor estaba sentado junto a la mesita del teléfono. Había pelo de gato en el aire.
-¿Hablaste? -preguntó la madre.
El asintió.
-¿Y?
-Nada, estupideces -dijo él.

La madre suspiró. Ana había sido para ella como una hija; ni siquiera Marina, su propia hija, había ocupado un lugar tan importante en su corazón como Ana. Pero eso no quitaba que Ana fuera una estúpida, siempre había pensado la madre que ella era un poco estúpida, casi como una bestia, una gallina o una vaca; la veía débil, y estúpida: y ya se sabe que el corazón de las madres se inclina hacia las criaturas más frágiles. Las madres, las madres que estrechan a sus hijos contra el pecho, y desean que permanezcan a la sombra, que nunca se entristezcan, que nunca lloren, que nunca se cansen... ¿quién había dicho eso anteriormente? No importa, qué importancia tiene, alguien lo había enunciado y era verdad. Era la pura verdad, sentenció la madre.

Cuando Marina se separó del marido la madre la instó a volver a su casa. Porque una mujer nunca debe dormir en otra cama que no sea la de su marido, así le había aconsejado a ella misma el Pastor, cuando tuvo ciertas desavenencias con su finado esposo. Marina se opuso, porque todas las hijas son iguales, pobrecitas, todas las hijas quieren siempre volver a vivir con sus madres, pegarse a las polleras de aquella que les enseñó cómo hacer un zurcido a una media de muselina sin que se note, cómo preparar un peceto al horno para cinco personas en cuarenta minutos, cómo delinearle colitas a los ojos para alargarlos, aquella que les enseñó a pestañear muchas veces seguidas mirando hacia arriba para que las lágrimas no caigan sino que se queden prendidas de las pestañas y nadie se entere, de esta manera, que una está llorando.

De modo que ella le ordenó a Marina que se volviera con su marido. Además ya no había lugar para ella en la casa paterna; en la que había sido su habitación Germán había puesto la computadora y lo que él daba en llamar "su laboratorio de informática". ¿Dónde se iba a acomodar ella? ¿En el sofá? Ya no era una nena. Problemas, todos los matrimonios tienen problemas y Marina tenía mal carácter, observó en aquella oportunidad la madre. Mejor volverse y a cada uno lo suyo. De haber vivido el padre le hubiera dicho a Marina que los matrimonios se arreglan en la cama; pero la madre jamás se habría atrevido a repetir una cosa así, que era una falacia completa, y ella lo sabía bien por experiencia propia. El Pastor sabía decir que los matrimonios se acuerdan en el cielo, y otros decían que el matrimonio, directamente, es una lotería. La madre creía, más bien, que no hay en el mundo casamiento posible en el cual, al cabo de cinco años, una no piense que se unió a un demente de por vida.

Pero a Víctor la madre no le dijo que se volviera. No le habló de los deberes, del contubernio entre el deber y el cariño. A Víctor le dijo que la casa de su madre estaba siempre abierta para él, que ella lo esperaba, que no importaba en qué fecha él recibiría el dinero por la venta de la casa en que habían vivido con Ana; que le cocinaría pollo frito con arroz que era la comida que él prefería desde que tenía seis años. Dijo la madre estas cuatro cosas cuando Víctor la llamó por teléfono un mes atrás, y las cuatro cosas sonaron y encajaron como los movimientos de una sinfonía. Amor de madre, murmuró Víctor cuando la escuchó, que no se parece a ninguno.

Ana había llamado porque estaba convencida -y su convencimiento la tornaba osada- de que había nacido para darle tormento y para reírse de su infelicidad. Había preguntado por la plancha, los libros de Tolstoi y de Chéjov, y el discman (había dicho, ¿Dónde están mis libros, mi discman, mi plancha, Víctor? ¿En dónde los metiste?); él no tenía ni idea de adónde pudieron haber ido a parar esos objetos con la mudanza. No lograba entender por qué a ella tenían que quitarle el sueño el discman, los libros de Tolstoi y de Chéjov, y la plancha: sin duda, Ana se había vuelto para él alguien que vivía lejos, una mujer extraña. Y ya no, ya no. Ya no se iban a trenzar los muslos con los muslos, ya no iban a compartir la desazón de los atardeceres de domingo, ya no iban a pasarse horas delante de los escaparates de las tiendas en las vísperas de los cumpleaños y de la Navidad. Ya no compartirían los insomnios jugando a los naipes o relatando antiguas sagas familiares inmigrantes y tías viudas; ya no beberían de la misma copa de vino en las fiestas; ya no saldrían a pasear por la vereda tomados del brazo bajo esos plátanos que después de las tormentas sabían oler a marihuana. Ya no, ya no. Ahora Víctor podría decir como el Cherubino en la ópera de Mozart: Y si no tengo quien me oiga, hablo de amor conmigo. Ya no tendría con quien hablar ni siquiera cuando le gustaba hablar no más para sentir el sonido de su voz ocupando espacio en el aire; ya no. ¡Ojalá me muera!, deseó Víctor, sí, ojalá me muera hoy mismo, de ser posible.


De la cocina le llegó el olor a pollo frito que la madre le cocinaba por enésima vez consecutiva imaginando, quizá, que había propiedades euforizantes en la fritanga.

Contaba Marina de la época en que se apartó de su marido: Un día subí por la escalera los nueve pisos que me separaban de la terraza, y me trepé a la cornisa. Estuve ahí un buen rato, sí. Sentía al viento pasarme por las axilas. Miraba enfrente: había dos arces muy colorados, quietos, expectantes. Pensaba que iba a pasar toda mi vida delante de mis ojos, como dicen que sucede en el último minuto. No pasó. Nada más me acordé de una plaza, cerca de la biblioteca municipal, donde hay plantadas palmeras y plátanos, y un arenero minúsculo. Las palmeras siempre verdes, y los plátanos a veces verdes y a veces dorados, y las estudiantes sentadas en los bancos leyendo gruesos libros con las piernas cruzadas.

Un poco de aire fresco es lo que necesitaría, reflexionó Víctor sentado a la mesa de mayólica y masticando el pollo con desgano, no estarían mal quince días de aire de campo y quince noches con Elena u otra cualquiera... Además podría llevarme unos libros. Los de Chéjov y los de Tolstoi, ¿dónde habrán quedado al final? Después de todo eran míos. Ana no se los merece. Esa ignorante. Cuando hablaba de ellos decía "el maestro Gorki, el maestro Chéjov" como si hubieran sido tipos que enseñaban en una escuelita rural a la que ella concurrió de chica. Siempre estaba fanfarroneando con que lo había leído todo y nunca había leído nada. La muy bestia. Era incapaz de escribir Chéjov o Tolstoi o Puchkin como corresponde. Una afectada. Tenía que ortografiarlos a la francesa; escribía Tchekhov, Tolstoï y Pouschkine. Una anticuada: aun cuando pronunciaba Chéjov, asomaba esa "t" infame de su lengua contra los dientes. Ha leído a los rusos mal y pronto, y se ha creído tan de repente que ella era una especie de Anna Karenina; cuando en realidad no es sino una desesperada Olga Petrovna que pretende que soy su Mark Ivanovich Kliausov; pretende tenerme encerrado en su casita de campo para su sólo uso y jolgorio, mientras los demás creen que me he muerto nomás por encontrar tirada por ahí una cerilla sueca de mi pertenencia. Eso es lo que ella desea, ¿para qué negarlo?: que yo esté muerto para los demás y que viva sólo para ella. ¡Y ni siquiera tengo para dejar a los demás la pista de una cerilla sueca!: ya no se deben seguir fabricando.

Parte del pollo que ahora yacía en el estómago de Víctor, dejó un halo de grasa amarilla y espesa en el plato. La madre regresó a la cocina, observó el plato de Víctor; había allí un resto de muslo un poco desconcertado, con la expresión de una huérfana en una estación de trenes vacía. La madre protestó:
-No comiste nada.
-No puedo comer más, mamá.
-¿Cómo que no, Víctor? Comé: te vas a debilitar.
-No. No puedo comer más, mamá.
-Pero, Víctor -dijo la madre y recurrió al argumento que en su mente se afirmaba como el más poderoso-. Comé o se tira. Ese pollo ya está para tirar.

Cuando Ana nombraba las manzanas arenosas que le gustaban, la muy bestia, recordó Víctor, no decía Rome sino Rommel, como si se tratara de frutas con que el mariscal de campo Erwin Rommel, a cargo del Afrika Korps en Libia, hacia 1942, alimentaba a sus soldados. Un mariscal muy sensible: ya se ocupaba de la horticultura, ya de expulsar a los británicos de Tobruk, y al final se suicidó antes de comparecer a juicio. Su legado: las manzanas que Ana mordía con sus dientes filosos.

Había treinta peldaños entre el altillo y el techo. Treinta peldaños y un descanso. Las tejas de hormigón eran coloradas. Víctor apoyó un pie inseguro sobre una de ellas, y le pareció oír el chasquido con que se partía. Una teja soporta el viento y la lluvia y los nidos de los pájaros indecisos, y no soporta el peso de un hombre pensativo. Desde el tejado, él podía observar las antenas de televisión vecinas, erizadas desprolijamente, un poco como horquillas de mujeres al cabo de una fiesta. Hacia el este, sobre el tinglado de los fabricantes de gaseosa, unos cuantos gatos solitarios hacían sus correrías. Vislumbró en la planta de abajo, a Germán, en la cama, fumando, y haciendo anillos de humo; eran de color gris claro, ascendían lentamente y el hermano seguía este ascenso con los ojos. Tres metros más abajo, un paraíso se esforzaba por crecer; era un arbolito al que recién le habían salido sus primeras dos o tres hojas, sujeto muy justo y con varias vueltas al tutor por una piola. El rectángulo de tierra, a su alrededor, estaba húmedo. Al caer, calculó Víctor Schultz, seguro voy a destrozar el arbolito, y sintió lástima por él. Además, concluyó, no voy a matarme: seguro que más bien voy a romperme la pierna izquierda en varios pedazos, luego me enyesarán, y pasaré tres meses junto a mi madre, ella en su silla hamaca tejiendo y hablándome de las peripecias de su juventud con tía Susi, o mirando la telenovela. Volveré a ser como un bebé. Volveré a nacer. Así pensó Víctor Schultz y aspiró hondo, hasta llenarse los pulmones, con la picante brisa de marzo.

 

 

 

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