|
A
tiempo (fortuna)
|
Jorge
Alberto Sosa
|
Mexicano
|
1981
|
|
"...tu
vida es solo un juego de dados
donde no has sabido tirar..."
Conversación
en un bar con el Flaco.
La vecina salió temprano a su balcón esa
mañana, hacía sol. A Rafael le gustaba mirarla
mientras se fumaba el primer cigarro del día; a
veces levantaba la mano hasta la frente en saludo militar
y ella apenas respondía asintiendo con la cabeza,
ocasionalmente con una sonrisa. Ese era el día
de la presentación del libro y Rafael tenía
meses peleado con "la señorita Simone",
quizás era un buen momento para volverla a ver.
Sentado frente a la ventana viendo a la vecina se preguntaba
si ella recordaría su última discusión
tan bien como él, y cómo era posible que
aún le causaran tanta gracia sus propias palabras
-eres tan pendeja y tan pedante como tu apellido.
Uno se acostumbra a ser espectador de la vida y así
es fácil quedarse mirando a la mujer en el balcón
mientras algunas nubes comienzan a entintar el cielo,
verla y quedarse pasmado en la memoria, tan fácil
como leer el periódico y oír música
a la vez. Aún faltaba tiempo para la presentación;
algunas horas suficientes para tomar un baño y
comer algo, acaso al fin preguntar el nombre de la vecina,
averiguar lo que pensaba acerca de ese vouyerismo discreto
de plantarse a mirarla siempre, a qué iba a ese
balcón todos los días, tal vez era ella
quien observaba. Rafael había pasado buenos tiempos
con Simone, valdría la pena volver a verla.
Siempre hay esos días en que algún destino
se presenta insólito y hay que saber ser asesino
o resignarse a ser asesinado. Repentinamente la vecina
se apartó del balcón; habrán tocado
a su puerta, pensó él, y se levantó
de su sofá para revisar el refrigerador. Con una
botella de cerveza volvió a su sitio, el cielo
también había cambiado, ya el sol no lograba
penetrar ese papel tapiz gris de las nubes de lluvia;
además del balcón difícilmente se
veía una silla y una mesa al interior de la casa
de la desconocida. La miró sentarse y empezó
un viejo juego, imitando sus movimientos cruzó
las piernas, empezó a balancear los brazos delante
de sí, al principio pausadamente, después
con violencia, negó con la cabeza, le hizo falta
verle la boca y podría hasta haber dicho sus palabras.
A veces jugaba con la señorita Simone, la señorita
escritora, se ponía delante de ella y escribía
en un cuaderno imaginario, perdía la mirada en
un punto invisible y volvía al papel, a veces estaba
seguro hasta de poder escribir lo mismo que ella estaba
escribiendo. Los dos reían cuando lo confesaba
al oído de su modelo, quizá así presintió
todo la última tarde cuando ella entró resuelta,
sin mirar nada, y comenzó a hablar acerca de lo
difícil que era convivir con él; tantas
cosas podrían haber sido evitadas, Rafael podría
haber dicho lo mismo solo al verla entrar.
Dios se debe de aburrir mucho sabiendo tanto y tan poco,
él debía ser el único libro sagrado,
hace tiempo seguro habrá perdido la cordura. Cuando
Rafael y la vecina al fin dejaron de moverse, hubo algún
hilo interno, mental, algo no era perfecto, ella parecía
segura, eso nunca es bueno. Cuando él vio salir
de la sombra, del lado invisible de la habitación
desde su ventana, la mano iracunda que daba un golpe en
la mesa se detuvo; el hilo estaba roto, ahora sí
estaba confundido, percibía sus movimientos en
la mano que señalaba a la desconocida, que le reprochaba
cualquier cosa imaginable; hay películas que todo
el mundo ha mirado pero que nunca han querido cambiar
de final.
Cuando la señorita Simone había terminado
de hablar, Rafael sintió esa obligación
histórica de rabiar, de gritarle, pero se quedó
quieto; a pesar de sí la vio girar demasiado tarde
para aquel premio de consolación que significa
dar la espalda primero. Habrá pasado uno de esos
minutos que duran todo el pasado en el viaje de la mano
al rostro de la vecina; ella cayó de la silla,
indefensa, no hubo más, nada más que ese
primer y último golpe que parecía haber
dado la salida a las primeras gotas que cayeron, pronto
el aire era atravesado por miles de pequeñas repeticiones
líquidas. Rafael no vio más, con su mente
siguió el camino que imaginó habría
seguido aquella mano que al fin había puesto la
vida en su lugar, aún a tiempo de tomarse otra
cerveza y no salir de casa.
Copyright
© Jorge Alberto Sosa
siguiente>
|
|
|