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A
primera vista
"Durante
el viaje se canta y charlotea;
los islotes están frente a la costa,
más allá de la Isla, y el viaje es largo".
Knut Hamsum
Desde
pequeña sobresalió por su carácter
desobediente e indomable. Su padre lo achacaba a que nació
cuando las mareas decrecían, pero sabía
que la naturaleza de los seres está marcada por
el entorno en que crecen y se desarrollan y, por ello,
albergaba la esperanza de que algún día
ella misma encontrase la medida justa. Sin embargo, lejos
de agradar las expectativas de sus progenitores, la niña
gustaba de arriesgarse siempre hacia límites más
ignotos e inexplorados ya impulsada por sus irrefrenables
ansias de conocer ya por poner así de manifiesto
la rebeldía de su carácter.
A menudo recalaba en aquella zona apartada de la costa,
al otro lado de la barra de arrecifes, una frontera que
traspasaba con indiferente atrevimiento a pesar de las
inútiles advertencias de sus amistades más
preocupadas. En una ocasión, mientras se bañaba
entre las rocas, se vio sorprendida al emerger de repente
de una de sus zambullidas. A sus espaldas oyó un
silbido melodioso y el chapoteo inconfundible de una embarcación.
Cuando se volvió, el hombre volvió a silbar
al descubrir sus pechos desnudos y, desde cubierta, se
echó a reír, abriendo mucho los ojos y saludando
con la mano abierta mientras se alejaba.
A ella le gustó su porte distinguido desde el puente
de mando, su aire resuelto y simpático, su esbelta
figura recortada entre los azules de cielo y mar. Esa
fue la primera vez que lo vio. Después, a lo largo
de sus osadas correrías, se ocupó de averiguar
dónde continuar observándole a escondidas,
con curioso detenimiento. Así, desde la distancia,
se fue fraguando un sentimiento de amor oculto que daba
respuesta a sus inquietudes y, a la vez, colmaba todas
sus ansias de exploración.
En otra ocasión, contempló desde la playa
las luces que engalanaban la Gran Mansión y la
fiesta que allí celebraba el Capitán, en
honor de su tripulación, con motivo del Día
del Mar. El lujo y la pomposidad se reflejaban en los
uniformes solemnes y en los elegantes vestidos de las
mujeres que bailaban en los espaciosos salones, bajo las
enormes lámparas de lágrimas, al son de
la música orquestada.
Desde la ventana, la muchacha observaba boquiabierta tal
fastuosidad, al tiempo que buscaba con la vista la atractiva
figura de su amor de ensueño. Por fin, lo descubrió
al fondo, brindando con su copa entre los comensales,
casi al mismo tiempo que él se topó con
sus ojos vidriosos tras el cristal. Con la copa en alto,
el Capitán quedó inmóvil por un instante,
para luego intentar abrirse paso entre la muchedumbre.
El Capitán atravesó el jardín escrutando
cada rincón hasta llegar al límite con la
playa, desazonado, sin encontrarla.
La muchacha se había dado cuenta, sabía
que no podía permanecer allí por más
tiempo y huyó por la parte trasera hacia la playa,
rápida, para sumergirse antes de que nadie pudiese
descubrir su cola de pez.
La
sirena dejó tras de sí un rastro ondulado
de reflejos de plata.
Copyright
© Luis Tamargo
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